Dragones de cuera, en el confín del mundo

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Un hombre con una espada, seis caballos, una lanza, un peto de cuero, miles de kilómetros cuadrados que guardar y diez comprometidos años de soledad y supervivencia por delante: en los confines del mundo conocido, en un territorio que abarcaba desde California hasta la frontera con Rusia en el Golfo de Alaska, un reducido grupo de adelantados formado por voluntarios patrullaron, defendieron y extendieron las fronteras del Imperio español en unas regiones verdaderamente inexploradas; de climas extremos, orografías insalvables atestadas de nativos hostiles. Cuando a los ingleses ni se los esperaba, cuando aún no había nacido el primer estadounidense, tuvo lugar la auténtica conquista del oeste.

 

En Montana y las Dakotas, en las praderas del Medio Oeste norteamericano, desde California, atravesando el oeste del Canadá hasta Alaska, el Imperio estableció presidios, precursores de lo que después serían los fuertes estadounidenses. No era invento español, no obstante, pues Alfonso I había tomado esta idea, en el siglo XII, de los antiguos acuartelamientos romanos en territorios fronterizos. Este rey de Aragón, bien llamado el Batallador, los usaba como adelantamientos de frontera en territorio musulmán, modelo que fue primero extendido a Castilla y más tarde usado en Flandes, Nápoles y finalmente América.

A mediados del siglo XVIII, en las Californias, el virreinato de Nueva España contaba con cuatro grandes presidios permanentes, cuatro grandes acuartelamientos estables: Loreto, San Diego, Monterrey y San Francisco, conectados por un corredor seguro. Más allá, el territorio era tremendamente hostil, su extensión parecía inabarcable y los fuertes estaban demasiado alejados unos de otros. Para defender estas posiciones fue necesaria la creación de un nuevo tipo de infantería, los llamados soldados de presidio (o presidiales), que por sus especiales características y atuendo terminarían siendo llamados dragones de cuera.

Los dragones tomaban su nombre de los dimacos, soldados macedonios que podríamos ubicar entre la caballería ligera y la infantería, que portando armas de peso intermedio entre ambas lo mismo cabalgaban que luchaban a pie. En el siglo XVI, Francia había recuperado esta figura militar para conformar un cuerpo de arcabuceros que combatían al paso, pero se desplazaban rápidamente entre posiciones montados a caballo. En 1640 España creó el primer tercio de mil dragones destinados en Flandes y, pocas décadas después, ya constituidos como regimientos, defendieron hasta el siglo XIX el Camino Real de Tierra Adentro, aquella ruta de casi tres mil kilómetros que unía la Ciudad de México con Santa Fe. Ahí es nada.

Un nuevo escenario

En este momento de nuestra historia, España era una indiscutible potencia naval, especializada en proteger puertos, costas de influencia, y trazar excelentes vías comerciales. No en vano la Nao de China o el Galeón de Manila realizaban un servicio regular desde 1565 entre Acapulco y Filipinas, atravesando el océano Pacífico, una hazaña impensable apenas un siglo atrás y que las potencias rivales tardarían décadas en emular. Tierra adentro, no obstante, Norteamérica presentaba retos nunca antes enfrentados.

Se decidió así, por primera vez, crear un doble sistema de defensa de los territorios americanos en el Pacífico norte: el primero, costero, estaría orientado a pertrechar ejércitos en los cabos, desembocaduras principales y puertos, al estilo de las tradicionales defensas europeas que el Imperio dominaba con supremacía; mas en el extenso e interminable territorio interior, el segundo sistema trataría de establecer rutas entre las misiones, pasos que conectaran los ranchos y las pueblas a través de los caminos entre presidios que se irían creando según avanzara la conquista.

España entendió que para defender tanto el interior del territorio como las por entonces desconocidas costas del extremo noroeste, debía conformar un nuevo grupo de soldados, insólitos pioneros.

De cuero y búfalo

«El vestuario de los soldados de presidio ha de ser uniforme en todos, y constará de una chupa corta de tripe, o paño azul, con una pequeña vuelta y collarín encarnado, calzón de tripe azul, capa de paño del mismo color, cartuchera, cuera y bandolera de gamuza, en la forma que actualmente las usan, y en la bandolera bordado el nombre del presidio, para que se distingan unos de otros, corbatín negro, sombrero con cinta roja, zapatos y botines. Entre los ropajes que debe vestir esta nueva legión se destaca el abrigo de siete capas de cuero, sin mangas, suficientes para atravesar rosaledas a pie, para cubrir las ancas del caballo, y para rechazar el impacto de una flecha lejana». Este abrigo, que podía llegar a pesar quince quilos, sustituirá a las tradicionales corazas de metal y se convertirá por su característica en parte del nombre de esta milicia.

En 1779, treinta y siete dragones de cuera llegaron a San Agustín de Chuc Son, un presidio que constaba de un barracón, establo y unas pocas casas, rodeadas de una pobre empalizada de madera. Este puesto había sido fundado tan solo cuatro años atrás y era defendido por varios soldados de caballería ligera, diez exploradores indios de las tribus pima y papagos, el experimentado comandante Pedro Allande, y su segundo, el veterano teniente Miguel de Urrea.

Desde la fundación del puesto, que se convertiría en la actual Tucson, los apaches habían atacado sin descanso el lugar, atraídos por el ganado que alimentaba el regimiento, y los caballos. Las pocas expediciones punitivas que habían realizado no habían sido fructíferas, y trajeron como consecuencia castigos a los antes citados pueblos pima y papagos, aliados de los españoles.

El seis de diciembre de ese año, trescientos cincuenta apaches descendieron por la montaña cercana y se organizaron en la orilla contraria del río que corría frente al presidio. Son estos dos hitos geográficos los que dan nombre al asentamiento, Chuc Son, que en papago significa «al pie de la montaña del manantial negro». Habían sido informados de la llegada de una gran caballada y su intención era robarla. No sabían, claro está, que el arribo de tanta cantidad de animales correspondía con el de los dragones de cuera, que eran poseedores, para el recambio en sus largas travesías, de seis caballos y una mula cada uno.

El caudillo de los apaches, el jefe Quilcho, observó con curiosidad cómo un pequeño grupo salía del fuerte y se disponía en formación ante las puertas, pues estaba acostumbrado a que los españoles se limitaran a defender la construcción del ataque del grueso de sus huestes y observaran impotentes cómo su retaguardia se apoderaba de caballos y el ganado.

Frente a los atacantes, el capitán Allande y diecisiete extraños jinetes: llevaban espada larga, lanza y un escudo de piel de búfalo, pues sabían que las armas de fuego y su lento proceso de recarga eran inútiles en la batalla cuerpo a cuerpo. Había entre ellos mestizos, mulatos, coyotes, europeos y algún indio. Sus adargas lucían, algunas, el escudo de Castilla; otras, la cruz de San Andrés. La estupefacción aumentó cuando se lanzaron a la carga y, tras horas de cruenta lucha, los apaches huyeron en desbandada al ver a don Pedro Allande y Saavedra agitar desde un promontorio la cabeza del cacique, clavada en una pica.

Ilustración de Carlos Rivaherrera

A la leyenda

Los soldados de cuera firmaban un contrato por diez años, y aunque conformaban grupos de unas dieciséis unidades en cada presidio que fundaban, cada vez más al norte, solo acudían a este para informar y avituallarse o, en caso de leva, llegando a reunirse en ocasiones más de un ciento. La mayor parte de su servicio era un discurrir en soledad por los extensos territorios norteamericanos patrullando entre ranchos y misiones, protegiendo a los pueblos indios aliados, explorando, rastreando actividades hostiles y realizando cartografía.

Con el fin de la Guerra apache y española en 1793 y la firma de la paz, navajos, chiricauas, yumas, los propios apaches y otras tribus comenzaron a convivir y entenderse con los españoles, a comerciar e integrarse, en muchos casos, en los mismos asentamientos. Los dragones de cuera, en las tierras pacificadas, pasarían a ser sustituidos por otras compañías como los húsares de Texas, o por la milicia regular, siéndoles encomendadas misiones cada vez más al norte, hasta la frontera rusa de Alaska.

Algunos de estos dragones siguieron sirviendo tras la independencia del Virreinato de Nueva España, en 1821, aunque hacía tiempo que habían dejado de usar la cuera. Muchos eligieron seguir habitando esas tierras, formar familia con los nativos, adaptarse a las nuevas armas de fuego, incluso.

Dicen que, cuando tras la pérdida de los territorios mexicanos en 1846, comenzaron a aparecer nuevos soldados por el este que rompieron la paz que habían instaurado españoles con indios, volvieron a verse viejos y extraños soldados vestidos con cuera, aliados de los salvajes, jefes de su tribu algunos, luchando fervorosamente contra esa nueva amenaza que vestía de azul.

Daniel García Valdés

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3 comentarios

  1. Historiaca. Este tipo de post tan evocadores estaría bien que tuvieran una pequeña bibliografía para quien quisiera atiborrarse con más.

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