Arte y Letras

«Siempre hemos vivido en el castillo» y la literatura de lo incierto

En 2012, para celebrar el cincuenta aniversario de la aparición en inglés de Siempre hemos vivido en el castillo (1962), editorial minúscula sacó a la venta una nueva y cuidada edición de la novela de Shirley Jackson, con traducción a cargo de Paula Kuffer y un esclarecedor posfacio de Joyce Carol Oates. Esta publicación, reeditada de continuo desde entonces, ha significado la punta de lanza con la que la editorial comenzase a reivindicar algunos de los textos más conocidos de la unánimemente considerada como la gran maestra del terror norteamericano.

Para quien en un primer momento no identifique a Shirley Jackson, hay que señalar que es la autora de La maldición de Hill House (1959). Si este dato no es lo suficientemente elocuente, puede apuntarse que Robert Wise llevó la novela a la gran pantalla con un resultado sobresaliente bajo el título de The Haunting (1963). Peor suerte corrió el director holandés Jan de Bon, quien perpetró una nueva adaptación (muy popular, eso sí) que pasaría al imaginario colectivo como «aquella película tan mala de Catherine Zeta-Jones en una casa endemoniada». Si perdura el despiste, solo hace falta buscar entre los listados de las mejores series de terror de los últimos años para encontrar, en un puesto de honor, la adaptación libre que Mike Flanagan despachó el pasado 2018 para Netflix. Pocas veces una casa ha dado tanto de sí.

Pero es que La maldición de Hill House es considerada frecuentemente como una de las novelas más terroríficas de todos los tiempos y es, sin duda, el título referencial del subgénero de casa encantada; ahí está ese homenaje-que-roza-el-plagio de la Hell House (1971) de Richard Matheson o la icónica El resplandor (1977) de Stephen King, inconcebible según el propio autor sin el precedente de Jackson. Pese a que el tema de la casa encantada viene de lejos (ya la iniciadora del gótico El Castillo de Otranto de Horace Walpole, de 1766, tiene como premisa fundamental las fantasmagóricas presencias que deambulan por un castillo medieval), Jackson le da un vuelco en pleno siglo XX, dejando de lado el aspecto puramente fantástico para, en busca de cierta verosimilitud seudocientífica, hacer mayor hincapié en la parapsicología. Por tanto, que nadie espere espectros antropomórficos embutidos en látex como los que pululaban por American Horror Story, ni fantasmas con problemas identitarios como los de Los Otros (2001); y mucho menos el clásico espíritu de sábana y grillete de nuestras pesadillas infantiles. En la Hill House el Mal es una energía negativa que está atrapada en su estructura y que se manifiesta atacando el lado oscuro de las mentes de sus inquilinos. Arregla eso, Idealista.

Al igual que sucede con la vida de muchas de las grandes figuras de la literatura, la biografía de Shirley Jackson es casi tan interesante como su obra. Californiana trasladada a Nueva Inglaterra, padeció de neurosis (se creía acosada por los vecinos) y enfermedades psicosomáticas; fue subestimada intelectualmente por su marido (lo que la mermó en extremo) y acabó sus días recluida en casa, con obesidad mórbida y una peligrosa querencia por las anfetaminas y el alcohol. Se sabe, además, que era una experta en magia negra y brujería (su hijo cuenta que entre otras proezas taumatúrgicas consiguió desatascar un fregadero, abra-cadabra, mediante una sencilla invocación) llegando a decirse que su repentina muerte con cuarenta y ocho años se debió a algún tipo de maldición.

Aunque Jackson es reconocida con justicia como una de las grandes voces del terror moderno, parece un poco simplista reducir su obra a una etiqueta genérica: era una autora poderosa, con personalidad, compleja, que no dudaba en traspasar las fronteras de lo convencional dando a sus historias una heterogeneidad difícil de encasillar y que buscaba el horror mediante el análisis de los claroscuros de la psique humana. Estas características quedaron condensadas en el polémico y genial relato The Lottery, publicado en 1949 en The New Yorker y que le valdría, por su transgresor planteamiento y su lapidario final, tanto la fama como, en su momento, las airadas protestas de cientos de lectores.

Pero, para hablar de Siempre hemos vivido en el castillo, y aviso que hacerlo es realmente difícil sin destripar parte de su contenido, no hay mejor manera de comenzar que citando su primer párrafo:

«Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto».

Mary Katherone Blackwood, apodada cariñosamente Merricat, es una adolescente que vive encerrada en su castillo (un caserón a las fueras de un pueblo de Nueva Inglaterra), el cual abandona solamente una vez a la semana para acercarse a la civilización y hacer la compra. En esos viajes casi fugaces padecerá el desprecio generalizado de sus vecinos; y ese desprecio, entendemos, se debe a la negra sombra que recae sobre la familia Blackwood desde que seis años atrás parte de ella muriese envenenada en su propia casa mientras cenaba. Constance, la protectora hermana mayor de Merricat, pasa el día entregada a las labores del hogar y atendiendo a su enajenado tío Julian, que desde su silla de ruedas se empeña en escribir y reescribir sus memorias. Merricat, por su parte, realiza excursiones silvestres por las cercanías de la casa con su gato Jonas (que le habla con la mirada) y se dedica a blindar sus aposentos con todo tipo de sortilegios mágicos (un libro clavado en un árbol, una caja enterrada con dinero…), destinados a proteger su santuario de agorafóbica felicidad frente a la amenaza del mundo exterior. Hasta que un día un extraño se introduce en el hogar de los Blackwood poniendo a prueba su brujería.

Siempre hemos vivido en el castillo, que hace poco conoció una versión cinematográfica de mano de Stacie Passon, es posiblemente, junto a Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay (1967), la más brillante aportación a eso que Joyce Carol Oates identifica como narración no fiable, corriente canonizada desde 1898 por Otra vuelta de tuerca, obra maestra indiscutible de Henry James. Un tipo de narración inteligente, exigente, que adopta la apariencia de cuento gótico (mansiones apartadas, atmósferas opresivas, acontecimientos sobrenaturales…) para criticar, amparada en la libertad que le brinda su disfraz alegórico, a la sociedad de su tiempo. Esta literatura de lo incierto, desasosegante, perturbadora en su ambigüedad, propone un complejo juego de perspectivas: la de los personajes, narradores (ya sea mediante la primera persona o la voz de una tercera persona equisciente) aparentemente racionales y la de los lectores, atentos espectadores a los que se les exige convertirse en jueces de lo narrado.

Siempre hemos vivido en el castillo y la literatura de lo incierto¿Es Merricat realmente una bruja? ¿Son fantasmas esas presencias que ve la institutriz sin nombre del cuento de James? ¿Es un portal hacia otra realidad la estructura rocosa de Hanging Rock? Contradiciendo a Fox Mulder, en este caso la verdad está aquí dentro, en nuestras cabezas. Y esa es la principal genialidad. No debe confundirse, sin embargo, esta vertiente literaria con el surrealismo onírico de David Lynch, el misterio aparentemente sobrenatural de Rebecca de Dafne du Maurier, Vera de Elisabeth Von ArnimJane Eyre de Charlotte Brontë, ni la posible paranoia de La semilla del diablo de Ira Levin. Se trata de una vertiente de terror psicológico que inquieta mediante la sugestión sutil, que no explica, sugiere, que disemina su discurso de señales (y señuelos) y que, sobre todo, centra su atención fundamental en acontecimientos que bajo la (¿supuesta?) apariencia de lo fantástico enmascaran uno de los miedos más profundos del ser humano: el de lo plausible.

Lo dijimos al principio: es digno de celebrar la vuelta a la vida de una gran novela. Es una suerte que a estas alturas podamos revivir la sensación de encontrar ese libro casi secreto, esa joya inesperada que nos proporcione, frente al tedio de las novelas convencionales, una experiencia lectora extraordinaria.

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