Arte y Letras

Rosalía de Castro: luces y negras sombras

Soportó la invisibilidad implícita en el hecho de ser mujer en un mundo de hombres. Gritó con el alma letras que fueron menospreciadas e ignoradas. Reivindicó el valor de lo propio, la necesidad de apreciar aquello que nos define. Conjugó miles de voces silenciadas al unísono. Convirtió el gallego, idioma desprestigiado hasta el momento, en un arma de creación literaria e hizo a Galicia resurgir culturalmente. Reivindicó el papel de las mujeres, su derecho a ser libres. Abrió el camino por el que hoy transitamos.

María Rosalía Rita de Castro, nació en la capital gallega el 24 de febrero del año 1837. Hija de un sacerdote y una mujer (soltera) de la alta sociedad, fue inscrita en el registro civil como criatura de «padres incógnitos». Gracias a su madrina en el bautismo, María Francisca Martínez, la que era sirvienta de su madre, se libró de entrar en la Inclusa. Fueron, sin embargo, las hermanas de su padre, José Martínez Viojo, quienes se hicieron cargo de la pequeña hasta que su madre, María Teresa de la Cruz de Castro y Abadía, reclamó su tutela tiempo después, cuando los rumores y habladurías sobre ella se habían disipado casi por completo. Poco se sabe de esos primeros años de vida, salvo que vivió en una aldea llamada Castro de Ortoño, perteneciente al municipio coruñés de Ames; donde respiró en primera persona la rudeza de las condiciones de los labriegos gallegos (algo que, posteriormente, reflejaría en su obra)

Se desconoce el momento en el que Rosalía se instaló en Santiago capital junto con su progenitora, pero se estima que rondaba entonces el año 1850. Años, los vividos en la capital, en los que Rosalía se adentró en la vida cultural compostelana, participando entre otras múltiples actividades en el Liceo de la Juventud (donde se daban cita intelectuales como Eduardo Pondal o Aurelio Aguirre). Años, esos, probablemente decisivos.

Cuando los calendarios marcaban el año 1956, Rosalía trasladó su residencia a Madrid. Concretamente a la casa de un familiar cercano, ubicada en la calle Ballesta. Apenas dos años más tarde, contrajo matrimonio con el también escritor Manuel Murguía, con quien mantenía una estrecha relación desde años atrás. Fueron muchos los lugares en los que de Castro y Murguía, con motivo de la inestabilidad laboral y las actividades profesionales de este último, vivieron a lo largo de su vida. Madrid, Simancas, Santiago, A Coruña… El matrimonio tuvo siete hijos. Sin embargo, dos de ellos, Adriano Honorato y Valentina, no cumplieron el año de vida.

A pesar del vaivén vivido (en cuanto a lo que asentamiento geográfico se refiere), en la recta final de su vida, Rosalía no salió de su querida Galicia. Desde 1875 y hasta su muerte, vivió en Padrón. Sin embargo, no lo hizo en el pazo familiar, conocido como La Casa grande de Arretén, en el que vivió parte de su infancia; algo que causó en ella una evidente nostalgia. Murió muy joven. Es de sobra conocido que Rosalía nunca gozó de buena salud. De hecho, su médico, el catedrático Maximino Teijeiro, le dedicó un libro nombrándola «su eterna enferma». En el año 1883, el cáncer de útero que padecía comenzó a consumirla. Luchó contra la enfermedad dos años. Murió el 15 de julio de 1885, a los 48 años de edad. En su casa, al cuidado de su hija Alejandra. Su cuerpo fue enterrado al día siguiente en el cementerio de Adina (al que, curiosamente, la autora dedicó una composición). Sin embargo, el 15 de mayo de 1891, su cuerpo fue exhumado y sepultado en el Panteón de Galegos Ilustres del Convento de Santo Domingo de Bonaval, en Santiago de Compostela.

 

«…recibió con fervor los Santos Sacramentos, recitando en voz baja sus predilectas oraciones. Encargó a sus hijos quemasen los trabajos literarios que, ordenados y reunidos por ella misma, dejaba sin publicar. Dispuso se la enterrara en el cementerio de Adina, y pidiendo un ramo de pensamientos, la flor de su predilección, no bien se lo acercó a los labios sufrió un ahogo que fue comienzo de su agonía. Delirante, y nublada la vista, dijo a su hija Alejandra: «abre esa ventana que quiero ver el mar», y cerrando sus ojos para siempre, expiró…», escribió el abogado y político gallego Augusto González Besada sobre la muerte de la escritora. Lo curioso es que desde la casa de Rosalía en Padrón, no se podía ver el mar y que, en la obra de la escritora, el mar aparece como ese lugar idóneo para poner fin a la vida de manera voluntaria.

Co seu sordo e costante mormorío

atráime o oleaxen dése mar bravío,

«Neste meu leito misterioso e frío

-dime-, ven brandamente a descansar».

El namorado está de min… ¡o deño!,

i eu namorada del.

Pois saldremos co empeño,

que si el me chama sin parar, eu teño

unhas ansias mortáis de apousar nel.

(Fragmento de Follas Novas)

«El patrimonio de la mujer son los grillos de la esclavitud»

Rosalía fue, durante su vida y a nivel literario, casi invisible. El mundo la cercó en una jaula. Oscura e invisible. Pagó, claro, el precio de ser mujer en un mundo de hombres. Sus letras, casi imperceptibles hasta su muerte, ofrecen un testimonio en primera persona de ello. «Porque todavía no les es permitido a las mujeres escribir lo que sienten y lo que saben», dejó escrito en el prólogo de La hija del mar, una de sus primeras novelas en prosa, en la que la autora defiende los derechos de la mujer en la vida intelectual y reivindica el empoderamiento femenino. «Posible me sería añadir que mujeres como Madame Roland, cuyo genio fomentó y dirigió la Revolución francesa en sus días de gloria; Madame Staël, tan gran política como filósofa y poeta; Rosa Bonheure, la pintora de paisajes sin rival hasta ahora; Jorge Sand, la novelista profunda, la que está llamada a compartir la gloria de Balzac y Walter Scott; Santa Teresa de Jesús, ese espíritu ardiente cuya mirada penetró en los más intrincados laberintos de la teología mística; Safo, Catalina de Rusia, Juana de Arco, María Teresa de Austria y tantas otras cuyos nombres la historia, mucho más imparcial que los hombres, registra en sus páginas, protestaron eternamente contra la vulgar idea de que la mujer sólo sirve para las labores domésticas y que aquella que, obedeciendo tal vez a una fuerza irresistible, se aparta de esa vida pacífica y se lanza a las revueltas ondas de los tumultos del mundo es una mujer digna de la execración general».

 

La obra de Rosalía habla, entre otras muchas cosas, de mujeres. De las pobres, de las excluidas, de las abandonadas. De esas «viudas de vivos y muertos que nadie consolará». A través de una mirada crítica, exigente y rompedora. Con pasos firmes, que hicieron camino y, sobre todo, dejaron huella.

«Jamás ha dominado en mi alma la esperanza de la gloria, ni he soñado nunca con laureles que oprimiesen mi frente. Sólo cantos de independencia y libertad han balbucido mis labios, aunque alrededor hubiese sentido, desde la cuna ya, el ruido de las cadenas que debían aprisionarme para siempre, porque el patrimonio de la mujer son los grillos de la esclavitud. Yo, sin embargo, soy libre, libre como los pájaros, como las brisas; como los árabes en el desierto y el pirata en el mar».

(Fragmento de Lieders)

Siglo XIX. ¿Mujer, pluma bidireccional (castellano y el desprestigiado gallego) con una clara vocación por narrar, reivindicar y dar voz a realidades a las que apenas se presta atención? Estaba, inevitablemente, condenada a ser ignorada. Era, de algún modo, una intrusa. Así lo creyeron en su momento los escritores Leopoldo Alas y Armando Palacio Valdés, quienes no incluyeron a la autora en el libro La Literatura en 1881 en el que, a finales de siglo, recopilaron las voces de la literatura del momento. ¿Qué pintaba una mujer en los círculos intelectuales? Nada, claro, pensaban. Más de quince obras, encabezadas por las reconocidas Cantares Gallegos y Follas Novas que, sin embargo, carecieron de reconocimiento en vida.

 

Obras que nadaron sin pena ni gloria y que, hoy, se consideran cumbres. Un antes y un después en la literatura. Una consagración. El símbolo del pueblo gallego. El rostro del resurgir. El reflejo de la vida rural. De la minoría silenciada. La mano valiente, responsable de convertir el gallego en una poderosa arma. La personificación del intimismo. El modernismo. El costumbrismo. La voz, reflexiva, capaz de cantar con acierto a los miedos, a las negras sombras, a la muerte, al amor, a la soledad, a la tristeza o a la rudeza. Capaz de conjugar la vida con letras.

Al oír las canciones

que en otro tiempo oía,

del fondo en donde duermen mis pasiones

el sueño de la nada,

pienso que se alza irónica y sombría

la imagen ya enterrada

de mis blancas y hermosas ilusiones,

para decirme: -¡Necia!, lo que es ido

¡no vuelve!; lo pasado se han perdido

como en la noche va a perderse el día,

ni hay para la vejez resurrecciones…

¡Por Dios, no me cantéis esas canciones

que en otro tiempo oía!

(Fragmento de En las Orillas del Sar)

El prestigio y valor post mortem de la obra de Rosalía llegó en parte, gracias a la generación del 98. Sobre todo a reconocidas figuras como Azorín, Unamuno o Juan Ramón Jiménez; quienes la tildaron de innovadora y precursora del modernismo español y la reconocieron como una creadora «afín a su espíritu». A través de las referencias a ella en sus escritos, su obra literaria se extendió por el resto de España y cruzó el charco hasta América Latina.

Cando penso que te fuches

negra sombra que me asombras,

ó pe dos meus cabezales

tornas facéndome mofa. Cando maxino que es ida

no mesmo sol te me amostras

i eres a estrela que brila

i eres o vento que zoa. Si cantan, es ti que cantas

si choran, es ti que choras

i es o marmurio do río

i es a noite, i es a aurora.

En todo estás e ti es todo

pra min i en min mesma moras,

nin me abandonarás nunca,

sombra que sempre me asombras.

(Fragmento de Follas Novas)

Hoy, sus obras se traducen a idiomas como el francés, el ruso, el japonés o el alemán. Hoy, se considera una de las figuras más destacadas del Rexurdimento gallego. Hoy, se sitúa, junto con Bécquer, como la precursora de la poesía moderna española. Hoy, no es aquella sombra que fue en vida. Hoy. Demasiado tarde. Para ella. Y, también, para todos nosotros. ¿Qué sería de la literatura, o incluso del mundo, si autoras como Rosalía de Castro no hubiesen sido «mujeres, intrusas en un mundo de hombres», sino simples plumas vistas con los mismos ojos que sus colegas?

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