Arte y Letras

Gotham, la ciudad de las cabras

Dice Enric González que los rascacielos son «las catedrales contemporáneas». Quizá por eso Nueva York sea la cuna de nuestros dioses. De nuestros dioses contemporáneos, los superhéroes. El más humano, por carecer de poderes sobrenaturales, pero el más próximo a una divinidad por sus pulsiones vengativas (y, además, más de moda que el resto, gracias a la reciente película de Matt Revees), es Batman. Como Spiderman, Ironman o Daredevil, el hombre murciélago se creó y crio en esta icónica ciudad, pero bajo el gótico pseudónimo que todos conocemos.

El escritor Bill Finger fue el primero en hacer que Batman se despidiera de Nueva York (hasta entonces la doble vida de Bruce Wayne transcurría en Manhattan) y empezara a vivir en Gotham. Según contaba el propio Finger, quería deslocalizar las aventuras de Batman para que cualquiera pudiera identificarse con la ciudad. Después de descartar nombres como Capital City o Civic City, a Finger le visitaron las musas en forma de guía telefónica de Nueva York. En ella encontró el nombre de una tiendecita que cambiaría el imaginario de Batman: Gotham Jewelers. ¡Eureka! Gotham City acababa de nacer.

Está claro que las guías telefónicas tienen potencial como fuente de inspiración, pero a los más románticos les gusta inclinarse por otra alternativa: que Finger tomara prestado uno de los apodos de la ciudad. Además de La gran manzana o La ciudad que nunca duerme, Nueva York había sido bautizada con el sobrenombre de Gotham un siglo antes de que el cocreador de Batman naciera.

Para conocer el origen de todo, tenemos que coger un avión (y una máquina del tiempo) y trasladarnos al centro de Inglaterra, en el condado de Nottinghamshire, donde se encuentra un pueblo llamado Gotham. Este lugar es el epicentro de una simpática leyenda del siglo XIII, época en la que el país estaba gobernado por el mezquino rey Juan sin Tierra, quien, para una servidora, criada bajo la tutela de las películas de Disney, siempre tendrá la imagen de un león flacucho y cobarde, con el pulgar metido en la boca. El nombre de Gotham, si nos ponemos etimólogos, proviene de goat town, que significa ciudad de las cabras. El pueblo no se llamaba así porque hubiera sobrepoblación de estos animales, sino porque los habitantes estaban como una cabra. Al menos eso era lo que parecía. Entremos en materia.

Al apacible pueblo de Gotham había llegado un mandato del rey Juan que tenía a todo el mundo alborotado: se iba a construir un camino real en medio del pueblo y, ya puestos, un coto de caza. Esto significaba que sus habitantes debían apoquinar una abultada suma de impuestos para financiar dicha obra. Juan no tenía un pelo de tonto, pero los habitantes de Gotham tampoco. Peleones e ingeniosos, no iban a permitir semejante sablazo a sus bolsillos. Después de calibrar distintas opciones, y dado que el regicidio ha tenido siempre más adeptos en Francia que en Inglaterra, el pueblo decidió fingir locura colectiva. En aquella época se consideraba que las enfermedades mentales eran contagiosas y los pueblos que sufrían epidemias o sequías estaban exentos de pagar impuestos.

En The Merry Tales of the Mad Men of Gotham, publicado en el siglo XVI, aparecen algunas de las artimañas que llevaron a cabo sus habitantes delante de los emisarios del rey. Por citar algunas: intentaron matar a una anguila ahogándola en el río como venganza por haberse comido todos los peces; construyeron un cerco alrededor de un arbusto donde se había posado un cuco para evitar que echara a volar; incluso tiraron por una colina un montón de quesos para que fueran rodando solos hasta el mercado de Nottingham. Cuando los mensajeros del rey volvieron con el informe de estos sucesos, el rey Juan cambió de planes y decidió no pisar Gotham en lo que le quedara de reinado. Al conocer su gesta, los que habían sido catalogados como the fools of Gotham por los emisarios del rey, empezaron a ser llamados the wise men of Gotham entre sus vecinos.

La leyenda inglesa caló tanto en la cultura popular que, siglos después, la gente hablaba de Gotham como el paradigma de la locura. Cuestión que llegó a los oídos del escritor norteamericano Washington Irving, quien, en 1807, acuñó el nombre de Gotham para referirse a Nueva York. Esta alusión apareció en la revista satírica Salmagundi, donde Irving comparaba la neurosis de los neoyorkinos con la locura del pueblecito inglés.

Bill Finger fue un iluso si pensaba que íbamos a tragarnos la anécdota de la guía telefónica después de haber creado (junto a Bob Kane) personajes como el Joker, Catwoman o Enigma. Nueva York nunca había dado a luz a una fauna igual. Nunca había sido, tan de verdad, la ciudad de las cabras.

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