Arte y Letras

Emmanuel Carrère y el arte de saber mentir

¿Puede un escritor teclear con un solo dedo durante más de cuarenta años? Con el índice de la mano derecha, para ser exactos. Sin ayuda del pulgar metomentodo, accionador de la barra espaciadora o del anular izquierdo, que serpentea veloz para atrapar la tecla de las mayúsculas. Solo el dedo índice de la mano derecha. Más de diez libros publicados (artículos y guiones aparte) con esta técnica.

Pues puede. Al menos, eso asegura Emmanuel Carrère en su libro Yoga (Anagrama; 2020), el que iba a ser, en palabras del autor, «un ensayo risueño y sutil sobre el yoga» y acabó convirtiéndose en una célebre y polémica autobiografía. Polémica porque dicen por ahí que la mitad de lo que relata es exageración o mentira; deformación de la realidad para beneficio del ego del escritor, valoración que él mismo reconoce calificándose como ególatra, narcisista y hombre malo. Piropos aparte, ¿es lícito escribir una autobiografía, no ya omitiendo algunos pasajes, sino inventando personajes o situaciones? ¿Está bien mentir?

Descubrí las trampas a las que nos somete el arte en La verdadera historia del cine (1995), documental de Peter  Jackson sobre el cineasta neozelandés, que nunca existió, Colin Mckenzie. Lo vi por primera vez en la universidad, cuando ni siquiera sabía que un documental podía ser falso. Creo que nadie de la clase conocía la historia que se contaba, mucho menos que era una invención. La profesora tampoco nos dijo que lo fuera. La semana anterior nos había puesto El triunfo de la libertad (1935) y, después de contemplar a ese bigotudo nazi en toda su pompa, creíamos haberlo visto todo.

Con la película de Peter Jackson de fondo pensaba en lo curioso que era que, a lo largo de la carrera, nunca hubiésemos escuchado nada de este hombre, Colin McKenzie, cuyo talento e importancia comparaban con los hermanos Lumière o D. W. Griffith. Un genio que había realizado el primer travelling de la historia con una cámara fabricada a partir de una bicicleta, que utilizaba clara de huevo para revelar sus películas y que había construido un decorado de Jerusalén a tamaño real en los montes de Nueva Zelanda. Pintoresco como poco. ¿Es que su alianza con el comunismo para sacar adelante la película maldita de Salomé o su trágica muerte (filmada por él mismo, claro) durante la Guerra Civil Española, mientras ayudaba a un soldado republicano herido, no eran suficientes para que nuestra cabeza dijera «os la están colando»? Se ve que no.

Con los títulos de crédito anunciando el final del documental, la profesora encendió las luces y nos despertó del engaño: aquello que habíamos visto era mentira; ni Colin Mckenzie ni la madre que lo parió. Ese director al que la vida no le pasaba ni una era en realidad un actor neozelandés llamado Thomas Robins, quien, años más tarde, interpretaría al hobbit Deagol en El señor de los anillos: el retorno del rey (2003).

Peter Jackson se lo había pasado bomba en Nueva Zelanda con la acogida que había tenido el documental. Después del estreno, la gente se moría de ganas por organizar homenajes y levantar estatuas conmemorativas en honor del bueno de Colin. Jackson tuvo que pararles los pies y confesar que todo era mentira. ¡Inocente!

Superada la decepción patriótica neozelandesa, ¿resulta menos interesante la historia si ya sabemos que es ficción? ¿Tiene menos ritmo, acción o intriga el documental? Ni lo uno ni lo otro. Que Hollywood no nos engañe con sus premios a películas basadas en hechos reales, como si esta etiqueta fuera sinónimo de calidad. El arte es traicionero pero tiene vía libre para serlo. Creo.

En Yoga, Emmanuel Carrère habla sobre la verdad y la mentira de su obra. En un capítulo titulado El lugar donde no se miente, cuenta que, más allá de que su escritura sea tachada de narcisista, al menos, es sincera. Escribe sin hipocresía porque así concibe el género literario que practica, la no ficción. Pero Carrère matiza que, en particular, este libro no ha seguido el mantra de sus anteriores compañeros: «No puedo decir de este libro lo que orgullosamente he dicho de otros varios: “Todo lo que he escrito es cierto”». Y aquí, periodistas y lectores se frotan las manos sabedores de la intriga a la que se refiere: los fragmentos eliminados en los que Carrère hablaba sobre la periodista Hélène Devynck, su exmujer, suprimidos a petición de esta. Su ausencia en el libro (opinan muchos) deja cojo el relato del escritor, que transcurre durante algunos de los años en los que aún estaban casados y su posterior ruptura. Bien.

Hay una parte del relato que ha sido suprimida y, como consecuencia, la otra va a esconder medias verdades, alguna que otra mentira. Avisados estamos. ¿Por qué llevarnos las manos a la cabeza entonces? Saber que te van a engañar no entorpece la lectura, solo es un recordatorio de que el arte juega con nosotros.

Esa ambigüedad no hace que me sumerja menos en el retiro de meditación Vipassana, que el escritor nos describe en detalle y que se basa en meditaciones de diez horas al día en absoluto silencio y aislamiento durante diez días. La meticulosidad con la que Carrère explica la técnica de la meditación me lleva a imitarlo mientras leo: inhalo y exhalo como él indica, me siento en el suelo en la posición que describe, poniendo empeño en que no me perturben los vritti (las fluctuaciones del pensamiento), sin conseguirlo (qué voy a conseguir), pero lo intento. Faltaría más.

Tampoco pienso en si exagera u omite que está bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena cuando habla de la luz. A la salida de un curso de yoga, el escritor toma el tren para volver a París y coincide con otra alumna. Bajan juntos de la estación, intercambian miradas (pero no palabras) y se dirigen a un hotel cercano. Después de hacer el amor, ella le pregunta si ve la luz. Y sí, él la ve. Ambos la ven. ¿Pero qué luz? ¿De qué hablas? Carrère dice que es algo imposible de describir si no se ha vivido. Es la luz que ven los que han estado cerca de la muerte, la luz al final del túnel, la luz que es el paraíso; un estado de paz, serenidad y bienestar al que, a través del yoga, se aspira a llegar.

Esa luz vuelve a aparecer en el relato cuando Carrère menciona un concierto de la pianista Martha Argerich. Mientras toca la Polonesa de Chopin, Argerich ve la luz durante cinco segundos. Su cara, antes concentrada, nos regala de pronto una amplia sonrisa con la que «vislumbramos el paraíso». En Youtube, en el primer vídeo que sale si buscas «martha argerich polonesa», del minuto 5’30’’ al 5’35’’. Por si también quieres ver la luz a través de
Argerich y Chopin.

Casi al final de la novela, cuando a una ya se le habían olvidado los tejemanejes de la veracidad o la falta de esta, Carrère, en un acto de sinceridad con sus lectores, confiesa: «[…] es la fatalidad que sucede, creo, cuando empiezas a cambiar los nombres propios: la ficción toma el poder y, como decía Emmanuel Guilhen, es la puerta abierta a todas las ventanas». Nos cuenta así que hay dos personajes inventados en el libro, pequeños Frankensteins construidos con puñados de otros reales: Erica, su mayor aliada durante el tiempo que pasó en Grecia y la alumna del curso de yoga con la que vio la luz. Agradezco la sinceridad, la explicación de las reglas del juego, pero no las necesito. Esos dos personajes han existido mientras leía la novela, han formado parte de la historia que se contaba. Erica le dio a conocer a Atiq y Hadid, dos adolescentes con ansias de alcanzar la tierra europea prometida; le mostró cómo se puede hacer el amor sin necesidad de recurrir al sexo; le enseñó que la alegría más pura es tan verdadera como el fondo del pozo; le descubrió el paraíso de Marta Argerich tocando la Polonesa.

Con la alumna de yoga no solo vio la luz en aquel hotel frente a la estación (que no es poco), también aprendió a hallar la felicidad al lado de una anónima, sin pasado ni presente conocidos, sin que eso le importara lo más mínimo. Sin esta mujer, sin Erica, el relato de Yoga no sería el que es. Carrère no sería el personaje que es. Sería la verdad, su verdad, bien; pero quizá, no la historia que queremos que nos cuente. La que vamos a recordar.

«¿Sabes? Si aprendieses a teclear no solo escribirías más rápido, sino de otra manera». Es lo que le dice el editor ya fallecido Paul Otchakovsky-Laurens a Carrère, cuando este le cuenta que lleva toda su vida tecleando, exclusivamente, con el dedo índice de la mano derecha. Ese de otra manera se graba en la mente de Càrrere, obsesionado como está por alcanzar el éxito en su oficio. Reconoce no saber si escribe para ser mejor persona o si su deseo de ser un buen hombre encierra la finalidad de convertirse en un gran escritor. El huevo o la gallina. Cuando le asalta esta cuestión, el dilema de la ética, qué nos lleva a tomar unas acciones u otras, si es lícito lo que conseguimos, Carrère se responde a sí mismo (y a nosotros) con un principio básico de la humanidad, aquel que resuelve cualquier conflicto presente en el arte o en la vida: «No hay que interrogarse demasiado sobre la pureza de tus intenciones».

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