Regreso a Belzagor: leer a Silverberg a través de Thirault y Zuccheri

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Robert Silverberg es uno de los grandes autores de la ciencia ficción clásica. Coetáneo y amigo de Isaac Asimov, que cuando escribo estas líneas siga entre nosotros es una fortuna de la que se suele hablar muy poco. Tal vez sea porque Silverberg, a pesar de su abultada producción y de su entidad como escritor, no ha tenido la suerte de caer en gracia en algunos círculos y su fama es menor de lo que su obra merece. Por eso siempre es una buena noticia saber que alguno de sus textos sigue vivo y, de alguna manera, es adaptado. En esta ocasión es el cómic el que se acerca a una de sus obras más importantes, Regreso a Belzagor. El resultado es irregular, con una clara diferencia entre el guion y el dibujo, pero muy interesante en todo momento por las aportaciones de la obra al discurso en torno a la naturaleza de las adaptaciones.

Regreso a Belzagor pasa por ser una de las mejores obras de Robert Silverberg. Su título original en inglés fue Downward to the Earth, en referencia a un pasaje del libro bíblico del Eclesiastés, capítulo tres, versículo veintiuno, que se podría traducir como: «¿Quién sabe si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de vida de la bestia desciende hacia abajo, a la tierra?». Esto ya nos puede situar en un contexto en el que la espiritualidad tiene una gran importancia, así como en una diferenciación entre bestia y hombre, un tema que se coloca rápidamente en el centro de la obra.

Silverberg apenas ha sido adaptado a otros medios. En el cómic ha tenido alguna presencia testimonial, pero en el cine el único ejemplo notable que existe tiene mucha trampa. El hombre bicentenario (The Bicentennial Man, 1999) se basa oficialmente tanto en el relato original de Asimov, con el que comparte nombre, como en El robot humano, novela escrita a cuatro manos entre Silverberg y el propio Asimov, y cuyo título es una curiosa y bastante sosa traducción del original The Positronic Man. Quitando ese ejemplo, Silverberg permanece fuera del radar del gran público; es un autor imprescindible de la ciencia ficción que parece olvidado por la cultura popular, más preocupada al parecer en seguir saqueando siempre a los mismos creadores. Aquellos cuyo nombre ya ha conseguido hacerse un hueco en el imaginario colectivo.

Por lo tanto, lo primero que debemos sentir al ver una adaptación del estadounidense debe ser de felicidad. En un momento cultural como el que vivimos, en el que es una quimera que una obra literaria no actual siga viva sin la ayuda de la cultura popular, toda posibilidad de que los grandes autores olvidados puedan obtener una mayor exposición merece ser bienvenida. Cierto es que, por desgracia, en esta ocasión se elige un libro que no cuenta con edición española desde 2012; una edición que, además, debemos a la ya desaparecida La Factoría de Ideas. Por ello, es más que probable que, aunque algún lector del cómic quiera acercarse a la novela original, no lo vaya a tener fácil salvo que tenga suerte de encontrar algún saldo de la editorial madrileña.

No es casualidad que en Francia la obra fuera editada por la legendaria editorial Les Humanoïdes Assocciés, encargada, por ejemplo, de la edición de La casta de los Metabarones, El Incal o la mítica Métal húrlant. En España nos ha llegado ya el integral de este Regreso a Belzagor de la mano de Ponent Mon, en una cuidada edición de los dos tomos originales; una oportunidad casi inmejorable para acercarnos a la obra de Silverberg y a sus posibles adaptaciones a lo largo del tiempo. Después de todo, da la sensación de que tardaremos en ver otra.

Regreso a Belzagor, la novela: un viaje al corazón de las tinieblas

Empecemos por subrayar lo evidente: Regreso a Belzagor puede considerarse una suerte de lectura en clave de ciencia ficción de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Esto se ve tanto en su estructura narrativa, con un largo viaje hacia el centro de un mundo que el protagonista no entiende y con paradas que van afectándole y cambiando su percepción del mundo, como en la existencia de un personaje llamado Kurtz. Incluso, a partir de un momento dado, el protagonista, Edmund Gunderson, debe ir en busca de otra persona en ese territorio aparentemente hostil. No obstante, a pesar de lo que se puede leer por ahí, Gunderson nunca va a la búsqueda de Kurtz, sino de otro personaje llamado Cedric Cullen.

En cualquier caso, merece la pena hacer una reflexión sobre la omnipresencia de El corazón de las tinieblas en las lecturas que se realizan hoy en día de Regreso a Belzagor. Cierto es que es difícil conseguir reseñas de la época de su publicación, así que no puedo asegurar o negar que esto pasara ya en su momento, pero creo firmemente que nuestra percepción de la novela de Silverberg depende mucho del éxito que tuvo una película con la que realmente tiene muy poco que ver. Apocalypse Now se estrenó en 1979, diez años después de que Regreso a Belzagor se hubiese publicado en entregas y nueve más tarde de su primera edición en formato libro. Y sin embargo todos pensamos en las junglas vietnamitas en cuanto un personaje emprende un viaje como el de Gunderson.

En contraste con esa situación, el protagonista de la novela no parece acordarse de Conrad cuando hace alguna referencia literaria a su propia experiencia, refiriéndose en su lugar a Rudyard Kipling. El británico ha terminado encontrando la inmortalidad gracias a El libro de la selva, pero en realidad se convirtió en el creador del tipo del inglés colonialista gracias a los personajes que poblaban Kim o El hombre que pudo reinar. Es ese tópico con el que se ve relacionado Gunderson, que no deja de ser un antiguo gobernador colonial que en su momento vio a los nativos de Belzagor, por entonces llamado Planeta de Holman, como poco más que animales.

Es Gunderson el verdadero centro de la historia, su único personaje central. Por medio de sus ojos y sus pensamientos, volvemos a su lado a un planeta que una vez gobernó, pero que nunca consiguió comprender. Belzagor es una creación superlativa dentro de la ciencia ficción, un planeta en el que conviven dos especies inteligentes diferentes que consiguen convivir por razones desconocidas. Unos, los nildores, son una especie de gigantescos elefantes con una trompa dotada de tentáculos, extrañas articulaciones y unos curiosos cuernos sobre la cerviz. Tienen su propio idioma y son los que gobiernan las tierras centrales del planeta. Frente a ellos, los sulidores son carnívoros bípedos enormes, algunos de más de tres metros, dotados de poderosas garras y que durante el periodo de control humano del planeta se limitaban a trasladarse hacia el norte, en medio de unas tierras llenas de brumas.

El planeta cuenta también con su propia fauna no inteligente: desde los gigantescos malidores, que habitan en los lagos, a todo tipo de animales variados; habita en él, por ejemplo, una especie de gusanos enromes a los que llaman serpientes y que segregan un veneno de gran valor para la medicina humana. Su flora no resulta menos curiosa, con musgos carnívoros, frutas de extraños sabores y árboles  que son desconocidos en la Tierra. En todo momento vemos por medio de los ojos de Gunderson un mundo realmente nuevo, una construcción de ciencia ficción que huye sin paliativos de la estrategia de superponer las características de una región de nuestro planeta a la geografía estelar.

Cierto es que hay muchos puntos en común entre Belzagor y la jungla africana que podría aparecer en la obra de Conrad; pero también es verdad que las similitudes se ven limitadas a lo largo del relato, cuando nuestro protagonista se va alejando del ecuador de Belzagor y acercándose a la región de las brumas. Allí todo se vuelve casi fantasmagórico, recordando más bien a la narrativa de aventuras norteamericanas, a los territorios casi imaginarios en los que podría pasearse el protagonista de la adaptación cinematográfica de El renacido, entre unos sulidores que casi parecen nativos americanos.

La trama se limita en realidad a un largo viaje al norte. El objetivo del protagonista, su razón para volver entre los aburridos turistas que le rodean al planeta, es el de conseguir ver la mítica ceremonia del renacimiento a la que se someten los nildores en un lugar desconocido entre las brumas del norte del planeta. En realidad, nuestro guía tiene razones más personales para volver al planeta: pecados derivados de su trabajo para la compañía y que le convierten en la personificación de esos oficiales coloniales que tardaron demasiado en entender que sus súbditos eran también personas. Pareciera que hasta que no se alejó del planeta no pudo entender la verdadera naturaleza de los nativos, verlos como seres con alma y no como animales tozudos.

En ese sentido la novela es una crítica y denuncia del colonialismo. Debemos recordar que cuando fue escrita el proceso de descolonización aún estaba en auge. Para situarnos en 1968 se habían declarado como independientes Guinea Ecuatorial, Mauricio y Suazilandia. Silverberg no dejaba de hablar, por lo tanto, de su mismo momento. El regreso del colono estaba visto, eso sí, bajo una perspectiva muy positiva, no solamente por su propio avance como persona sino por el futuro de la tierra liberada. Sin la influencia humana, Belzagor está volviendo a su estado original, se han abandonado las plantaciones, los nativos han vuelto a sus viejos modos de vida y todo parece seguir su camino natural, que había sido imprudentemente interrumpido por los humanos.

No menos coyuntural es el tratamiento de las drogas en la obra. El veneno de las serpientes es letal para las formas nativas del planeta, pero una bendición para los humanos, que lo emplean para regenerar miembros amputados y curar enfermedades. También es un poderoso agente alucinógeno si se ingiere directamente, lo que tiene mucha importancia en la trama y la historia de nuestro protagonista, sobre todo tras una primera experiencia con la droga que le dejará marcado para siempre. Las drogas alucinógenas funcionan, así, como liberadoras del potencial humano; puertas que expanden los límites de nuestra percepción.

Para acabar de marcar los paralelismos con El corazón de las tinieblas, antes de partir a su verdadero viaje, tras comprobar que los turistas le resultan tan insulsos como podía esperar, tras descubrir que un antiguo subordinado hace ahora de encargado del hotel de mala muerte que queda en la antigua colonia y que realmente necesita ver la ceremonia del renacimiento a cualquier coste, Gunderson se ve obligado a hacer un trato con los nativos. Deberá traer de vuelta a uno de los pocos humanos que quedan en el planeta, que se ha refugiado en el lejano norte con los sulidores. A pesar de sus dudas, aceptará el encargo con algunas medidas para controlar sus obligaciones y sin saber el crimen que ha cometido uno de sus antiguos conocidos.

El viaje de Gunderson le llevará a encontrarse con su antiguo amor, Seena, con Kurtz, con peligros inesperados y con su propia naturaleza. La tentación de contar más de la trama es importante, pero realmente Regreso a Belzagor es una obra de la que es mejor saber poco cuando uno empieza la lectura, así que no vamos aquí a seguir destripando la novela.

Lo que sí podemos afirmar es que Robert Silverberg consiguió con Regreso a Belzagor una obra clásica de la ciencia ficción del siglo XX. No es casualidad que David Pringle la incluyese en su ya clásico volumen de las cien mejores novelas de ciencia ficción. Los temas de la descolonización, la iluminación por medio de las drogas, el viaje físico que se convierte en espiritual, la vuelta al pasado… todo lo que trata Silverberg va sumando para construir un conjunto al que no le sobra ni le falta nada; que en menos de doscientas páginas nos presenta un nuevo mundo, nos lleva de viaje por él y, además, nos muestra la redención de un hombre atrapado por el vacío vital. ¿Se puede pedir más?

Regreso a Belzagor, el cómic: ¡qué difícil es adaptar el genio!

Adaptar una obra como la de Silverberg no es nada fácil. Para empezar, porque casi toda se construye en torno a los pensamientos de un único personaje y a su relación con el entorno, un recurso que funciona mucho mejor en la literatura que en cualquier otra disciplina artística. El cómic, al igual que el cine, tiene un soporte visual y dinámico mucho más fuerte que el de la novela, a pesar de que en este caso se mantiene la capacidad del lector para volver atrás en la lectura, para repasar ciertos momentos y saltar cuanto quiera a través de la historia. Aun así, el arte secuencial no se llama de esa manera por casualidad, y a menudo hace falta un mayor anclaje con la historia, un mayor dinamismo.

De ahí que cuando Philippe Thirault tuvo que enfrentarse a la historia de Regreso a Belzagor acabara quedándose solamente con el esqueleto de la misma, tratando de mantener los elementos más notables y no pretendió ser fiel a la totalidad sino a los momentos que más le interesaran. Es este un acercamiento valiente, pero lleno de peligros y que, en el ejemplo que nos ocupa, le terminan haciendo mucho daño a la obra en su conjunto.

Los cambios son muchos y muy notables. El regreso de Gunderson se debe a su contratación por parte de dos científicos que quieren investigar la ceremonia del renacimiento. Esto no solo añade un par de nuevos personajes a la trama, sino que hace que el regreso del protagonista no se deba solamente a su sensación de vacío, a una necesidad vital, sino a un mero contrato. Algo mucho más prosaico y aburrido. Cierto es que se mantiene la culpabilidad de Gunderson, pero, sin destripar la historia, podemos señalar una anécdota sobrevalorada por el antiguo director se convierte aquí en una tragedia. El aumento de las apuestas, de la trascendencia, curiosamente le quita gravedad a la trama; hace que, a pesar de que el guion se haya escrito más de cuarenta y cinco años más tarde que la novela, se pierda originalidad y se haga mucho más convencional.

El resto de las decisiones van en esa misma línea. Desaparece el personaje de Cullen, Kurtz se convierte en un traficante de drogas y el villano de la función, Seena, tiene mucha más presencia y se convierte en una suerte de trasunto de la clásica heroína de la jungla, Sheena. Hasta se convierte a Van Beneker, el antiguo subordinado de Gunderson y ahora jefe del único hotel del planeta, en un personaje siniestro que acompaña a los protagonistas. La historia se transforma en un viaje iniciático personal en la misión de un grupo de personajes por el planeta, se acomoda la historia y se hace que sea más accesible para el lector ocasional y, también, menos excitante para el aficionado.

Antes de pasar a otras consideraciones, sin embargo, hay que comentar dos aspectos en descargo del trabajo de Thirault. Lo primero es que, a diferencia de la novela original, a esta nueva Regreso a Belzagor le ha tocado vivir bajo la sombra de Apocalypse Now. Tal vez hay un cierto interés en separarse de la referencia de El corazón de las tinieblas por ese motivo, por el miedo a que se confunda una obra que bebe de otra con una suerte de explotación con intereses meramente comerciales. El propio Silverberg, entrevistado en la web de Les Humanoïdes Assocciés, reconocía que el guion se tomaba libertades con el libro, pero señalaba que los cómics tienen su propio lenguaje.

El otro elemento que rescata una parte del trabajo del guionista es que, indudablemente, la obra resultará mucho menos frustrante para el lector que no haya conocido la novela original de Robert Silverberg. Es decir, que el cómic es bastante eficaz en su propia dimensión, si ignoramos que es una adaptación. Ahí se ve que se mantienen ideas interesantes y efectivas, que, a pesar de que hayan desaparecido muchos de los mejores momentos del libro, quizá precisamente aquellos que le dan más nivel, los que quedan no dejan de resultar interesantes. Si no existiera el libro de Silverberg, sería muy fácil perdonarle muchos de sus fallos al Regreso a Belzagor de Philippe Thirault.

Por suerte para todos, existe una dimensión en la que el cómic sí que alcanza a su inspiración literaria, y es en el trabajo de Laura Zuccheri. La italiana es una autora poco prolífica a la que en España conocemos sobre todo por la edición de su obra Las espadas de cristal, guionizada por Sylviane Corgiat. En Regreso a Belzagor está en estado de gracia, destacando tanto el trabajo puramente técnico del dibujo como en su capacidad para diseñar y dar vida a un nuevo mundo. En contraste con su opinión del guion, Silverberg aplaudió el dibujo, definiéndolo muy acertadamente como poderoso y, por momentos, sutilmente erótico.

El Belzagor de Zuccheri es, efectivamente, un mundo sensual, que llena los sentidos y construye una realidad natural en el que perderse. Los diseños son brillantes cuando tratan la naturaleza y esto hace que uno se olvide de que, cuando se dedica a los aspectos tecnológicos humanos, el trabajo es mucho menos logrado. En este sentido destacan unas linternas de fusión que inexplicablemente parecen sables de luz salidas de La guerra de las galaxias. A pesar de esos pequeños detalles, lo cierto es que visualmente Regreso a Belzagor es un éxito indudable, una obra en la que perderse una y otra vez en las viñetas que muestran un planeta deslumbrante.

El trabajo de adaptación de una obra como Regreso a Belzagor no es, como ya hemos apuntado, nada sencillo. En el caso que nos ocupa, el guion resulta menos notable, atenazado seguramente por ese miedo a resultar anticuado y a que la sombra de sus referentes eclipse las buenas ideas del conjunto. Para compensar, el dibujo está a un nivel muy alto, destacando en particular cuando tiene que enfrentarse al mundo extraterrestre que nos muestra. Por cierto, merece la pena destacar su diseño de los sulidores y, sobre todo, de los nildores. En estos últimos se toma libertades muy claras con sus capacidades físicas y su tamaño, pero consigue que funcionen para bien, permitiendo a la obra una expresividad maravillosa, sin traicionar en ningún momento al original.

El mundo necesita más ciencia ficción

Una de las reflexiones más importantes que debemos hacer tras leer una obra como Regreso a Belzagor es la necesidad de que más clásicos modernos de la ciencia ficción sean recuperados en nuestro tiempo. En un momento en el que tanto el cine como la televisión pueden aupar al estrellato casi cualquier obra, muchos de libros y autores de referencia parecen ir desapareciendo del imaginario colectivo. Robert Silverberg es un ejemplo muy claro, pero también lo podrían ser Jack Vance, Gene Wolfe, Larry Niven, Brian Aldiss y muchos más.

Frente a la problemática técnica de las producciones audiovisuales, en las que el presupuesto es el rey y el rendimiento inmediato manda, el cómic siempre ha tenido la posibilidad de ir construyendo un catálogo diferente, en el que las obras puedan esperar una vida más larga e ir consiguiendo un público fiel. Sin dejar de lado que las obras originales del medio siempre han de tener una presencia mayoritaria, ahí están los éxitos de obras como El Incal o El Eternauta para demostrar que, además, su vida comercial suele ser muy larga. El arte secuencial puede servir de este modo para tratar de traer de nuevo a la vida obras casi olvidadas.

El trabajo de Les Humanoïdes Assocciés es un buen ejemplo de ello, con colecciones como la de su recuperación de la obra de Julia Verlanger o este Regreso a Belzagor. Merece la pena que se siga trabajando en esa línea, trayendo a nuevos lectores la ciencia ficción que construyó el género y dando la oportunidad de que veamos nuevas visiones sobre el género. Solamente por eso ya habría que aplaudir esta publicación. Que además cuente con el magistral trabajo de Laura Zuccheri es un añadido que hace que todo aficionado a la obra original deba acercarse a esta adaptación. Eso sí, más vale tener estómago a la hora de tragar con algunas de sus decisiones argumentales.

Ismael Rodríguez Gómez

Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas.

Twitter: @Darth_Azirafel
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