Arte y Letras

«Il Varco»: largo viaje hacia la nada

Il Varco nos pone en la piel de un oficial del ejército italiano en 1941, cuando se cumplía un año de la alianza italo/germana durante la Segunda Guerra Mundial, y nos sumerge en su incierto viaje al lejano frente de Ucrania, poco después de la operación Barbarroja en la que los alemanes invadieron la URSS. Imágenes de archivo, grabaciones actuales y antiguos diarios de guerra se mezclan para dar forma a una obra audiovisual de difícil encaje en un género concreto. En ella, la ficción y la realidad son uno y el espectador se ve inmerso en una travesía a un lugar en el que solo se refleja una luz, aquella que alumbra la posibilidad de una improbable vuelta a casa.

Federico Ferrone (1981) y Michele Manzolini (1980) son los dos directores de este documental de ficción que nació, en sus propias palabras, «del deseo de continuar un camino de reelaboración cinematográfica de archivos y memoria de películas, pero esta vez con mayor libertad creativa» (los dos realizadores ya utilizaron esta técnica en su anterior obra, Il treno va a la mosca -2014-). Mediante esa reelaboración dan forma a un original collage narrativo que, con la yuxtaposición de antiguas grabaciones, la narración de un supuesto oficial del ejército italiano capaz de traducir el ruso y una atmósfera malsana y ensoñadora, resulta en algo totalmente nuevo. «Durante una extensa investigación en los archivos de home movies en Bolonia y el Istituto Luce en Roma, encontramos dos fondos grabados por soldados italianos (Adolfo Franzini y Enrico Chierici) durante la campaña rusa. Estos nos han orientado hacia la elección del contexto, que luego reelaboramos libremente, con una narrativa que da vida a materiales extraordinarios a través de la edición y la música», explican en una entrevista a Cineuropa.

Entre lo real y lo imaginario

Creados a través de esos diarios de soldados italianos durante la Segunda Guerra Mundial, los pensamientos, anhelos y recuerdos de este probable pero imposible oficial del ejército italiano nos guían hacia el frente. El tren que lo traslada se interna en el último túnel de Italia, el que la separa de Austria, y la oscuridad lo envuelve todo en el que es un trasunto de lo que, aunque la soldadesca aún no lo sepa, va a ocurrir. Más allá de los túneles austroalpinos y de Hungría llega el Danubio, la última frontera. A partir de ese punto, el indómito este se encarga de, gramo a gramo, succionar las esperanzas de unos soldados que empiezan a vislumbrar la verdadera esencia del horror, la que el fervor patriótico no dejaba entrever. Esta guerra, aseguraban los alemanes, era la última guerra. Después, la paz, su paz, llegaría. «Este es el camino hacia Moscú», afirma un burlón y desdentado viejo. Solo es un loco, se dicen los militares, pero no pueden evitar tomarlo como un apocalíptico presagio. El camino hacia el este nos adentra, también, en esa Europa dominada aún por la miseria y la superchería en la que las fronteras entre lo real y lo imaginario se difuminan, como si el mundo de las hadas volviera desde la niñez de los soldados y se tornara real de nuevo en forma de pesadilla.

El valor de Il Varco radica en su capacidad para, a partir de imágenes y testimonios reales, crear una historia de ficción que se antoja veraz. Unos visos de realidad que se dan a pesar de que la línea entre esa realidad y el sueño prácticamente deja de existir durante el metraje. Il Varco retrata el camino al frente como un mal viaje lisérgico del que es imposible huir.

El desasosiego que lo impregna todo es perfectamente complementado por la banda sonora de Simonluca Laitempergher. Su música no solo acompaña la acción, sino que además fue herramienta indispensable para la elaboración del filme. «Los temas que compuso Simonluca en una fase preeliminar nos ayudaron a orientar la escritura del montaje. Su trabajo fue completo y nos acompañó también en la grabación de la voz y en el desarrollo de un universo sonoro completamente recreado desde cero, ya que el material de archivo elegido estaba completamente en silencio al principio», señalan los directores. La música de Laitempergher es, al igual que la propia obra, difícil de encasillar. En ocasiones linda con el dark ambient (en los momentos más fúnebres) y en otras reinterpreta muy libremente sonidos de principios del siglo XX. La banda sonora produce, junto a la imagen, paisajes llenos de nostalgia y desesperanza.

Ucrania, la nada

Adentrarse en Ucrania era hacerlo en el corazón de las tinieblas. Allí, las interminables llanuras hacían las veces de la impenetrable selva que Joseph Conrad tan bien retrató. La diferencia es que allí no había un Kurtz; el mismo territorio representa el horror. «¿Cómo se mantiene unido un país tan grande?», se pregunta el oficial italiano mientras rememora el calor áspero, pero calor al fin y al cabo, de la ya lejana campaña en Etiopía. En un campo en el que tienen retenidos a cientos de rusos, algunos de ellos entonan antiguas canciones de su tierra. Unos son rubios, otros vienen de más allá del Cáucaso, de las estribaciones de Mongolia incluso, y sin embargo cantan y bailan extasiados la misma canción, una que parece extraída de las arenas del tiempo. Ellos, los italianos, están muy lejos de su hogar y hace tiempo que las canciones dejaron de sonar en sus campamentos. Mientras recorren las vastas llanuras todo un carrusel de horrores se despliega. Las poblaciones quemadas y los animales yacientes en las cunetas no dan lugar a equívocos: la muerte acecha. Las sonrisas y los buenos deseos hace tiempo que han dado paso a la enfermedad y a los pensamientos sombríos. Muchos de los que conforman la Armata Italiana en Rusia (ARMIR) ni siquiera son fascistas. Y el invierno apremia. Sería tan fácil como, en la noche, traspasar las líneas enemigas y convertirse en partisano.

Es curioso observar cómo ciertos territorios parecen destinados a la sordidez de la guerra. Las imágenes de la Segunda Guerra Mundial se alternan con las del reciente conflicto del Donbass y se encargan de recordarnos que la guerra sigue sacudiendo el patio trasero de Europa, por más que se intente ocultar. «Es como si las heridas de los pasados setenta años aún no hubieran cicatrizado», apuntan los directores. Sería tan fácil como, en la noche…

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