La brutal e inhóspita China de Jia Zhangke

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La China reflejada en las películas de Jia Zhangke (cuarenta y nueve años, Fanyang, China) es la de las periferias, aquella que se destruye y se reconstruye sin descanso en una danza febril de la que no se vislumbra el final y que obliga a su propia población, tratada casi siempre como simple mano de obra, a reciclarse, transformarse y moverse para sobrevivir, al igual que el propio país. Aquella que crea de la nada ciudades pobladas por millones y que hace desaparecer localidades enteras -esto aquí nos suena- anegadas por las aguas del Yangtsé y su impresionante presa de las Tres Gargantas, la particular bienvenida china al siglo XXI. Un país que el tradicional hermetismo chino solo nos deja entrever.

No es plato de buen gusto que te arrojen tus miserias en crudo y a la cara, y es por eso que la obra de Zhangke no siempre ha gozado del beneplácito de la máquina censora estatal. Hasta 2004, cuando El mundo fue aprobada para su estreno, sus películas solo encontraban acogida en el circuito de los DVDs piratas, única manera de encontrar difusión más allá de la censura. Hubo quien acusó al director de haberse plegado a los designios estatales y de haber aligerado de peso político su obra en aras de una mayor difusión. «Realmente nunca me ha importado la censura, yo expreso todo lo que quiero decir. Sé que existe censura, por supuesto, pero no pienso cómo puedo evitarla. Quiero que todas las películas, las mías y las de los demás, se puedan comercializar en China, pero no cambio mis ideas o posturas para conseguirlo», aseguraba hace unos años. De hecho, obras como Naturaleza muerta (2006) o Un toque de violencia (2013), que no se llegó a estrenar en China, ejemplifican sin ambages el eterno proceso de transformación, entre el mercado y la intervención estatal, que vive el país asiático. Un ciclo inexorable al que no le importa dejar cadáveres en el camino. En él conviven una incontrolable y cotidiana corrupción, el poder extorsionador de las mafias locales y la soledad que deviene de este proceso globalizador.

Obsesiones y reconocimiento occidental

La soledad, el amor (dos caras de una misma moneda), el dinero y la violencia surgen como ejes de la obra de Zhangke, así como la ruptura provocada por la brutalidad del ciclo del capital, que desgarra relaciones y separa caminos sin clemencia. «Hoy en China el dinero es una especie de religión que está por encima de todo», reflexionaba el cineasta en 2016 en declaraciones a El Periódico.

Fue con Naturaleza muerta cuando los festivales y críticos occidentales fijaron su atención en Zhangke. La película ganó el León de Oro de Venecia y consagró al realizador como el ejemplo más notable del cine independiente chino. Naturaleza muerta retrata al minero Han Sanming que regresa tras dieciséis años a Fengjie, ciudad que quedó sepultada por las aguas durante las obras de la presa de las Tres Gargantas, en busca de su esposa. Todo ello sazonado por el traqueteo de la omnipresente maquinaria que derrumba edificios (de nuevo, la salvaje danza) a contrarreloj ante la inminente subida de las aguas del Yangtsé. En Un toque de violencia, que terminó de encumbrar a Zhangke a nivel internacional, se encadenan una serie de tramas sin más vínculo, supuestamente, que una continua sensación de desazón y hastío vital en las que la violencia ejerce como hilo conductor y se muestra como única alternativa a lo alienante de esta nueva China, moderna y miserable a un tiempo.

En la recientemente estrenada en España La ceniza es el blanco más puro (2018) de nuevo la violencia y el amor vertebran una trama en la que, como ya ocurría en Más allá de las montañas (2015) y en una de las subhistorias de Un toque de violencia, es una mujer de apariencia débil pero de voluntad férrea (interpretada en todos los casos por Thao Zhao, mujer del director) la que se convierte en núcleo de la acción. Nuevamente entra en escena la figura de una mujer que afronta los reveses de la vida (que en el cine de Zhangke no faltan) con entereza. «Como hombre, me gusta reflexionar y usar mis películas para pensar sobre las deficiencias de los hombres. La sociedad china sigue siendo un patriarcado, pero las mujeres actuales rechazan la actitud gentil y sumisa que sus madres se vieron obligadas a mantener», se sincera. En esta ocasión Qiao, novia y lugarteniente de un jefe de la mafia local, decide cargar con una culpa que debiera haber correspondido a su novio y es condenada a cinco años de cárcel. Ese extremo acto de amor, empero, no es correspondido a su salida de prisión, por lo que la vida de Qiao parte de cero en esa extraña China que a la vez deglute, escupe, destruye y crea.

La Ceniza es el blanco más puro vuelve a demostrar que el cine del Jia Zhangke, de trazo y tono tan característicos, no enmascara sus ideas recurrentes (además de las ya citadas es imposible pasar por alto su gusto por las inefables escenas musicales, la omnipresencia de las redes sociales o las apariciones estelares de extrañas luminarias cósmicas), por lo que la bofetada que supusieron en occidente en su día Un toque de violencia o Naturaleza muerta ya es difícil que se vuelva a dar.

Así, La ceniza es el blanco más puro no sorprende a quienes disfrutamos de las ya nombradas películas. Hay quien dice que este film es una suerte de compendio de todo el cine anterior de Jia Zhangke en el que se dan cita todas sus obsesiones tanto temáticas como de estilo (de hecho, él mismo afirma que el personaje protagonista se construye a través de las escenas cortadas de sus obras precedentes). Si esto supone un punto y aparte en la carrera del director, perfecto, pues significará que quiere ir más allá de lo explorado hasta ahora y que sus obsesiones no se transformarán en lugares comunes.

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