Al borde de la vereda: Lisboa

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Corría el año 1580. Felipe II invadía el trono de Portugal. ¿Erró Felipe I de Portugal no estableciendo la capital del primer Imperio global en la fadista ciudad? Quién sabe cuál hubiera sido el devenir de la Unión Ibérica. Se hizo tarde, en 1640 cuando ni los Tercios Viejos hallaron forma de aminorar el alzamiento de restauración de independencia portuguesa. Tras sesenta años de dominio peninsular, hoy la ocupación es de ida y vuelta.

A 2019 de almanaque, no hay español de deneí que no haya arribado a la capital portuguesa. No hallarán periódico nacional, provincial, local u octavilla de urbanización; revista de viajes, gastronomía, decoración o de bisutería que no rellene unas pocas de líneas pomposas, siempre definitivas y recónditas, de la burbujeante Lisboa.

Por donde llegaban en tiempos de Vasco da Gama naos casi vacías de esqueletos amarillentos, en harapos tras meses sin avistar costa, hoy unos predios flotantes derraman el sustento en forma de clientela.

La ciudad vive abonada al oxímoron: la moda de lo antiguo como experiencia irrepetible, la orografía de cuestas inagotables, su cementerio de los placeres o la ajetreada calma que a diario juega en los peldaños de su calzada. De un tiempo a esta parte, las perífrasis discurren en el eco de las cavernas. Por eso, no pretendo atracar ni verter más tinta al lugar donde el Tajo piérdese en Atlántico. Tan solo reseñar un breve apunte con subrayado que ocupa mi pequeña libreta.

Seguramente hayan contemplado, digamos visto, visitado, al tipo con bronceado gastado, con sombrero y de piernas cruzadas que ocupa la silla contigua a la que cualquier entidad foránea (señora, señor, niño, anciano o vocífero autobús completo de andaluces) tiene ocasión de retratarse en el Café La Brasileña en la calle Garrett, que es como en español se llama a la rua. (disculpen la perogrullada). «No hay mayor creador de identidad cultural que el turismo», suspiraba Martín Caparrós a los estratos de Bogotá en sus Crónicas sudacas.

Allí, en A Brasileira, las sillas de la decorativa mesa están apartadas del resto de la terraza que pertenece al café. Tanto que no es necesario consumir para sentarte junto a Fernandito, como hipocorísticamente insiste en llamarle un fulano, en su enésima foto con flash a su soleado hijo con gorra.

Resulta una contradicción en caída libre: inmortalizarte en una instantánea con una efigie que finge como poeta ser diferentes individuos y, para más inri, apellidado Pessoa. Pero un lingüista, o cualquiera que se detenga en el saber etimológico, podrá reparar en los recovecos del encadenamiento.

Sin abundar en petulancias, es destacable la ubicación del monumento al poeta portugués en el exterior, siendo el lugar menos frecuente para superar la tarde junto a su rutinaria y recíproca actividad: escribir, beber y fumar. A no ser que saliese de su interioridad para recordar sus tiempos sudafricanos donde las sombrillas coloniales tapizaban su visión adolescente, «soy del tamaño de lo que veo, no del tamaño de mi estatura».

Pessoa era un misántropo al que han intentado ligar a la eternidad en productos de único uso final de venta. ¿Quién bebe café en su morada en una taza con forma de sombrero? La desdicha le acompaña en su estatua. Ya hubiese querido Pessoa cambiar tanta muchedumbre por petrificarse en el tiempo con el prematuro suicida Mário de Sá-Carneiro. Sentándose para caminar, como César Vallejo confesaba haber hecho en Trilce.

En Buenos Aires, dícese escuchar el eco del murmullo entre Bioy Casares y Borges en el Café La Biela, tan acompasada como la pausa sonora compartida a la orilla de un par de güisquis entre Onetti y Rulfo en vida. «Elogio de la brevedad», escribo entre paréntesis.

Aquí, al borde de la vereda, apenas alcanzo a concluir las puntuaciones que completan estas anotaciones, cuando mi caligrafía es objeto de miradas extrañas, entre curiosas y recelosas, de algunos movilizados transeúntes a la velocidad de tres fotos por adoquín.

Mientras, el perpetuo escarnio del poeta António Ribeiro observa la desdicha de Álvaro de Campos, y a la subida del Chiado, rebautizada calle Almeida Garrett, se asoma el laurel de la corona de Camões. Y uno anota: «la vanidosa deidad popular». No muy convencido, decido dejarlo y buscar alguna solución. «Dudo, por tanto, pienso». Quizá en los versos finales de Escrito en Lisboa, de Benjamín Prado alivian los etéreos deseos de pedestales. «Prefiero estar contigo y que me olviden / a escribir una obra maestra en la que cuente / que aún no te he encontrado o que ya te perdí». Esa satisfacción de no añorar aquello que pudo no haber pasado porque aconteció.

Para acabar esta digresión pessoana, me acuerdo de uno sus coetáneos, añada del 88/XIX, el poeta mediterráneo Giuseppe Ungaretti. «Solo es decente ser otra persona». Evocar la instantánea en la que aparece Ungaretti ataviado con boina, gabardina y paraguas mientras atravesaba no importa qué puente. A vista de cualquiera, ¡y es que no somos más que apariencias!, podría pasar por un médico que anota las pulsaciones del último paciente, un espía de Entreguerras que escribe la dirección del penúltimo decisivo encuentro, un ingeniero que realiza cálculos del soporte en toneles de los nuevos caminos o, incluso, un viajero que comienza a escribir la ansiada carta que aguarda la persona que solo aguardaría ansiosa esa carta del remitente. ¿Y no es el poeta quien se ocupa de esas tareas?

Ayer paseaba por Pessoa mientras la ropa tendida en los balcones se soleaba, en los tranvías viajaba la abundancia, las palomas decidían mudarse a la tierra y Lisboa se desperezaba de su ruina como el vencido que sabe la verdad. Desasosiega saber que estar es otro tiempo a haber sido.

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