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Secuestros, dictaduras y cintas de video: Kim Jong-il, Shin Sang-ok, Choi Eun-hee y la industria del cine norcoreana

A estas alturas de la historia, la Guerra Fría ya nos queda un poco lejos. Muchos de nuestros lectores no sufrieron, aunque fuese en su tierna infancia, la existencia del Muro de Berlín, la lucha no declarada entre los Estados Unidos y Rusia, el miedo a que todo pudiese irse al garete en cualquier momento porque uno de los dos bloques decidiera pulsar el botón rojo. De ahí que cuando nos acercamos a los sucesos de aquella época sea fácil sorprenderse al descubrir un mundo que parece salido de una película de espías, sucesos que parecen forzar los límites de lo posible y parecen más propios de un guion de James Bond. Sin embargo, es cierto eso de que la realidad a menudo supera a la ficción. Así, puedes encontrarte con que el futuro dictador de un pequeño país del extremo oriente secuestró a un director y a una actriz para terminar haciendo su propia versión de Godzilla ambientada en la Corea medieval. Ni Le Carré y Fleming, juntos en un mano a mano con todo tipo de drogas, se acercarían a semejante trama.

La Guerra Fría, por supuesto, es todavía un periodo histórico lleno de secretos y mentiras. En el caso que nos ocupa, por ejemplo, tenemos que confiar ciegamente en la versión de los hechos que nos aportan sus protagonistas occidentales, el director Shin Sang-ok y la actriz Choi Eun-hee. Ambos estuvieron retenidos ocho años y no es raro que muchos miren con algo de recelo su relato; sobre todo los que tienen relación con alguna de las dos Coreas. En España, hemos podido ver que Alejandro Cao de Benós defendía la narrativa negacionista del secuestro; pero quizá es necesario seguir la senda de Paul Fischer, autor de Producciones Kim Jong-Il presenta…, publicado en España por Turner en su colección El cuarto de las maravillas, y dar credibilidad a los protagonistas: no parece existir ninguna prueba firme que desmienta su relato y este resulta, cuanto menos, coherente en su formulación.

A este respecto, merece la pena indicar que en el volumen de Fischer se menciona la existencia del libro de un tal Nishida Retsuoh (se nos dice que es un pseudónimo), llamado The Fictional Image, que sería el citado por todos los que ponen en duda la historia contada por Shin Sang-ok y Choi Eun-hee. El autor afirma haberlo leído y encontrarlo poco convincente; sin embargo, no lo cita en la bibliografía y no ha sido posible encontrar ninguna referencia al mismo fuera del volumen de Fischer… Seremos benévolos y supondremos que nunca ha sido publicado en inglés, que el título que se le adjudica es una traducción personal de Fischer y que por eso no es posible localizarlo; pero es una lástima no poder conocer de primera mano la otra versión de los hechos.

Un director y una actriz

Lo cierto es que la historia de Shin Sang-ok y Choi Eun-hee se parece peligrosamente al guion de una de las películas que rodaron juntos. Él fue el director más importante de la posguerra coreana, ella la actriz de mayor éxito. Se conocieron y se enamoraron, ella abandonó a su marido por él, se casaron y adoptaron a dos hijos. Todo era perfecto: él dirigía la mayor productora de cine de Corea del Sur, ella daba clases de interpretación… La vida les sonreía. Hasta que todo se empezó a torcer.

Para empezar, Shin Sang-ok no se conformó con echarse una amante, sino que tuvo dos hijos con ella. Esto terminó causando un gran revuelo en la sociedad coreana y desembocando en el divorcio de la pareja en 1976. Para entonces, por si esto fuera poco, la productora Shin Films había caído en la bancarrota debido a los enfrentamientos de Shin Sang-ok con el gobierno coreano. A pesar de que había contado con el beneplácito del régimen de Park Chung-hee, el director fue creyéndose intocable con el paso de los años, lo que como no podía ser de otra manera terminó causando su caída en desgracia y una serie de problemas cada vez mayores con los censores, hasta que llegó a perder el permiso para producir. Tuvo algo de poético, puesto que Shin Sang-ok podría considerarse la persona que más se había beneficiado de la dura y cambiante legislación surcoreana en el ámbito de la cinematografía.

Así pues, en 1976 nuestra pareja protagonista había dejado atrás la vida de ensueño que atrapara la imaginación de sus compatriotas y se había subdividido en un par de artistas divorciados y en bancarrota que subsistían como podían, muy a menudo mirando al exterior en busca de la financiación que su propio país ya no les daba. En el Oriente de aquel momento estaba claro que donde se podía encontrar el dinero era Hong Kong.

La antigua colonia británica era la Meca del cine regional desde hacía mucho tiempo. Basta con recordar que Bruce Lee estrenó ya en 1971 Kárate a muerte en Bangkok (Tang shan da xiong, 1971), siendo la estrella de la Golden Harvest, productora que procedía de una escisión de la aún más mítica Shaw Brothers. A Hong Kong acudió Choi Eun-hee en 1978 para encontrarse con un supuesto inversor que estaba dispuesto a jugarse el dinero en su carrera como directora y la creación de una escuela de actuación. Todo resultó ser una farsa y la estrella surcoreana fue raptada por un grupo de agentes norcoreanos.

Reunión y estancia en el reino ermitaño

La desaparición de Choi Eun-hee fue todo un shock para Shin Sang-ok, que se obsesionó con que había sido raptada por Corea del Norte. Según como lo interpretemos, esto sería una muestra de su intuición o bien una pista de que en realidad todo era una mentira para desertar sin que nadie sospechara. El caso es que no tardó mucho en pasarle lo mismo que a su exmujer y, apenas seis meses después, corrió la misma suerte que ella, en la misma ciudad. Aún así, no volverían a verse hasta 1983.

Durante casi cinco años, Choi Eun-hee vivió una vida lujosa, pero solitaria (cambió en varias ocasiones de vivienda, fue vigilada por dos mujeres distintas…) y durante todo un lustro disfrutó de la atención de un Kim Jong-il que aún no dirigía el país oficialmente, pero que ya se había convertido poco a poco en su gobernante en la sombra. El segundo Líder supremo de la República Democrática de Corea se presenta de la mano de Choi Eun-hee y Shin Sang-ok como una figura contradictoria: cinéfilo absoluto, amigo de las fiestas y siempre rodeado de un séquito de sicofantes que le acompañaba para reírle los chistes, fue capaz de tener un hijo en secreto con la actriz Song Hye-rim y de ocultarlo hasta su llegada al trono. Amable y cercano con sus cautivos, al mismo tiempo organizaba atentados, traficaba con armas y drogas y no pestañeó mientras creó un culto de adoración ciega hacia su persona mientras su pueblo moría de hambre.

Mientras tanto, Choi Eun-hee y Shin Sang-ok siempre contaron con el beneplácito de su raptor. El director trató de escaparse en varias ocasiones y demostró ser un ejemplo perfecto del prisionero que nadie quisiera tener. Su testarudez hizo que fuese trasladado desde la casa en que le tenían retenido a una cárcel en la que estuvo a punto de perder la vida. Finalmente, decidió que debía recuperar el favor de Kim Jong-il a base de cartas aduladoras y la promesa de su colaboración para reforzar la industria cinematográfica norcoreana. Lo consiguió y, gracias a ello, llegó a reunirse con su exmujer en una fiesta celebrada por el dictador allá por 1983.

Resulta conveniente para la trama que nuestros protagonistas descubrieran que, en realidad, seguían queriéndose, forjando así una nueva alianza para tratar de sobrevivir como prisioneros en la jaula dorada de aquel país extraño. Se casan de nuevo ese mismo año, empiezan a trabajar y tratan de levantar una nueva productora. Son los primeros que ponen sus nombres en los títulos de crédito de las películas norcoreanas y graban la friolera de diecisiete películas en veintisiete meses, según declaraciones de la propia Choi Eun-hee. El amor resurge entre ellos, trabajan durante más de veinte horas al día y Shin Sang-ok reconoce que adora no tener que preocuparse por el dinero y la libertad creativa que le da Kim Jong-il… Mientras tanto, empiezan a planear su huida.

No vamos a relatar aquí de manera pormenorizada lo que sucedió entonces, para eso está disponible en español el libro de Fischer. Basta con señalar que la estrategia para abandonar Corea del Norte pivotaba en torno a un permiso de Kim Jong-il para viajar al extranjero con la excusa de acudir a festivales de cine donde podrían ganar fama y premios. Con ello, el régimen buscaba no solamente cierta proyección internacional, sino también la obtención de moneda extranjera, divisas fuertes que pudiesen ayudar a cuadrar las cuentas de Kim Jong-il y de su gobierno, en ese orden concreto según este relato.

Shin Sang-ok y Choi Eun-hee empiezan a viajar por Europa y se convierten en una de las caras más reconocibles de Corea del Norte. Su objetivo oficial es tratar de establecer una productora norcoreana en algún país de Europa del este, aprovechando las relaciones del régimen con el bloque soviético. En realidad, los surcoreanos consiguen llegar a Austria y organizar una huida digna de una novela de espías hasta la embajada estadounidense, donde piden asilo. Era 1986 y habían pasado más de ocho años desde su desaparición.

Dejaban atrás a un dictador que creía que los Estados Unidos habían raptado a sus dos fieles realizadores, una productora que caería en desgracia tras su huida y una serie de películas que ganarían fama y reconocimiento a partes desiguales. Salt (Sogeum, 1985) obtendría un gran éxito a nivel de crítica y el galardón de mejor actriz en el Festival de Cine de Moscú de 1985 para Choi Eun-hee. Pulgasari (id., 1985), la delirante cinta de monstruos gigantes que significó su última producción norcoreana, sería a la postre la más famosa de su producciones, aunque por razones que están muy alejadas de su calidad.

La vida después del regreso

El destino de Shin Sang-ok y Choi Eun-hee tras abandonar Corea del Norte fue tan decepcionante como coherente. Tras dos años bajo vigilancia protegidos por los servicios secretos estadounidenses, se trasladaron a California, donde Shin Sang-ok buscó recuperar su carrera. Con más de sesenta años, anclado en el cine del pasado y sin contactos realmente influyentes, el resultado no fue el esperado: su único trabajo de importancia fue la tercera entrega de la serie de los 3 pequeños ninjas, llamada en España 3 ninjas peleones (3 Ninjas Knuckle Up, 1995). También realizó algunas películas en Corea del Sur, pero sin éxito de público ni crítica.

En 1994, eso sí, fue jurado del mismísimo Festival de Cannes, formando equipo con Clint Eastwood, Catherine Deneuve, Kazuo Ishiguro o Lalo Schifrin entre otros. La oportunidad le reportó el honor de formar parte del jurado que premió a Pulp Fiction (id., 1994), que no es poca cosa. Cinco años más tarde regresó por fin a Corea del Sur, que para entonces era un país muy diferente al que había abandonado en 1978. La dictadura había dejado paso a la democracia y él ya no era un director estrella, sino una vieja gloria que no encontraba su lugar en el mundo. Viviría en Corea del Sur hasta su muerte en 2006, con setenta y nueve años.

Choi Eun-hee le sobreviviría doce años. La legendaria actriz llegaría a ver parte de su legado recuperado, convirtiéndose en una figura clave de la cultura cinematográfica surcoreana. La misma industria que le había dado la espalda a ella y a su marido tras su regreso la adoraría en sus últimos años. No es un mal final para su historia.

De leyendas, historias reales, conspiraciones y secuestros

Esta narración, sin embargo, no se limita a la de la vida de nuestros protagonistas. Por un lado, Kim Jong-il seguiría vivo hasta 2011. Su figura es clave para entender el interés de los avatares sufridos por Shin Sang-ok y Choi Eun-hee. Sin entrar ahora en consideraciones generales sobre su persona, su obsesión por el cine es una certeza histórica que contribuye a que la idea de secuestrar a un director para mejorar la producción fílmica del país parezca un poco menos alocada. Sirva como ejemplo que, hasta donde sabemos, usó durante años las embajadas de Corea del Norte distribuidas por todo el mundo para que le hicieran copias de películas extranjeras y se las enviaran a Pyongyang, con el agravante de que estas eran subtituladas por traductores que nunca tenían acceso a toda la película para que no se viesen expuestos a influencias tóxicas. Shin Sang-ok llegó a decir que, en el gran archivo cinematográfico de Kim Jong-il, había películas suyas de las que él no tenía copias en Corea del Sur.

No obstante, la obsesión por el cine del Líder supremo tampoco logra acabar con todas las dudas respecto a la verdadera naturaleza de la desaparición de Shin Sang-ok y Choi Eun-hee. Ya hemos comentado que el gran problema de la historia que la conocemos es que solamente disponemos de la versión que nos han dado los propios interesados. Mientras tanto, Corea del Norte sigue defendiendo que fueron ellos quienes cruzaron la frontera voluntariamente, huyendo de los problemas económicos y la presión que sufrían en una Corea del Sur que había demolido su estilo de vida. En toda la narrativa, tanto en la que aparece en el libro de Paul Fischer como la del documental The Lovers and the Despot (id,, 2016), hay silencios que resultan extraños. Por ejemplo, resulta cuanto menos curioso que apenas hablen de sus hijos, abandonados a su suerte en Corea del Sur. Más comprensible, pero tampoco muy beneficioso a la hora de glosar sus figuras, es que los hijos de Shin Sang-ok con su amante Oh Su-mi desaparezcan de la trama en cuanto sabemos de su existencia.

Una diferencia básica entre el libro de Fischer y el documental de Ross Adam y Robert Cannan es, de hecho, que mientras el primero trata de defender constantemente la veracidad de la historia relatada por los secuestrados, el segundo no parece considerar su relato como la verdad absoluta. A pesar de que ambos trabajen con el mismo material y de que el documental tiene la indudable ventaja de contar con las imágenes y el sonido de la época, la confianza en lo que se cuenta no parece la misma. Y esto lo decimos sin poner en duda en ningún momento que los directores británicos se creyeran la historia que estaban contando. Simplemente, si fue así no supieron transmitirlo.

Merece la pena hacer un pequeño aparte para señalar que el documento más interesante de la estancia de Shin Sang-ok y Choi Eun-hee en Corea del Norte es, sin lugar a dudas, la cinta grabada por esta última en una reunión con Kim Jong-il. Dura unos cuarenta y cinco minutos y recoge parte de una larga conversación entre los rehenes y su captor, en la que el director y la actriz consiguen que este hable abiertamente del caso y admita haberlos secuestrado. La veracidad de la cinta, como casi todo en este asunto, es puesta en entredicho por algunos críticos, aunque según Fischer tanto los servicios secretos surcoreanos como los estadounidenses la consideraron real desde el principio. Lo mejor de The Lovers and the Despot es poder escuchar algunos fragmentos de la misma.

Tal vez el mayor problema a la hora de enfrentarse a la versión de la historia de Shin Sang-ok y Choi Eun-hee es que resulta demasiado perfecta, demasiado cinematográfica. Esto es problemático, pero al mismo tiempo nos hace sospechar de nuestros propios prejuicios; pensar que quizá nuestras dudas pueden deberse, simplemente, a que son un un director y una actriz y realizadora quienes nos están contando la historia. Dos narradores que no pueden evitar que su vida se convierta en un guion que vemos en nuestro cerebro. Quizá es la forma en la que nos cuentan las cosas, la estructura fuerte y clara, lo que hace que su historia nos resulte casi ficticia, poco espontánea. Demasiado caótica como para ser real.

Seguramente tardaremos muchos años en conocer los detalles que rodearon el secuestro de Shin Sang-ok y Choi Eun-hee. Mientras tanto, tendremos que conformarnos con aprovechar su relato para echar un pequeño vistazo a una época (la Guerra Fría) y un lugar (Corea del Norte), que producían ideas tan extrañas como raptar a un director del país vecino para que dirigiera una copia de Godzilla. Para recordar que quizá hubo un tiempo y un lugar donde esta historia no resultaba imposible.

Ismael Rodríguez Gómez
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