Divulgación

Capitalismo 3.0

Nos encontramos ante una nueva época histórica, y también ante la dificultad de la que hablaba Fredric Jameson en su libro Teoría de la postmodernidad de definir o configurar los límites de dicha era cuando aún está en curso, dado que esto normalmente es más sencillo hacerlo post facto, habiendo adquirido cierta distancia y habiendo tomado perspectiva. Me gustaría aclarar que esto no será una crítica al capitalismo per se, sino al hecho de ser el modelo de organización económica, social y cultural mayoritario, y también a que parezca irremediable y excluyente, el único modelo viable y sin medias tintas. Tenemos una percepción de expansión unilateral cuando lo cierto es que en su evolución existen o pueden existir tímidas oscilaciones hacia un cambio de paradigma más humano, pero que debe de partir de la realidad existente.

Aquí me ceñiré en describir aspectos reseñables de dicha nueva época histórica (algunas son pura observación, por lo que si estoy equivocada pido disculpas de antemano), al margen del debate al que apuntan las teorías sobre esta post-postmodernidad: que si esta época es una superación tanto de la modernidad como de la postmodernidad; que si en cambio es una prolongación de la postmoderninad e incluso una radicalización de ciertos aspectos; que si es una recomposición de la modernidad en el presente pero reconfigurada según el contexto actual; o que si es una oscilación entre la ingenuidad ideológica modernista y la falsedad cínica postmodernista. Si el lector tiene interés en las teorías concretas, puede hacer una búsqueda e investigar sobre la teoría de la altermodernidad de Nicolas Bourriaud, de la hipermodernidad de Gilles Lipovetsky, de la automodernidad de Robert Samuels, el performatismo de Eshelman, el digimodernismo de Kirby o el metamodernismo de Vermeulen y Van Der Akken.

Si bien según señalaba Frederic Jameson en Teoría de la postmodernidad una de las características esenciales de dicha postmodernidad era que la cultura no se podía concebir como un elemento estanco, sino que había impregnado cada uno de los aspectos de la vida, en esta nueva era ocurre lo mismo con la ideología: se da una ideologización extrema, ya no solo de la vida pública y cultural sino de la personal, en parte porque, aún a pesar de la indefensión aprendida que ha generado y genera el sistema político, empezamos a darnos cuenta del poder que tenemos como agentes de cambio y de cómo ejercer influencia en el mercado a través del consumo; pero también como consecuencia de un intrincado y sofisticado sistema que convierte causas nobles o prioridades en armas de doble filo y que consiste en instrumentalizar, en convertir todo tipo de subjetividades en intensas fragmentaciones ideológicas, y cuando las contradicciones en los discursos se hacen visibles, en vez de asumirlos para conciliarlos, nos quedamos enganchados a los pedazos fragmentados, ocultando además cualquier tipo de posibilidad o experiencia personal e individual bajo la experiencia ideológica (no me ocurre algo por ser un individuo sino por ser mujer, hombre, pobre, rico, de esta u otra parte del mundo…) y esta dinámica puede aplicarse a cualquiera de los temas candentes de la actualidad.

Esta ideologización de la esfera privada de una población cada vez más atomizada y enfrentada es la cortina de humo perfecta del sistema para evitar el cuestionamiento del propio ejercicio del poder, que a su vez nos acabaría llevando a cuestionar los grupos económicos que dominan la política mundial, para evitar también la búsqueda de mecanismos de limitación de ambos poderes (el político y el económico imperialista) y para estimular una sana e ilimitada participación ciudadana en los asuntos públicos (no solo mediante el restringido y defectuoso mecanismo del voto) que implique conocer y trabajar desde la realidad y sus contradicciones y no desde ideas abstractas e ideologías.

Los medios de comunicación de masas juegan un papel muy importante en esto; buscan generar un efecto puramente emocional más que informativo y tratan de forma diferente noticias de una misma naturaleza para provocar una distinta reacción ajustada al relato ideológico al que sirven. Son, por tanto, los instrumentos que recogen y perpetúan dicha atomización, y junto con las redes sociales generan una urgencia de posicionamientos vehementes aunque no exista la suficiente información o el tiempo para elaborarlos, provocando impulsos puramente emocionales y primarios.

Curiosamente, una supuesta izquierda revolucionaria está siendo un bastión importante del sistema. Sacar a la luz y cuestionar prácticas sociales normalizadas para proponer alternativas es un camino de salud y evolución, pero el problema es que hay una parte de la izquierda que es totalizadora y utiliza la coacción emocional y el chantaje de lo políticamente correcto para obligar a posicionarse de forma vehemente sobre su realidad dogmática, ejerciendo presión mediante la famosa cultura de la cancelación sobre los que cuestionan no ya los qué, sino simplemente los cómo a la hora de llevar a cabo las propuestas; o lo que es lo mismo, primando los discursos frente al debate sobre la viabilidad de la propia intervención social, generando una asfixia intelectual y un recrudecimiento alarmante de las posturas contrarias. Un síntoma de que existe parte de esta izquierda totalizadora, denunciada no ya desde las denominadas derechas sino desde algunos sectores de las denominadas izquierdas, es la famosa carta sobre el derecho a discrepar firmada por intelectuales progresistas de la talla de Noam Chomsky o Margaret Atwood.

Un nuevo tejido económico lucha poco a poco por abrirse paso frente al constante ahogo que implica la economía financiera frente a la economía real o productiva. El mercado como espacio físico mayoritario se ve engullido por el espacio virtual, lo que supone un reajuste brusco y a veces agresivo en el continuo de los tipos de empleo que se van destruyendo dando paso a otros nuevos. El modelo online permite cada vez más una deslocalización de los núcleos urbanos y una democratización y flexibilización del mercado, dado que no son necesarias inversiones gigantes para según qué negocios online, lo que permite la proliferación de nuevas empresas con una ética actualizada y nuevas plataformas que puedan ir haciéndole frente a los grandes gigantes como Amazon.

La contrapartida es la excesiva centralización en lo tecnológico y el culto a la modernización técnica, y también lo es la cara actualizada del capitalismo: la información es el nuevo bien de consumo compulsivo y acumulable; la urgencia en los contenidos digitales novedosos; la disolución de la línea entre la vida profesional y la personal; el autónomo esclavo que puede convertirse en un nómada digital pero sin días libres y con hiperconexión incluso en sus vacaciones, dispuesto a vender su intimidad, mostrar su vida personal o practicar el intrusismo profesional con tal de seguir creciendo en número de seguidores en redes sociales; la individualización vertiginosa; la egolatría; la falta de tiempo para los demás y, por supuesto, la esquizofrenia que supone, por un lado, creer que las representaciones sobre el mundo que hay en las redes sociales son más reales que el propio mundo real y, por otro, vivir sometido al personaje o el rol que nos hemos fabricado en estas: siempre positivo, sonriente, o por el contrario macarra y contestatario, etcétera.

Toda esta hiper-productividad está sustentada por herramientas como el coaching y por la instrumentalización de prácticas espirituales como la meditación, que persiguen una mayor gestión emocional, una organización óptima y una mayor gestión del estrés que permitan poder seguir cumpliendo objetivos. También es reseñable la proliferación de gurús e ídolos espirituales y la nueva religión del pensamiento positivo. Además, las redes sociales y las apps de relaciones están configurando una nueva percepción de las relaciones personales,, generando nuevos síndromes y enfermedades psicológicos derivadas de su mal uso, un aumento de depresión y ansiedad por el ghosting, el caspering, por medir la aceptación social mediante los likes, por la frustración que genera la búsqueda del éxito, por plegarse a ciertos estándares…

Con respecto a la cultura, las prácticas han evolucionado debido a las plataformas digitales hacia lo efímero, hacia la apropiación y la autoría híbrida, y también hacia la ideologización en la que a veces prima el discurso ideológico frente a la calidad narrativa de los productos culturales, y en vez de subtexto o nuevas referencias se generan panfletos explícitos sobre causas concretas. Y con respecto a la política internacional, simplemente voy a mencionar que el incidente del 11 de septiembre de las Torres Gemelas supuso un duro golpe psicológico y simbólico a la hegemonía norteamericana, a su control militar, político y cultural, y que con el tiempo también se ha dado una complejización del panorama internacional y geopolítico con nuevas potencias emergentes como China.

Por último, quiero acabar diciendo que es posible que ahora mismo, con todo lo que ha supuesto y está suponiendo la pandemia, tal vez estemos asistiendo, de nuevo, a un cambio de época.

Cristina García
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