Forma y fondo: el filicidio

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El patriarcado de todas las calañas sabe que si no se siembra temprano, no se cosecha a tiempo. Por ello, ha aplicado el leitmotiv de entrada, apenas el niño comienza a construir la palabra; lo ha inyectado con precisión clínica en cada producto cultural, religioso o educativo que tuvo a mano.

Bertolt Brecht: «El arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma». ¿Cuál realidad, qué forma, quién martilla? El arte para adultos martilla incontables realidades; en el cine, por ejemplo, las refleja de muchas formas, en sus géneros comedia, drama, terror, acción, thriller, ciencia ficción, romance… La lista es larga y generosa. En el caso de la realidad amartillada para niños, no hay mucho para elegir; la mayoría de las películas del cine occidental masivo (que lidera con prepotencia la industria hollywoodiense) ofrece un notable exceso de producciones con protagonismo de gritos, peligro, villanos, violencia, vértigo, víctimas; básicamente género thriller clase V, sin espacio para el humor.

En la literatura popular infantil (liderada con igual prepotencia por los Heavy Metal del bosque, Giambattista Basile, Charles Perrault y los hermanos Grimm), la realidad se compone de manzanas envenenadas, madrastras aterradoras, padres ausentes, lobos destripados de un cuchillazo, jovencitas dormidas un siglo o encerradas por años; niños desolados, rodeados de muerte: la que deben ejecutar para salvarse o la que les toca si no lo hacen. ¿Por qué este universal neo-empeño por aterrorizarlos de entrada, apenas se asoman al mundo? Quizás porque, aunque lo parezca, no es neo.

La tendencia filicida se remonta al Paleolítico y ha existido a lo largo de la historia de la humanidad y en todos los continentes; plasmada en leyendas mitológicas, libros sagrados y actos concretos de sacrificio de niños y bebés en los altares, que lejos del concepto de muerte piadosa, se llevaban a cabo bajo las formas más aberrantes del martirio. Además de constituir el resultado de temores de fuente divina, esos crímenes revelaban la furibunda envidia del mundo teocrático-patriarcal al dúo madre-hijo. Ese feminicidio-infanticidio atroz subsiste hasta hoy, aunque negado, disfrazado o justificado: jóvenes en el frente de batalla, lapidación, prostitución infantil, ablación, pederastia, niños inmolados en los altares del terrorismo armado o de guante blanco. Los argumentos autojustificativos enquistados se han naturalizado a tal punto, que el poder político cumple el mandato filicida ancestral sin pestañear, a través de instituciones que lo perpetúan, cada una con sus propias aberrantes legitimaciones. Muchos países del primer mundo que lucen en la fiesta del capitalismo y de cara al público prendas de algodón livianas, humanitarias, cien por cien ecológicas según Monsanto, (Bayer), diseñadas por (sus) Derechos Humanos S.A. y Libre Vestuario.com, se visten en casa igual que sus ancestros y sus socios actuales, los del patriarcado con mujeres encuadernadas de negro que parecen no tener cuerpo.

Ilustración de Farzana Farzam

En las antípodas de este guardarropa prêt-à-porter, cada vez que los niños históricamente formados en la desnudez de la muerte descubren el abrigo del humor, se lo visten felices. El concepto de que los niños necesitan introducirse en el mundo de la mano de personajes asesinos porque de esta manera subliman la violencia que perciben, es un invento del circoanálisis conectado más con leones carnívoros que con acróbatas y bufones; también corresponde a cierta corriente eléctrica pedagógica que necesita niños presos del miedo para erigir a sus miembros en redentores, en cuando los rescata. El humor como estado, como abordaje, como idioma de transmisión, es una fantástica herramienta de la inteligencia que nos diferencia de las bestias salvajes, que promueve autonomía y rechaza sumisión; que genera tolerancia porque rehúsa el pensamiento literal. Algunos ejemplos: la animación japonesa, que oscila entre la ciencia ficción, la mística y lo onírico; dentro de la industria prepotente, los Minions, pequeños seres amarillos que se mofan del género thriller, de los estigmas y sobre todo de la crueldad adulta. En el rubro viñeta, Mafalda también bate récord hace más de medio siglo. En el mundo de Quino, su creador, hay niños inteligentes, simpáticos, con sensibilidad social y compromiso político, atentos a una realidad difícil con la cual juguetean y critican sin perder jamás la perspectiva del humor. Para los más pequeños, Pocoyó sorprende por su humor tan simple como extraordinario, que se mueve en la cotidianeidad con personajes desopilantes, situaciones absurdas y una estética 3D que es mucho más que eso: su tridimensionalidad (y en esto radica su valor) es un mensaje también ético, de tolerancia por la diversidad sexual, de lenguaje inclusivo conceptual que no necesita inventar neologismos, porque sabe cómo decirlo. Así lo hace por ejemplo a través de Ely, una elefanta que, aunque color rosa-niña, lleva una mochila azul-niño y es, de lejos, la más fuerte del clan.

Algunas excepciones en el planeta del peluche filicida, porque en pleno siglo XXI todo huele a déjà vu. En la forma, un plagio a los creativos filicidas del pasado. En el fondo, una incompatible geometría: el primer mundo ratifica convenios internacionales sobre Derechos del Niño que no admiten excepciones mientras firma acuerdos con estados que lapidan mujeres e infancias como regla. Incompatible pero coherente: los alemanes, por ejemplo, comparten con otros colegas civilizados, Estados Unidos y los Países Bajos, el mérito del primer puesto en pedofilia. Aunque las estadísticas locales no lo reflejen, por supuesto; es que el avión existe y Tailandia, también. «Turismo sexual», le dicen los políticamente correctos, descolgando una vez más (junto con «matrimonio forzado») neologismos infames para no decir, lisa y llanamente: adultos que violan criaturas. Otros correctos de otras tendencias entronan al patriarca Donald Trump como heredero único del Mal, otra expresión eufemística peligrosa que en la unificación no simplifica sino que tapa. Tapa la verdadera catástrofe: Trump no es el cáncer; es la metástasis.

En este contexto, las formas simulan choque pero son afines. La afinidad que reúne a los patriarcados filicidas de todos los tiempos y de toda índole se refleja en una vasta literatura: entre tanta, en el libro Sumisión del escritor francés Michel Houellebecq. Françoise, el protagonista, es un profesor cuarentón y taciturno que vive en una Francia de un futuro ficcional, islamizada a tal punto que convierte a la Sorbona en una universidad islámica, define la educación coránica en las escuelas y puebla los dormitorios con esposas en edad escolar. Françoise, que vive la transformación entre curioso y anonadado, evalúa lo que todo ciudadano francés, dadas las circunstancias, debe decidir: conversión o exilio. Tantea el asunto, hojea algunos artículos y piensa: «la hostilidad irracional hacia el Islam impide reconocer la evidencia: en lo esencial, estamos totalmente de acuerdo con los musulmanes en el rechazo del humanismo, en la necesaria sumisión de la mujer, en el retorno del patriarcado». Impecable síntesis de hermandad en la miseria (que, sin embargo, de ninguna manera sintetiza la calidad literaria ni mucho menos humana de un autor que en otros libros no ahorra tinta ni saliva ni fluido alguno para describir actos pedófilos y comentarios misóginos. Identificar a un escritor con los dichos de sus personajes no es algo que haría un crítico literario profesional, pero por suerte no lo somos, y nuestra simple condición de lector nos concede la libertad de decir a quemarropa: este autor fascina por lo que apesta). Al final de su novela, Houellebecq vuelve a la génesis del filicidio en formato pedofilia: Francoise visita a su jefe, un converso cincuentón, y conoce a sus mujeres, una de las cuales es una bella adolescente. Algo le impacta y aún no sabemos qué (nosotros, lectores incrédulos, suponemos que es otro clásico: la Bella y la Bestia versión Bollywood, la bella pequeña devorada por el bestial marido). Le presta a Francoise, para que no pierda tiempo en quinientas treinta y ocho páginas, un librito de bolsillo con diez temas básicos sobre el Islam, luego de cuya lectura: «Naturalmente, he leído el capítulo de la poligamia y me cuesta un poco imaginarme como macho dominante», dice nuestro héroe civilizado y occidental. En realidad, no le cuesta tanto. Un detalle ha convencido a este francés, el del pueblo de la revolución homónima, a convertirse: «¿a cuántas mujeres tendré derecho?», pregunta. Respuesta tácita: tener niños aterrados en el altar de los sacrificios y niñas en el lecho es poderosamente (históricamente) tentador. Por algo será que las revoluciones en materia de Derechos Humanos han sido encabezadas en su mayoría por mujeres; y por algo será que el humor, cuando se lo permiten, fascina al público infantil. Es que en su cama un niño quiere juguetes y la mujer, un compañero elegido por ella misma (en lo posible, despojado de furibunda envidia). El bestseller Sumisión fue tildado de islamófobo por la mayoría de los críticos literarios del mundo. Valoración miope. ¿Houellebecq, (solo) islamófobo? No son los crédulos del Corán su blanco principal, sino los incrédulos devenidos adeptos a libros de bolsillo. ¿Está asustado, preocupado o… identificado con ellos? (Esa contradicción esquizofrénica tan occidental y cristiana, esa ambivalencia brutal tan houellebecquiana).

Existen más coincidencias entre mundos solo en apariencia discrepantes: los patriarcas son grandes cineastas. Para someter a sus pequeños espectadores y a sus madres, qué mejor que rodar una buena película de terror. En el largometraje del islamismo radical, como en la mayoría de los thrillers, para llegar al happy end el héroe tiene que matar al villano; en este guion el villano se llama incrédulo, esto es: cualquiera que no profese la fe del héroe. La misión es ardua, pero clara: «Matadlos donde quiera que los encontréis» (Sura 2, Al-Baqara; 191). «Castigo tormentoso, envilecedor, inmenso, denigrante, abominable», es lo que le espera al incrédulo. De un total de ciento catorce suras, solo en las primeras dieciocho está escrito ciento setenta y tres veces, para que el público infantil lo aprehenda en la repetición, en la inagotable adjetivación del castigo (el estupendo ensayo Vigilar y castigar de otro francés, Michel Foucault, nos da la perspectiva occidental de la misma metodología instructiva-correctiva). Mark A. Gabriel, profesor de Historia Islámica en la Universidad Al-Azhar del Cairo, afirma que «la mayoría de los musulmanes, los seculares, siguen los aspectos culturales del Islam y rechazan la Guerra Santa». Ello es rigurosamente cierto. Sin embargo, en el contexto de sistemas que saben que la educación puede ser un campo de poder, la pregunta surge, inevitable: ¿por qué niños que leen el cuento del lobo feroz en el seno de familias respetuosas de la diversidad animal, terminan sin embargo temiendo al lobo? ¿Se puede escuchar toda la vida «matad al lobo donde quiera que lo encontréis» y, no obstante, desarrollar una espontánea simpatía por él? La pregunta, formulada hace más de veinte años, aún no encuentra interlocutor directo que la responda (una aproximación a la respuesta nos la han brindado valientes autoras feministas musulmanas que coinciden con nuestra inquietud).

La pregunta no incrimina una religión o grupo humano per se, sino que interpela textos y productos culturales que amenacen al disidente; que son llevados a la práctica en forma literal, sin la mediación de la metáfora, la interpretación y el aggiornamento que permiten llegar al fondo de las cosas. La pregunta acusa, pero en absoluto por razones de raza o genéticas, pues no se trata de qué tipo de sangre circula por nuestras venas sino de cómo nos enseñan a mirar el mundo. Un niño neozelandés de cabellos dorados y ojos azules, con tez nieve como la blanca Blancanieves, obligado a recitar las mil formas de odiar al lobo sin preguntar por qué, tendrá probablemente dificultades para convivir en la diversidad de la jungla. Podrá sin duda lograrlo, podrá incluso entablar una entrañable amistad con el animal, todo a fuerza de quitarse de encima lo recitado a la fuerza, los miedos inoculados de entrada, las inyecciones de arte clase V; en síntesis, todo lo que los patriarcas filicidas de todos los hemisferios han naturalizado y contra el cual viene solo el feminismo lúcido a derrocar. Porque, como también dijo Brecht, «en tiempos de desorden sangriento, de confusión organizada, de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural, nada debe parecer imposible de cambiar».

Este artículo es un fragmento editado del ensayo periodístico La ley del escorpión, Ediciones Suricata – Berlín, 2017.

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2 comentarios

  1. Una pregunta bienintencionada: ¿cómo encaja en tu análisis el hecho de que la mayor parte de los infanticidios o filicidios los cometan las mujeres?

    • si te refieres a espinosa de los monteros sobre mujeres asesinas de niños mas que los hombres pues yo tambien lo creía pero parece que son datos falsos

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