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A dónde mira Beirut – 25 de enero

En el Líbano viven mirando al cielo. En Beirut aseguran que han visto pasar un F16 de las fuerzas aéreas de Israel. Y en Trípoli lanzaron bengalas, no se sabe si los israelíes o en una noche de fiesta. En la propia capital libanesa, los petardos ocasionales alertan más de lo normal a quienes están acostumbrados al ruido permanente de una ciudad sin alumbrado, y por tanto, sin ley. Las guerras, las crisis y la corrupción hacen que la electricidad se vaya de vez en cuando en Beirut, mientras la ciudad se tiene que arreglar por sus propios medios para seguir brillando. Pero ahora ve amenazas en las sombras, fantasmas de una destrucción que persigue por todas partes.

En el Líbano quieren que la ocupación israelí se acabe en Palestina, pero también en su propia tierra. Esa fue la razón de ser de Hezbollah y el motor que sigue alimentando al grupo chií. Al doctor Bernard, pediatra, no le gusta: dice sin citarlos que utilizan al Líbano y que el Líbano debe defenderse por sí mismo. Del techo de su consulta cuelgan maquetas de aviones de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. A los niños les gustan. Él solo reconoce al biplano del Barón Rojo, no los cazas nazis. Los falangistas libaneses cargan el estigma de haber ejecutado una de las peores matanzas de estas tierras en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila. Hoy ya no parece imposible que se mate a decenas de mujeres y niños, y que no pase nada.

«Tenéis el permiso del Ejército, ¿y el de Hezbollah?», pregunta un oficial de Inteligencia en una oficina sin ordenador a la que se llega por pasillos con eco y penumbras que es mejor ignorar. En el sur del Líbano no hay más Estado que el del Partido de Dios, la fuerza real en un territorio desde el que hostiga a Israel y que Israel busca vaciar para proteger sus colonias más septentrionales. Hezbollah no se ve, pero es el poder: tiene bancos, móviles, y restaurantes. Y sin su permiso no se hace nada en una tierra fértil de plátanos y naranjos y sandías. Y ahora fósforo blanco, el arma prohibida con la que Israel quema y aterroriza. El fósforo es abono, pero aquí mata.

El mirador de Beirut es La Corniche, la cornisa, el paseo marítimo del oeste de la ciudad. En la guerra infinita que contaron con dignidad, belleza y precisión Maruja Torres y Robert Fisk, era el lugar de remanso, la playa en medio de las balas. Su lugar más conocido es La Raouché, la roca, una piedra. En realidad son varias, pero la más grande es la más curiosa porque tiene un arco horadado por el mar y el viento. Hay unos restaurantes justo enfrente, seguramente conseguidos gracias a licencias sospechosas. Pero la mejor vista se consigue desde un edificio en ruinas que está a un costado de las rocas. Ahí los jóvenes juegan y beben. Tal vez haya amores prohibidos, pero en las sombras de Beirut se liberan del pasado.


Extramuros es una columna informativa de Efecto Doppler, en Radio 3

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