Arte y Letras

«Matadero cinco»: Vonnegut, Roy Hill, Ryan North y Albert Monteys

Presta atención: Matadero cinco se ha desprendido del tiempo. Matadero cinco se ha acostado como un cómic y se ha despertado como una película. Atravesó una puerta en 1972 y salió de otra en 1969. Volvió a atravesarla para encontrarse a sí mismo en 2020. Ha contado su principio y su final muchas veces, o eso dice, y viaja al azar a todos los eventos que suceden mientras tanto.

Hay obras que trascienden su propia naturaleza para convertirse en clásicos atemporales, en narrativas que pueden hablar directamente al público sin importar el cuándo, el cómo ni el por qué. Son construcciones culturales tan potentes que al hablar de algo concreto, se convierten en un medio para expresar lo universal. No son muchas, son difíciles de encontrar, pero no son siempre largas ni difíciles de entender porque nos hablan de nosotros mismos. Un ejemplo perfecto es Matadero cinco, de Kurt Vonnegut.

En principio, es difícil pensar en una historia más concreta que la construida en Matadero cinco. El joven Vonnegut estuvo presente en el bombardeo de la ciudad alemana de Dresde en la Segunda Guerra Mundial y, como él mismo nos explica, desde su regreso a la ciudad siempre quiso escribir un libro acerca del suceso. Podría haberle resultado sencillo, pero la realidad es tozuda y el proceso, nos cuenta, se convirtió en una epopeya semejante a la que vive finalmente Billy Pilgrim, el protagonista de Matadero cinco y sosias de un Vonnegut que también aparece en la narración.

El motivo se comprende fácilmente al leer el libro. El bombardeo de Dresde y los días posteriores fueron un acto de semejante crueldad y horror que los que lo vivieron solamente pudieron responder separándose de ese momento todo lo posible. A Vonnegut le resultaba imposible narrar aquello y su Billy Pilgrim oscilaba entre la Tierra y el lejano planeta de Tralfamadore, incapaz de permanecer en uno de ellos, observando la existencia desde el exterior, como un espectador de su propia vida.

Matadero cinco, en sus tres principales versiones, nos habla de cómo enfrentarnos a un suceso que no podemos asimilar por sus connotaciones negativas y su trascendencia. Nos obliga a reflexionar sobre el horror y a asumir que nadie sabría reaccionar frente a este. Su inmortalidad va unida a mostrarnos el horror sin edulcorarlo, sin héroes ni actitudes excepcionales. Solamente hablando de nosotros mismos.

1969: el libro

Es difícil encontrar obras que sean tan claras y transparentes acerca de aquello de lo que van a hablar. En la primera página de casi cualquier edición uno ya sabe a qué se va a enfrentar. Para empezar, debemos saber que el título completo sería el siguiente: Matadero cinco o La cruzada de los niños: una danza por deber con la muerte.

Además del nombre del autor, se nos dice lo siguiente de él: como explorador de la infantería americana fuera de combate, siendo prisionero de guerra, fue testigo del bombardeo de Dresde, «la Florencia del Elba», en Alemania, y sobrevivió para contarlo. Esta es una novela escrita en cierto modo a la manera esquizofrénica y telegráfica de los cuentos del planeta Talfamadore, de donde vienen los platillos voladores. Paz.

Vamos a ir poco a poco. Lo primero es entender que ese Matadero cinco, Schlachthof-fünf en alemán, es el lugar en el que el propio Vonnegut sobrevivió al bombardeo de Dresde. Así, la realidad sigue mostrándose capaz de superar a la ficción. ¿Cuál es el mejor lugar para que nuestro protagonista sobreviva a un bombardeo brutal y asesino? Un matadero. Si no fuera porque sabemos que es verdad, lo más probable es que pensáramos que al autor se le ha ido la metáfora de las manos. Es un descarado. Y, sin embargo, pasó.

Luego, La cruzada de los niños. Esta referencia a la mítica cruzada medieval en la que grandes grupos de niños alemanes y franceses decidieron partir a Tierra Santa para recuperar los lugares sagrados y convertir a los musulmanes para acabar siendo vendidos como esclavos es, de nuevo, cualquier cosa menos inocente. El propio Vonnegut lo aclara en el primer capítulo, cuando da con el nombre para convencer a la esposa de un viejo amigo de que va a contar la realidad de la guerra, de ese lugar en el que son apenas niños los que van a morir. No vamos a leer sobre héroes, sino sobre infantes asustados y perdidos, convertidos en peones de un juego que no comprenden; condenados a pasar hambre, miedo y frío para, finalmente, morir por algo ajeno a ellos.

El último punto, tan importante como los anteriores (o más), es la alusión a los habitantes de Talfamadore. Estos alienígenas son un elemento clave en la obra: son los encargados de verbalizar y dar sentido a la respuesta filosófica de Vonnegut. Son la prueba de que la única manera de sobrellevar los horrores de la guerra es separarse de la realidad que nos rodea y abrazar otra manera de comprender el mundo.

Los tralfamadorianos perciben la realidad en cuatro dimensiones. El tiempo es para ellos algo constante y que pueden recorrer con su mirada. Cuando ven a un hombre, lo perciben al mismo tiempo naciendo, viviendo y muriendo. Se nos dice que para ellos el tiempo es como una cordillera; nada es permanente y siempre se puede ir adelante y volver atrás. Esto será clave en el futuro, cuando hablemos de la adaptación al cómic.

También nos cuentan que sus novelas son como mosaicos de telegramas, pequeñas viñetas o frases que no tienen por qué relacionarse entre sí, pero que han sido elegidas por el autor para que, vistas todas a la vez, produzcan una imagen de la vida que sea a la vez profunda, hermosa y sorprendente. Esa idea literaria, esa visión de conjunto, es la que guía Matadero cinco. Porque, más allá de la narración lineal, nuestro disfrute, nuestra comprensión, viene dada por el conjunto y no por sus partes.

Es ejemplar el hecho de que ya en el primer capítulo averigüemos que el clímax de la obra será la ejecución del pobre viejo Edgar Derby. Este es el único personaje de la novela que se acerca al heroísmo. Profesor de instituto en Indianapolis, había empleado su influencia política en ir a una guerra de la que no volvería. Es el personaje más humano de la obra, siempre dispuesto a ayudar a Billy y capaz de enfrentarse a Campbell, el americano convertido en nazi que protagonizaría Madre noche, otra novela de Vonnegut.

Desde el principio, sabemos que Derby va a morir. Ese es el centro de la novela. A menudo, se le llama pobre viejo (poor old en el original); se le define como perdido (doomed) y, a pesar de ello, finalmente su muerte apenas ocupa tres líneas. Porque para Vonnegut, para Pilgrim, la historia es la de una novela tralfamadoriana y lo importante es la visión de conjunto. Huyendo del sentimentalismo, lo que consigue es que comprendamos lo vacuo de una guerra en la que Edgar Derby no puede ser un héroe, en la que su muerte no pasa de una nota al pie que solamente tendrá importancia para un protagonista que la reconoce, pero sin dejar de ver el lienzo en su conjunto.

Matadero cinco es, no podemos equivocarnos nunca, una novela sobre la guerra que sabe que debe hablar de ella de una manera indirecta. De ahí que, para mostrarnos la verdadera psicología de Billy Pilgrim, se construya la narrativa de ciencia ficción que rodea la experiencia en el campo de batalla. Conoceremos todo el futuro y el pasado de Pilgrim, un óptico casado con la oronda hija del dueño de la escuela en la que estudió, que tiene un hijo descarriado que cambiará tras su paso por Vietnam y una hija algo metomentodo que se preocupa realmente por él.

Dicho así, no parece que haya nada extraño en esta historia. Pero Vonnegut esconde sus viajes a Tralfamadore, el tiempo que pasó viviendo en una cúpula siendo un entretenimiento para los alienígenas y conviviendo con Montana Wildhack, una antigua actriz de películas pornográficas. Nunca sabremos si Tralfamadore existió de verdad, porque en otro momento leeremos que Billy había visto una película de Montana con su familia y luego tuvo sueños húmedos con ella…

Tampoco sabremos si el futuro que nos cuenta es el de verdad. En él; Estados Unidos se ha partido en veinte pequeños países y Chicago fue bombardeada por China. Allí, en una ciudad reconstruida tras el estallido de una bomba de hidrógeno, será donde Pilgrim muera en 1976, siete años después de la publicación de la novela, y víctima del disparo de un arma láser de gran potencia. Su asesino será Paul Lazzaro, el mismo soldado que en la guerra le prometió que le mataría.

Matadero cinco es una novela sobre la inevitabilidad de la existencia, sobre la falta de agencia. En un momento dado, los tralfamadorianos le dicen al protagonista que el libre albedrío es algo en lo que solamente creen los humanos. Su contertulio le indica que ha visitado personalmente treinta y un planetas habitados y ha leído informes de otra centena. Solamente los terráqueos hablan del libre albedrío.

La clave para Billy Pilgrim y por lo tanto para Kurt Vonnegut, es comprender que lo sucedido en la guerra solamente puede asimilarse si uno cree que es algo inevitable. El soldado que participó en los horrores de Dresde, que tuvo que sacar cadáveres de debajo de la tierra calcinada, solo puede seguir adelante si deja de enfrentarse a sus terrores y asume que no pudo hacer nada para evitarlos; que él solamente fue un engranaje más en una compleja maquinaria.

La magia de Vonnegut es la capacidad para entretejer todo esto en su libro. Al igual que los tralfamadorianos, nosotros vemos toda la vida de Billy Pilgrim y comprendemos que está a la vez muerto y vivo, naciendo y muriendo. Nuestro poder como lectores nos permite entender su impotencia, lo absurdo de lo sucedido. Porque, al final, para darle sentido a su vida, Pilgrim debe vivir en una historia de Kilgore Trout, un autor de ciencia ficción vecino suyo al que descubre por casualidad y que es el único personaje de todo el libro capaz de comprender lo que le sucede al protagonista.

Así fue y será.

Matadero cinco

1972: la película

Matadero cinco, la novela, se publicó el 31 de marzo de 1969. Menos de tres años después, la adaptación cinematográfica se estrenaba en los Estados Unidos para después acabar en Cannes llevándose un premio del jurado. Era en la ciudad francesa el año de la Solaris (id., 1972) de Tarkovski, del Frenesí (Frenzy, 1972) de Hitchcock o de La clase obrera va al paraíso (La classe operaia va en paradiso, 1971), ganadora de la Palma de Oro.

Para la colosal tarea de adaptar al lenguaje fílmico la historia de Billy Pilgrim se unieron un joven guionista y uno de los directores más importantes de la industria en ese momento. Uno era Stephen Heller, cuya carrera nunca llegó a confirmar los logros de su trabajo en Matadero cinco. Venía de participar en Los secretos de la Cosa Nostra (Joe Valachi – I segreti di Cosa Nostra, 1972), pero no lo haría de nuevo hasta Ashanti (Ashanti, Land of No Mercy, 1979), un fracaso comercial de aventuras con Michael Caine al frente. Curiosamente, es miembro de la Academia de las Artes Cinematográficas por votación del Sindicato de guionistas desde 1987 y ahora da clase en el Savannah College of Art and Design.

El director es harina de otro costal. George Roy Hill consiguió ser el único realizador con dos películas entre las diez más taquilleras de la historia, que se dice pronto. Eran Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969) y El golpe (The Sting, 1973). Entre ambas, abandonó a su pareja fetiche formada por Paul Newman y Robert Redford para sumergirse en la fantasía antibélica de Kurt Vonnegut.

Partamos de la base de que adaptar al cine Matadero cinco resulta aparentemente imposible. La naturaleza no lineal de la trama y las imágenes que conjura el texto serían difícilmente transportables a día de hoy a la gran pantalla, pero lo eran más todavía a principios de los años setenta. De ahí que la primera decisión sea reducir la narrativa de los tralfamadorianos a la mínima expresión. Nunca los veremos y las escenas en la cúpula se reducirán al mínimo imprescindible, agrupándose, además, al final de la película.

En su lugar, la cinta tendrá una base dramática más convencionales, convirtiéndose esencialmente en un drama bélico que recupera con acierto los aspectos más picarescos de la novela original. Este, su gran acierto, está apoyado en la actuación de Michael Sacks como Billy Pilgrim. Merece la pena destacar el trabajo de maquillaje, capaz de convencernos de los cambios de edad del personaje.

Pero también se hacen otros cambios: el personaje de Edgar Derby gana peso y dignidad; Paul Lazzaro tiene presencia desde el principio, lo que hace que su absurdo antagonismo con el protagonista por la muerte de Roland Weary pierda peso; no aparece Kilgore Trout… A pesar de ello y salvo contadas excepciones, la película consigue ser fiel a la novela.

Lo peor de la cinta es convertir la muerte de Edgar Derby en un pasaje sentimental, convencional y alejado del fatalismo de la novela. No ayuda que se abandone el verdadero tema central de la obra, el así fue y será que aparece 106 veces por escrito y no se pronuncia nunca en la cinta. Así, estamos ante una visión más convencional de la historia.

Sin embargo, la película también tiene muchos aciertos. Destaca su capacidad para rebuscar en el texto hasta sacar la realidad que se esconde bajo sus líneas. Parece claro que, para Graham y Roy Hill, lo demás no son más que adornos para las peripecias bélicas de Pilgrim. Lo que realmente debía trasladarse a una generación traumatizada por Vietnam y que vía como sus jóvenes eran enviados muy lejos a una muerte sin sentido era un mensaje antibélico.

Aquí se nota la inmediatez de la adaptación, que permite que la obra se mantenga en su contexto original sin necesidad de hacer una reinterpretación que amenace su carácter original. Esto se percibe, por ejemplo, en la V de Vendetta (V for Vendetta, 2005) de James McTeigue, que reescribía el cómic de Alan Moore y David Lloyd para hablar de los Estados Unidos post 11-S en lugar del Reino Unido de los 80. Este tipo de resignificaciones pueden llegar a funcionar, pero a menudo se quedan en lo superficial; se convierten en una copia mimética de un original al que saquean imágenes y detalles, sin saber capturar su alma.

Por el contrario, Matadero cinco se aprovecha de que el equipo creativo quiere contar exactamente lo mismo y a la vez que Kurt Vonnegut. De ahí nace una relación virtuosa en la que no hace falta la reproducción exacta del original tanto como su depuración. En el proceso se pierde contenido, se simplifica la narrativa, se llega a extinguir parte de la magia del texto… Sí, pero nunca se le traiciona.

Kurt Vonnegut llegó a definir la película como una traducción perfecta de la novela. Tal vez exageró, pero no es menos cierto que la mera existencia de la cinta de George Roy Hill en un año como 1972 debió abrumarle. Allí, en la gran pantalla, se plasmaba la esencia de su Matadero cinco.

Así fue y será.

Matadero cinco

 

2020: el cómic

Convertida en un referente cultural inevitable, Matadero cinco durmió el sueño de los justos durante casi cinco décadas antes de aterrizar en otro arte. En la literatura, alcanzó la inmortalidad; en el cine, el honor de ser una de esas raras adaptaciones que no manipula el mensaje original. Faltaba el cómic.

El proyecto de la adaptación de Matadero cinco al noveno arte empezó, según Ryan North, por iniciativa de Archaia, un sello de Boom! Studios. Se ocuparon del tema de los derechos y después se pusieron en contacto con él para preguntarle, de manera en su opinión un poco sibilina, si le gustaba Vonnegut. La respuesta fue un rotundo sí y el inicio de un recorrido que produjo una obra maestra.

Porque, vamos a dejarlo claro desde el principio, lo que han hecho Ryan North y Albert Monteys con Matadero cinco es una auténtica maravilla. El propio North ha dicho en alguna ocasión que su objetivo era lograr que la historia pareciese concebida para el cómic; y al haberlo logrado, ha conseguido una adaptación perfecta. Matadero cinco, el cómic, es una obra independiente que podría existir sin el libro y alcanzaría igualmente la excelencia.

La traducción a este nuevo medio es totalmente fiel al original. Ahí está gran parte de la magia: North y Monteys no sacrifican nada que puedan mantener. Aquí, los tralfamadorianos están muy presentes; Kilgore Trout escribe cómics delirantes; prácticamente cada pequeño detalle de la novela termina haciendo acto de aparición. Al mismo tiempo, nada parece literario; todo parece nuevo, concebido para el cómic que estamos leyendo.

Es muy fácil hablar a posteriori. Ahora es sencillo decir que la prosa de Vonnegut, su visión del espacio y el tiempo, se adapta a la perfección al arte secuencial. Sus continuas idas y venidas a través de la cronología interna de Billy Pilgrim se pueden entender fácilmente gracias a la representación gráfica, apoyada en una doble página magistral a la que podemos volver siempre que queramos y que nos muestra toda su vida con una sola mirada. Las novelas tralfamadorianas aparecen descritas en otra doble página, la destrucción de Dresde puede entenderse a través de la contraposición de otras que muestran la plaza, antes del bombardeo, y la destrucción que este deja a su paso. Todo es tan natural que parece mentira que este cómic no existiera previamente. Y ahí está la magia.

En lo formal, Matadero cinco juega con casi todas las herramientas que el cómic le puede brindar para contar su historia. No existe un modelo de página único, sino que la obra oscila entre enormes composiciones y páginas llenas de pequeñas viñetas; el texto se hace abundante y luego desaparece; los fondos nos impactan y luego se diluyen para dejar que nos centremos en las figuras. Monteys demuestra un dominio del lenguaje del cómic absoluto.

Mención aparte merece el tratamiento del color, en el que el dibujante muestra una sensibilidad absoluta. La paleta nunca es naturalista, sino que busca transmitir lo que sienten los personajes y situarnos en la parte de la historia que corresponde. En este sentido, podemos hablar de otra de las ventajas del cómic para contar este tipo de historia: no necesitamos fijarnos en la edad de Pilgrim; con el uso del color, podemos intuir en qué momento de su viaje vital nos encontramos.

Por si todo esto no fuera suficiente, hemos dicho que el cómic es muy fiel al original, pero, además, aporta cosas nuevas a la historia. North y Monteys se plantean un trabajo que es a la vez una adaptación y un comentario de la obra original. Al mirar al pasado, no dejamos nunca de aplicar nuestra mirada contemporánea sobre él. Debemos decidir si vamos a tratar de ocultar nuestra impresión, normalmente sin lograrlo, o si asumimos que nuestra relectura también va a ser, de manera inevitable, una reescritura. En este caso, por suerte, los autores saben que no van a poder evitar hablar desde el presente y deciden hacerlo con todo respeto.

Dijo Ryan North en una entrevista para The Beat que se sentía un poco mal cuando un reportero de Stars and Stripes (periódico independiente del ejército estadunidense) que le llamó desde Afganistán le preguntó por el sentido de la obra. Afirmó que, decirle a un soldado que la guerra es mala, le hizo sentirse un poco capullo; que esperaba que él lo supiera mejor que nadie y se sintió un intruso en su mundo. Pero, al mismo tiempo, recordó que Kurt Vonnegut estuvo allí, estuvo en Dresde, luchó en la Segunda Guerra Mundial. Y escribió un texto que hablaba contra la guerra y, al hacerlo, también lo hacía contra el fascismo, el odio, el racismo y los nazis. Tristemente, ese sigue siendo igual de importante en 2020.

Así fue y será.

Conclusión

Siempre es curioso echar la mirada sobre la historia de una obra adaptada a diferentes medios. En ocasiones, las traducciones entre sus lenguajes dan lugar a errores, a fallos, incluso a desastres. Traduttore, traditore, nos recuerda ese viejo dicho italiano: a la hora de cambiar elementos de un lenguaje, podemos alterar más cosas de las que deberíamos. Pero también podríamos enriquecer el original.

En el caso de Matadero cinco, esto se sucede, sin lugar a dudas, en su traducción al cómic. North y Monteys demuestran que el noveno arte es el medio perfecto para contar una historia como la que nos legó Kurt Vonnegut. Su manejo del tiempo y el espacio es único, logrando mezclar la densidad de la letra con la inmediatez de la imagen. Triunfa donde el cine supo solamente acercarse a la superficie.

Allí donde la película jugaba con la ventaja de ser contemporánea a la novela, logrando transmitir los mismos sentimientos, en el mismo momento, el cómic se ha publicado medio siglo después. Y, a pesar de ello, la cuestión pública no parece tan alejada de aquel momento. Como en las obras maestras de la historia de la literatura, el mensaje de Vonnegut no pasa de moda. Podríamos soñar con un mundo en el que fuese apenas una reliquia de un tiempo pasado en el que la guerra y el horror fuesen historia. Pero no es así. El sentimiento de impotencia de Pilgrim, su huída a través de su propia existencia hasta los márgenes más lejanos del espacio, nos sigue resultando comprensible.

Matadero cinco sigue tan vigente como cuando se publicó. Su relectura, su apropiación como parte de nuestro acervo cultural, debería ser poco menos que obligatoria, ya que combina la excelencia literaria con el valor de la crónica histórica. Nos habla alguien que estuvo allí, como Pilgrim le dice a Rumfoord en la cama del hospital. Vonnegut sabía lo que era la guerra y solamente podía expresarlo huyendo de ella. Ojalá nadie nunca tuviese que volver a contarlo.

Un pajarillo le dijo a Billy Pilgrim: ¿Puu-tii-viit?

Ismael Rodríguez Gómez

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