Cuando la guitarra clásica se entregó a la música popular brasileña: los trabajos de Aníbal Augusto Sardinha, alias Garoto

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Resulta muy interesante realizar un ejercicio de introspección personal acerca de cuáles son los discos, películas o libros que más nos han marcado. No se trata de saber cuáles nos parecen mejores, sino aquellos que, por las circunstancias que fuesen, quedaron grabados en nuestro consciente y nuestro subconsciente, pasando irremediablemente a formar parte de nosotros mismos. En mi caso, uno de esos discos (y en concreto su undécima pista, Desvairada), fue The works of Garoto, de Paulo Bellinati, un dechado  de insólitas armonías, finas líneas melódicas, ritmos sorprendentes y energía infatigable.

Hay, ciertamente, una fina línea que separa el recuerdo venerable del eterno olvido, y en el caso del arte esa línea se ve condicionada en numerosas ocasiones por el azar y la serendipia. Corría el año 1991 cuando el guitarrista Paulo Bellinatti sacó a la luz The works of Garoto, un trabajo discográfico en el que resucitaba la obra del compositor y virtuoso Aníbal Augusto Sardinha, una figura hecha a medida para un lugar y una época en que las antiguas tradiciones se fusionaban con el progreso vanguardista, las nuevas mentalidades sociales y los avances tecnológicos.

Partiendo de antiguos manuscritos y viejas grabaciones domésticas atesoradas por el profesor Ronoel Simoes (amigo cercano del compositor) y por D. Lauro Paes de Andrade, Paulo Bellinati pudo reconstruir y confeccionar un capítulo importante de la historia de la música popular brasileña a punto de ser condenado al olvido.

Hijo de inmigrantes portugueses, Aníbal Augusto Sardinha, también conocido como Garoto (el niño) por sus juveniles rasgos y por su pronto virtuosismo, primero al banjo y más tarde a la guitarra, nació en la efervescente Sao Paulo de 1915. Brasil vivía desde principios del siglo XX una época de inestabilidad financiera, política y social que se vio agudizada por el golpe de Estado de Getúlio Vargas en 1930, dando lugar a quince largos años de Estado de emergencia durante los cuales el progreso industrial y social se iba abriendo camino muy  lentamente a través de la frondosa selva.

Mientras tanto, Sao Paulo crecía, como crecía también nuestro protagonista. A los once años compaginaba las clases de guitarra clásica con don Attilio Bernardini con el trabajo de ayudante en una tienda de música, un caldo de cultivo perfecto para esa dualidad tan característica de su obra, entre la música académica y el folclore, y para motivar la experimentación y el contacto con diferentes estilos y artistas. Sin embargo, podemos afirmar con rotundidad que la figura y proyección de Garoto no hubiera sido la misma sin un factor que todavía no hemos mencionado, un elemento que sin lugar a dudas cambió la manera de entender el mundo de una sociedad, sus formas de entretenimiento, así como los parámetros estandarizados del acceso a la cultura: la radio.

Convertida ya en un flamante medio de comunicación de masas, las ondas radiofónicas llegaban a casi todos los rincones del país, ricos o pobres, y con ella llegaba la música. Fue ya en Argentina en 1920 cuando tuvo lugar la primera retransmisión radiofónica con carácter de mero entretenimiento; no en vano, el invento estaba llamado a convertirse en poco tiempo no sólo en una fuente de disfrute para los oyentes, sino también en una importante plataforma de difusión de nuevos músicos y músicas nacionales e internacionales. Entre ellos nuestro protagonista, que adquirió fama ya desde joven gracias a su participación en diferentes programas radiofónicos, así como en numerosas grabaciones en 78 rpm.

Considerado el precursor de la bossanova, Garoto aplica a la guitarra y a la música popular brasileña un nuevo lenguaje armónico, acordes provenientes del jazz y del impresionismo europeo que se fusionan con ritmos sincopados y se desparraman en originales motivos melódicos. En sus composiciones podemos intuir igualmente la influencia de la música portuguesa, de sus fados y sus guitarradas; podemos cerrar los ojos y escuchar, a través de las seis cuerdas de la guitarra, el jazz de los años 20 y 30 mezclado con referencias a la complejidad de Heitor Villa-Lobos,  los contrapuntos  de Duke Ellington o las orquestas de Fletcher Henderson.

Bellinati resucitó con éxito toda la esencia de Garoto con la Desvairada, obra compuesta originalmente para mandolina en 1950. En ella vemos un vals-choro frenético, enloquecido, con reminiscencias del jazz manouche de Django Reinhardt. Vals por su forma, su compás ternario y su textura de melodía acompañada; choro por sus modulaciones convencionales, su bajo sutilmente marcado en los compases pares y su tempo ágil. Con Gente humilde”  y  Duas contas asistimos a los albores de esa bossanova latente, esa «samba suave» de ritmo sencillo y armonía elaborada con intervalos aumentados que alcanzaría su apogeo en la década de los 50 y 60 del siglo XX con nombres como Joao Gilberto o Tom Jobim.

Estos son solo algunos ejemplos del extenso trabajo de uno de los creadores más injustamente desconocidos del siglo XX. Multinstrumentista virtuoso, compositor, arreglista, Garoto fue un adelantado hasta para morir, lamentablemente, de un ataque al corazón a los 39 años, cuando planeaba una ambiciosa gira por Europa. No sabemos lo que Garoto podría haber brindado a la música en su madurez, pero nos queda su prolífico trabajo de juventud: una obra que marcó un antes y un después en la música  popular brasileña; no en vano, el teclista Jesse Crawford le apodó como el hombre de los dedos de oro.

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