El seriéfilo: julio de 2018

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Al final  todo llega. La tranquilidad ya está aquí; tranquilidad en multitudinarios atascos a la entrada de cualquier lugar turístico, costero, con cuarenta grados a la sombra; tranquilidad entre empujones e insultos, por un pedazo de arena en el que extender tu toalla; tranquilidad mientras buscas una mesa libre en cualquier chiringuito, para poder comer antes de las seis de la tarde. Vacaciones, verano… Tranquilidad, al fin y al cabo. Llamadme loco, pero yo me quedo con el estrés de mi cueva, viendo series sin parar.

Aunque es verdad que, también en el mundo seriéfilo, hacía unos años que no comenzábamos un verano con tanta tranquilidad como este. Al menos desde que Netflix entró en nuestros salones y declaró el verano como zona de guerra y, siempre en vacaciones, nos sobresaltaban con algún estreno de mucho postín. Sin embargo, parece que la plataforma digital se está asentando y ha decidido acatar la tregua veraniega, ese acuerdo tácito que respetan todas las cadenas. Habrá incluso quien piense que se ha tomado demasiado a pecho su descanso y que sus series estivales han decaído gravemente.

Lo cierto es que ya podía preverse a mediados de mayo, con el estreno de la segunda temporada de 13 Reasons Why, uno de los grandes fenómenos del año pasado, que había funcionado perfectamente como temporada única. El brutal éxito, quizás inesperado, de las cintas grabadas por Hannah Baker, hizo a la cadena cambiar de opinión y plantear otra temporada. Esta segunda entrega nos cuenta el juicio en el que la familia Baker acusa al instituto Liberty High de ser culpable por omisión del suicidio de su hija. A partir de aquí, todo lo que el año pasado funcionaba como la seda se convierte en un auténtico lastre: la serie se transforma en un panfleto personajes con roles estereotipados con los que los adolescentes pueden sentirse identificados; en un catálogo de situaciones embarazosas en las que podrían verse envueltos, intentando acabar artificiosamente con el miedo a pedir ayuda o denunciar. Como medio de ayuda para jóvenes con problemas puede ser encomiable, pero como serie es nefasta. Al tratar todos los problemas de la adolescencia posibles, los guionistas se olvidan de dar cohesión a las tramas de los personajes, creando una historia muy poco creíble, cambiando sus motivaciones y comportamientos a placer, y perdiendo el respeto a las coordenadas previas de la producción.

Desde el segundo capítulo, el espectador tiene la sensación de que está siendo engañando; han cambiado las reglas del juego con respecto a la primera temporada. El motivo, además, es el peor posible: meramente instrumental, ya que el nuevo arco argumental no encajaba con el anterior. El apaño queda justificado con pequeños recuerdos de acontecimientos que tuvieron lugar cuando el año pasado la cámara miraba hacia otro lado. No sentía un engaño similar, salvando las distancias, desde que Anne Rice en Lestat, el vampiro dio la vuelta a todo lo contado por Louise en Entrevista con el vampiro.

Definitivamente, en la segunda temporada de 13 Reasons Why hay demasiadas cosas que no tienen sentido: la forma en la que Hannah Baker vuelve a la serie, algo totalmente innecesario, metida a calzador; la facilidad que los jóvenes protagonistas, menores de edad, tienen para evitar el control de sus padres sobre cualquier cosa que hacen, incluso en su propia casa; lo accesible que resulta conseguir armas de fuego, drogas, desaparecer del instituto durante varios días, etc. Por último, las escenas del juicio en el que todos declaran son surrealistas y, para más inri, el episodio final se podría haber contado en diez minutos y dura una hora más. Definitivamente, no es buena idea alargar las series cuando no se tiene nada que contar. Esta vez, Netflix se ha dejado llevar por la audiencia de su serie.

Menos desastrosa ha sido la segunda temporada de Marvel’s Luke Cage, aunque tampoco ha dado el salto de calidad que se le pedía para alcanzar a sus hermanas mayores, Daredevil y Jessica Jones. La producción mantiene su esquema original, añadiendo algún guiño cómico al hecho de que un superhéroe conviva con los vecinos de su barrio a cara descubierta, pero con un desarrollo idéntico al que ya conocíamos: hay dos bandas de villanos que luchan por el control del barrio de Harlem y nuestro protagonista a prueba de balas está en medio de ellas. La serie se ve algo lastrada por el mayor protagonismo que se le da a la pareja formada por Shades y Maria Dillard, interpretados respectivamente por Theo Rossi y Alfre Woodard, ya que no hay química entre ellos y la puesta en escena del primero es bastante deficiente. Parece una temporada de transición con un episodio final que plantea un cambio radical en la trama y que podría aportar frescura al personaje.

Glow es la otra serie de Netflix que ha estrenado segunda temporada en pleno verano, aunque en este caso la cadena digital sí nos ha dado lo que esperábamos de ella: una comedia amable y ligera, con toques ochenteros. La hermana pequeña de OITNB consigue distraer, aunque no aporta mucho más. Es difícil desarrollar personajes en una serie coral y de tan corta duración. Se intenta en algún capítulo, pero la producción no consigue aportar la profundidad necesaria para elevar la serie a algo más que una comedia sin pretensiones, de consumo fácil y olvido inmediato.

La sorpresa agradable de este mes me la ha dado Amazon, en diferido, con una una serie de finales del año pasado que he podido recuperar gracias al parón veraniego. Se trata de The Marvelous Mrs. Maisel, una comedia clásica que nos cuenta la vida de un ama de casa de buena familia que, a finales de los años 50, quiere convertirse en una estrella de la comedia.

Toda la producción es una delicia que cuida al máximo cada uno de los detalles, recreando la ambientación de las comedias de la época, con diálogos chispeantes de humor rápido e inteligente y unas interpretaciones magnificas. Destaca especialmente la de su protagonista, Rachel Brosnahan. En cuanto a la historia, profundiza en un concepto muy arraigado en E.E.U.U. y que hace unos años puso muy de moda en España la cadena Paramount Comedy, la llamada stand up comedy: la comedia en vivo. Un esquema muy interesante que al otro lado del Atlántico goza de una tradición de casi cien años. El único problema que presenta esta serie, al igual que la mayoría de las producciones de Amazon, es su comienzo, algo lento, que no permite disfrutar de la serie hasta bien entrado el segundo o tercer capítulo. Algo que, en una temporada de ocho capítulos, puede resultar excesivo para gran parte de la audiencia. También es cierto que esos comienzos difíciles hacen que, una vez cerrada la serie, la satisfacción sea mucho mayor: he disfrutado una serie sobresaliente que muchos habrán descartado por la falta de ritmo del piloto.

Una comedia algo más compleja y moderna, perfecta para estos días veraniegos por su corta duración y su calidad, estándar HBO, es Barry, la historia de un asesino a sueldo que quiere dejarlo todo para ser actor. Ante esta disparatada premisa, las situaciones cómicas caen por su propio peso, centrándose en la dualidad del carácter sobrio, reservado e introvertido del protagonista y el carácter extremo del resto de personajes.

Y, para terminar, un último apunte rápido para cerrar el mes: Sweetbitter es un drama de seis capítulos de la cadena Starz, que nos enseña los entresijos de un restaurante de lujo a través de los ojos de una recién llegada a Nueva York. La camarera, sin experiencia previa, sola, sin dinero y en una ciudad gigante y nueva, reconstruirá su vida alrededor del restaurante y sus nuevos compañeros. Un drama amable y sencillo, bien construido y que deja buen sabor de boca y con ganas de repetir. Idóneo para un verano frenético que no perdona al seriéfilo que no sale de casa antes de que cierren las tiendas, especialmente si necesita pilas para su tele portátil y protección total para los rayos catódicos de sus vacaciones. En la playa o en la montaña, las series no paran. ¡Buen verano!

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Desde hace mucho, mucho tiempo, en un sofá muy lejano, vive enterrado bajo una montaña de DVDs un ermitaño que se alimenta de todas las series que caen en sus manos: americanas, inglesas, buenas, malas… Nada es suficiente para saciar su hambre voraz de ficción televisiva. Es el Seriéfilo, y través de La Soga se comunicará con el mundo.
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