Cómo ridiculizar a Napoleón

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En el mundo del periodismo, la caricatura, al servicio de la sátira política, siempre ha tenido un especial protagonismo. En la actualidad, son famosos artistas como el francés Plantú o el español Forges. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, dibujantes como James Gillray se hicieron famosos por recrear la actualidad a través de sus imágenes cómicas. Su objetivo era entretener deleitando, pero también transmitir a su público una determinada visión del mundo. En el fondo, sus obras pueden interpretarse como auténticos editoriales gráficos.

Gillray - Plumb-puddingEn la lucha entre Inglaterra y Francia por la hegemonía política, los grabados propagandísticos cumplieron una función esencial para crear estados de opinión. Napoleón Bonaparte, primero como general, más tarde como emperador, se convirtió en el blanco predilecto de los caricaturistas  de la superpotencia marítima. Él era, por definición, el enemigo público número uno. Sin embargo, en un principio, la Revolución Francesa fue vista con simpatía entre sus sectores más progresistas. Un poeta, William Wordsworth (1770 -1850), le dedicó versos inolvidables: «Fue una dicha estar vivo en aquella aurora. Ser joven fue el mismo cielo».

Los acontecimientos galos espoleaban los deseos de reforma entre los intelectuales radicales, conscientes de que Inglaterra vivía dentro de un liberalismo oligárquico en el que quedaba mucho por cambiar, empezando por unas prácticas electorales a menudo corruptas. Se multiplicaron, pues, las expresiones de solidaridad con el pueblo francés, desde obras de teatro a cenas patrióticas.

Entre los que simpatizaban con los acontecimientos franceses destacaban figuras como el reverendo Richard Price, que vio en la revolución de 1789 una actualización de la que había protagonizado Inglaterra en 1688, en contra del despotismo monárquico. En respuesta a su actitud esperanzada, el filósofo conservador Edmund Burke alertó sobre el peligro que representaban los cambios en el continente: «cuando la casa de nuestro vecino arde en llamas, no está de más hacer que las bombas de agua actúen un poco sobre la nuestra». La Revolución, a su juicio, había sacado las cosas de su curso natural, alentando toda clase de locuras y crímenes. Inglaterra, en cambio, tenía la suerte de seguir mirando con respeto a su rey, a su parlamento y a su aristocracia.  Lo suyo, por tanto, era auténtica libertad, no libertinaje.

Cruikshank - Napoleon Blowing Up His ComradesLa polémica no iba a quedar aquí. El escritor Thomas Paine, un famoso revolucionario, refutaría a Burke con Derechos del hombre (1791), un bestseller del que se venderían rápidamente cerca de un millón de ejemplares, en el que presentaba la Revolución Francesa como un faro de libertad para el resto del mundo.  De forma paralela, emprendía un ataque demoledor contra las instituciones inglesas, apuntando a la corrupción del sistema, al tiempo que denunciaba la política hostil contra el país vecino: «La Revolución Francesa no tiene ningún enemigo más decidido que el gobierno inglés». El lenguaje sencillo contribuyó al éxito de la obra: las citas en latín, francés o alemán, brillaban por su ausencia, contra lo que se estilaba en los tratados eruditos.

Sin embargo, el entusiasmo por la revolución gala empezó a enfriarse cuando los jacobinos, el partido más radical, protagonizaron una oleada represiva conocida como el Terror. A partir de ese momento, muchos pasaron a identificar el cambio político con la guillotina. Para los más conservadores, París se había convertido en un foco de inestabilidad, al que había que combatir por el bien de Europa.

Los franceses, por su parte, afirmaban que los británicos, dueños de la flota más poderosa del mundo, eran los «vampiros de los mares». En su opinión, el gobierno de Londres se obstinaba en combatirles porque, de otro modo, la revolución hubiera estallado en Inglaterra. Debían tener una parte de razón porque William Pitt, el primer ministro de Su Majestad, no las tenía todas consigo. Si los franceses cruzaban el canal de la Mancha, no podía garantizar que sus compatriotas no los recibieran como a libertadores.

Para evitar un desastre semejante, Londres puso en marcha una amplia operación de imagen. En los años sucesivos, su gobierno consiguió convencer a buena parte de la opinión pública de que Napoleón no era un exportador de la Libertad sino un odioso tirano. Mientras tanto, rechazó todas sus ofertas de paz, escudándose en que su aparente buena voluntad no podía ser sincera. La guerra, unida a la propaganda, fortaleció la conciencia nacional de los británicos como país aparte del continente, algo que llega hasta nuestros días con el conocido auge del euroescepticismo. Este sentimiento se reflejaba en dos viñetas de 1803, destinadas a resaltar la superioridad propia frente al enemigo. En la de la izquierda aparecían tres ingleses con aspecto rollizo, señal de su dieta abundante. En la de la derecha, tres franceses escuálidos no tenían que llevarse a la boca. El mensaje estaba claro: el patriotismo, además de ser una virtud, ofrecía grandes ventajas para el propio bolsillo.

En semejante alarde publicitario, el grabado desempeñó un protagonismo esencial. Desde mediados del siglo XVIII, este era un producto de moda en Londres, en continuo crecimiento, hasta el punto de que la capital del Támesis superó a la del Sena como su principal centro de difusión. Las obras de los dibujantes ingleses, tras ser impresas, se vendían por toda Europa, sobre todo en Alemania. Muchas llevaban inscripciones en francés, por entonces el idioma internacional, o bilingües. Aunque el público no estaba familiarizado con los acontecimientos a los que aludían, propios de Gran Bretaña, eso no era obstáculo para su gran acogida. En 1798, por ejemplo, se abrió una tienda de grabados en París con un amplio stock de caricaturas inglesas. Un periódico alemán, el London und Paris, dio la noticia, señal del interés que despertaba este tipo de manifestación artística.

Rowlandson - The Devils DarlingDentro del comercio de grabados, el de sátiras políticas constituía, por su volumen, un sector con personalidad específica. Toda una generación de artistas amateurs encontró en la actualidad el filón que les permitía ganarse la vida. James Gillray fue el más famoso y capacitado, pero también destacaron Thomas Rowlandson (1756-1827) e Isaac Cruikshank (1764-1811), padres de Isaac Robert y de George, dos famosos continuadores de su oficio.

Un grabado podía confeccionarse de diferentes maneras. No acostumbraba a ser iniciativa del artista, porque implicaba un desembolso económico (necesitaba una matriz y productos químicos) que podía volverse en su contra si los editores rechazaban la idea. Lo habitual, por el contrario, era que los temas le vinieran dados al dibujante por sus clientes. Los diseños podían realizarse en blanco y negro o en color. En este último caso, el precio se duplicaba.

Los compradores, por lo general gente medianamente adinerada, ya que no todo el mundo podía pagar varios chelines por una caricatura, guardaban sus láminas en álbumes que depositaban en la biblioteca de sus hogares. De cuando en cuando (en un día lluvioso, por ejemplo), las sacaban para diversión de toda la familia. La oferta se adaptaba a los diversos tipos de demanda, por lo que había caricaturas dirigidas al público femenino, otras al masculino. Algunas exhibían un alto grado de sofisticación, otras mostraban un significado evidente al primer golpe de vista.  En muchos casos, el gobierno amparaba la publicación de estas sátiras. Y lo hacía como hacen todos los poderes en estos casos, con dinero público destinado al pago de los artistas y los editores.

Gillray - Napoleon RagingMientras tanto, los dibujantes no perdían de vista la vertiginosa evolución de la política internacional. Tras regresar de su campaña en Egipto, en 1799, Bonaparte se proclamó primer cónsul gracias al golpe de Estado del 18 de brumario (el 9 de noviembre según el calendario revolucionario). En una caricatura, la Asamblea francesa se había transformado en un mercado árabe. A la izquierda de la imagen, un Napoleón impasible imponía su voluntad a punta de bayoneta.

Cuando el corso se proclamó emperador de Francia, los británicos no reconocieron su título, por lo que continuaron llamándole «Bonaparte» o, si querían insultarle de verdad, «Buonaparte», en referencia a los orígenes italianos de su familia. También utilizaban muy a menudo el apelativo de «Boney», un juego de palabras con su apellido que podría traducirse por huesudo, en alusión a su aspecto físico.

Mientras se prolongaron las guerras napoleónicas, las sátiras contra Bonaparte no conocieron tregua. Pero los británicos no dudaron en ningún momento de que fuera un personaje eminente. Todos tenían claro que eran un genio, sólo que mal encaminado. En este sentido, no puede decirse que Inglaterra le combatiera de la misma forma que luchó, en el siglo XX, contra Adolf Hitler. El Führer sí representaba el mal absoluto.

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