¿Dónde está Shelagh McDonald?

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Esta es la pregunta que durante treinta y tres años se formularon sus fans, compañeros de la industria de la música y antiguos colaboradores. En 1971, momento cúspide de su carrera, desapareció. Hasta que en 2005, el periodista y músico Charles Donovan consiguió dar con ella. Esta es su historia.

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Comienzos

Nacida en 1948, la cantante y compositora Shelagh McDonald ya se había pateado los escenarios de toda la escena folk del oeste de su Escocia natal cuando en los años sesenta decide mudarse a  Londres.  Su objetivo era labrarse un futuro en el mundo de la música. Su arma era su poderosa voz, con reminiscencias a las de Joan Baez y Joni Mitchell, acompañada por sus excelentes dotes a la guitarra y al piano clásico. Algo más tarde, además, consiguió rodearse de músicos muy notables dentro de la escena folk-rock británica de la época, como Richard Thompson, Dave Mattacks, Danny Thompson, el pianista de jazz Keith Tippett, Keith Christmas —cantante y compositor instrumental que colaboró con ella en sus dos álbumes—, Ian Whiteman, Roger Powell y Michael Evans.

A finales de los sesenta consigue firmar su primer contrato con B&C Records y en 1970 publica su primer álbum, Shelagh McDonald Album, que pasó bastante desapercibido y con el que la propia Shelagh no quedaría muy satisfecha: «¡Mi primer álbum fue terrible! Por falta de tiempo no hicimos muchas pruebas y no pude ensayar demasiado con la banda eléctrica. Fue como si alguien me lanzase las llaves de un Phantom, me pidiese que saltase dentro y me desease buena suerte». Sin embargo, entre las canciones de aquel primer LP hay algunas joyas, como City’s Cry, una delicada composición muy a tono con la tendencia hippy de la época.

Y no tira la toalla. En 1971, tras la publicación de su segundo álbum, Stargazer, las cosas empiezan a cambiar. Todos los temas incluidos en él son composiciones de la propia Shelagh exceptuando The Dowie Dens of Yarrow, que pertenecía al cancionero folk tradicional. Stargazer, con Sandy Robertson como productor, no solo logra consolidar la atracción del público minoritario que había ido labrándose previamente en sus actuaciones como solista en The Troubadour y otros escenarios de la escena folk británica del momento, sino que lo multiplica. Y aún mejor, se mete a la crítica en el bolsillo.

Shelagh McDonald 03En medio de todo esto, una Shelagh McDonald de veinticuatro años desaparece. Sin dejar rastro. Sin decirle nada a nadie. Sin previo aviso. Sin más. Ella y su belleza de elfa, sus vestidos sueltos de floridos retales y su carácter escocés y reservado se desvanecen en el momento más prometedor de su carrera artística.

Los treinta y tres años transcurridos entre 1971 y 2005 son, sencillamente, un vacío en lo que a Shelagh se refiere. Naturalmente perduraron sus canciones, editadas en vinilo, que mantuvieron vivos los anhelos de muchos de sus fans durante este largo silencio. Pero ni siquiera se molestó en intentar cobrar los royalties de su trabajo. Y, lógicamente, este vacío se llenó de mitos y rumorologías acerca de su paradero: algunos la dieron por muerta, pese a que nunca se encontraron registros de defunción; otros la ubicaban en algún lugar rural de los Estados Unidos reconvertida en cuentacuentos; los más certeros apuntaban a una nueva carrera como novelista infantil, confundiéndola con otra Shelagh, esta de apellido MacDonald; la mayor parte desvelaba una mala experiencia con las drogas. Ni siquiera sus propios compañeros de la industria fueron capaces de aportar luz en la larga oscuridad de Shelagh. Keith Christmas, con el que incluso llegó a mantener un breve noviazgo en su juventud,  sostuvo la teoría de la depresión al recordar «el horrible apartamento en el horrible bloque de pisos en Islington» en el que Shelagh vivía y avivó la de los problemas con las drogas: «Lo último que supe de ella es que tuvo un mal viaje tras consumir un tripi de LSD, que la ingresaron en el  hospital y que sus padres vinieron a llevársela de vuelta». Robert Kirby, su arreglista, desmintió la teoría de la depresión alegando que «efectivamente vivía en un apartamento de pasillos mugrientos, pero cuando tienes veintidós años eso no importa. Verdaderamente no pensé que tuviera una depresión». Preguntado sobre la teoría del LSD, Kirby ni confirma ni desmiente, pero abre una nueva línea de investigación al sacar a colación la hipótesis de que el motivo de la desaparición repentina de Shelagh pudo estar relacionado con una intensa relación personal que esta mantuvo con un individuo anónimo. Su productor, Sandy Robertson, tampoco aporta demasiadas pistas, salvo que dejó Londres para volver a Escocia.

Las mismas letras de sus composiciones, escuchadas tras su desaparición, parecían emitir mensajes premonitorios. Así, el estribillo de Rod’s Song, rezaba «when will you be back?»  (¿cuándo volverás?) y Liz’s Song comenzaba con un «let’s take a train going north, never said she’d be coming back» (cojamos un tren hacia el norte, ella nunca dijo que fuera a volver).

Mystery Woman

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Sin embargo, mientras Shelagh hacía todo lo posible por alejarse de su pasado, la escena musical nunca la olvidó. Sus discos seguían vendiéndose en las tiendas y algunos de sus fans demostraron ser sus  seguidores incondicionales. Uno de ellos, Geoff Owen, lanzó en los noventa, más de veinte años después de su desaparición, una página web reivindicando el recuerdo de Shelagh y tratando de reunir pesquisas acerca de su paradero. El bueno de Geoff no cejó en su empeño de encontrarla, pero la búsqueda permanecería plagada de incógnitas hasta 2005, año en el que la discográfica Sanctuary Records editó una compilación de toda su obra publicada bajo el título Let No Man Steal Your Thyme, tanto en vinilo como en formato compact disc, que irónicamente obtuvo mejores cifras de ventas que los dos álbumes originales.

El periodista y músico Charles Donovan fue uno de los compradores, y la escucha de la compilación le provocó muchas preguntas acerca de Shelagh. Al verificar en una primera investigación de carácter superficial que la mayoría permanecía sin respuesta, se decidió a escribir un artículo sobre ella titulado «Mystery woman» que sería publicado en el periódico The Independent el 23 de junio de 2005 y posteriormente reeditado en los diarios locales The Glasgow Herald y The Scottish Daily Mail.

Y, por obra y gracia de la prensa escrita, el artículo cayó en manos de la propia Shelagh. Esta, que a lo largo de los últimos treinta y tres años había vivido absolutamente ajena a la posibilidad de que alguien pudiera recordar su paso por la industria de la música, fue catapultada  de pronto a una realidad que abandonó a los veinticuatro años. Su grado de aislamiento a lo largo de todo este tiempo había sido tal que ni siquiera sabía que sus padres habían fallecido años atrás, noticia que conoce leyendo el artículo sobre su misteriosa persona. La bofetada de realidad es tan intensa que se decide a dar la cara. Se dirige a las oficinas del Scottish Daily Mail con el objetivo, como ella misma declaró, «de averiguar dónde estaba mi hermano (para recabar más información sobre el fallecimiento de sus padres) y de decirles a los autores que me había gustado el artículo». Allí dio con la periodista Grace Macaskill, a quien le concedió su primera entrevista tras más de tres décadas de silencio. Por fin se cerraban los signos de interrogación.

La verdad sobre su desaparición

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En ella, Shelagh confirma que efectivamente el catalizador de su huida fue un mal viaje producido por un LSD que consumió en una fiesta. Aunque lo habitual es que los efectos alucinógenos y de otro tipo derivados del consumo de esta sustancia no duren más de doce horas, en el caso de Shelagh se alargaron hasta alcanzar los cuatro días. «Me recuerdo deambulando por Londres, experimentando alucinaciones terribles y después siendo ayudada a entrar en un avión sin tener ni idea de a dónde se dirigía. A continuación reconocí Glasgow y las caras rígidas de mis padres». Sus padres, que nunca aprobaron que su hija se dedicase al mundo del espectáculo, resolvieron no pasarle ninguna llamada telefónica durante las semanas a lo largo de las que las alucinaciones se prolongaron y Shelagh permaneció bajo su cuidado. Su agenda de contactos se había quedado en Londres y no tenía dinero para viajar, por lo que ella tampoco tuvo manera de devolver las llamadas. La recuperación se prolongó durante un año y medio, y para entonces era demasiado tarde para llamar a nadie. Además, recuerda, «lo único que conseguía al intentar cantar era un graznido. Sonaba como un gato estrangulado. Estaba tan triste. Me di cuenta repentinamente de que había perdido mi lugar en el mundo de la música que tanto había amado. Había perdido mi talento».

Let no man steal your thymeTras su recuperación, Shelagh encuentra la estabilidad llevando una vida al uso, teniendo un trabajo normal en un centro comercial de Glasgow, viviendo con sus padres. Hasta que en 1981 conoce a Gordon Farquhar, el dueño de una tienda de libros antiguos, del que se enamora inmediatamente y con el que se casa meses más tarde, pese a la oposición de sus padres. «Mis padres nunca aprobaron nuestra relación ya que él era mayor que yo y no dirigía ninguna empresa. Sabía que no podría ganarme su apoyo, así que decidimos marcharnos». Entonces Gordon se deshizo de su tienda y juntos emprendieron una vida hippy, errática y nómada. Primero se marcharon a la isla de Bute, en el fiordo de Clyde, Escocia. Posteriormente se fueron a Canadá, pero no les terminó de cuadrar la experiencia, por lo que volvieron a Escocia decididos a establecerse en la costa este. Pero terminaron al norte, en un lugar llamado Wick, en el que vivieron unos cinco años. Un día, hartos de las broncas de los arrendadores ante sus frecuentes impagos, decidieron establecer su residencia en una tienda de campaña nómada con la que acamparían por todos los bosques de Escocia. «El plan original era vivir acampados durante unos meses, pero sin darnos cuenta pasamos años con nuestras pertenencias a la espalda y estableciendo campamentos en los bosques de toda Escocia, aunque los días de Navidad y Nochevieja nos íbamos a un hostal». Por bucólica que resulte la idea, vivir de camping permanente en un lugar con las condiciones climatológicas de Escocia puede ser verdaderamente cruel, como declaró la propia Shelagh: «Los inviernos podían llegar a ser particularmente duros. Algunos días hizo tanto frío que verdaderamente llegué a pensar que moriríamos allí mismo. Sin embargo, Gordon y yo mantuvimos el ánimo alto y, cuando se vive de una manera tan precaria día a día, verdaderamente vives el momento». Pese a todo, Shelagh dice haber sido verdaderamente feliz en su vida de campista nómada: «Amo este estilo de vida, me mantiene cerca de la naturaleza y me define mental y físicamente. La gente puede pensar que es extraño, pero soy genuinamente feliz tras todo el tiempo vivido. Supongo que, en cierto modo, nunca pude sacudirme del todo mis raíces hippies». Sus fuentes de ingresos eran las ayudas sociales; claramente, Shelagh no sabía que un cheque de miles de libras en concepto de royalties estaba esperando ser reclamado.

Su estilo de vida era tan inestable que poco a poco Shelagh perdió el contacto con todo su entorno. Solo eran Gordon y ella. «Sencillamente llamar a casa se convirtió en una tarea incompatible con el estilo de vida que llevábamos». Vivían absolutamente aislados, hasta el día en el que ella estaba cocinando en el camping gas y Gordon, abrumado, le acercó el artículo del periódico que acababa de leer, del que ella, contra todo pronóstico, era la protagonista. «Me sentí como si estuviese leyendo mi propia necrológica. Pero lo que verdaderamente me sorprendió fue la intriga que había dejado atrás, incluso entre personas que no me conocían. Me resultó desconcertante saber que la gente todavía escuchaba mi música y que habían pasado su tiempo haciendo conjeturas acerca de mi paradero».

Tras conceder aquella primera entrevista en 2005, Shelagh volvió a desparecer. Su free spirit volvió a guiarla a algún otro bosque escocés, en el que siguió viviendo acampada. Pero en 2008 Gordon enfermó, los bosques se les hicieron demasiado inhóspitos y se retiraron a un apartamento. En 2012, tras cuatro años cuidando de él día y noche, su marido, por y para el que había vivido los últimos treinta y un años de su vida, fallece.

La llamada de la música

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Entonces Shellagh siente la llamada de la música. Y, tras hablar con algunas personas, el proyecto de retorno empieza a cobrar vida. Algunos años atrás, había adquirido una guitarra de segunda mano en algún mercadillo rural y había vuelto a tocar y a cantar, percatándose de que su voz ya no era un graznido ni sonaba como un gato estrangulado. Sencillamente había vuelto.  «Mi voz fue mejorando a medida que iba siendo más y más feliz a lo largo de los años». Se puso en manos del especialista Nigel H. Seymour para terminar de afinarla, se dejó querer por viejos compañeros de la industria que nunca la olvidaron y se encerró a componer. Finalmente, en 2012, cuarenta años después de la publicación de su segundo LP, sale a la venta su tercer álbum, Parnassus Revisited, en el que a solas con su guitarra interpreta algunas canciones folk tradicionales más nueve composiciones propias.

Probablemente sea cierto que haya trenes que solo pasan una vez en la vida, pero el caso de Shelagh es una clara excepción a esta regla. La industria de la música le brindó una segunda oportunidad a la que ella no ha dudado en aferrarse. El paso del tiempo se aprecia en su apariencia en forma de surcos en su rostro y canas entre sus espesos cabellos negros. Pero también en Parnassus Revisited se notan estos años, con un estilo guitarrístico diferente, más encaminado hacia el jazz y menos hacia el folk, y una voz más madura. Pero nadie puede creer que hayan sido cuarenta. «No siento que haya perdido mi tiempo. Bajo mi punto de vista, nunca estuve perdida; simplemente estaba ocupada viviendo otra clase de vida. He vuelto a componer y a disfrutar de la música. Quién sabe si, de no haber desaparecido, ahora sería tan popular. Quizás mi música, sencillamente, hubiese acabado hartando».

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Sobre el autor

4 comentarios

  1. Que artículo más bonito!!! No conocía este historia y ahora me muero de ganas de ver en que se parece la música que hacía con 20 a la que hace ahora 40 años después. Parece un experimento o el guión de una película. Magnifico.

  2. Magnífico artículo el publicado por La Soga (una vez más), todo un referente en lo tocante a lo que yo denomino “gotas de vida”. Resulta muy grato encontrar estos pequeños regalos en forma de reseñas que te permiten volver la vista atrás de vez en cuando y recordar el sabor de la vida en tiempos pretéritos, cuando eramos jóvenes con ilusión. Me reconforta leer historias de gente que fue capaz de vivir su sueño con un denuedo y una satisfacción que hoy son tan escasos. ¡Esperemos que no sea el último!.

    • María Jesús en

      ¡Doctor, doctor! ¡Aquí una persona intoxicada tras leer este comentario por exceso de glucosa en la sangre… ¡Si al menos fuese por LSD, como la pobre Helagh McDonald!

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