Roland Dyens, el guitarrista que encontró el «fuego»

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Fuoco no es solo el nombre de una obra para guitarra de Roland Dyens. Es un canto a la vida, un despertar, un viaje trepidante que deja los sentidos exhaustos. Es una sacudida, un viaje vertiginoso, una montaña rusa. Es un ejemplo de cómo convertir una guitarra clásica en una jodida fuente de energía.

En el anterior artículo sobre guitarra nos detuvimos en Agustín Barrios Mangoré y su cautivador tercer movimiento de La Catedral. En esta ocasión volvemos a un tercer movimiento, esta vez, de la Libra Sonatine, para descubrir al multifacético Roland Dyens. Nacido en Túnez en 1955, un año antes de que el país se independizara de Francia, comenzó sus estudios de guitarra con nueve años junto a Alberto Ponce, y más tarde obtendría la especialidad de composición con Désiré Dondeyne.

Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que Roland Dyens fue un músico total: compositor, concertista, pedagogo, arreglista, improvisador… pocos palos le faltaron por tocar a este titán de la música de segunda mitad del siglo XX. Fue tan prolífico como premiado, y extendernos más en su currículo de salas de conciertos y festivales sería redundar en una extraordinaria figura que estuvo al pie del cañón hasta que su corazón dejó de latir en París hace poco más de un año.

Precisamente sobre latidos y pulsos vitales trata la pieza de la que hoy hablamos. Tras superar una delicada operación quirúrgica, Roland Dyens concibió en 1985 su Libra Sonatine estructurando la obra en tres movimientos: India, en el que describe los momentos previos a la cirugía; Largo, inspirado en el durante; y Fuoco, en el que hoy nos detenemos y que refleja el despertar, la vuelta a la vida.

Aunque ideada originalmente para guitarra, contrabajo y percusión, posteriormente el compositor realizó una versión definitiva para guitarra sola aunando recursos tímbricos de los otros dos instrumentos, aspecto que queda especialmente patente en Fuoco.

La chispa que inicia la obra es un sencillo intervalo de octava justa que rápidamente se desboca, como una mecha esquiva e impredecible, hacia un conjunto de elementos temáticos melódicos y arpegiados, combinados con otros de acordes placados más rítmicos que siguen el patrón general de «3-3-2» o «1,2,3 – 1,2,3 – 1,2»; patrón que, camuflado entre diferentes texturas y armonías, aparecerá recurrentemente más adelante.

Al escuchar esta primera parte, apreciaremos una falta casi total de pulso, de sentido rítmico, pero nada más lejos de la verdad; estamos ante lo que se conoce como heterometría, o yuxtaposición de compases. La mayor parte de la música comercial se construye sobre compases de cuatro pulsos (¡a veces incluso de tres!). Probadlo: si marcáis el pulso mientras escucháis cualquier canción de alguna emisora mainstream notaréis que el primero de cada cuatro pulsos es más fuerte. Esta simplificación rítmica produce un efecto de predictibilidad que hará que los oyentes puedan seguir la música con mayor facilidad y ser más receptivos a ella, tanto individual como, sobre todo, grupalmente. Roland Dyens huye de esa facilidad combinando compases que cambian tanto el número de pulsos como la figura de referencia: «2/2» (dos blancas), «6/16» (seis semicorcheas), «½» (una blanca); es decir, una locura. Pensad en lo impredecible de una hoguera y en los movimientos aleatorios de las llamaradas. Pues eso.

A continuación, tras un piano súbito (una bajada repentina del volumen), un pasaje de transición construido sobre un arpegio repetitivo de cuatro notas irá creciendo en tensión al combinarse este con el patrón rítmico antes mencionado (3-3-2), que aparecerá sucintamente en una nota del bajo para terminar de reventar, como si de un bidón de gasolina sobre la hoguera se tratase, en la siguiente sección.

Estamos en uno de los puntos álgidos del movimiento. El bajo, potente, retoma el leitmotiv rítmico anterior en una progresión escrita bajo una armonía más estática que se mueve en torno al acorde de mi menor con la séptima aumentada. Aquí la hoguera arde en toda su plenitud y en el auge de su grandeza, vuelve a repetir el fragmento, más vivo que antes si cabe, para desembocar en otro pasaje de transición que nos lleva a una sección más calmada.

Pero la hoguera aún no se apaga. La brasa sube de temperatura. Escuchamos una progresión que juega con las polirritmias entre el canto superior y un registro medio que se irá ampliando poco a poco a medida que crece en intensidad y distancia entre sus notas. Parece la banda sonora de una escena de suspense donde la tensión va in crescendo, sin saber el escuchante cuando va a venir el susto final.

Se va consumiendo el fuego, pero aún queda la parte final y más espectacular. Tras retomar el material temático del principio, Roland Dyens nos lleva a un nuevo clímax basado en la repetición obstinada de un tema en el que hace uso de unos rápidos glissandos (deslizamiento del dedo de una nota a otra a través de la misma cuerda sin pulsar la de destino) que esconden una vez más, el leitmovit «3-3-2». Y cuando parece que la guitarra no puede dar más de sí, el señor Dyens pone toda la carne en el asador en un pasaje final brutal y violento que combina pizzicatos a lo Bartok (esto es elevando una cuerda y soltándola contra el diapasón provocando un fuerte chasquido), percusiones variopintas y slaps (un efecto muy usado por bajistas de música funky que consiste en percutir las cuerdas con el dedo pulgar de la mano derecha).

Y la obra termina. Y el fuego se apaga. Y uno suspira, con el cuerpo y el alma removidos.

Fuoco aúna gran parte de la personalidad como creador musical de Roland Dyens. Huye de las corrientes más experimentales como el microtonalismo, conceptualismo, etc., dejándose influenciar por la música popular, el rock, el jazz y una marcada tendencia a la improvisación. Fue un compositor más cercano al público que muchos de sus contemporáneos, tanto en sus creaciones como en sus conciertos, donde solía dar rienda suelta a improvisaciones fruto de sus experiencias más recientes. Con la mirada puesta siempre en abrir caminos a la innovación y en ampliar el potencial de la guitarra, sus obras están fuera de cualquier tipo de atadura o género rígido; buscan una transversalidad estética dentro de un orden tonal. Por todo ello, si podemos enmarcar a Roland Dyens dentro de algún ismo sería en el poliestilismo y en el neotonalismo, corrientes compositivas ambas que se alejan de estrictos cánones anteriores y del atonalismo de principios y mediados del siglo XX. Dyens fue un compositor sumamente minucioso. Sin entrar en las de carácter técnico, anotaciones en la partitura como «tropezando», «ardiente», «vital» dan una idea de lo concienzudo y racionalizado de su trabajo creativo. Fuoco se caracteriza también por un manejo muy efectista de las dinámicas (intensidades), por los giros candenciales (puntos de reposo) de marcado carácter jazzista, por la riqueza de diseños temáticos y por la forma de hilvanarlos entre sí.

La exigencia para el intérprete no radica solo en la ejecución virtuosa de las notas, sino en la comprensión y asimilación de todos los diseños de la partitura, las imitaciones, crepitaciones, modulaciones, llamaradas, polirritmias, heterometrías, y lo que es más importante, en la energía que se debe transmitir. Energía y solo energía.

Roland Dyens abandonó este mundo en octubre de 2016, y aunque nos dejó un ingente legado musical y guitarrístico, quiero pensar que es Fuoco la obra clave con la que no solo su espíritu vuelve a despertarse como ya hizo en 1985 tras aquella operación quirúrgica, si no la obra talismán con la que nosotros también podemos despertarnos; una obra que nos sacude, abofetea, hipnotiza e impacta. Dyens encontró el fuego con su guitarra. En nuestras manos está el levantarnos, coger la antorcha e iluminar el camino. Escuchen.

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