Miscelánea lovecraftiana y cthuloidea: Wounds, de Babak Anvari

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En los últimos años, se ha puesto de moda hablar de lo que se ha denominado el alt-horror, el terror alternativo. Para resumir, la única diferencia con el cine de terror que podríamos llamar convencional, sería, básicamente, el aplauso de la prensa especializada generalista. En el fondo, no es nada nuevo, sino que es una nueva muestra del movimiento pendular de la cultura. El terror ya parecía aceptado dentro del cine general allá por los años ochenta, pero con posterioridad, en gran parte por la sobreabundancia de secuelas y franquicias desastrosas a nivel creativo, se perdió el respeto que se había ido ganando, yendo al destierro. El género quedó fuera de los grandes temas y su consideración volvió a ser la de un cine menor, en el mejor de los casos.

Sin embargo, la segunda década del siglo XXI nos deja como una de sus aportaciones un resurgimiento del terror dentro del canon cinematográfico occidental. Basta pasearse por la red para encontrar un consenso crítico favorable a Nosotros (Us, 2019), Déjame salir (Get Out, 2017), Un lugar tranquilo (A Quiet Place, 2018), Babadook (The Babadook, 2014), It Follows (id., 2014), Hereditary (id., 2018) o La bruja (The Witch, 2015). Ari Hester, Robert Eggers, David Robert Mitchell, Jennifer Kent o, sobre todo, Jordan Peele se han convertido en grandes nombres del celuloide gracias a sus aportaciones al género. Se trata, en general, de obras con una intención clara de análisis de la sociedad y que huyen, es cierto, de la estética del slasher más clásico. Son cintas de terror que pueden verse en festivales de cine independiente y que apuestan por un público diferente del que acudía en masa a ver, por ejemplo, la saga de Saw. Entre esas películas bendecidas por la crítica se encontraba también Under the Shadow (Bajo la sombra) (Under the Shadow, 2014) de un debutante director británico-iraní llamado Babak Anvari.

Under the Shadow destacaba desde el principio por la frescura de su ambientación. Como si hubiese salido de una lectura alucinada del cómic Persépolis de Marjane Satrapi, la acción nos traslada al Irán de los años ochenta, en una ciudad de Teherán bombardeada, cuyos hombres parten a la guerra para morir y sus familiares al campo para tratar de sobrevivir. En esa ciudad fantasma se nos contaría el despertar de un antiguo ser mitológico, en una historia de terror bastante clásica, pero que sabía alimentarse de una ambientación única y unas muy buenas actuaciones para volar alto y regalarnos un pequeño clásico moderno.

Pasarían tres años hasta la vuelta a la gran pantalla de Babak Anvari, además con algo de trampa. Porque, si en el festival de Sundance de 2016 se había presentado con su extraña historia de terror bajo el brazo, en 2019 lo haría con una cinta de mayores expectativas, que acabaría en manos de Hulu para los Estados Unidos y de Netflix en el resto del mundo. Wounds (id., 2019) tenía que ser la consagración de su realizador en el cine de terror, pero terminó convertida en un tropezón del que esperamos que pueda recuperarse pronto.

Antes de fijarnos en las connotaciones puramente lovecraftianas del relato, que es el verdadero motivo que me lleva a hablar de la película, vamos a aprovechar una vez más para señalar el peligro que tienen Netflix y otras plataformas semejantes para el cine de terror. Wounds no se produjo expresamente para su distribución por este canal, pero su forma responde perfectamente a lo que buscan Hulu, HBO o la propia Netflix: una cinta de terror que pueda resultar un poco inquietante, tampoco mucho, para que pueda ser consumida por la mayor cantidad de espectadores posible sin que ninguno se llegue a ofender lo más mínimo. Ya pasó con El apóstol (The Apostle, 2018): el cine de terror en la pequeña pantalla de nuestro ordenador nunca conseguirá romper las ataduras de su necesaria condición de entretenimiento para las masas; unas masas a las que nunca hay que molestar y a las que necesitamos alimentar sin cesar con recetas que ya conozcan para que, poco a poco, consigamos que la producción resulte más sencilla y homologable. Es decir, se busca lo contrario a lo que las grandes cintas de terror han pretendido siempre.

Yendo al grano, lo primero es reconocer que no he tenido la oportunidad de leer la novela corta en la que se basa la película de Anvari. The Visible Filth, escrita por Nathan Ballingrud no ha sido todavía publicada en español, al menos que yo sepa. Y da la impresión, viendo la película, de que los mejores momentos de la cinta debían estar en el material literario, aportando muy poco la dirección a una historia con mimbres terroríficos, pero a la que le falta un final de mayor nivel y que consiga atar los sucesos que nos narra.

Inicialmente, lo que más destaca es el punto de partida: una reflexión sobre la aparición de lo fantástico en medio de la normalidad. El protagonista es un camarero de un arquetípico pub estadounidense, que tiene que lidiar con borrachos y otros habituales del local. Una noche, unos jóvenes, aparentemente menores de edad, aparecen en el bar poco antes de que tenga lugar una pelea más violenta de lo habitual. Los jóvenes se dedican a grabar la reyerta, pero cuando las cosas se ponen peligrosas y se habla de llamar a la policía, huyen dejando atrás uno de sus móviles. Será ese aparato, que nuestro protagonista desbloquea para avisar del olvido a su dueño, el que abrirá la puerta a lo extraño.

El planteamiento de la cinta no es, por tanto, su punto débil. A pesar de que su planteamiento ofrezca una serie de arquetipos poco destacables y originales, la idea soporta bien la primera parte de la película y, en lo temático, conecta de forma correcta con problemáticas actuales en torno a la privacidad y los contenidos que encontrarnos en las redes, así como su influencia en la juventud. No en vano, será en la red donde descubriremos que los chicos adquirieron aquello que puso en marcha la trama.

Es este el gran acierto de la película y, además, el más emparentado con el universo lovecraftiano: la existencia de un libro llamado La traducción de las heridas. Este tomo, cómicamente traducido al español en la película como Traducción de Wounds, sería un tratado gnóstico que explica la manera de realizar un ritual para traer seres superiores a nuestra realidad a través de una herida. En la mejor tradición cthuloidea, el tomo parece capaz de apoderarse de aquellos que lo leen, que pronto empiezan a escuchar extraños ruidos y sentirse acompañados. También afecta a los que están cerca suyo, como la novia del protagonista, que se va obsesionando con una extraña web en la que solamente se ve un palpitante túnel y que la absorbe durante horas.

Aunque la ambientación brille por su ausencia y solamente sepamos que estamos Nueva Orleans porque se dice de forma explícita, es de justicia admitir que, por momentos, la presencia del libro y los rituales parecen planear por encima de la trama y darle al conjunto un aspecto de efectiva turbiedad. Pero no es más que un espejismo, un mero envoltorio sin mayor trascendencia. Así, los dramas personales de los personajes acaban consumiendo demasiado metraje y el final se nos antoja poco efectivo, sobre todo por su desconexión con la narración previa. Al fin y al cabo, hay que reconocer que la escena final tiene elementos interesantes en torno a la idea de la llegada de un ser proveniente de un plano superior, tal vez uno de los primigenios lovecraftianos más abstractos, a nuestro mundo. La cinta huye aquí de toda grandilocuencia, de la mera idea de un ser gargantuesco paseándose por la Tierra, acercándonos lo que podría ser la entrada de un ser como Yog-Sothoth en nuestro universo, entroncando con las líneas insinuadas en El horror de Dunwich.

En el plano técnico, la película cuenta con un reparto efectivo capitaneado por un Armie Hammer que todavía busca quitarse de encima el sambenito de haber sido el protagonista de El llanero solitario (The Lone Ranger, 2013), a pesar del éxito de Call Me by Your Name (id., 2017); y una Dakota Johnson que también sueña con dejar de ser alguna vez Anastasia Steele. Ella, junto a Kristen Stewart, capitanea el equipo de buenas actrices perseguidas por papeles deleznables. A su lado hay buenos secundarios como Zazie Beetz y Brad William Henke, todos lastrados por unos personajes vacíos y sin mucho que aportar. Tal vez la única con algo de espacio para flexionar sus músculos interpretativos sea Zazie Beetz, pero su Alicia no pasa de ser un tópico con patas. Hay que señalar que existe algo de intencionalidad, sin duda, en el vacío que atenaza a los personajes, pero queda subrayado de manera demasiado reiterativa con varias citas textuales de Los hombres huecos de T. S. Eliot, en un empeño en el que la cinta confunde la intertextualidad que aporta sentido con la mera cita que refuerza el texto.

En conjunto Wounds es un ejemplo más de los problemas que afronta todo nuevo cineasta cuando trata de desarrollar su carrera. Babak Anvari se hunde con una cinta que peca de convencional y trata de recuperar de su opera prima el sentido de la cotidianeidad, sin darse cuenta de que en Under the Shadow funcionaba debido a lo excepcional del marco de la historia. Trasladada a un suburbio americano sin personalidad, su primera película habría perdido mucho valor. Algo que se acentúa en esta cinta, que peca de conformismo y tiene una trama a la que le falta desarrollo. A pesar de algún acierto puntual, la mayor parte del metraje resulta insulso hasta el punto de que la película se olvida casi en cuanto acaba; solo deja en la memoria dos o tres ideas que, curiosamente, son las más cercanas al terror cósmico del conjunto. Una muestra de la película que existe bajo la que hemos visto y que el director no se ha atrevido a realizar.

Ismael Rodríguez Gómez
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Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas. Twitter: @Darth_Azirafel

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