Los esclavos olvidados de Tromelin de Sylvain Savoia, o cómo resucitar la historia

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La labor divulgativa en nuestra sociedad es algo tan complejo como imprescindible. Es muy habitual que en cuanto uno sepa (o crea saber) algo sobre cualquier tema aparentemente menor, trate de pontificar y evangelizar sobre la importancia del mismo y la imperativa necesidad de todo ser humano de interesarse por su pequeña área de conocimiento. No es plan de criticar ahora esa reacción, que en el fondo bien puede ser la causa final de la revista para la que esto se escribe, pero sí es necesario tenerla presente a la hora de enfrentarse a una obra como Los esclavos olvidados de Tromelin (Les Esclaves oubliés de Tromelin, 2015) de Sylvain Savoia.

No me parece arriesgado suponer que la inmensa mayoría de los lectores no tenga ni idea de qué es ni dónde se encuentra la Isla de Tromelin, también llamada Isla de arena. Esto es normal, puesto que no deja de tratarse de poco más que un islote de menos de un kilómetro cuadrado y que tiene siete metros de altitud en su punto más elevado: un perdido trozo de tierra firme que se encuentra en pleno Océano Índico, en mitad de la nada más absoluta y cuya importancia se quedaría en su condición de criadero de pájaros y tortugas, salvo por un suceso acaecido en el siglo XVIII y que a día de hoy sigue resultado fascinante para el estudioso de la historia.

Un naufragio inesperado

En 1761 el navío L’Utile naufragó en la costa de la Isla de arena tras haber tomado una ruta poco habitual entre la Isla de Francia, la actual Mauricio, y Madagascar. Las precauciones tomadas por su capitán, llamado Jean de Lafargue, se debían al hecho de que transportaba una abundante cantidad de esclavos para su tráfico, algo que en el puerto le habían indicado que no hiciera. Así, las bodegas del L’Utile estaban ocupadas por unos ciento sesenta esclavos cuando el barco se topó de manera repentina con el perdido islote.

A partir de entonces, la aventura del naufragio no deja de tener puntos en común con otros de los muchos que han sucedido en la historia. Los supervivientes se separan: los navegantes franceses y sus pasajeros por un lado, los esclavos malgaches por el otro. A pesar de esta separación, el teniente primero Castellan du Vernet consigue involucrar a los esclavos en la labor de construir un nuevo barco, al que llamarán Providence. Por supuesto, este no tendrá suficiente capacidad para todos los náufragos, lo que causará que los ciento veintitrés hombres libres pongan pies en polvorosa dejando atrás a unos ochenta malgaches entre hombres y mujeres, abandonados a su suerte en mitad de la nada más absoluta y con la única compensación de un escrito en el que el teniente decía liberarles de su esclavitud.

Sabemos que Castellan, en realidad, pretendía rescatar a los esclavos, pero que se encontró con la negativa de sus superiores de la Compañía de Indias. Finalmente pasarán quince años antes de que Bernard Boudin de Tromelin, al que la isla debe su nombre actualmente, pudiese rescatar a ocho supervivientes, siete mujeres y un bebé. Antes, se habían hecho a la mar dos barcas improvisadas de las que nunca más se supo, un navegante francés había acabado como un náufrago más en la isla a causa de un intento de rescate, y unos setenta y tres esclavos habían perecido entre 1761 y 1776 en aquella pequeña isla perdida en la inmensidad del océano.

Las ondas en el tiempo y los aspirantes a Indiana Jones

Casualmente, el naufragio del L’Utile dejó tras de sí algunos restos documentales que valieron para que la historia no pasara al olvido. Los náufragos de Tromelin sirvieron para apoyar la lucha por la desaparición de la esclavitud en Francia. Nuestro país vecino aún tardaría en abolir la trata de personas, suceso que solamente tuvo lugar con el decreto Schoelcher en 1848, pero el naufragio siempre planeó sobre el debate. El hecho de que las mujeres rescatadas, así como el niño de pocos meses, fueran liberadas a su llegada a Mauricio, ayudó a su trascendencia apareciendo la historia en la obra de Nicolás de Condorcet.

La Isla Tromelin se convirtió en un observatorio meteorológico francés y el relato de su naufragio pasó al olvido durante muchos años, hasta que en 2003 uno de los trabajadores en la isla le contó lo sucedido a Max Guérout, de la asociación francesa de la arqueología naval. Fue este el que empezó un proceso de estudio y recolección de datos que debía culminar en un número indeterminado (finalmente serían cuatro) de excavaciones en el terreno para descubrir la historia de los náufragos y su estancia en la isla.

En la segunda de ellas, que tuvo lugar en 2008, se produjo un suceso de esos que solamente pueden tener lugar en Francia: al grupo de investigadores que acudían a la isla se unió un dibujante y guionista de cómic. Sylvain Savoia, como cualquiera de sus coetáneos, siempre había querido ser Indiana Jones y la oportunidad de participar en una excavación en los límites del mundo conocido le pareció tan emocionante como interesante para su faceta creativa. Para Guérout y el resto de los participantes en la expedición, su labor era la de poner voz y rostro a los náufragos, contar su historia y acabar con un injusto olvido.

Pero no fue solamente Savoia el elegido para poner en valor lo sucedido. Antes de que la obra viese la luz, también tuvo lugar la publicación de un libro escrito por la famosa escritora e historiadora francesa Irène Frain, así como se publicó además un trabajo científico destinado al gran público y se produjo un documental que dio lugar a una exposición itinerante sobre el tema. Desde luego, Guérout y los suyos tenían claro que habían dado con algo importante, que hablaba a nuestro presente y que debía ser conocido; una historia tristemente olvidada que hablaba de supervivencia, de valentía y de la maldad que existió en el pasado de nuestra sociedad.

Y aun así, con todo, y a su ritmo, Sylvgain Savoia seguía preparando un cómic que terminó viendo la luz allende los Pirineos en 2015 y que nos llega a nosotros ahora, tras dos años, de la mano de Ponent Mon. El resultado es algo más que una mera narración de la historia: lo que ha hecho Savoia es dar visibilidad tanto a los náufragos como a aquellos que, casi dos siglos y medio más tarde, decidieron que había llegado la hora de que se conocieran los hechos.

La historia y los que la cuentan

No debería ser una sorpresa para nadie que la historia y su relación con la ficción sea un punto clave de la creación artística. Son muchos los autores y las obras que se mueven en esa difuminada frontera que separa la realidad de lo imaginado, lo histórico de lo ficticio. Por supuesto, Savoia no se escapa a esa dualidad, pero la enfrenta de una manera tan sincera y efectiva que uno no puede sino quitarse el sombrero.

Lo primero que destaca de su obra es la honestidad. A pesar de que las primeras páginas empiecen narrándonos de manera convencional el relato de los náufragos, pronto descubrimos que estamos ante un relato doble en el que el autor se expone como protagonista, abriéndonos la puerta a su propio proceso de construcción de la trama. El viaje de Savoia junto a los expertos a la Isla de Tromelin se convierte en nuestro propio periplo iniciático a un mundo de arqueólogos de verdad, de largos trabajos limpiando el terreno y de intentos de interpretar lo encontrado.

La decisión de dotar a cada narrativa de su propio estilo resulta un acierto mayúsculo. En el relato de los náufragos está más cerca del cómic histórico tradicional, con menos textos de apoyo y un uso exquisito del color. Pero cuando nos cuenta sus propias peripecias en la isla todo cambia y se va a un diseño de página completamente diferente, con una fuerza mucho mayor de la línea y un trabajo que recuerda con claridad a los cómics más didácticos del pasado. Así tanto la parte gráfica como la del de guion son tan diferentes en ambos casos como los dos mundos que se construyen en cada momento.

Realmente, los dos relatos podrían ser leídos de manera independiente a pesar de que las narrativas se vayan intercalando, pero es precisamente en esa superposición de historia y ficción donde todo cobra su fuerza. Es entonces cuando cada descubrimiento, cada detalle robado al suelo de Tromelin, se convierte en un elemento más de una narración que trata de resultar tan fiel a la realidad como es posible. Esto no quiere decir que no existan algunas licencias autorales, pero estas resultan en todo momento creíbles y no nos desconectan de los sucesos reales.

La sensación final de Los esclavos olvidados de Tromelin es, inevitablemente, agridulce. Nuestros protagonistas en el pasado han logrado ser libres, pero han pasado por todo tipo de pruebas que han estado cerca de acabar con ellos. Mientras tanto, Savoia ha probado en su propia piel la soledad de la isla, ha vibrado con cada logro en la expedición y tal vez así ha conseguido conectar con aquellos náufragos. Esa felicidad por el trabajo bien hecho y por lo descubierto, choca con la comprensión de los terribles sucesos allí acaecidos. Como toda buena historia que busca transmitirnos algo real, Savoia sabe que nada es totalmente bueno o malo, que todo son matices y que los logros son efímeros (pero que así saben mejor).

La memoria que nunca debe perderse

Parece imposible no ponerse del lado de Guérout y Savoia en su viaje a los confines de nuestro mundo, en su periplo buscando dar la luz a lo sucedido hace ya más de dos siglos para iluminar nuestro presente y comprender la naturaleza humana. Las grandes obras suelen pretender la trascendencia, y Los esclavos olvidados de Tromelin no es ninguna excepción. Lejos de resultar cansina o excesivamente didáctica por sus intenciones, da la impresión de que los años de gestación le han sentado muy bien.

Como lectores, pocas veces vamos a tener la posibilidad de descubrir de una manera tan completa el proceso por el que vamos conociendo y comprendiendo nuestro pasado. Lo más importante de la obra de Savoia, afortunadamente disponible en nuestro país, es su capacidad para iluminar el duro trabajo de los arqueólogos que se enfrentan a una excavación, su alegría ante cada hallazgo, su frustración cuando saben que deben parar y que no han acabado de desentrañar los secretos del suelo que excavan… Y todo eso sin perder de vista la dimensión humana de los sucesos acaecidos, a los que de hecho permite abrir y cerrar la narración.

Sin duda, muchos lectores podrán poner en duda que la divulgación histórica pueda resultar aún más efectiva en el medio del cómic que en el de la literatura científica, o incluso la novela histórica al uso. A todo ellos les pediría que se acercaran a Los esclavos olvidados de Tromelin con la mente abierta. Me atrevería a decir que, seguramente, su opinión cambie.

Ismael Rodríguez Gómez

Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas.

Twitter: @Darth_Azirafel
Ismael Rodríguez Gómez

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3 comentarios

  1. Interesante historia. Opino también que los verdaderos «esclavos olvidados» son las decenas de millones de africanos víctimas del comercio árabe de esclavos (entre 11 y 18 millones de africanos negros), o los millones de europeos esclavizados por los traficantes musulmanes. De esos esclavos poco o nada se habla, pues parece que su memoria no encaja bien en ciertas narrativas eurocéntricas y auto-flagelantes.
    https://es.wikipedia.org/wiki/Comercio_%C3%A1rabe_de_esclavos

    Invito a Lasoga a indagar y escribir sobre este incómodo tema.

  2. Esta guerra imperialista estuvo basada en MDM (Mentiras de Destrucción Masiva). Una auténtica guerra de agresión contra un país que caminaba hacia el aperturismo político y gozaba de unos de los índices de desarrollo más altos del continente africano.

    Libia, país que ya no existe, destrozado como un trozo de suculenta carne por una jauría de perros rabiosos. Que bien nos saben vender las «guerras humanitarias» de agresión, allí no pasó nada.

    ¿Y la Chacón? Lagrimitas y homenajes de despedida «era una socialista ejemplar!» .

    ¿Y Santiago Alba Rico? El canalla «progre» encargado de vender a la izquierda la «guerra necesaria» y «humanitaria» de la OTAN, disfruta ahora de presencia en los medios para vendernos sus libros.

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