Federer vs. Nadal (V): No hay un plan B (Montecarlo, 2006)

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En la primavera de 2006, Roger Federer y Rafa Nadal disputaron sobre la tierra batida de Montecarlo el segundo de los seis duelos que finalmente protagonizarían aquella temporada. Fue la tercera victoria consecutiva de un tenista de veinte años sobre el número 1 más dominante de la historia y Federer aún debería claudicar ante Nadal en otras dos ocasiones antes de vencerle por segunda vez.

La derrota de Mónaco, aunque previsible por la superficie sobre la que se disputa el torneo, evidenció que el suizo comenzaba a desesperarse por encontrar un plan de juego que le ayudase a enfrentarse al tenista español: perdido en el laberinto psicológico que durante tantos años supuso para él la figura de Rafa Nadal, Federer trató de introducir variaciones en su personal estilo; pero su nueva estrategia solo funcionó por momentos y, en vísperas del que sería uno de los grandes enfrentamientos entre los dos astros del tenis, los problemas del genio de Basilea frente al español iban en aumento.

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Lo divino y lo terrícola

A mediados de 2006, los aficionados al tenis eran conscientes de que la rivalidad entre Federer y Nadal sería una de las más grandes de la historia del deporte moderno. Tan solo dos años después de haberse enfrentado por primera vez y cuando aún tenían veinticinco y veinte años, una situación de excepción parecía haberse apoderado del circuito ATP: Roger Federer era capaz de ganar absolutamente todos los torneos en los que no se cruzase con el joven Rafael Nadal, pero el español, por su parte, amenazaba con llevar su dominio del cara a cara frente al suizo a las pistas de cemento. El escenario era más propio de un juego de probabilidades que de un deporte tan contingente como el tenis: Federer gana a todos, menos a Nadal; Nadal gana a Federer, pero no a todos los demás; todos los demás pueden ganar a Nadal, pero no a Federer… Mientras tanto, para el espectador ocasional, el bloqueo del gran campeón frente al aspirante resultaba tan inexplicable como épico. Las audiencias de sus enfrentamientos se disparaban y el monopolio que Federer había amenazado con establecer sobre una disciplina de gran desgaste psicológico comenzaba a resquebrajarse. Especialmente en tierra batida.

En cualquier caso, es necesario situar la desbordante superioridad de Federer sobre el resto de sus rivales: a pesar del zarpazo que el propio Nadal le había asestado en marzo venciéndole en Dubai, el suizo se rehízo en las pistas duras norteamericanas convirtiéndose en el primer jugador de la historia que ganó dos años consecutivos los Masters de Indian Wells y Miami. Nadal, a pesar del gran precedente del emirato, cayó en semifinales de Indian Wells ante James Blake y fue eliminado por Carlos Moyá en su primer partido del torneo de Miami. Sin embargo, tras la gira americana, muy propicia para el número 1, Federer afrontaba una temporada sobre tierra batida en la que el Roland Garros aparecía como la guinda que le faltaba al inmenso pastel que iba conformando su palmarés. El gran obstáculo que debería salvar para conseguirlo sería, cómo no, Rafa Nadal. Pero antes de viajar a París, el mayor especialista que jamás se había visto sobre arcilla aún se cruzaría dos veces en su camino, dispuesto a arrasar en todos los torneos previos al grand slam francés.

El experimento de Federer

Federer en Montecarlo 2006El tenis es un deporte en el que los grandes campeones suelen avanzar con cierta facilidad hasta las rondas finales, en las que se enfrentan a otros superclase capaces de hacerles frente. Sin embargo, el camino de Federer y Nadal hasta la final de Montecarlo estuvo plagado de obstáculos. El número 1 solventó varios encuentros con su habitual suficiencia, pero en primera ronda había sufrido para cerrar el partido frente a un joven serbio, Novak Djokovic, que llevó al campeón suizo hasta el límite del tercer set. Por su parte, Nadal logró avanzar con solvencia hasta la final, pero la categoría de los terrícolas que despachó por el camino ofrecen la medida de su nivel sobre arcilla: el balear llegó al fin de semana tras apear del torneo a Guillermo Coria y Gastón Gaudio, dos tenistas muy peligrosos sobre la superficie preferida de Rafa. Por desgracia para ellos, en Montecarlo se toparon con un tenista que durante varios años fue literalmente invencible sobre tierra batida. Quizá en 2006 su invulnerabilidad aún estaba por demostrar, pero resulta muy significativo que ya entonces muchos rivales y comentaristas especializados se la concedieran.

Quizá por ello Federer trató de que en aquella final Nadal se saliese de su guion habitual, intentando escapar a los largos intercambios que minaban poco a poco su resistencia. Las dos posibilidades que el suizo exploró para conseguirlo fueron las dejadas y, sobre todo, las subidas a la red, dos estrategias que acercan rápidamente cualquier punto a su resolución: bien ejecutadas son definitivas, pero si su preparación no es adecuada, un rival tan eléctrico como el Nadal de aquella temporada podía sobreponerse a ellas sin problemas. Y eso fue lo que ocurrió durante el primer set.

Federer perdió con demasiada facilidad los primeros cuatro juegos de una final que, rápidamente, parecía un tanto descafeinada: con un juego muy precipitado, el suizo cometió muchos errores no forzados y torpedeó su propia estrategia. Los puntos que era capaz de cerrar no compensaban los fallos que cometía y eso provocó que, por pura inercia, el español cerrara el primer parcial con un contundente 2 – 6. Mientras los jugadores se refrescaban en los bancos, los comentaristas de la retransmisión británica afirmaban, quizá con algo de razón, que a Federer no le dolería perder aquella final si a cambio lograba encontrar una estrategia para enfrentarse a Rafa Nadal sobre tierra batida.

Rafa Nadal a por una bolaDurante el segundo set, el suizo pareció acercarse momentáneamente a la solución de su puzle: insistiendo en el mismo plan de juego, pero escogiendo mejor cuándo subir a la red, durante la segunda manga Federer logró doblegar al mejor pasador del circuito con un juego que mezclaba la esencia de la tierra batida con otro más propio de la hierba de Wimbledon. A base de grandes saques, boleas y unos restos más agresivos, el suizo mantuvo el paso en el marcador hasta que, con tres iguales, la intensidad de su juego pareció pasarle factura: Nadal consiguió un break que amenazaba con finiquitar la final (la mera idea de que el español perdiera tres mangas seguidas tras varias horas bajo un intenso sol, era inaudita), pero el de Basilea se mantuvo fiel al guion que había trazado y, en uno de los tramos más interesantes del choque, logró llevar el set hasta el tie break.

El balear tenía entonces veinte años y, en teoría, aún no había alcanzado su plenitud como tenista, pero el juego que ambos jugadores estaban desplegando sobre la tierra batida de Montecarlo era el mismo que alumbraría una rivalidad histórica. Federer y Nadal estaban llegando prematuramente al cénit de su enfrentamiento deportivo y ello les obligaría a mantenerse durante años en lo más alto para mantener el paso de su oponente. Pero, al mismo tiempo que comenzaban a hacerse mutuamente grandes, debían dilucidar quién reinaría aquel año en Montecarlo. El partido estaba abierto nuevamente gracias al 7 – 2 con el que Federer se llevó un desempate mal jugado por Nadal, obsesionado súbitamente con las dejadas (quizá debido a las muchas que él mismo había corrido a recoger), en el que el manacorí pareció acusar de repente la presión.

Acto seguido, Nadal debió superar un momento especialmente delicado al comienzo del tercer set, que arrancó con seis bolas de break para el suizo. Finalmente, Federer aprovechó una de ellas para adelantarse en el marcador pero una sucesión inaudita de errores concedió el empate al español, que ya no volvería a irse del partido. Con el equilibrio de vuelta en la pista de Montecarlo, ambos jugadores fueron sacando adelante sus servicios hasta el tres iguales, un juego clave en el que Nadal consiguió mantener su saque y tras el cual Federer pareció comenzar a acusar el cansancio. El balear aprovechó entonces la oportunidad para atacar las constantes subidas a la red del suizo con una sucesión tremenda de passing shots y cerró una rotura de servicio clave con un revés cruzado, marca de la casa, que dejó a Federer clavado en el fondo de la pista. Minutos después, Nadal hacía subir el 3 – 6 al marcador y dejaba la final muy cuesta arriba para el suizo que, en el mejor de los casos, debería afrontar una maratón de cinco sets sobre tierra batida.

Roger Federer desesperadoDicha perspectiva pareció pesar en el ánimo del número 1, que concedió rápidamente dos breaks al inicio de la cuarta manga; sin embargo, luchando como nunca sobre la tierra batida y reencontrándose con su saque, Federer recuperó el terreno perdido y logró llegar al tramo clave de la final del set con 4 iguales en el marcador. De nuevo con ambos tenistas a tono, la primera oportunidad de Nadal para alzarse con el título llegaría en un emocionante tie break que el suizo comenzó dominando (llegó a sacar para ponerse de 4 – 0), pero que el balear remontó con un juego especialmente agresivo. Merece la pena señalar que, en el punto del desempate que supuso el 4 iguales, los espectadores de Montecarlo presenciaron una de las primeras manifestaciones de la secuencia completa de los populares tics de Rafa Nadal: la limpieza de la línea de saque, la arena de las deportivas, el famoso gesto del pantalón, la cinta del pelo… incluso las botellas y los calcetines en los intercambios. Todo lo que toca una pista de tenis está al servicio de un deportista que ha hecho un arte del manejo de los tiempos y del empleo de pequeñas rutinas para mantener la concentración. Es haciendo uso de todo lo que tiene e incluso de parte de lo que no, como el de Manacor se ha hecho verdaderamente grande. Y fue así como llevó el desempate del cuarto set de la final de Montecarlo hasta el 5 iguales, para después cerrar el partido de un modo que ilustra su forma de jugar los puntos más importantes de cada partido: devolvió todo lo que humanamente se puede devolver hasta que Federer falló para conseguir un match point; y sentenció inmediatamente al resto con un tremendo golpe ganador al revés de Federer. Juego, set y torneo para el número 2 del mundo, que le endosaba un impactante 1 – 4 al número 1 en sus duelos particulares.

A París, pasando por Roma

Rafa Nadal tras la victoriaLa final de Montecarlo de 2006 permite extraer varias conclusiones importantes para comprender una rivalidad deportiva que, también a nivel mediático, tuvo un periodo de maduración inusualmente corto. La primera de ellas es la evidencia, quizá poco reconocida en España, de que Federer siempre ha afrontado los partidos contra Nadal con una actitud que, lejos de suponer una mácula en su carrera, engrandece su leyenda. Roger podría haber perdido semifinales que llevaban claramente a la boca del lobo o, directamente, dejarse ir frente a Nadal en las jornadas menos propicias. Jamás lo ha hecho y eso le permitirá retirarse algún día siendo, no solo el mejor tenista de la historia, sino el gran caballero del tenis.

Esto no impide comprender que, en lo estrictamente deportivo, en 2006 Nadal era ya el único obstáculo de su autopista hacia el olimpo del deporte: los demás tenistas, las distintas superficies, parecían no encerrar secretos para el genio de Basilea. Pero, frente a su némesis, ni siquiera todo el esfuerzo que parecía ahorrarse vapuleando al resto de adversarios podía salvarle de una sucesión de derrotas cada vez más claras. Especialmente en tierra batida, pero ya no exclusivamente en esta superficie, Nadal seguía haciéndole golpear el revés a una altura inusitada; ahora, además, cuando trataba de salir de esa situación con un juego más agresivo y subiendo a la red, el balear le pasaba con eficacia. En Montecarlo había obtenido más de cincuenta puntos en la red pero, a cambio, perdió más de veinte. Un precio demasiado elevado, sobre porque la mayoría de las subidas del suizo fueron con su propio servicio.

La única conclusión positiva que ya en 2006 podía extraer Federer, llegaba desde el interior del mundo del tenis. Solo quedaba un año para que André Agassi dijera que Nadal estaba «escribiendo cheques contra su cuerpo. Espero que no termine por cobrárselos». Roger, en cambio, lucía en todos los torneos una actitud Sampras, una expresión que hacía referencia al campeonísimo estadounidense, con el que se comparaban sus andares parsimoniosos y la naturalidad de sus desplazamientos y golpeos. Eso, opinaban los expertos, podía darle una longevidad clave para seguir construyendo un palmarés más allá del alcance de Rafa Nadal, el joven que se empeñaba en ganarle y parecía dispuesto a recorrer el mismo camino de éxitos.

Pero, en la primavera de 2006, tocaba hacer un alto en el camino. En lo relativo a este recorrido por sus enfrentamientos, es momento de aparcar cualquier consideración sobre la década prodigiosa de Federer y Nadal y concentrarse en uno de los grandes partidos de tenis que ambos regalaron a la historia del deporte. La siguiente final que disputaron merece un lugar de honor en esta pequeña gran historia y, quizá, de no haber existido aquella tarde mágica de 2008 en el  All England Club de Londres, tendríamos que referirnos a la batalla de Roma como el mejor partido que jamás disputaron.

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