Kokichi Tsuburaya: el corredor atormentado

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El Japón exaltado y militarizado que entró a mordiscos en la Segunda Guerra Mundial educaba a sus colegiales para vencer o morir por su emperador. Dos decenios después de la derrota, los participantes japoneses en los Juegos de Tokyo llevaban aún sobre los hombros la pesada carga de la nación, junto a una oscura idea del honor que acabaría aniquilando al joven fondista Kokichi Tsuburaya.

Tsuburaya

Dice el tópico que la historia habla de los vencedores. Y resulta singularmente cierto en el deporte, cuyos mitos se han construido sobre la lucha, el esfuerzo y el sudor que conducen al triunfo. El discurso del ganador afirma que con sacrificio se consigue todo y el mundo asiente, emocionado, a lo que no deja de ser una mentira piadosa: a menudo los derrotados se han sacrificado más, se han esforzado más y han peleado con mayor tesón en una batalla que, además de la lucha, premia los dones.

Abebe Bikila ganó el maratón olímpico de Roma 60 corriendo descalzo, y calzado volvió a ganarlo en Tokyo, cuatro años después. Su inmortalidad en la memoria es de justicia, pero la historia, en aquella carrera de Tokyo 64, habría debido prestar más atención a lo sucedido minutos después de que el prodigioso etíope cruzara la meta, fresco como una lechuga, pulverizando el récord del mundo.

Men's Marathon - Tokyo OlympicEl japonés Kokichi Tsuburaya entraba en el estadio olímpico en segunda posición y la muchedumbre estallaba en un estruendo que era el de un país orgulloso y humillado tras la guerra, famélico de héroes con los que restañar sus heridas. Los deportistas nipones ya habían conseguido medallas en los juegos, pero el maratón seguía siendo la prueba de los dioses; la épica misma.

Detrás de Tsuburaya, que avanzaba por la pista en robótica agonía, apareció el inglés Basil Heatley. Al contrario que el atleta local, Heatley había sido señalado como uno de los favoritos antes de la carrera y, más entero, superó a Kokichi en unos dramáticos metros finales. Alcanzada la meta, el japonés se dejó arropar titubeante, exhausto, con la mirada ida y cara de estupor. Había logrado una medalla para el maltrecho atletismo nacional y era aclamado por la multitud, pero su cabeza navegaba por otros mundos.

Ajeno a la euforia de sus compatriotas, Tsuburaya sentía la profunda humillación de haber perdido la plata en el mismo estadio, ante todo Japón. Creía haber deshonrado a la patria. Creía, llegó a afirmar más tarde, que solo podría recuperar su honor con la victoria en los juegos siguientes. Lo creía porque su generación había recibido en herencia restos de un nacionalismo exacerbado y tóxico hecho pedazos por la derrota bélica; el legado de un país de samuráis y kamikazes bañado en sangre y vergüenza.

El caldo de cultivo

Tsuburaya había nacido en 1940, un año antes de que Japón atacase Pearl Harbor en pleno delirio del nacionalismo expansionista. Hacía mucho tiempo que la educación de los escolares, impregnada de principios del bushido enmarañados en recio militarismo, incluía instrucción castrense y adoctrinaba sobre la suprema dicha de morir por la patria y el emperador.

KamikazeDurante la conflagración mundial, ese mejunje ideológico dio en alumbrar pilotos suicidas que bebían sake y componían poemas de despedida antes de hundir su Mitsubishi A6M Zero en el regazo de un portaaviones. Kamikaze significaba viento divino y era una expresión con origen en los tifones que, por dos veces en el siglo XIII, habían barrido de la costa japonesa flotas mongolas prestas a atacar la isla. Una ayuda del cielo. Una prueba incuestionable de la preferencia de los dioses.

Pero ocurrió que la guerra, que Japón había emprendido cabalgando ciegamente en esa conciencia de pueblo elegido, se fue torciendo para las potencias del Eje. El Sol Naciente perdió una enloquecida contienda militar y terminó ardiendo bajo las bombas atómicas. Tras la rendición, el emperador Hirohito, hasta entonces tenido por dios con forma humana, negaba su naturaleza divina en solemne declaración del uno de enero de 1946; manifestaba, además, que el pueblo japonés no era superior a las otras razas ni estaba destinado a gobernar el mundo. Al año siguiente, una constitución discurrida por el general MacArthur le arrancaba a Japón el derecho a la beligerancia y suprimía su ejército.

En esa nación, cuyo espíritu había sido aplastado y avergonzado, cuyo dios había reconocido no serlo, cuyas ciudades había calcinado el espanto nuclear, creció Kokichi Tsuburaya. A su generación correspondía la tarea de reconstruirlo todo, suturarlo todo, alzarlo todo sobre la miseria.

El largo camino del guerrero

HirohitoLas cosas formaron un siniestro revoltijo en la cabeza de Kokichi. Exigido por lo que creía obligación, se juró la victoria en México 68 y las autoridades niponas, contagiadas del entusiasmo desatado por la medalla, le diseñaron una rígida planificación que tenía por único objetivo la carrera mexicana. El corredor recibió la orden de recluirse y dedicar los siguientes cuatro años a aquella sola cosa; cualquier distracción, cualquier desahogo, le fueron vedados. No podría ver a su familia ni a su novia, con la que había hecho planes de boda. Solo debía correr.

Y corrió. Se preparó obsesivamente durante más de tres años hasta que, en 1967, su exprimido físico se resintió y las lesiones le llevaron al hospital durante una larga temporada. Al salir, trató de retomar los entrenamientos, pero la convalecencia había carcomido sus fuerzas. Sus piernas no respondían y fue consciente de que no podría ganar la gloria olímpica en aquella prueba para la que solo faltaban unos meses. Una prueba que el pueblo japonés esperaba con avidez y optimismo desorbitados.

El quebrado cerebro de Tsuburaya le sostuvo solo un poco más. Hasta el nueve de enero de 1968. Veintidós años después de que el emperador anunciara no ser un dios, lo hacía él: fue encontrado en su habitación con un tajo en el cuello y la medalla de Tokyo en una mano. Al lado, una larga nota con unas palabras ya inmortales:

«Querido padre y querida madre: Kokichi está demasiado cansado para correr más».

Los monjes infatigables

Monje Tendai 1Quizá Kokichi nunca supo que su trance había discurrido por una senda semejante a la tomada, desde tiempos lejanos, por monjes de la orden budista Tendai. De algún modo, la resistencia, el honor y la muerte parecen yacer juntos en las profundidades del inconsciente  japonés.

Los monjes del templo del Monte Hiei han buscado la iluminación a través del Kaihogyo, un inverosímil martirio que dura siete años y los lleva a recorrer, en ese tiempo, una distancia de cuarenta y dos mil kilómetros. Mil maratones de perpetuo peregrinaje en condiciones tan extremas que solo un puñado de religiosos lo ha enfrentado en la última centuria.

El fracaso en el Kaihogyo tiene la misma drástica consecuencia que el de Tsuburaya: hay una cuerda y un puñal en el exiguo equipaje de los caminantes y si cualquier causa los lleva a abandonar el objetivo han de elegir entre colgarse y abrirse el vientre. Una probabilidad que los obliga a iniciar cada día preparados para la muerte y a convivir en su cercanía manteniéndola a raya con cada paso. Se torna, así, más intensa y poderosa la vida de los ascetas, que experimentan la alegría de encontrarse sanos y salvos cada vez que ven ponerse el sol.

Los códigos que gobiernan el místico desafío imponen que los budas se detengan constantemente en lugares sagrados a recitar cánticos y plegarias, lo que alarga la jornada y reduce el tiempo de reposo. Imponen también que solo a partir del cuarto año pueda el caminante usar calcetines y que, al terminar el quinto, pase nueve días rezando sin comer, beber ni descansar, hasta perder un cuarto de su disminuido peso corporal y el último residuo de fuerza.

Monje Tendai 2En el sexto año, descienden de la montaña hacia los valles y en el séptimo la distancia diaria alcanza los ochenta y cuatro kilómetros; cubrirla lleva tanto tiempo que apenas restan un par de horas para dormir antes de reanudar la marcha.

El último día de la prueba, si llega, no es diferente al primero. El principio es el final y el final es el principio. Terminan y nada ha cambiado, aunque se los tenga, en adelante, por una suerte de santos vivientes.

De los vencidos, de nuevo, nadie parece acordarse. Quizá no es extraño en un orden moral que niega el fallo, el naufragio de la voluntad en el azar; que no admite más fracaso que el lavado con sangre. Ajenos a los postulados de Coubertin, que otorgaban todo el valor a la lucha, los tendai, como Tsuburaya, han despreciado lo que no sea triunfo, persuadidos de que los derrotados no tienen derecho a pisar la tierra dignamente.

Miguel Mendoza

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3 comentarios

  1. No conocía la historia de Kokichi… pobre hombre. Corriendo el maratón le ganarían otros, a “atormentado”, lo dudo.

  2. franciscoveiga@mundo-r.com on

    Así como siento compasión por kokichi, quien no pudo satisfacer las expectativas de su nación, me parece más ajeno el sufrimiento del budismo Tendai, religión cuya existencia desconocía. Me pregunto que pensaría el bueno de Gautama de una práctica tan alejada del camino medio y condicionada su cumplimiento o muerte. Supongo que el sentido del honor japonés y las enseñanzas de Buda habrán dado a luz a una práctica que no sé si se le podría considerar como budista. Finalmente la asociación entre el esfuerzo físico de los monjes Tendai y la maratón es efectista, pero imagino que nos puede llevar a concepciones erróneas. Mismamente en wikipedia las distancias que se mencionan se alejan de las referencias maratonianas donde los trayectos son 30, 60 y 84 Km, distancias que me pregunto de dónde habrán salido. Excelente artículo don Miguel.

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