Aitor Sáez: «Las elecciones han dividido aún más a Colombia»

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Colombia vive sus primeras elecciones presidenciales sin las FARC. La guerrilla de inspiración marxista se ha desmovilizado como consecuencia de los acuerdos de paz alcanzados con el presidente Juan Manuel Santos, que deja el cargo. La violencia, sin embargo, persiste en el país iberoamericano, sacudido por la actividad de grupos dedicados al narcotráfico en el que sigue siendo el territorio de mayor producción de cocaína del mundo. Además, el probable sustituto de Santos, el derechista Iván Duque, ha mostrado su oposición a capítulos fundamentales de los acuerdos con las FARC, lo que extiende una sombra de incertidumbre sobre el mantenimiento de la paz.

El periodista español Aitor Sáez ha cubierto estos años de cambios en un país sacudido por una guerra de más de medio siglo, el conflicto más largo en los cinco continentes. Los combates, los desplazamientos forzosos, las desapariciones y secuestros a manos de los grupos armados, incluidos los paramilitares, han marcado la vida de millones de personas. Crónica de una paz incierta. Colombia sobrevive (Círculo de Tiza) traza a través de víctimas y protagonistas un fresco de un país que, como dice Sáez, aúna lo mejor y lo peor, lo bello y lo siniestro, a García Márquez y a Pablo Escobar. Hablamos con él durante una breve escala en Madrid.

¿Crees que estas elecciones cierran o certifican «la brecha entre las dos Colombias» que, según escribes, abrió el plebiscito sobre los acuerdos de paz?

Sí, la brecha entre las dos Colombias se refiere a la que vivió el conflicto y la que no. Eso se reflejó mucho en el plebiscito en el que los que votaron que sí a los acuerdos de paz eran sobre todo de zonas donde se había vivido el conflicto, y los que votaron que no pertenecían fundamentalmente a zonas urbanas donde casi no se había vivido. A partir de ese plebiscito, se produce una polarización social que, un año y medio después, se refleja en las elecciones. Las dos opciones que han triunfado y que han llegado a la segunda vuelta son las más radicales, tanto de derecha como de izquierda. Eso sí que refleja esas dos Colombias: una más urbana, más moderada, una sociedad civil más avanzada; y otra rural que todavía cree en esos populismos, en el caudillismo, en la idea de un líder para salir adelante.

En ese sentido, ¿no crees que las elecciones sirvan para corregir esa división?

No, al contrario. Ha sido una campaña muy dura, muy tensa, que ha servido para lo contrario: para dividir todavía más. Precisamente las opciones que han triunfado han sido las que más han dividido; las que más han hecho esa dicotomía entre el bien y el mal; las que han centralizado el debate en temas más superficiales, como puede ser Venezuela, ciertos aspectos de los acuerdos de paz… en definitiva, los más demagógicos en lugar de tratar las propuestas económicas, que es lo que hacían las opciones más moderadas y que, al final, se han quedado en el camino.

¿Te atreves a pronosticar un vencedor?

Va a ganar Duque seguro. Seguro porque primero ya tiene una diferencia respecto a Petro, y la derecha siempre ha sido mucho más unificada y diligente a la hora de votar. En cambio, la izquierda, como en cualquier país del mundo, está dividida. Hay muchos seguidores de Fajardo, que sería la izquierda moderada, que no están dispuestos a votar a Petro, cosa que sí hubiese sucedido al contrario: seguidores de Petro que hubiesen votado a Fajardo, en la segunda vuelta: Es decir, los votantes de izquierda quieren un cambio, eso es cierto, quieren que por primera vez Colombia tenga un gobierno de izquierdas, pero no se creen el discurso rupturista de Petro. No llegan a ese extremo. Incluso el día de la primera vuelta, cuando dieron los resultados, estuve en la sede de campaña de Iván Duque y sus seguidores querían que llegase Petro a la segunda vuelta, precisamente por esto: porque sus opciones eran mucho más altas.

¿Qué consecuencias tendría una victoria de Duque para el proceso de paz?

La victoria de Iván Duque pone en interrogante al acuerdo de paz. Ya de por sí, desde que se firmó la paz, la implementación ha sido muy débil, muy lenta, apenas se ha llevado a cabo un veinte por ciento de esos acuerdos de paz, precisamente porque el Congreso ha obstaculizado la aprobación de leyes. Ahora, con un nuevo gobierno, que además tendría mayoría en el Congreso, porque en las Legislativas ya sacó mayoría, se deja todo el acuerdo de paz en sus manos. Iván Duque, de momento, tiene un discurso moderado porque le interesa atraer a los votantes más de centro; pero ya ha dicho que revisará esos acuerdos de paz y que los aplicará a su manera. Esto implica, entre otras cosas, lo referente a la amnistía de los guerrilleros: ha prometido (entre comillas, no tácitamente) que los va a meter en la cárcel. Esto hace que el acuerdo de paz penda de un hilo, porque uno de los elementos fundamentales su amnistía.

¿Eso hace todavía más incierta la paz que da título a tu libro, o independientemente de quién gobierno el país seguirá viviendo en esa incertidumbre para poner a un conflicto tan largo?

Colombia es de esos países que, como Oriente Medio, donde hay riqueza, hay violencia e inestabilidad. La riqueza de Colombia es el narcotráfico. Varios periodistas me han dicho eso: que mientras haya narcotráfico, habrá violencia. Poner fin a ese narcotráfico es una tarea de Estado, no es una tarea partidista. Cuando se firmaron los acuerdos de paz sí que hubo un periodo de gracia de dos años en que tanto grupos armados como sociedad se subieron a ese tren de la paz, a ese ambiente más propicio para abandonar las armas; pero ahora de nuevo ha habido un repunte de la violencia, se ha recrudecido. ¿Por qué? Porque, al final, el narcotráfico es un pastel que va a pasar de manos a manos. Primero fue Pablo Escobar, lo heredaron los paramilitares, las FARC se metieron, se han desmovilizado paramilitares y FARC, y ahora hay otras bandas. Actualmente incluso están llegando también de México, de Brasil, cárteles del narcotráfico, con lo cual (mientras eso exista) siempre habrá violencia.

Háblame del libro. ¿Por qué decides escribirlo y por qué lo haces como lo planteas, a través de historias, de protagonistas, en lugar de un ensayo más al uso?

Al vivir solo dos años y medio en Colombia, y siendo extranjero, no me sentía con la potestad de sentar cátedra sobre el país en términos políticos o históricos; porque hay grandísimos periodistas colombianos que ya lo han hecho y lo harán mejor que yo. La ventaja o la peculiaridad que tiene mi trabajo es que se centra mucho en el terreno: y ahí uno se encuentra con una postguerra, con un postconflicto de una guerra de cincuenta años, con lo cual es un territorio muy fértil para las historias. Uno levanta una piedra y se encuentra una historia. Así que el simple hecho de viajar, de llegar a lugares inhóspitos, llegar a regiones tan azotadas por el conflicto, ya te da historias humanas increíbles.

¿Cómo es trabajar en Colombia en este momento incierto? ¿Ha sido fácil pisar el terreno o es peligroso?

En ese primer o segundo año después de la firma de la paz, hubo ese periodo de gracia en el que uno podía acceder con cierta facilidad a los territorios. Siempre con la precaución de lugares tan calientes, tan violentos, pero sí que había una accesibilidad bastante grande. Ahora, en el mes de marzo, secuestraron y asesinaron a tres compañeros ecuatorianos en la frontera con Ecuador, que es un corredor de droga, y a partir de ahí se produjo un antes y un después en la cobertura periodística. Es decir, antes los grupos armados tenían al menos un proyecto pseudopolítico. Entonces el hecho de asesinar o secuestrar a un periodista al final era una decisión política que la tomaban los líderes de arriba. Había una jerarquía, un cierto orden, incluso en la violencia. Ahora, no. Ahora todos los grupos armados que quedan están ligados al narcotráfico, tienen intereses en negocios ilícitos, con lo cual, el asesinato o el secuestro de un periodista, como ocurre en muchas partes del mundo, se vuelve como un trofeo, una forma de demostrar poderío frente al gobierno o frente a otras bandas.

¿Cómo te habla la gente? ¿Con naturalidad, con normalidad o con miedo?

Precisamente eso, con el final del proceso de paz y la firma, las víctimas empezaron a denunciar más, a hablar tanto con periodistas como con autoridades, se generó una cierta confianza en el Estado porque territorios que antes estaban controlados por grupos armados ya no lo estaban, con lo cual… Y eso lo demuestran las cifras. En dos o tres años el registro de víctimas aumentó en millones. Fue por eso por lo que la gente dejó de tener miedo. Sin embargo, ahora, con ese repunte de la violencia, con la llegada de nuevas bandas narcotraficantes que han ocupado el espacio de la guerrilla, se ha vuelta a producir ese temor de las víctimas. Yo, por ejemplo, trabajé con esa frontera con Ecuador, en la ciudad de Tumaco, que es una de las más violentas, hace un año. Hoy en día, todos los números de teléfono que tenía, de los contactos, ya no sirven porque se han cambiado el teléfono por las amenazas. Con lo cual: sí, hay una psicosis en torno a todo eso.

Una de las cosas que me llama la atención es la facilidad que tú también resaltas para ponerle motes a artilugios con los que se ha ejecutado la guerra y la tortura. En general, la normalidad y la normalización de la violencia. Me gustaría que me hablases de dos instrumentos en concreto, porque los citas en tu libro: el cocodrilo y motosierra…

Sí, al final, el tema de apodar hasta las cosas más brutales es algo muy latinoamericano. Forma parte de esa fantasía, de esa tradición oral… Además, en Colombia se produce el realismo mágico de Gabriel García Márquez. La violencia fue algo tan cotidiano que se acabó incorporando a la cotidianidad de la gente, y una de las cosas que lo demuestra son esos apodos.

El cocodrilo no es, ni más ni menos, que una trituradora. ¿Por qué? Porque los paramilitares, que ya tenían el referente de las dictaduras chilenas y argentinas, sabían que si hacían una matanza de más de tres personas los podían juzgar por crímenes de lesa humanidad. Entonces, empezaron a usar ese tipo de prácticas sistemáticas de desaparición. Su forma de desaparecerlos era trocearlos, meterlos en bolsas, tirarlos al río o enterrarlos. Así, se ha hecho casi imposible recuperar los cuerpos. Ahora mismo yo creo que hay doscientos mil desaparecidos. Es una barbaridad.

Se utilizó el cocodrilo, como lo apodaban, el machete, la motosierra… Fíjate que la motosierra se enredaba con las telas de la ropa y dejaron de utilizarla y la cambiaron por el machete porque el corte era más limpio. Eso son técnicas que se acaban volviendo normales por la sistematicidad de la guerra, y su duración. Incluso, hay un relato en la prensa colombiana que da cuenta de campamentos de entrenamiento de los paramilitares para enseñar a descuartizar y a desaparecer esos cuerpos; porque realmente tenían muy presente esa necesidad de evitar ser juzgados por crímenes de lesa humanidad.

¿Esas prácticas no las llevó a cabo la guerrilla, o las guerrillas?

No, o sí en algún momento, pero no con esa sistematicidad. La guerrilla, sobre todo, se dedicaba más al asesinato selectivo, o a los atentados, o al secuestro. También hizo masacres, evidentemente, como en cualquier guerra, pero no tuvieron nunca un sentido de castigar a sociedades o poblaciones por haber sido colaboradoras. Tenían otra forma de relacionarse con la población.

¿Cómo afecta la normalización o incluso la banalización de la violencia a las víctimas y a sus familiares?

Es algo que me sorprendió, y lo digo en el libro. Hay algo más impactante que la barbaridad, que es normalizar esa barbaridad. Yo llegaba de Grecia de escuchar las historias de los refugiados del Estado Islámico y pensé que nunca escucharía algo más horroroso. Pero es que en Colombia ha pasado lo mismo o peor, y la gente lo cuenta ya con normalidad. En uno de mis primeros viajes me encontré con una madre a la que le habían matado o desaparecido a sus tres hijos en tres años, y se había trasladado. Y la mujer me lo contaba alegre, contenta, digamos. O sea, es curioso que el país donde se ha vivido el conflicto más largo y más violento del mundo sea el país que siempre aparece en el primer o segundo puesto de los países más felices. Y esa contradicción, al final, es la que define a Colombia. Es un país de extremos, es un país capaz de tener al mayor delincuente de la historia, como Pablo Escobar, y a un premio Nobel de Literatura como García Márquez en la misma época y casi en la misma región. Entonces, bueno, es una de las cosas que a uno más le cuesta entender a la hora de hacer la lectura del país.

Por seguir con la cuestión de las víctimas, escribes que «no hay perdón sin verdad». Lo que ocurre es que la verdad es conocida por muchos de los implicados y que lo que falta realmente es dinero para compensar las desapariciones y las víctimas de la guerra. ¿Es así?

Sí, exacto. El proceso de reconciliación tiene varias partes: verdad, justicia, perdón y reparación. Sí que tanto las FARC como los paramilitares han hecho ejercicios de perdón, pero lo que no se ha producido, o se ha producido de manera muy frágil, es la reparación. Y la reparación, al final, es económica. Eso también es una de las cosas más difíciles de entender para un europeo. Al hablar con una víctima se imagina que su discurso se va a centrar en el dolor, en lo que ha vivido, pero a esas víctimas a lo mejor su hijo les desapareció hace veinte años, o le mataron a un familiar hace cuarenta, y entonces son víctimas que ya están pensando en su día a día; ya han superado ese trauma y su discurso es el de «¿cuándo nos llegará la plata?». Hay una expresión que define muy bien eso en Colombia: «la necesidad tiene cara de perro». Uno, como periodista, siempre cuestiona eso: monetizar el dolor o el sufrimiento; hasta que una de las víctimas te dice: «no, tú no lo vas a entender porque no pasas la necesidad que paso yo». O sea, una cosa son víctimas como Ingrid Betancourt o Clara Rojas, gente con un cierto poder adquisitivo, y otra aquellas que por el hecho de ser víctimas sufren más necesidades o aquellas que, precisamente, fueron víctimas por su condición social, por vivir en un entorno vulnerable. No se les puede juzgar.

¿Están organizadas en colectivos con el peso que tienen en España organizaciones como la AVT?

Claro, precisamente en Colombia, por lo largo y heterogéneo que ha sido el conflicto (porque al final ha habido víctimas de guerrilla, de paramilitares y del Estado), nunca ha habido una organización de víctimas como en España o en Argentina con las madres de Mayo. El conflicto se ha extendido en todo el territorio y Colombia es el segundo país más biodiverso en naturaleza, pero también en la gente; con lo cual hay muchas diferencias entre la población. Además, la guerra seguía latente hasta hace dos años y las víctimas tenían miedo a denunciar. Nunca se han dado las condiciones para que haya habido una organización, y seguramente si la hubiese habrían conseguido muchos más avances en cuanto a derechos y reparación.

¿En qué punto se encuentra ahora mismo el proceso de desmovilización?

Las FARC se desmovilizaron completamente. Se concentraron en 27 puntos que les llaman las «zonas veredales», una especie de campamentos. Lo que pasa es que, precisamente, como eran siete mil guerrilleros y el gobierno no ha cumplido gran parte de las promesas, la implementación va en un veinte por ciento. Muchos de esos exguerrilleros han salido de esas zonas. A veces para volver con sus familias, a veces para trabajar en las ciudades, o a veces para unirse a las disidencias y volver a delinquir. Hay organizaciones que calculan que ya la mitad han salido de esas zonas y ahora con las elecciones, sobre todo en el caso de que gane Iván Duque, seguramente esta diáspora será mucho mayor. Y eso es un peligro para la paz duradera porque, al final, es gente que ha vivido media vida, o toda entera, entre armas. Su vida es la guerra, no sabe hacer mucho más. O sea, pueden ser campesinos, pero quizá ser campesino en Colombia no llena el ritmo de vida o las expectativas que tuvieron durante la guerra y tras la firma de la paz. Con lo cual, el hecho de que estos exguerrilleros salgan de esas zonas es un riesgo importante.

¿Crees que eso puede ser un común denominador de lo que te ha dicho la gente con la que has hablado? El hecho de que la paz no solo sea incierta, sino también muy frágil.

El acuerdo de paz, en sí, en los términos en los que se definió, era muy sólido. Es decir, los expertos decían que era uno de los acuerdos de paz, digamos, más completos. El problema empezó ya con el plebiscito: un acuerdo de paz que la mitad de la población no lo aprueba ya arranca muy deslegitimado. Y esa deslegitimación es la que ha hecho que luego el Congreso no haya implementado las medidas necesarias para llevarlo a cabo; porque al final el acuerdo de paz es un papel, pero llevarlo al terreno… ahí es donde está el trabajo de verdad. Y hemos visto a muchos políticos y partidos que se han ido desmarcando de la paz. Dicen que la paz no vende. Es decir, en la época del proceso de paz sí que todo el mundo lo apoyaba, pero ya cuando vieron que en el plebiscito la gente no estaba de acuerdo, y en vista de las elecciones de este año, muchos partidos (incluso de la coalición de Gobierno) se desmarcaron. A la hora de implementar, de sacar presupuestos para esos acuerdos de paz, la aplicación fue muy frágil.

¿Alguna de las personas con la que has hablado para este libro te ha dicho que no le importa vivir en guerra?

Sí que hay una reflexión que también me encontré espontáneamente y que, seguramente en Europa, pero incluso en Bogotá, sorprende. Justo antes del plebiscito visité un campamento de las FARC y le pregunté al mototaxi que me llevó: «Bueno, ¿y usted qué va a votar?», y me dijo: «No, voy a votar que no». Yo pensé, «será que no está conforme con los acuerdos de paz», pero él dijo: «Voy a votar que no porque no quiero que las FARC se vayan; porque si las FARC se van, aquí volverá la violencia, el caos, las violaciones…». Es decir, es muy difícil para el europeo o para el bogotano entender que las FARC, en ciertas regiones y hasta cierto punto, ejercieron como un Estado paralelo. No solo era un ejército armado, sino que tenía una estructura política y una estructura para organizar a las comunidades; con lo cual las comunidades que vivieron bajo el dominio guerrillero durante prácticamente toda su historia reciente, no entienden otra forma de vida. Son comunidades muy alejadas, abandonadas por el Estado, que veían a la guerrilla como una salvación, como los protectores.

Imagino que otros verían al expresidente Álvaro Uribe como salvador…

Uribe si se presentase ahora ganaría. Uribe en las elecciones de marzo fue el senador más votado. Y es curioso porque Colombia tiene una de las sociedades civiles más avanzadas de América pero, aún así, sigue necesitada de ese caudillo, de ese mesías, que es algo prácticamente colonial, religioso.

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