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Cinefórum LXXVIII: «Las tortugas también vuelan»

Es difícil escribir algo después de ver una película como Las tortugas también vuelan. Cualquier reflexión sobre este relato, tan crudo como real, parece vacua e inútil, pues lo apropiado sería que tuviéramos que referirnos a él como una distopía inverosímil o un experimento sociológico ilusorio. Pero no lo es. Es una historia tan real como las miles que suceden día a día en los múltiples escenarios bélicos actuales.

Andrei Tarkovsky nos mostraba en La infancia de Iván a un protagonista de doce años con un inusual sentido de la responsabilidad y del deber en tiempos de guerra. Bahman Ghobadi nos lleva por esta misma línea, a una tierra de conflictos enquistados y sufrimiento crónico, donde unos niños se ven forzados a salir adelante adoptando comportamientos y roles más propios de los adultos.

Las tortugas también vuelan está ambientada en el Kurdistán iraquí, durante los meses previos a la invasión de Irak (2003) por parte de los países participantes en la Cumbre de las Azores liderados por EEUU. La película narra la historia de un grupo de niños que, vendiendo minas en el mercado negro que ellos mismos recogen, malviven en un campo de refugiados fronterizo. La triada protagonista está compuesta por Satélite, un joven que se encarga de velar por el bienestar del resto de niños del pueblo; Hengov, un adolescente mutilado por las minas y con el don de predecir el futuro; y Agrin, una niña que llega al pueblo cargando a sus espaldas, cual caparazón, a un bebé. La vida de los tres se entrelaza en un relato plagado de situaciones límite y de crudas escenas, las cuales se combinan con otras imágenes irreales cargadas de simbolismo. Podríamos hablar de un fatalismo mágico que impregna toda la cinta de una tristeza resignada, a la vez que constituye una loa a la resistencia ante la adversidad en condiciones infrahumanas.

Bahman Ghobadi firma el guion, la producción y la dirección de esta obra de arte. Un trabajo titánico que fue justamente premiado con la Concha de Oro de San Sebastián en 2004, además de recibir los premios del público en los Festivales de Sao Paulo y Rotterdam, entre otros.

Ghobadi es un comprometido director kurdo iraní, nacido en 1969, y cuyas películas se caracterizan por una fuerte carga de denuncia social. La mención simbólica de animales en sus títulos (Las tortugas también vuelan, Rhino Seasons, Nadie conoce a los gatos persas, A Time for Drunken Horses), parece un leitmotiv bastante recurrente en su carrera. Llama la atención también, en el caso del film que nos ocupa, el uso de la niebla: siempre presente en los episodios más oníricos, podría verse como la representación de la desorientación, soledad, e indefensión ante las amenazas que sufren los protagonistas y el pueblo kurdo en su conjunto, así como la incertidumbre ante su futuro. No en vano, la productora que el cineasta fundó en el año 2000 para promover el cine kurdo se llama MijFilm (Mij significa niebla en kurdo).

Aunque los personajes de Las tortugas también vuelan son víctimas, principalmente, de la persecución del régimen de Saddam Hussein, la película no se muestra en ningún momento como una apología hacia los EEUU; sino todo lo contrario: la amenaza que constantemente se cierne sobre los habitantes del campo de refugiados puede aparecer en cualquier momento y de cualquier forma. Bahman Ghobadi nos ofrece un relato profundamente antibelicista y conmovedor que, por desgracia, y a pesar de haber sido filmado hace ya catorce años, tiene una lamentable vigencia.

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