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La mujer en la guerra

Con mucha frecuencia, aparece un argumento que intenta minimizar la violencia ejercida históricamente contra la mujer: «en la guerra mueren muchos más hombres que mujeres; los hombres sufren mucho más». A esta premisa habría que anteponerle, en primer lugar, otra: que quienes apelan al recurso homicida – suicida de la guerra son exclusivamente los hombres. Las mujeres son asesinadas en su condición de civil y además, mueren en el campo de batalla. Si bien se trata de un dato poco conocido, las mujeres siempre han tenido un rol activo en la guerra.

Ya en el siglo IV a. C., en Atenas y Esparta, las mujeres participaron en las guerras griegas.

En épocas posteriores, también formaron parte de las tropas de Alejandro Magno. A partir de la Segunda Guerra Mundial, su presencia se incrementa. En cifras: en el ejército inglés participaron doscientas veinticinco mil; en el estadounidense alrededor de quinientas mil; en el alemán, quinientas mil; en el ejército soviético, casi un millón de mujeres, involucradas en todas las tareas militares, incluso las consideradas exclusivamente «masculinas».

Es interesante el hecho de que la razón íntima por la cual las mujeres muchas veces participaron en guerras no fue la posesión de tierras o puertos, un ego necesitando manutención, megalomanía, ambiciones económicas, delirio de grandeza, pretensión de reescribir la historia (un compendio que describe a Putin invadiendo Ucrania), sino porque en ellas latía la esperanza de que la postguerra les traería mayores derechos civiles. Por ejemplo, durante la Primera Guerra Mundial, las feministas francesas creían que el fin de las hostilidades atraería la atención legislativa sobre sus derechos. El principal periódico feminista, La Française, proclamaba que las mujeres estaban «casi seguras» de conseguir nuevos derechos. El «casi» ofendió a la Unión Francesa por el Sufragio Femenino, cuyas líderes afirmaban que las mujeres, sin margen de duda, lograrían votar al final de la guerra.

Hay muchos testimonios sobre la presencia femenina en el campo de batalla: voces directas de francotiradoras, auxiliares de guerra y soldadas, o a través de entrevistas periodísticas como las que aporta el estupendo libro La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich, autora bielorrusa galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2015. La mayoría de las mujeres de las guerras contemporáneas se involucraban de cuerpo entero por convicción y decisión propia. Debían ser muy insistentes porque lo más frecuente era que no fuesen admitidas. Una de las razones era doméstica: la guerra también necesitaba mujeres que se ocupasen de los niños y los sobrevivientes que volvían a casa. La otra razón era la sempiterna misoginia: incluso cuando se trataba de mujeres que habían sido entrenadas rigurosamente para el combate, las recibían como lo hacía el coronel Borodkin del ejército ruso: «¡Me han asignado unas muñecas! ¿Qué clase de escuela de baile es esta?».

Los testimonios también avalan esa histórica idea analizada por sociólogos y antropólogos de que si hubiera más mujeres al mando, habría menos guerras y más emprendimientos para el diálogo y la diplomacia. A diferencia del relato heroico-cinematográfico que da la óptica masculina, la mirada femenina es más realista y completa. La guerra contada por hombres es un relato de héroes y de triunfos técnicos. La guerra vivida y relatada por mujeres es muchísimo más panorámica y empática; en sus diarios no hay héroes ni hazañas asombrosas sino seres humanos involucrados en una tarea inhumana, en donde no solo sufren ellos sino la tierra, los pájaros, los árboles, todo los que habita este planeta. Son palmarias y dramáticamente honestas; se meten de lleno en lo que el relato masculino evita: la suciedad y el frío, el hambre, la violencia sexual, la sombra omnipresente de la muerte.

La galardonada Svetlana Alexiévich formula que la guerra femenina es más terrible que la masculina; que los hombres se ocultan detrás de la Historia, detrás de los hechos; la guerra los seduce con su acción, con el enfrentamiento de intereses (con la posesión brutal de mujeres -Talibanes en Afganistán-). Las Dama Sapiens, en cambio, tienen sus sentimientos mucho más despiertos; sienten todo en profundidad, aunque eso no las detenga…

«… estaba embarazada cuando transportó una mina atada a su costado, allí donde latía el corazón de su bebé. Imagínese: una embarazada caminando con una mina atada al cuerpo… Claro que tenía miedo y, sin embargo, iba por ahí con esa mina… No lo hizo por Stalin, sino por sus hijos. Por su futuro. Se negaba a someterse al enemigo nazi».

«Decidí disparar y de repente me surgió este pensamiento: «Es una persona; es un enemigo, pero es un ser humano». Me empezaron a temblar las manos, sentí el temblor en todo mi cuerpo, como un escalofrío, algo dentro de mí se oponía… Algo me lo impedía, no me atrevía».

«Apreté el gatillo, el hombre cayó, sentí temblar todo mi cuerpo. En aquel momento todo cambió: había matado. No sabía nada de él, pero le había matado. Lloré».

«Al ver al primer herido me desmayé. Después me acostumbré. Unos días más tarde me hirieron, yo misma me extraje la metralla y me puse el vendaje (…). En total, saqué de bajo el fuego a cuatrocientos ochenta y un heridos. Un periodista hizo la cuenta. Cargábamos con hombres que pesaban dos y tres veces más que nosotras. Los heridos pesan más todavía. Arrastrábamos al herido con sus armas, su capote, sus botas. Nos echábamos sobre las espaldas esos ochenta kilos y los llevábamos. Y después íbamos a por el siguiente, otros setenta y cinco u ochenta kilos… Así como cinco o seis veces durante un combate. Y eso que nosotras no pasábamos de los cincuenta kilos. No me lo creo ya… No me lo creo…», confesaba María Petrovna, enfermera en el frente de batalla.

«Pasar de los blancos de madera a disparar a un ser vivo es difícil. Lo veía a través de la luneta, lo veía bien… Pero algo dentro de mí se oponía… Aun así, me dominé, apreté el gatillo. Él agitó las manos y cayó. Murió o no, no lo sé. Y a mí me entraron escalofríos y sentí miedo: ¡¿He matado a una persona?! Necesitaba asimilarlo, asimilar este pensamiento. Sí… ¡En fin: era horroroso! Es algo que no se olvida nunca…».

«Yo estaba feliz… Estaba feliz porque no era capaz de odiar. Me sorprendí a mí misma…».

Alexiévich tuvo que escuchar las opiniones de sus detractores. Uno de ellos: «Después de leer un libro como el suyo, nadie querrá ir a la guerra. Usted con su primitivo naturalismo está humillando a las mujeres. A la mujer heroína. La destrona. Hace de ella una mujer corriente».

Suele suceder que las voces machistas-filicidas, carecen de oídos: en este caso, la sordera le ha impedido al censor escuchar sus propias palabras, los supuestos vituperios, porque: sí, las mujeres quieren cada vez más ser mujeres corrientes, hembras auténticas, autónomas, sin macho heroico ni medallas manchadas con sangre. Y sobre todo: ¿Qué mejor que un libro que provoca que «nadie quiera ir a la guerra»?

Con menor o mayor grado de sensibilidad, la cuestión es que la mujer tuvo muchísimas veces un rol activo en la guerra. En un estudio publicado en la National Bureau of economic research, investigadores analizaron el efecto del gobierno femenino en la guerra entre los Estados europeos de los siglos XV al XX, bajo la siguiente premisa: «¿Son los territorios gobernados por mujeres menos propensos a los conflictos que los estados dirigidos por hombres?». Concluyeron que «la competición femenina puede ser altamente agresiva, si se dan los incentivos adecuados». Parecería, entonces, que mientras las mujeres en el poder sopesan sus decisiones y evalúan concienzudamente los incentivos y las consecuencias, los hombres no ven más allá de fugaces consideraciones y su ego megalómano, que define finalmente todo. Entonces, ¿quién está más a merced de los «sentimientos»? ¿Quién nos conduce más a la tragedia, por verse sometido a la tiranía de un egocentrismo caníbal, guiado por el sentimiento de ser poderoso por todo lo que posee y por lo que poseerá luego de emprender la guerra?

Ana Valentina Benjamin
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