Los Defensores: intento fallido de supergrupo televisivo

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Una ocasión perdida. Eso han sido exactamente Los Defensores de Netflix. Podríamos decir también que una decepción, pero muchos espectadores estábamos con la guardia alta tras el fiasco de Iron Fist. Y no sería porque, en mayor o menor medida, Marvel no hubiese hecho bien las cosas hasta ahora: su formación in crescendo de un mundo televisivo propio, a imagen y semejanza del cinematográfico y paralelo narrativamente a él, había sido ideado y coordinado más que satisfactoriamente por Jeph Loeb, director del área televisiva de Marvel Studios y guionista de referencia en el comic book superheroico. Pero parece que donde Joss Whedon, consigliere en la sombra de las fases iniciales de Marvel en la gran pantalla, triunfó con Los Vengadores, Loeb ha fracasado con Los Defensores.

Hasta ahora, la guía de Jeph Loeb había sabido combinar con acierto un material de base puramente comiquero que conocía al dedillo, con el lenguaje propio de un medio que también dominaba (Lost, Heroes, Smallville), obteniendo un resultado que, con el trabajo de los showrunners correspondientes y pese al preocupante decrecimiento progresivo de calidad (sobresaliente para Daredevil, notable para Jessica Jones, bien alto para Luke Cage, suspenso para Iron Fist) había contentado a propios y extraños. Sin embargo, el paso en falso del héroe con el puño de hierro (por guion, por reparto y por producción) y el hecho de que su historia fuese elegida como hilo conductor del esperado crossover de Netflix, mostraba de antemano que, salvo sorpresa, Los Defensores iban a pegarse el batacazo. Y así ha sido.

Uno de los rasgos característicos de la Marvel televisiva de Netflix es que, frente a las historias coloridas y para todos los públicos de su hermana mayor cinematográfica, esta se ha impregnado del espíritu oscuro y callejero con el que el guionista Brian Michael Bendis revisionó a muchos de sus personajes segundones a principios de los años 2000. De hecho, el propio Bendis revisitó por entonces a Daredevil, buque insignia del desembarco marvelita en Netflix, y resucitó a Iron Fist y Power Man (Luke Cage), personajes que con el tiempo habían ido quedando en un segundo plano al estar demasiado ligados a fenómenos de su década (el boom del cine de artes marciales y la blaxploitation setentera respectivamente). Además, creó a Jessica Jones, superheroína fracasada de la Edad de Plata sobre la que pivotarían las nuevas versiones de los otros personajes. Así pues, bajo este espíritu adulto y urbano fueron concebidos Los Defensores televisivos, que pese a no tener nada que ver con el grupo del mismo nombre surgido en las viñetas a principio de los años setenta por Roy Thomas (siendo en todo caso su precedente más directo los Héroes de Alquiler originales, pareja formada por Iron Fist y Luke Cage), sí que tienen en común su naturaleza esporádica como respuesta a una amenaza bigger than life.

Si nos fijamos primeramente en el aspecto visual de la serie, apreciamos en su evolución los problemas a los que Douglas Petrie y Marco Ramírez se han tenido que enfrentar. Porque, si bien se comienza respetando los tonos y maneras individuales de los cuatro personajes, incluso usando los filtros de colores característicos de cada uno de ellos, según los capítulos avanzan y sus caminos van convergiendo la solución estética por la que se opta es la homogenización; lejos de subir un peldaño la apuesta artística, intentando reflejar la personalidad del grupo, la serie opta más bien por lo contrario: descender a una medianía que nos recuerda peligrosamente a las insípidas andanzas de Danny Rand (Iron Fist). Que la batalla final fuese coreografiada por Matt Mullins (Agentes de Shield) y no por Phil Silver (Daredevil), relegado este a coordinador de la pelea del tercer capítulo (la mejor, por cierto), deja a las claras la torpeza con la que ha sido concebida la serie.

Pero el principal problema de Los Defensores no reside tanto en su desafortunada dirección técnica como en en su desangelado guion, que supone la fallida conclusión de uno de los arcos argumentales más interesantes surgidos de sus series afluente: el de la guerra entre la Mano y la Casta. Aviso: a partir de aquí, dejen de leer los desaventurados que aún no hayan visto la serie, porque voy a aprovechar para comentar algunos puntos calientes del guion.

Como cabía esperar, el grupo de superhéroes callejeros unirá sus fuerzas gracias al personaje bisagra de Claire Temple (y a más de una casualidad un poco así de aquella manera), y lo hará de forma circunstancial, casi anti-natura, dadas sus opuestas personalidades, pero con el objetivo final de evitar que la Mano destruya Nueva York. Es más o menos la amenaza de siempre, pero en este caso literal, ya que la secta anhela algo que hay bajo el suelo de la ciudad y las prospecciones que necesita llevar a cabo para conseguirlo han de traer consigo su derrumbamiento.

Desde luego, no sorprende que se opte por una trama (la de la Casta y la Mano) que hunde sus raíces en las entrañas argumentales de Daredevil, el más interesante de los cuatro personajes principales, aunque sí que lo haga con la miopía de robarle protagonismo a este para dárselo, al menos en esencia (no tanto en metraje, afortunadamente), al sosaina de Iron Fist. Porque el guerrero del puño incandescente es presentado como el elegido por la Mano para su regreso a K’un-Lun, hecho que por lo visto ha sido su objetivo de siempre (aunque por el camino se hayan liado a conquistar las cloacas de Nueva York), y para lograrlo deben conseguir ese algo que se esconde bajo la ciudad y para lo que parece que Iron Fist es fundamental. Sobre este punto, los guionistas planean a kilómetros sobre la sugerencia de que Danny Rand se acabe haciendo un Anakin Skywalker, pero la idea es tan manida y poco creíble que a ellos mismos parece darles pereza desarrollarla con mayor seriedad. Bien.

Tras los primeros capítulos, que sirven de alargado preludio a la unión de los protagonistas, y después de los típicos dimes y diretes de supergrupo en momento de formación (que si me caes bien, que si me caes mal; que si la ciudad nos necesita, que si no; que si quítate ese pañuelo de la cara que quiero verte el careto y además te queda ridículo, que si no me da la gana porque no me fío de ti y además me queda divino de la muerte), la cosa se pone en marcha lentamente. Ahí tendrá un papel clave Stick, ese maestro Yoda que ejerce de guía con sus maneras didácticas de colegio franquista y su código moral a lo Harry Callahan. Mientras, vamos conociendo un poco mejor a los gerifaltes de la Mano, que por lo visto son cinco, haciendo honor a la naturaleza semántica de su nombre, y entre los que tiene reservado el rol de dedo gordo nada menos que una tal Alexandra, interpretada por una sobria Sigourney Weaver (solvente en su retrato crepuscular de una señora del crimen) que juega todas sus cartas a la resurrección de una Elektra mutada en ángel exterminador amnésico. Una Elektra, por cierto, que se enzarzará con Daredevil en una nueva pero confusa y mal desarrollada historia de amor/odio. De fondo, como artistas invitados, un totum revolutum de secundarios que, como si los guionistas no supieran bien qué hacer con ellos, acaban apilados en una comisaría de Harlem para poco menos que pasar el rato. Honrosas excepciones, eso sí, las de la detective Misty Knight y Collen Wing, quienes protagonizan una breve pero significativa pareja de acción como guiño (¿futuro?) a las Hijas del Dragón.

Todos los caminos llevan a Roma, y los de los cuatro protagonistas los llevan nada menos que a una especie de barriga de ballena en el Nueva York subterráneo, lugar donde deberán librar la madre de los enfrentamientos superheroicos de Netflix. Ya hemos comentado aquí lo decepcionante de tal escena, aunque aprovechamos de paso para recalcar que también lo será la razón esgrimida por la cual Iron Fist es el chosen one de la Mano: nada menos que para utilizar su famoso puño como martillo percutor. Como leen. Y un último detalle que no podemos dejar pasar: la aberrante decisión de zanjar una lucha milenaria entre sectas ninja con el torpe recurso de tirarles un edificio encima. Tal cual.

Lo dijimos al principio y lo repetimos ahora: Los Defensores suponen una ocasión perdida, porque su problema fundamental como serie, además del abandono estético y visual con respecto a los títulos de los que procede, es que desaprovecha narrativamente las condiciones de ventaja con las que partía (la variedad y profundidad de sus personajes, la riqueza de su universo común y un argumento tópico, pero solvente) para acabar convirtiéndose en esclava de su propio naturaleza. Su condición de cruce de caminos se vuelve en su contra a causa de una historia totalmente desequilibrada en su coralidad, y que no es capaz de salir a flote por su trama, plana y mal contada.

Por supuesto, se trata de una serie fácil de ver (a lo que ayuda que solo sean ocho capítulos), aunque a diferencia de Daredevil o Jessica Jones, es un producto que tiene poco recorrido fuera del fandom voluntarioso. De hecho, no es nada recomendable para el público profano, dado que está repleto de interconexiones y easter eggs que se convierten casi en su mayor virtud. Y es que la serie funciona mejor si es entendida como una temporada de transición de las historias de sus cuatro personajes protagonistas, porque todos ellos avanzan hacia adelante, crecen, haciendo que el interés individual que despiertan sea inversamente proporcional al que suscitan como equipo. Y eso, finalmente, es lo que demuestra lo fallido de un título cuyo mayor reclamo era, en un principio, su condición de crossover grupal.

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Twitter: @MarcosGGuerre

4 comentarios

  1. Víctor Muiña Fano on

    Siendo visible, creo que se le puede dar aún más cera a la serie: además de todo lo que señalas, la dirección deja mucho que desear en cosas tan simples como los enlaces entre las escenas o incluso los planos escogidos para los diálogos. Se hacen algunos experimentos visuales directamente penosos y las bromas enlatadas de Jessica Jones dan ganas de que se caiga por el hueco del ascensor más largo de la historia. Un bluf total.

    • Marcos García Guerrero on

      Bueno, la mediocridad de la dirección la comento, aunque sí que me centro más en la endeblez del guion, que creo que es lo más gordo. Respecto a Jessica Jones, no recuerdo esas bromas que comentas, pero seguro que están a la altura del resto de diálogos… No obstante, su personaje me parece de lo más refrescante (y desaprovechado) del conjunto.

  2. Es lamentable el machismo presente en las series, películas y tebeos de superhéroes en que los personajes femeninos siempre terminaran hechos trizas y no son más que un simple escalón en la trama del personaje principal, el superhéroe masculino de turno. No termino de evitar la sensación de que los personajes masculinos tienden a morir de manera diferente que los femeninos. Ellos siempre mueren noblemente, como héroes, mientras que no es raro que un personaje masculino entre a casa y encuentre a su pareja, heroína, masacrada en la cocina. Los tebeos de superhéroes y sus adaptaciones, así como sus seguidores y defensores, son el reflejo de unos niños criados en entornos machistas que con cuarenta años siguen siendo mantenidos por sus madres machistas, que algún día tendrán hijos en edad de ser abuelos y los educaran conforme a roles arcaicos y machistas, que nunca se toman la vida en serio o si acaso se toman los tebeos como realidad, o como parte importante de su día a día, que es además de muy triste, peor.

    • Cimbel de Cinmeria on

      Hasta luego Mari Carmen, o no te has leído un cómic nunca o se te olvidó la medicación. Orecupemonos de temas importantes cuando ocupe y dejemos el ocio para eso, para entretener, que lo mezcláis todo sin sentido y sois muy cansaoras

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