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Seriéfilo: julio de 2020

Nos plantamos en el mes de julio de este año calamitoso y parece que volvemos a la vieja normalidad; es decir, retorno a los veranos con pocos estrenos, idóneos para tomar el sol y ponernos al día con parte de esas series que acumulan polvo en el baúl de pendientes. Pero, a pesar de la sequía, siempre hay cosas interesantes en estos meses de reencuentros con viejas series traspapeladas entre promesas de próximos visionados que nunca llegan.

Probablemente, la serie más sorprendente del mes sea la francesa El colapso (Canal +), que fue estrenada a finales del año pasado en su país de origen, pero ,llega ahora a nuestras pantallas de la mano de Filmin. Volvemos a las historias postapocalípticas, pero esta vez desde un enfoque narrativo innovador que recuerda mucho a la estructura utilizada por Max Brooks en su libro Guerra Mundial Z: ocho píldoras cortas e independientes sobre varios supervivientes franceses a un indeterminado colapso global. No se sabe qué ha ocurrido, ni cómo, ni por qué, pero nada de eso importa: lo que la serie nos quiere transmitir son los comportamientos, reacciones y relaciones de personas muy distintas ante una situación común límite. Para aportar un mayor realismo, cada una de las ocho minihistorias, con una duración media de veinte minutos, están grabadas en un plano secuencia, formato que refuerza el impacto general.

Apple TV saca músculo con Defending Jacob, y no solo por el gran elenco de actores encabezados por un inspiradísimo Chris Evans, sino también por su buena historia, su cuidada producción y su guion sin fisuras. Un buen drama criminal en el que una familia tiene que lidiar con el hecho de que su hijo de catorce años sea acusado del asesinato de un compañero de clase. A partir de ahí, un buen guion mantiene el suspense y, capítulo a capítulo, va introduciendo elementos inesperados que hacen que no decaiga el interés. La serie logra mantener la ambigüedad del caso en todo momento sin resultar tramposa, empapando la historia de una duda razonable que terminará calando en todos los personajes y que nosotros, como espectadores, también acabaremos sintiendo. Sin duda, una gran miniserie que vuelve a poner al canal de la manzana en el centro del mundo seriéfilo.

Amazon Prime, por su parte, vuelve a la carga con Hanna después de una tibia primera temporada. Por desgracia y aunque intenta cosas distintas, vuelve a quedarse en una mediocridad irrelevante. Esta vez prueba con una historia más directa, más acorde con lo que debe ser una serie de acción, pero patina al confundir lo directo con lo simple, obligando a realizar unos giros de guion poco creíbles para poder alargar la trama hasta fin de temporada. Tampoco ayuda que se hayan calcado las ideas de la saga Bourne, ni que racaneen tanto con las escenas de acción. A pesar de todo, parece que se ha renovado por una nueva temporada. Esperemos que, como reza el refrán, a la tercera sea la vencida.

Mientras tanto, Snowpiercer (TNT) ha tenido que lidiar con un gran problema. Llega con una losa muy pesada a sus espaldas: la figura de Bong Joon-Ho, ganador con Parásitos (2019) del Oscar a mejor director, guion original y película, tanto en la categoría principal como en la de habla no inglesa. A pesar de estar involucrado en la serie como productor y guionista, siete años antes ya estrenó una película con el mismo nombre que mejora todo lo presentado en la serie y utilizando únicamente ciento veinticinco minutos minutos frente a los aproximadamente cuatrocientos treinta que dura esta primera temporada. Partiendo de la misma idea, ya que ambas están basadas en una novela gráfica francesa de 1982, aprovechan la historia de un futuro postapocalíptico en el que el mundo se ha congelado y los únicos supervivientes son los pasajeros de un enorme tren con mil vagones, y que debe mantenerse en perpetuo movimiento para producir la energía necesaria para la supervivencia. Este es el contexto (y el pretexto) para tocar temas universales como la lucha de clases, las injusticias sociales e incluso los distintos sistemas políticos bajo los que se puede organizar una sociedad, todos ellos mejor tratados por la película. Ni siquiera la presencia de Jennifer Connelly logra dar brillo a una producción bastante floja, que podría funcionar para quienes se vean atrapados por la sugerente idea del tren en continuo movimiento. pero que no aportará nada nuevo a los que hayan visto la película.

Puede que el cómic sea el arte más cercano al cine. De hecho, un storyboard es en esencia un cómic a partir del cual se filma una película. Sin embargo, ambos medios tienen lenguajes muy distintos y es lo que provoca que no sea fácil trasladar las viñetas a la pantalla. Y es que, aunque el papel lo aguanta todo, no siempre ocurre lo mismo en la acción real. Por desgracia, La monja guerrera (Netflix) es fiel reflejo de este último párrafo: lo que en viñetas funciona relativamente bien (una orden secreta de monjas guerreras que luchan contra demonios), en carne y hueso pinta ridículo. Y todo ello se ve agravado por la obsesión de la cadena de adaptar sus historias para todos los públicos. Resultado: desastre absoluto. A nivel narrativo, nos plantea la típica estructura del viaje del héroe, pero desarrollada muy torpemente, ya que se estanca de forma desesperante en la etapa de rechazo de la llamada por culpa de la obsesión por agradar al público adolescente metiendo con calzador un romance que no aporta nada a la historia. Y lo peor es que, después de echar el freno de mano de forma incomprensible hasta pasar ampliamente el ecuador de la serie, el final de la temporada llega de golpe cuando, supuestamente, se va a enfrentar el reto principal de la trama. Una cosa es un final abierto, pero esta manera de terminar no es digna ni de acabar un episodio ni de cortar para la publicidad. Lamentable. Básicamente, en esta serie no funciona nada: ni los actores, ni por supuesto la química entre personajes, ni los diseños de vestuario, ni las coreografías de acción… Solo podría recomendarse para ver los paisajes de Málaga, Ronda, Marbella, Antequera… pues está casi íntegramente rodada en la provincia andaluza que, esta sí, merece ser vista y visitada en todos sus rincones.

El punto exótico del mes se lo lleva Breathe: Into the Shadows (Amazon Prime), serie india que destaca por su consistencia. Se trata de un thriller bien estructurado con un par de buenos giros que sorprenden y logran mantener la intriga a lo largo de los doce capítulos de los que consta. Se repite la motivación de la primera temporada: el dilema de hasta dónde se está dispuesto a llegar para proteger a los seres más queridos. Esta vez, sin embargo, la reflexión llega a través de una historia totalmente distinta: el rapto de una hija y lo que la familia está obligada a hacer para recuperarla. No hace falta haber visto la primera temporada, ya que son historias totalmente independientes.

Volviendo al rincón polaco de Netflix, este mes llegan dos series que comparten varios rasgos más allá de su origen polaco (el mismo de la miniserie En la ciénaga, de la que ya hablamos hace un par de meses). En ambas se investiga un asesinato conectado con crímenes pasados y las dos presentan un ritmo lento y un acercamiento hacia el caso sobrio y realista, por lo que podemos olvidarnos de acción frenética y persecuciones vertiginosas. Puede que la velocidad de crucero no sea idónea para todos los públicos, pero ambas presentan un argumento sólido que avanza de forma parsimoniosa e inexorable. A partir de estos mimbres, cada una presenta sus peculiaridades, siendo quizás la más inspirada de las dos Bosque adentro, ya que al simultanear el presente con lo ocurrido en un campamento de verano veinticinco años antes, hace más llevaderos los capítulos. A destacar la ambientación de los años noventa y lo bien que encaja todo en el complejo puzzle que se plantea desde el principio. Por otra parte, Znaki nos transporta al mundo rural, con una producción más frugal y unas interpretaciones más frías. Todo ello, unido al ritmo lento anteriormente comentado, confecciona una ambientación muy cercana a la vida en un pequeño pueblo de campo alejado de la gran ciudad. Quizás su mayor pecado sea abrir demasiadas subtramas en torno a la investigación principal y resolver algunas de ellas, pero posponer para una segunda temporada la resolución de la principal incógnita.

Y para acabar, una miniserie australiana que ya está en Netflix: Desplazados (ABC) es un drama inspirado en hechos reales que nos cuenta la dura situación en la que viven los inmigrantes ilegales cuando son detenidos a su llegada a Australia. Lo hace a través de cuatro historias que convergen en uno de los muchos centros de detención de inmigrantes del país. Combinar distintas historias permite analizar el problema del desplazamiento masivo de personas desde varios puntos de vista: tanto el de los propios funcionarios que trabajan en el complejo, como el de los inmigrantes sin papeles que permanecen encerrados durante años con la incertidumbre de si podrán quedarse o serán devueltos a sus países de origen. Aunque el más curioso (basado en hechos reales) es el de una ciudadana australiana con problemas mentales que es encerrada por error en un centro de detención. La serie cuenta con caras conocidas como la de Cate Blanchett y Dominic West en papeles secundarios, destacando sobremanera la interpretación de Yvonne Strahovski, que últimamente conocemos por su papel de Serena Waterford en El cuento de la criada (Hulu).

Poco más que contar de este mes veraniego que, aún con pocos estrenos, se ha destapado con un buen puñado de joyas ocultas de países no tan recurrentes. Espero que esta buena racha se alargue hasta el fin de verano, antes de que empiecen a bombardearnos con el nuevo curso seriéfilo. Como siempre, mi recomendación es que os quedéis en casa viendo series; pero si tenéis que salir por causa de fuerza mayor, poneos la mascarilla y así de paso podréis canturrear y hablar con vosotros mismos por la calle sin que os miren raro. Saludo de codo a todos y nos vemos el próximo mes.

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