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¿Son el bien y el mal valores relativos? Breve genealogía de la moral

La moral es el resultado de los juicios valorativos del colectivo dominante, el cual impone su visión de la realidad al resto. La buena y la mala obra quedan determinados por la perspectiva del que gobierna. Antes de la llegada del Estado tal cual hoy es conocido, los individuos más aptos y fuertes sometían al resto sin mecanismos coercitivos que lo impidiesen. Así pues, la aristocracia trajo consigo la primera moral o moral del amo, viva expresión de la voluntad de poder. Este último concepto es pilar fundamental de la filosofía de Nietzsche y hace referencia a la ambición del individuo por cumplir sus deseos y satisfacer sus pasiones, ejerciendo para ello su fuerza en el mundo que le rodea. Este impulso, que es el característico de todo ser vivo, es el que el hombre ha suprimido, tal y como explicaremos más adelante.

La moral del amo refleja los valores aristocráticos. La nobleza creó un distanciamiento con la plebe, pues todo rasgo o conducta por parte de los primeros era bueno, aquello que debía ser imitado por considerarse virtuoso y el resto, con un carácter casi dicotómico, malo. Estas designaciones tomaron forma en el vocabulario y al realizar un análisis etimológico de algunas palabras podemos comprobar que, por ejemplo, en alemán schlecht (malo) es un vocablo casi idéntico a schilicht (llano, simple), siendo este último utilizado para referirse al hombre de clase baja. En nuestro idioma, ser una persona noble es algo bueno y ser simple, malo. Un estudio más detallado podría dejar a luz más resquicios que demuestren que, en muchos aspectos, el lenguaje es originariamente una manifestación de los que dominan sobre los dominados.

La llegada del cristianismo amparó el cambio del paradigma moral, sustituyéndolo por la moral del esclavo. Ahora los débiles eran los buenos y los fuertes los malos. El resentimiento de los oprimidos invirtió la escala de valores, fomentando la domesticación paulatina del género humano. Dios se convirtió en la última línea de defensa de los débiles, dejando sometidos a los fuertes.

El cristianismo pregona sus valores morales como los únicos válidos, pero estos se construyen a partir de la visión particular del grupo dominante. Nietzsche aboga por una moral vitalista, que acepte la vida tal cual es y con todas sus consecuencias.

«Los poderosos de cuerpo y de alma empezarán a dudar de su derecho a ser felices». «No hay duda de que esos débiles y enfermos incurables se han apropiado la virtud en exclusiva, pues dicen que sólo ellos son los buenos». «El hombre se avergonzaba de la mansedumbre, como hoy se avergüenza de la dureza». (Friedrich Nietzsche)

Culpa y mala conciencia

Cuando el ser humano fue capaz de medir y tasar, todo bien, acto e individuo pasaron a tener un precio. La compraventa o intercambio es una de las primeras relaciones que se establecieron en las sociedades humanas.

Al obtener un bien o servicio, el comprador debe pagar su precio. En ausencia del pago, el comprador pasa a ser deudor. Este proceder caló en otras esferas de la vida social, incluida la justicia, que adquirió esta línea de pensamiento. Aquel que inflige un daño pasa a ser deudor, pues debe pagar por el daño ocasionado. La retribución deja de ser económica y el acreedor realiza el cobro adquiriendo el derecho a ser cruel con su deudor. Así, el cobro se torna castigo y el pago se realiza atacando la integridad, la libertad o la vida del delincuente. El Estado, como acreedor en caso de cometerse un delito, inflige el castigo pertinente no con un objetivo didáctico, sino punitivo, para compensar la deuda del infractor.

La humanidad disfruta al ejercer la crueldad cuando existe una deuda, y así lo demuestran la euforia visible en las ejecuciones públicas o el desasosiego cuando se considera que el asesino no estará suficientes años privado de su libertad. Exigimos justicia, pero lo reclamado en realidad es el placer de compensar la deuda pendiente.

Con la contundencia del castigo, el Estado consigue hacer a sus gobernados recordar. Para que algo permanezca en la memoria, debe doler. Es por ello que la psicología social es el resultado cultural de la crueldad. La dureza de las leyes deja claro el esfuerzo titánico necesario para mitigar la mala memoria. Contra el olvido, la mayor penitencia.

Como resultado, obtenemos al hombre cívico y racional. Pero lo cierto es que este no aprendió nada de su castigo, solo se endureció y volvió astuto, pues el propio Estado imposibilita que la reprimenda resulte didáctica. Esto es debido a que el acreedor cobra al deudor en los mismos términos que dieron lugar a la deuda. Si el Estado ejecuta al asesino, dicha acción no se condena, pues no existe condena a los actos como tal, dado que estos solo son reprobados en determinadas circunstancias. Lo justo no existió desde siempre, ya que el derecho es instaurado por la fuerza. Y si este último perdura, es porque el derecho es más fuerte que el no derecho, eso es todo.

La culpa nacida de la sensación de deuda es resultado de la inhibición de los placeres e instintos. El hombre es un animal que necesitó de su agresividad para dominar su entorno. Al vivir en sociedad, esta no puede expresarse y al no ser expulsada se vuelve contra uno mismo. Este malestar es la culpa, el autocastigo, la crueldad contra uno mismo.

«No tiene sentido hablar de lo justo y lo injusto en sí. Ofender, expoliar y aniquilar no puede ser injusto por naturaleza, dado que la vida actúa en esencia ofendiendo, expoliando y aniquilando, y no puede ser concebida en modo alguno sin ese carácter». (Friedrich Nietzsche)

El ideal ascético

El ascetismo es la renuncia a los deseos y las pasiones y, por ende, a la voluntad de poder. El ascético domestica sus instintos, en un ejercicio de flagelación que enferma la voluntad. La inhibición de la necesidad natural supone un trastorno, un dolor que necesita encontrar una causa, una razón de ser. Es aquí donde la religión encuentra un nicho, respondiendo al por qué del dolor: porque estamos en deuda con Dios. El ascetismo triunfó por dar sentido al dolor inherente a la vida en sociedad, debido a la censura de las pasiones. El hombre es el único animal capaz de buscar el sufrimiento si se le dota de sentido.

La transvaloración del cristianismo consiguió que la debilidad fuera bondad; la cobardía, paciencia; y la pobreza, humildad. La incapacidad se tornó mérito y la voluntad de poder se devalúo a la voluntad de nada, una voluntad nihilista que refleja el repudio a la vida tal cual es. Pese a esto, el hombre prefiere querer la nada a no querer nada.

«¿No es una castración del intelecto eliminar absolutamente la voluntad y dejar en suspenso la totalidad de las pasiones, si es que cabe realizar semejante operación?». (Friedrich Nietzsche)

Así pues concluimos, conforme a la filosofía del autor, que creer en una verdad absoluta es ceder a una interpretación concreta, la cual nace de una voluntad de poder externa que impone su visión particular de la realidad. Una voluntad libre rechazará todo dogma y buscará las perspectivas posibles para lograr su propia concepción de lo real.

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