Ensayando el intervencionismo exterior: La primera guerra berberisca y los Estados Unidos

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En España no nos sabemos el himno de los marines estadounidenses, aunque lo habremos escuchado cientos de veces en todo tipo de películas y series. Aparece en el lugar más inesperado, como para preparar una buena pelea en Warrior (id., 2011). Su letra, archiconocida en los Estados Unidos, arranca con un sonoro «desde los salones de Moctezuma / a las costas de Trípoli…». ¿Trípoli? ¿De verdad? Lo de la referencia a México nos va a sonar más o menos, que El Álamo es otro lugar común en el cine, pero lo de Trípoli no deja de resultar algo peregrino. Por desgracia, no esconde una inesperada mención a una Trípoli que esté en Massachussets, poo ejemplo, sino que hace referencia a la primera vez que los Estados Unidos decidieron intervenir fuera del continente americano, allá por 1801 (tampoco es que tardaran mucho desde su fundación).

Uno podría llegar a decir que la Revolución Francesa y sus consecuencias son un suceso que enmascara mucho de lo que ocurría en el mundo durante los principios del siglo XIX. Desde luego, esto no busca quitarle importancia al periodo revolucionario que daría paso a la Edad Contemporánea, pero puede que sea necesario apartar un poco la vista del mismo para fijarse en otros acontecimientos que tenían lugar al mismo tiempo y cuyas consecuencias siguen vigentes hoy en día.

Precedentes de una guerra esperada

Los Estados Unidos de América existieron desde antes del nombramiento de su primer presidente. Para cuando George Washington es nombrado el 30 de abril de 1789, nos encontramos con un país que ya ha sido reconocido por otros, que tiene algunos tratados de amistad y que está dispuesto a entrar de lleno en la política internacional.

Un lugar central de su nuevo interés geoestratégico sería la costa berberisca, también llamada Berbería. Estamos hablando del territorio de los bereberes, tribus nómadas del norte de África que llegaron a fundar toda una serie de reinos y protectorados que solían enfrentarse entre ellos con la misma facilidad que contra los cristianos. Su territorio alcanzaba desde la costa atlántica de la actual Marruecos, hasta las fronteras de Egipto en el este. A pesar de lo cambiante de la política, los estados que consiguieron tener una presencia más continuada fueron los de Marruecos, Argelia, Túnez y Trípoli (la actual Libia).

Hay que distinguir rápidamente la situación de Marruecos con respecto al resto de las potencias del norte de África. Marruecos era un reino, independiente en principio, frente al resto de territorios, que no dejaban de ser Estados gobernados por un bey que, a su vez, estaba al servicio del poder otomano. Estos protectorados, junto con el reino de Marruecos, destacaban en esta época por su dedicación a la piratería en las aguas del Mediterráneo y el Atlántico, sobre todo en las cercanías del Estrecho de Gibraltar. Los barcos comerciales sabían que las naves berberiscas eran una amenaza constante para su seguridad cuando se acercaban a las costas africanas.

Las naciones europeas, fruto de estas prácticas por parte de los estados berberiscos, habían ido firmando tratados de amistad y protección con los gobernantes de las mismas para evitar que sus ataques atormentaran a quienes navegaban bajo su bandera. Esto era una costumbre tan arraigada, que ni siquiera las guerras napoleónicas o los sucesos que las rodeaban parecían tener ninguna repercusión real sobre los acuerdos que hacían que las aguas mediterráneas fueran seguras para todo tipo de barcos.

Estados Unidos, aunque pueda parecernos extraño, ya había decidido entonces que la costa africana era un centro de interés para su desarrollo. En 1777 ya habían sido reconocidos por Marruecos y, en 1786, antes incluso de contar con un presidente, firmaron un tratado de amistad con dicho país que sigue vigente a día de hoy. Es curioso que el primer caso de piratería berberisca contra un barco americano hubiese tenido lugar dos años antes, en 1784, y de la mano del reino de Marruecos. No lo es tanto que fuese tras el final de la protección francesa gracias al tratado franco-americano. Los estadounidenses descubrieron por las malas que sus barcos eran un blanco igual de válido que el resto si no estaban dispuestos a pagar la protección exigida por los Estados berberiscos. Merece la pena destacar que el rescate de este barco, el Betsey, fue negociado por España, recomendando el gobierno de Carlos III que los Estados Unidos compraran su seguridad.

A diferencia de Marruecos, que pronto se convirtió en un aliado, el resto de potencias presentes en la costa africana confiaban en la imponente sombra que proyectaba el Imperio Otomano para actuar de manera impune. Si no estabas dispuesto a pagar la protección ofrecida por el bey, buena parte de la cual acababa en las arcas del sultán en la lejana Constantinopla, tus barcos eran susceptibles de ser atacados en cualquier momento. Los Estados Unidos no parecían estar muy preparados para este juego económico en el que eran novatos. Sus movimientos parecen, vistos desde la distancia, más bien erráticos. Sirva como ejemplo que, en 1785, cuando Argelia decide empezar a actuar contra los navíos estadounidenses, cada uno de los gobiernos berberiscos pedían una cantidad de 660.000 dólares por cabeza para mantener la paz. Mientras tanto, los negociadores estadounidenses tenían la potestad de gastar un total de 40.000 dólares entre todos los Estados. Parecía claro que lograr un acuerdo no sería fácil.

Argelia no dudará en capturar dos barcos estadounidenses, el Marie y el Dolphin, en apenas una semana en 1785. Los pasajeros y navegantes de los navíos permanecerán en cautiverio durante una década, hasta que son liberados en 1795 tras pagar los Estados Unidos un rescate superior a un millón de dólares, lo que por aquel entonces significaba un desembolso cercano a una sexta parte del presupuesto de la nación. Por si fuera poco, el pueblo estaba furioso con los piratas africanos por la continúa llegada a tierras estadounidenses de todo tipo de noticias acerca de las terribles condiciones en las que eran mantenidos los prisioneros. Los Estados Unidos decidieron que el comercio con el Viejo Continente era prioritario y que la mejor manera de tratar con los piratas berberiscos no radicaba en la negociación económica, sino en la construcción de una flota capaz de actuar al otro lado del Atlántico. En 1794 se aprobó el establecimiento de una armada estadounidense.

Al mismo tiempo, los Estados Unidos seguían pagando los tributos exigidos por los piratas berberiscos desde el rescate de los viajeros del Marie y el Dolphin. Esto cambiaría en 1801, el mismo año que Thomas Jefferson llegó a la presidencia de los Estados Unidos. Jefferson era contrario a la política de apaciguamiento que se estaba llevando a cabo con los Estados berberiscos y defendía de manera clara la actuación militar. Antes de tomar el mando del país, ya ordenó a cuatro naves que pusieran rumbo al Mediterráneo para proteger a los barcos estadounidenses. Para entonces no había ninguna guerra, pero el presidente ya había dado instrucciones a sus barcos acerca de cómo debían actuar en caso de que la misma estallase.

Todo se aceleraría cuando el pachá de Trípoli, Yusuf Karamanli, solicitó un tributo de 225.000 dólares a los Estados Unidos coincidiendo con el nombramiento de Jefferson. La negativa del gobierno estadounidense a satisfacerlo, hizo que Trípoli le declarase la guerra con la tradicional y muy expeditiva costumbre de derribar la bandera frente al consulado estadounidense en la capital. Aún a día de hoy sigue la discusión sobre si la negativa de Jefferson se construyó sobre sus creencias en torno a la injusticia del pago para los Estados Unidos, sobre una simple cuestión de cantidades o, incluso, sobre la presión de algunos ricos comerciantes. Lo que importa es que la primera guerra berberisca acababa de estallar.

Una guerra convertida en una muestra de fuerza marítima

El congreso de los Estados Unidos nunca llegó a votar una declaración de guerra contra Argelia, pero eso no impidió que esta tuviese lugar. Los navíos americanos fueron sucediéndose en el teatro mediterráneo y consiguiendo superar a sus rivales berberiscos. La ventaja tecnológica de los Estados Unidos era tal, que los argelinos apenas podían mantener el tipo en los enfrentamientos y casi no tuvieron la oportunidad de asestar algún golpe notable a un enemigo que capturaba sus barcos con facilidad y causaba el terror por donde pasaba.

El objetivo estadounidense más importante era, por supuesto, la ciudad de Trípoli, capital del Estado que se enfrentaba a ellos. Su importancia era tan grande que en 1802 ya estaba estableciendo un bloqueo en el puerto de la ciudad con la ayuda de dos buques suecos, país que tenía su propia guerra contra Trípoli. Este fue un éxito en lo militar, pero totalmente inútil en lo logístico. Suecia terminó firmando su propia paz con Trípoli y los dos navíos estadounidenses que mantenían el bloqueo acabaron retirándose faltos de suministros para mantener la acción.

La costa de Trípoli, sin embargo, seguiría siendo el principal centro de operaciones. Allí tuvo lugar el hundimiento de una polacra, en junio de 1803, que hizo que los americanos decidieran que no era necesario mantener el bloqueo durante unos meses. No obstante, demostrarían estar equivocados cuando quisieron volver a tomar sus posiciones en octubre del mismo año. Fue entonces cuando tuvo lugar la acción marítima más famosa de toda la guerra: el hundimiento de la USS Philadelphia.

La Philadelphia era una fragata que se vio capturada por los bereberes de Trípoli tras embarrancar en unos corales que la sorprendieron. El golpe para los americanos fue absoluto: una de sus mejores fragatas había caído junto con toda su tripulación en manos del enemigo, que pronto procedió a trasladarla al puerto de Trípoli para emplearla como si fuera una batería de cañones defensiva. Ahora los estadounidenses tenían que ser mucho más cuidadosos al acercarse a Trípoli, habiendo perdido su superioridad técnica y enfrentándose a sus propios cañones.

Las fuerzas estadounidenses no estaban dispuestas a que la derrota fuese definitiva y organizaron una misión cuya fama alcanzaría en su momento todo el mundo occidental. El USS Intrepid era en realidad un queche de Trípoli que había sido capturado por los estadounidenses. Aprovechando la noche, un destacamento de soldados se acercaron a la Philadelphia montados en el Intrepid, que pasaba perfectamente por una nave berberisca. Al acercarse se hicieron pasar por unos mercaderes que habían perdido sus anclas y que necesitaban amarrarse a la fragata para pasar la noche. Cuando los bereberes se dieron cuenta de la celada, los hombres del teniente Stephen Decatur ya habían caído sobre ellos. Los estadounidenses tomaron la nave y le prendieron fuego, abandonándola solamente cuando su perdición ya era inevitable y dejando que su explosión iluminase todo el puerto de Trípoli.

Se dice que el mismísimo Nelson afirmó que la hazaña de Decatur había sido «el acto más valiente y arrojado de esta época», pero lo cierto es que, visto con el tiempo, uno no puede evitar que el engaño adquiera connotaciones negativas. Permitámonos aquí reflexionar un poco sobre el valor de estos sucesos que, indudablemente, nos parecen fruto del mayor de los ingenios humanos cuando nos favorecen, pero también las mayores de las traiciones cuando actúan en nuestra contra. Está claro que en periodo de guerra nuestras consideraciones morales deben tener en cuenta lo extraordinario del momento; tampoco debemos olvidar que todas las resistencias a la autoridad que ha habido en el mundo se han tenido que construir ineludiblemente sobre un continuo engaño que protege a los rebeldes, sin que por eso dejen de ser heroicos; pero ascender al nivel de gesta guerrera lo que no deja de ser un engaño para conseguir caer sobre unos hombres desprevenidos tras ganarse su confianza, resulta un tanto chocante. Todo vale en el amor y en la guerra, se suele decir, pero a veces uno no acaba de estar seguro de ello.

El caso es que tras la destrucción del Philadelphia, las fuerzas americanas ya no perderían el control del bloqueo de Tripolí, algo que de todos modos no parecía ser capaz de derrotar definitivamente al pachá, aparentemente dispuesto a aguantar en el trono hasta el final de los tiempos. Los intentos de desembarco realizados por los estadounidenses no daban resultado y la situación parecía condenada a una parálisis casi indefinida. Pero entonces sucedió algo inesperado: un ataque por tierra.

Pisando tierra africana

A estas alturas de la película todos deberíamos saber cómo se las suelen gastar los Estados Unidos cuando un gobierno no les gusta; lo hemos visto muchas veces en América del Sur. Deponer un gobernante para poner a uno que les gusta más, aplicar algún tipo de presión inesperada, provocar un golpe de Estado… los Estados Unidos son auténticos maestros del control geoestratégico apoyándose en sus mayores recursos y en una sociedad que apoya todos aquellos movimientos que crean que redundan en su beneficio y prosperidad, independientemente de la moralidad de los mismos.

Estas prácticas nos pueden parecer nacidas en Latinoamérica, pero resulta más bien curioso descubrir que ya venían de mucho antes, que habían tenido su bautismo de sangre en la primera guerra estadounidense fuera de su continente y que la base de las mismas ya estaba clara desde el principio. Los Estados Unidos ganaron su primera guerra en otro continente gracias a su capacidad para leer los gobiernos ajenos tanto como por su poderío militar.

El discutible mérito de ser el pionero en estas lides recae sobre William Eaton. Este había sido el cónsul de los Estados Unidos en Túnez desde 1797 hasta 1801 (o 1803, dependiendo de la fuente consultada). Allí conoció al depuesto heredero de Trípoli, Hamet Karamanli, que había sido expulsado por su hermano Yusuf Karamanli tras recuperar este último el poder en Trípoli. Eaton decidió que la mejor manera de acabar con la guerra era apoyar las pretensiones de gobierno de Hamet, algo para lo que no consiguió el apoyo de su gobierno. Para cuando volvió a los Estados Unidos, sin embargo, seguía convencido de que ese era el mejor modo de vencer a Trípoli.

Para 1804, sabemos que Eaton ya estaba de vuelta en la región, en esta ocasión como teniente de la armada y con la orden de conseguir el apoyo del desaparecido Hamet Karamanli. Para encontrarlo tuvo que irse hasta Egipto, a Alejandría, donde convenció al desencantado aspirante a gobernante de embarcarse en la peligrosa aventura de recuperar su trono. En la tarea contaría con ocho marines, dos marineros de la armada y en torno a medio millar de mercenarios árabes y griegos. Merece la pena destacar que Eaton firmó un acuerdo con Hamet en el que se nombraba general y comandante en jefe de la expedición, y prometía al aspirante dinero, armas y medios por parte de los Estados Unidos para volver a instalarle en el trono. A día de hoy sigue sin estar claro que Eaton tuviese ningún tipo de autoridad para firmar dicho acuerdo, pero más adelante podremos ver los resultados del mismo.

Eaton y Hamet, junto con sus hombres, tuvieron que recorrer seiscientas millas por el desierto para llegar a la ciudad de Derne. Fueron cincuenta días de travesía en la que las provisiones llegaron a faltar, se produjeron varios intentos de amotinamiento por parte de los mercenarios árabes. Para acabar de rematar la faena, los barcos de apoyo no se encontraban en el lugar convenido a la llegada de las tropas. No obstante, todo tuvo un final feliz cuando al día siguiente de la llegada aparecieron los tres navíos prometidos con el necesario aprovisionamiento. De manera inesperada, Eaton y sus hombres se encontraban junto a la ciudad de Derne y los marines habían, en el imaginario colectivo, cubierto la mitad de su primera heroicidad.

La segunda parte sería el asalto a Derne. Eaton se permitió el lujo de mandar un mensaje al gobernador de la ciudad pidiéndole paso franco y provisiones, lo que hizo que este le respondiese con un «¡mi cabeza o la vuestra!» que dejaba claro que la batalla era inevitable. Los mercenarios árabes y griegos, junto con los pocos americanos que estaban presentes, consiguieron tomar la ciudad tras una encarnizada batalla para después defenderla mientras Hamet se sentaba en el palacio y soñaba con acabar pronto instalado en otro de la todavía lejana Trípoli. Sin embargo, no sería así.

Tras proteger Derne, los sueños de Eaton por tomar la capital del estado bereber se desvanecieron al descubrir que los Estados Unidos habían firmado una paz con Yusuf Karamanli y debía regresar junto con Hamet y sus hombres a Egipto. Los marines ya habían conseguido su primera victoria fuera de territorio estadounidense, pero a pesar de que esta había sido básica para finalizar la guerra, era inevitable que volviesen a su hogar con la idea de que aquello no había tenido el final que merecía su logro; o tal vez habría que hablar más bien del logro de los cerca de quinientos mercenarios que consiguieron la victoria para los nueve estadounidenses que se la apuntaron.

El fin de la guerra y la transparencia de las ideas geopolíticas estadounidenses

La victoria estadounidense fue clara y absoluta, pero no dejó de tener algún punto negro. Para empezar, la diferencia entre los prisioneros de ambos bandos era muy amplia: Trípoli tenía unos trescientos americanos, mientras los Estados Unidos apenas tenían unos cien súbditos de Yusuf Karamanli. Es notable que en el tratado de paz se hable de los prisioneros en esos términos tan vagos, pero lo cierto es que los americanos procedieron a pagar un rescate de 60.000 dólares por la diferencia en número de prisioneros y a dejar de pagar la protección a los Estados bereberes.

En Washington, William Eaton tenía otros problemas. No solamente se sentía traicionado por el gobierno al no dejarle seguir su camino hacia la capital tras capturar Derne, sino que además su honor estaba comprometido por su trato con Hamet Karamanli. El gobierno estadounidense no dudó en decir que el tratado que había firmado con el aspirante al trono de Trípoli no tenía ningún valor y era poco menos que papel mojado, al igual que los títulos de general y comandante en jefe que se había atribuido el propio Eaton. Hamet fue abandonado a su suerte y Eaton tuvo que enfrentarse al rechazo de sus compatriotas. La lucha en el congreso estadounidense entre Jefferson y sus rivales llevó a que nunca recibiese ningún tipo de reconocimiento por sus actos y fuese pagado con la misma indiferencia que su aliado, Hamet Karamanli.

El resultado aparente de la primera guerra berberisca no fue demasiado espectacular. Los marines lograron la primera toma de una ciudad fuera de América por parte de un ejército estadounidense, Trípoli se vio obligada a firmar una paz perdiendo la capacidad de pedir dinero por la protección a los barcos americanos y todo parecía seguir igual. No obstante, lo que había cambiado era la idea que los Estados Unidos tenían sobre su capacidad para actuar en la geopolítica mundial. Un país apenas creado había conseguido someter a los piratas del norte de África, aquellos a los que las grandes naciones europeas pagaban tributo regularmente. Su armada había demostrado ser capaz de actuar muy lejos de sus costas y hasta sus hombres habían podido realizar un asalto terrestre de manera satisfactoria. William Eaton abrió, sin saberlo, las puertas a la política exterior estadounidense desde entonces.

Es difícil juzgar de manera ecuánime los actos durante una guerra, pero también lo es no ver en los actos de los estadounidenses la aparición de un nuevo tipo de conflicto. Ante la dificultad de enfrentarse al gobernante de Trípoli, la solución encontrada por Eaton podría resumirse en crear una guerra civil con la ayuda del dinero norteamericano y su apoyo logístico. En la acción de Derne había, como ya hemos comentado, nueve americanos y medio millar de mercenarios y soldados fieles a Hamet. A diferencia de conflictos anteriores, los estadounidenses aprendieron de la mejor manera posible (con una victoria) que lo mejor es hacer que los locales hagan la guerra por ti.

En tiempos recientes, muchos analistas americanos, sobre todo vinculados a medios tan reaccionarios como FOX News, se han permitido trazar paralelismos entre los sucesos de las guerras berberiscas (habría otra unos años más tarde que acabaría definitivamente con el negocio de la piratería naval norafricana) y el actual estado del mundo árabe. Para estos estrategas, la actitud americana debía seguir el ejemplo de Jefferson a principios del siglo XIX, cuando decidió mandar sus tropas a atacar un estado soberano al otro lado del Atlántico con el objetivo de asegurarse los intereses comerciales de sus nacientes empresas. Estas ideas suelen ir unidas a una visión totalmente romántica de personajes como Decatur, considerado el primer héroe estadounidense tras la Guerra de Independencia, o de sucesos como la batalla de Derne. Lo que no nos cuentan es cómo Decatur engañó a sus enemigos para poder atacarles impunemente haciéndose pasar por su aliado, o cómo Hamet Karamanli acabó abandonado a su suerte tras haber sido el instrumento empleado para hacer que el pachá de Trípoli diera su brazo a torcer.

El norte de África no fue un lugar más seguro o tranquilo tras la intervención estadounidense, solamente fue un lugar incapacitado para tomar ningún tipo de represalia contra los intereses americanos. No comprender que los tiempos han cambiado, es lo único que puede llevar a análisis tan desafortunados como se han llegado a leer y ver por parte de muchos medios de más allá del Atlántico.

Ismael Rodríguez Gómez

Ismael Rodríguez Gómez

Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas.

Twitter: @Darth_Azirafel
Ismael Rodríguez Gómez

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    • Algunos conceptos:
      -. Latinoamérica: Países de habla española, portuguesa y francesa de América
      -. Iberoamérica: Países de habla española y portuguesa de América
      -. Hispanoamérica: Son solo los países de habla española de América, es decir, cuando haces referencia solo a los hispanohablantes y nadie más.

      -. Latinos: Todos los países-gente cuya lengua oficial es una lengua romance( proveniente del latín ): Andorra, Vaticano, España, Francia, Italia, Moldavia, Portugal, Rumanía, San Marino, Haití, … etc …
      -. Hispanos: Todos los países-gente cuya lengua oficial sea el español

      … En japonés hispano se dice así: desconocer una verdad me hace esclavo de una mentira.

      ===
      ……. Una persona con estudios, ¿latinos o debería decir hispanos?
      https://www.youtube.com/watch?v=1p6RuekcHdU
      .

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