Federer vs. Nadal (VII): La guinda del pastel (Roland Garros, 2006)

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En el circuito de tenis, la primavera es para la tierra batida y los triunfos para los especialistas que saben cómo deslizarse sobre la arcilla; para los jugadores que sufren defendiéndose a la espera del fallo ajeno y tienen el talento del contraataque. Luego, tras la final del Roland Garros, los terrícolas bajan sus revoluciones y se disponen a pasar el año de la mejor manera posible. Siempre hubo algunos con la calidad suficiente para poner alguna pica en pista dura, pero, hasta hace no tanto tiempo, los especialistas de la arcilla no eran capaces de mantener su nivel lejos de la tierra. A pesar de ello, los pocos meses que el circuito dedica al polvo de ladrillo han sido suficientes para que grandes deportistas, muchos españoles, negaran la conquista de París a gigantes del tenis como Jimmy Connors, John McEnroe o Pete Sampras.

El desarrollo de la final del Roland Garros de 2006, de toda la temporada de tierra batida en realidad, parecía dar la razón a quienes afirmaban que Roger Federer (de tan solo veinticinco años por entonces) podría acabar uniéndose a esa lista de ilustres vencidos. En París, Nadal era una fuerza de la naturaleza, muy joven y dirigida por una mente de acero. Federer tuvo que esperar para alcanzar su última frontera hasta 2009, cuando su gran rival finalmente flaqueó. Tres años antes, todavía era pronto para entrever que la rivalidad de estos dos campeones no cabía en una única superficie.

El peor rival es el único rival

Los numerosos éxitos de los tenistas españoles en París han hecho del Roland Garros un torneo enormemente popular en nuestro país. Hay que tener en cuenta que, cuando Nadal comenzó a arrasar en la Ciudad de la luz, solo habían pasado dos años desde que otro español, Juan Carlos Ferrero, encadenara dos victorias consecutivas en el Grand Slam de la tierra batida. En la década que transcurrió entre 1998 y 2008, la llamada Armada invencible conquistó siete veces el torneo francés. Rafa Nadal, en cualquier caso, no parecía un mero continuador de estos éxitos: cada vez más aficionados iban convenciéndose de el manacorí, que acababa de ganar el premio Laureus a la mayor promesa mundial del deporte, podía llevar el tenis español al siguiente nivel. La tarea no era sencilla pero, por suerte para Nadal, sus predecesores legaron a la raqueta masculina española la capacidad de competir sobre cualquier superficie. No solo Ferrero y Moyá (ambos números 1 del ranking mundial), sino Costa, Corretja y el resto de deportistas de una generación que creímos irrepetible, tuvieron la constancia necesaria para luchar por la victoria también en pista rápida. Fue algo que, durante décadas, creímos que solo estaba al alcance de los pioneros.

Mientras se preparaba para aceptar ese reto, la máquina de la tierra batida pulverizó aquella temporada las cincuenta y tres victorias consecutivas que sobre esa superficie consiguió acumular Guillermo Vilas. La racha de Nadal siguió hasta la siguiente temporada, alcanzando la escandalosa cifra de ochenta y un partidos. Por si se lo están preguntando, fue Federer, cómo no, quien detuvo el huracán Nadal en el torneo de Hamburgo. Hasta la fecha, solo ha logrado vencerle una vez más sobre tierra batida en toda su carrera.

Ciertos datos resultan muy útiles para comprender lo que podría haber ocurrido si Rafa Nadal no hubiese irrumpido en el circuito mundial durante la primera década del siglo XXI: en 2006, Federer se habría plantado en París con un balance de cuarenta y cuatro victorias, sin derrotas. Con el balear en liza, Federer acumulaba ya tres y, aunque en Roma había estado muy cerca de vencerle, finalmente no había sido capaz. La estadística se traducía del siguiente modo: victoria del suizo en cualquier torneo en el que no se había cruzado con el español y derrota en todos y cada uno de los campeonatos en los que sus caminos se encontraron. A pesar de ello, los problemas que todavía tenía Nadal para adaptarse a las pistas rápidas (perdía en muchas ocasiones antes de poder medirse al número 1) contribuyeron a que el suizo llevara un año ganándolo todo en los grandes torneos. Aquel día, por tanto, estaba en condiciones de completar el soñado Grand Slam en un año natural. Su última derrota, claro, la había sufrido en aquella misma pista y frente al mismo rival.

Nadal a dos manos

El invencible Nadal

La trayectoria de Federer era, en realidad, tan perfecta como la de Nadal permitía. Durante el campeonato, el genio de Basilea había tenido en Nalbandián su principal escollo, pero como tantas otras veces, Federer había avanzado sin aparente esfuerzo hasta la final. Nadal, por su parte, solo había disputado tres juegos más que el suizo a lo largo de las dos semanas de torneo, pero para ello había empleado cuatro horas y media más de juego, lo que da una idea de lo distinto que es el teniso que el español gusta de imponer a sus rivales, especialmente sobre tierra batida.

Aquella tarde, sin embargo, fue el suizo quien empezó el partido más enchufado. Federer mantuvo sus primeros saques con solvencia y pronto se hizo evidente que había saltado a la Philippe-Chatrier decidido a restar muy agresivo. Para alegría de los asistentes (quizá un poco hartos de los éxitos hispanos en su territorio, quizá conscientes de que al suizo podría venirle bien un buen arranque para afrontar un partido a cinco sets frente a Nadal), Federer parecía soportar con entereza los intercambios e, incluso, cometía menos errores no forzados que su rival. Rápidamente consiguió dos breaks que le permitieron irse en el marcador y manejar con calma sus servicios; al otro lado de la pista, Nadal parecía incapaz de romper a sudar y tuvo serios problemas para estrenar su marcador. Tras un juego preocupante que el español perdió en blanco tras fallar una volea muy franca en la red, Federer estaba súbitamente un poco más cerca de su primer Roland Garros. Fue un inicio fulgurante e inesperado.

Golpe de FedererDe repente, el partido que hacía solo unas semanas habían disputado en Roma parecía un buen precedente para el número 1. La decepción que había supuesto fracasar en el último momento, podía convertirse ahora en el impulso que le había faltado para vencer al mejor jugador del circuito sobre tierra batida. El único problema del suizo era precisamente ese: Nadal merecía ese título honorífico a conciencia y, en el comienzo del segundo set, empezó a acercarse a su nivel. Más sólido con su saque, logró cambiar definitivamente el tempo del partido cuando, en el segundo juego de la nueva manga, tras haber ido perdiendo 40 – 0, consiguió igualar el marcador y provocar un break gracias a un genial revés cruzado que pasó al suizo cuando este estaba dispuesto a volear para alargar el servicio. Unos minutos más tarde, el español se dirigía a su banco para descansar tras mantener su saque y hacer subir el 0 – 3 al marcador. Ahora, era Nadal el que golpeaba profundo desde dentro de la pista.

El partido había entrado en una dinámica peligrosa para el suizo, que pronto vería cómo su ventaja se iba a desvanecer vertiginosamente. Durante toda la segunda manga, el número 1 siguió buscando los golpes ganadores que le habían dado el primer set pero, totalmente fuera de posición, cada vez cometía más imprecisiones. Nadal ni siquiera necesitó machacar su revés con sus temidas bolas altas: Federer tiró por la borda su trabajo previo cometiendo veinte errores no forzados en tan solo siete juegos. En el último de ellos, especialmente significativo, Nadal igualó el partido sin hacer un solo punto: se limitó a esperar que su rival, absolutamente bloqueado, cometiera cuatro fallos consecutivos, todos ellos muy groseros para un jugador de su categoría.

El partido se volvió entonces más plomizo y, en el tramo inicial del nuevo set, ambos jugadores mantuvieron sus primeros servicios. Federer pareció dispuesto a revivir en el cuarto juego, en el que llegó a disponer de tres bolas de break, pero entonces, como suele suceder casi siempre que lo necesita, Nadal consiguió varios puntos directos de saque e igualó el marcador. Uno de ellos, además, logró descentrar al habitualmente calmado campeón suizo, que se equivocó al marcar el bote de un golpe del español y, tras una discusión con el juez de silla que arrancó los silbidos del respetable, terminó el juego visiblemente molesto. Quizás todavía descentrado, Federer perdió un poco de precisión en la reanudación e incluso falló un punto cantado al enviar un remate franco directamente a la red. El resultado del bache fue un break que a la postre sería suficiente para que Nadal, tirando de oficio, cerrara el tercer set y se adelantara 1 – 2 en el marcador. El partido no estaba teniendo demasiado lustre, pero transcurría por el cauce que más interesaba al balear. Tras dos horas de juego ya tenía a Federer donde quería: encerrado en un partido a cinco sets y obligado a una remontada antológica.

Rafa Nadal Roland Garros 2006Es posible que, pocos minutos después, parte del público de la Philippe-Chatrier estuviera lamentando haber pagado las carísimas entradas de lo que amenazaba con ser una final muy insulsa. Muy atenazado, Federer fue incapaz de mantener su primer servicio en el cuarto set y, al resto en el siguiente juego, no consiguió hacer un solo punto. Para entonces acumulaba ya cincuenta errores no forzados por tan solo doce de un Nadal que, además, igualaba al suizo en cuanto a puntos ganadores. Así sería imposible para el número 1 no abandonar París vapuleado. Entre la espada y la pared, el genio de Basilea iba a optar por soltar el brazo y buscar golpes ganadores desde todas las posiciones con la intención de mantenerse en el partido.

Federer logró entonces recuperar el nivel de su saque y algunos winners, aunque la sangría de errores no parecía remitir. Al otro lado, Nadal gestionaba con tranquilidad el partido, consciente de que manteniendo sus saques podría repetir triunfo por segundo año consecutivo en París. Cuando hizo subir el 3 – 5 al electrónico del cuarto set, el tenista de Manacor comenzó a acariciar la Copa de los Mosqueteros con la punta dedos. Quizá la solidez que había demostrado a lo largo del partido le hizo precipitarse; quizá fueron las ganas de cerrar por todo lo alto un partido que tenía controlado, pero lo cierto es que en el siguiente juego, Nadal pecó de agresivo: con Federer jugando con segundos saques y muy cerca de caer derrotado, el español estaba disfrutando de una mejor posición en pista y llevaba la iniciativa de los puntos, pero le faltó algo de paciencia para trabajar una serie de intercambios que podían haber dado carpetazo a la final. Sostenido en el peor momento por un par de errores de su rival, Federer ajustó el punto de mira de su servicio y forzó el décimo juego del set.

Uno de los aspectos más atractivos del tenis es, sin duda alguna, la tremenda presión psicológica a la que se ven sometidos los jugadores. El tenis es un deporte que lleva a los deportistas al límite de su resistencia, pero siempre ofrece pausas para recuperar un poco el aliento y… pensar. A veces demasiado. Eso hace que casi todos los partidos tengan ciertos elementos reconocibles, independientemente de la categoría de los contendientes. Uno de los clásicos de este maravilloso deporte es la dificultad que entraña cerrar cualquier partido, especialmente uno como la final de Roland Garros. Tras solo dos horas y media de juego, Nadal servía para dar por terminado un encuentro en el que no había perdido un saque desde el cuarto juego. Y justo en ese momento, todos los elementos que forman parte del juego parecieron confabularse para que la emoción hiciese acto de presencia en la tierra de París: un fallo en el primer punto del servicio; la red, que dejó pasar una bola de Federer y luego se interpuso en el camino de Nadal, que la rozó con la punta del pie al acudir a solucionar el entuerto; el talento de su rival, que se defendió como un gato panza arriba cuando Nadal le movió de lado a lado; y, claro, el público, que entregadísimo ayudó al suizo a transformar la reacción en un último punto que, de repente, igualaba el cuarto set a 5 juegos. Quizá aún había partido.

Federer remataImpulsado por la energía de una posible remontada, Federer ganó el siguiente juego al saque y puso toda la presión del mundo sobre el español. Sin embargo, dio la impresión de que Nadal ya había despejado todas sus dudas. Con 6 – 5 abajo, el balear despachó uno de sus servicios más serios del encuentro, llevando la cuarta manga hasta el límite del tie break, ese espacio minúsculo y por tanto sometido a una tremenda presión, en el que Nadal también vencía el cara a cara con el número 1 del mundo por 3 a 4. Tras alinear las botellas de su zona de descanso (una nueva adquisición para la secuencia de tics del español, que a estas alturas ya recibía algún warning de los jueces de silla durante los partidos), Nadal puso el chip de los desempates, en los que suele combinar un juego conservador con algunos contrataques muy agresivos, tratando de que su sensacional capacidad de concentración se imponga sobre sus rivales. A pesar de un minibreak de Federer en los primeros compases del tie break, la táctica volvió a funcionar: en el séptimo punto del epílogo del partido, Roger conectó no menos de tres golpes ganadores que habrían bastado ante cualquier otro jugador; el cuarto, forzado por un Nadal que lo devolvía absolutamente todo, se le fue largo. Y con él se fue también la tensión competitiva del suizo, que visiblemente cabizbajo (con un 2 – 5 en contra) logró mantener sus dos siguientes saques pero quedó a merced del español al resto. Nadal rubricaba su segunda victoria en París con un gran punto, agresivo, que construyó con un buen saque y su sólida derecha: tras golpear sin dejar botar un último globo defensivo de Federer, Rafa se desplomó en la tierra de la pista donde forjaría gran parte de su leyenda. Habría sido bonito ver un quinto set sobre la Philippe-Chatrier, pero lo cierto es que una victoria por 1 set a 3, refleja con más exactitud la distancia que en 2006 separaba a ambos campeones sobre tierra batida.

Con un juego que aún tenía que evolucionar, pero cada vez más maduro, es difícil ver en el Rafa Nadal de aquella tarde lo que realmente era: un jugador de tan solo veinte años. La mirada con la que le observábamos hace una década solo se recupera al verle llorar abrazado a su familia. En la emoción de sus rostros se percibe que no sospechaban la cantidad de celebraciones como aquella que aún les regalaría la tierra de París.

Nadal en la victoria

Esperar a que pase la tormenta

Hasta la fecha, Nadal ha ganado cuatro finales de Roland Garros a Roger Federer; tres de ellas consecutivas, entre 2006 y 2008. Un dato muy duro para el más grande de siempre, al que hay que añadir que el balear también fue su verdugo en la semifinal de 2005. Especular con qué habría ocurrido sin la presencia de Nadal es complejo: puede que Federer hubiese acumulado tres, cuatro grandes torneos más y un par de temporadas podría haberlo ganado absolutamente todo; o quizá, con veintisiete o veintiocho años, su manifiesta superioridad nos hubiera privado del hambre competitiva que ha engrandecido aún más su leyenda estas últimas temporadas. En cualquier caso, es evidente que Nadal ha ejercido una presión asfixiante sobre la carrera del suizo y que en ningún torneo su hostigamiento fue tan intenso como en París.

Nadal con el tituloCon justicia y diría que por suerte para el tenis, la suspensión momentánea de la tiranía de Nadal en la tierra batida permitió al número 1 completar su palmarés perfecto. Roger Federer logró conquistar el último Grand Slam que se le resistía en 2009, cuando venció al sueco Robin Söderling, verdugo de Nadal en el torneo, en uno de los momentos más emocionantes de su carrera. Por fin, el suizo se libraba del peso de todos y cada uno de los golpes del español. Tres años antes, sin embargo, su derrota frente a él parecía dejar muy tocado al número uno, que acumulaba un terrible a seis a uno en contra en sus enfrentamientos directos.

Nadal se había convertido rápidamente en un gigante capaz de defender con éxito su corona de París para conseguir su segundo grande. Considerando la superioridad que estaba mostrando frente al suizo, parecía lógico pensar que, en cuanto su rendimiento fuese más regular sobre el resto de superficies, estaría en disposición de discutirle el número 1 al mismísimo Federer. Curiosamente, el peor momento del maestro de Basilea supuso un punto de inflexión para él: Federer iba a sacar adelante cinco de los siete siguientes enfrentamientos contra el español, en lo que supone sin lugar a dudas la mejor racha de su carrera en sus enfrentamientos directos. En el largo cénit de esta genial historia deportiva, la superioridad de Nadal en tierra batida era incontestable, pero el español aún nadaba contra corriente sobre pista rápida. Antes de poder optar al trono de rey del tenis, el mejor deportista español de la historia tendría que ahogarse unas cuantas veces en la orilla de los dominios del mejor jugador del circuito mundial.

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