El post-punk: de géneros, etiquetas y la construcción de una nueva música

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Recientemente hablaba con unos amigos acerca del siempre espinoso mundo de las etiquetas musicales. Al final esas discusiones no son muy diferentes de las que se tienen en torno a las preferencias futbolísticas de cada uno, intentos de convertir preferencias irracionales en motivaciones coherentes. En la misma, aparte de otros aspectos, salió el tema del post-punk, una denominación que da para mucho y que me temo que no se conoce tanto como se debería, así que tal vez merezca la pena pararse a reflexionar algo sobre ella.

Lo primero, sería dejar claro que personalmente soy un gran defensor de los géneros, las etiquetas y todo el resto de contenedores culturales que a uno se le puedan ocurrir. No debería hacer falta, pero voy a subrayar que siempre y cuando se usen bien. Su capacidad para compartimentar algo prácticamente infinito y guiarnos a la hora de decidir en qué vamos a gastar nuestro tiempo es básica para poder navegar en un mundo cultural cuyas fronteras se han ido haciendo cada vez más lejanas.

A día de hoy, los que nacimos en el cambio entre los años 70 y los 80 no sabemos siquiera a qué generación cultural pertenecemos, y la verdad es que tampoco nos importa demasiado. Lo que sabemos es que crecimos escuchando las cintas o los vinilos que había en nuestras casas y depuramos nuestro conocimiento musical gracias a programas de radio de los que grabábamos las canciones que más nos gustaban. Podíamos estar una hora sentados con el dedo preparado para darle al record en cuanto anunciaran una canción en particular, que estábamos seguros de que era tan buena que la iban a poner sí o sí. Con los CDs la cosa no cambió tanto como pudiera parecer: teníamos un puñado de ellos cazados en la serie media y grabábamos todo lo que tuviesen nuestros amigos a cinta. Ese era nuestro horizonte cultural, la herencia familiar, un puñado de originales que adorábamos como oro en paño y lo que buenamente habíamos saqueado a nuestro alrededor. Una buena analogía sería la de compararnos con un pobre explorador del Age of Empires, campando a nuestras anchas por entre la niebla de guerra, sin saber si iba a aparecer un valle rico en recursos o un poblado enemigo.

Y ya entonces requeríamos, sin embargo, de algún tipo de filtro. Si un amigo te ofrecía un disco de un grupo que no conocías le ibas a preguntar de qué palo iba el tema, por supuesto. Y ahí ya empezaban los problemas. Del mismo disco te podían decir que era grunge, rock o hasta heavy si pillabas a alguien de oídos sensibles. De otro resulta que un colega había escuchado algo parecido en un megamix perdido y cualquier cosa con Acid en el nombre le podía valer. El resultado venía a ser siempre el mismo: tenías que ponerte la cinta o el CD y rezar porque lo que sonara se pareciera lejanamente a lo que te había dicho tu interlocutor anterior.

Eso tenía cosas buenas, pero un problema ya señalado: dependía únicamente de la existencia del tiempo suficiente para dedicarle la atención merecida a cada disco que caía en tus manos. Los discos se exprimían en aquel entonces, cada CD era reproducido hasta la extenuación, te aprendías el orden de las pistas, a veces sus duraciones para poder preparar una cinta recopilatoria a alguien, te leías las letras como si fueran la última novela de tu escritor favorito… Cada disco era el disco. ¿Puede mantenerse esa intensidad en el consumo musical en los tiempos de Spotify, Youtube, los torrents y demás? Cuando en apenas unos minutos puedes tener en tu disco duro unos cuantos gigas de música preparados para ser escuchados, ¿vas a estar dispuesto a invertir varios días a cada disco de los contenidos en esa enorme recopilación? No nos engañemos, la respuesta es no.

 

Por tanto, partiendo de esto es cuando la necesidad de la compartimentación es más importante, pasando a ser imprescindible. ¿Quieres que gaste una hora de mi vida escuchándote, disco? Pues dame algún motivo aparte de que simplemente estás ahí. Ya no eres la única novedad que ha caído en mis manos, puedo pasar a otra cosa simplemente dando click un par de temas más abajo, es necesario que llames mi atención, que me cuentes algo antes de empezar a sonar. Y recemos porque te hayan etiquetado bien.

Los géneros y la música

Los géneros musicales, de todos modos, deberíamos saber siempre que son aspectos muy difíciles de definir con exactitud. Hay gente que ha decidido hace tiempo que todo lo que suena en Rock FM es rock, y eso les vale. Otros sin embargo van a querer que los términos se usen con coherencia y sentido. Y ahí es cuando empiezan los problemas, porque al igual que en cualquier otra actividad artística una etiqueta puede depender básicamente de dos aspectos igual de importantes: el estilo y la cronología.

El primero es el más sencillo de entender. Ahí nuestro mero oído nos puede ayudar a notar que las cosas suenan parecidas. Por supuesto, el problema evidente es la posibilidad de que a ti dos temas te resulten primos hermanos y a tu colega tan parecidos como un huevo a una castaña. Pero es de suponer que si los dos interlocutores tienen una educación musical similar, y no me refiero precisamente a ningún tipo de enseñanza reglada, el resultado de su análisis vaya a ser similar. Vamos, que si escuchan a Nirvana, Pearl Jam y Soundgarden puedan concluir que los tres grupos tienen bastante cosas en común como para que englobarlos en un mismo contenedor no sea muy difícil; así, si a alguien le gusta uno de ellos también se le podrá recomendar el resto sin miedo a equivocarse con una fórmula como «son del mismo palo».

Pero eso corre el peligro de obviar el aspecto cronológico, que es igual o más importante. ¿Cuántos grupos de la historia de la humanidad han sonado a The Beatles? Seguramente uno pueda perder la cuenta, lo mismo que si nos vamos a los seguidores de otros muchos grupos y solistas. Aquí, entra una decisión que no deja de ser externa a la obra y que pasa por entender que no es lo mismo sonar a un estilo o género que ser parte del mismo. Si uno considera como un género o etiqueta válida el de la British Invasion de The Beatles, The Kinks y compañía, no por eso va a pretender que los grupos del power pop americano formen parte de la misma, aunque suenen muy parecidos y traten de recuperar ese sonido. Es un caso tramposo, porque si no eres británico está claro que es difícil que formes parte de una invasión cultural proveniente de ese país, pero el hecho más trascendente seguramente sea que tu objetivo es recuperar un sonido pasado, una reinterpretación que hace que no seas lo mismo que el original, sino una reflexión sobre el mismo tamizada por lo sucedido desde aquel entonces, por una serie de sucesos e influencias que, evidentemente, nunca pudieron afectar a tu modelo.

Esa difícil línea entre el estilo y la cronología persigue a toda posible etiqueta artística. Por irnos a otras artes, sabemos que existe un estilo barroco, por ejemplo, que a su vez estaría lleno de diferentes escuelas y subdivisiones, pero que además tiene también un marco temporal más o menos rígido en el que acontece. Del mismo modo que uno no puede hacer una catedral gótica en pleno siglo XX, sino solamente un ejercicio de estilo neogótico, es imposible que mañana vaya a nacer un nuevo maestro del estilo barroco.

Esto parece bien aceptado en otras disciplinas, pero no tanto en la música. El término más usado en la academia para la música rock, pop y similares es el de músicas populares urbanas. Por supuesto, se enclavan en la música contemporánea, pero sus aspectos sociales se ven como sus elementos definitorios más importantes. Esto marca que sean estilos más efímeros y cambiantes, dotados de una vitalidad aparentemente sin fin que hace que un estilo pueda llegar a considerarse finalizado casi el mismo año que cobra vida si uno se pone exquisito. ¿Existió el punk británico después de 1977? No vamos ahora a enfrentarnos a esa pregunta, pero baste decir que podría defenderse que no sin demasiados problemas.

Todo lo mencionado sirve para señalar que poner una etiqueta es tan difícil como necesario, una exigencia que siempre ha existido, pero que se ha ido potenciando a medida que nuestro acceso a la cultura ha aumentado por diferentes medios, ya sean legales o no. Y dentro de ese panorama podemos encontrarnos con un término que consigue tener lo peor de ambos aspectos para acabar de liarla: el post-punk.

La perspectiva cronológica

Vamos a empezar por el segundo definidor que hemos marcado: el temporal. ¿Cuándo tiene lugar el post-punk? La respuesta parece sencilla y directa: justo después del punk. Eso es tan cierto como peligroso, porque saber el momento en el que el punk tiene lugar y cuándo termina daría para mucho. Para empezar debemos separar dos movimientos totalmente diferenciados y de cronología muy dispar: el punk americano y el británico.

El nacimiento del punk americano suele situarse con la aparición de los Stooges de Iggy Pop y los MC5 en Detroit. Podría decirse que eran garage, o quedarse con la etiqueta de rock y que no pasara nada, pero la verdad es que los dos grupos estaban por delante de sus coetáneos en la búsqueda del regreso a un supuesto Edén del rock más puro, liberado de las exigencias comerciales y lleno de las aristas que seguramente entreveían escondidas en las grabaciones de gente como Chuck Berry. Tomemos nota de que el productor de los Stooges era John Cale, uno de los miembros de The Velvet Underground, posiblemente los causantes de todo lo que vino después con el punk y el post-punk.

Tras crearse en Detroit, y mientras Iggy Pop buscaba pastos más verdes y nuevas aventuras por Europa, el germen del punk americano tomó raíces en Nueva York por encima del resto de ciudades, sobre todo de la mano de los New York Dolls y de la escena en torno al CBGB, posiblemente el bar musical más mítico de la Gran Manzana. Allí aparecieron Television, The Ramones, Johnny Thunders & The Heartbreakers, Richard Hell & The Voidoids, The Dead Boys… curiosamente los primeros terminaron convertidos en el primer gran grupo del post-punk, demostrando que eran los alumnos aventajados de The Velvet Underground, algo que ya era aparente para algunos críticos de su momento que los consideraban (merecidamente) la banda más pretenciosa de la escena. Es necesario mencionar de pasada que también había otros dos grandes focos de los que nacería el post-punk en estos momentos: la escena de Ohio, que daría a luz a Pere Ubu entre otros; y la de Boston, liderada por Jonathan Richman y sus The Modern Lovers.

Para 1975 Television ya había grabado Little Johnny Jewel, su primer single y la muestra de que junto al punk ya existía algo diferente en Nueva York. Había nacido el post-punk americano y el punk británico aún no existía. De todos modos, merece la pena señalar que no será hasta 1977 cuando todo estalle con la publicación del Marquee Moon de Television junto al Talking Heads: 77 o la reedición del primer disco de Blondie incluyendo su primer éxito, In The Flesh. Para entonces Nueva York ya estaba creando una nueva escena musical, había dado el paso necesario para terminar dando a luz a la No Wave, dónde Teenage Jesus and the Jerks o Lydia Lunch daban lustre musical a un movimiento más amplio. De allí terminarían naciendo bandas como Sonic Youth o Swans, casi nada.

Mientras tanto, el Reino Unido parecía ir a remolque de lo que pasaba al otro lado del Atlántico. The New York Dolls, por ejemplo, no dejaban de verse como una especie de glam un poco más acelerado que el de David Bowie, pero posiblemente uno de los grupos neoyorkinos terminaría siendo básico para lo que iba a suceder en Inglaterra. The Ramones dieron dos conciertos en Londres, en el segundo de los cuales conocieron a miembros de The Clash y los Sex Pistols. Sirva comentar que según The Ramones se rieron de los ingleses y les mearon en la bebida; según los británicos aquello les sirvió para comprender mejor lo que estaban haciendo.

La verdad es que mucho se ha escrito sobre el nacimiento del punk en Inglaterra, y casi todo acerca de los Sex Pistols. La conmoción creada por el grupo de Johnny Rotten (su verdadero nombre, John Lydon, quedaría para su carrera post-punk) fue de órdago. En Inglaterra las bases estaban plantadas con el pub-rock de bandas como 101ers, futuros The Clash. Se dice, de hecho, que fue en un concierto en el que los Sex Pistols telonearom a los 101ers cuando Joe Strummer se dio cuenta de que lo que hacían los chicos de Rotten estaba muchos años por delante de su propia música y decidió que había que abrazar el punk.

El punk británico estalló en 1976 y murió en 1977. Los Sex Pistols se convirtieron en la imagen del movimiento, hicieron que otros grupos se sumaran al mismo, fueron dejando un reguero de nuevos músicos por su camino y se inmolaron con un mítico concierto en su primera y única gira americana (en el que terminaron preguntando a la audiencia si alguna vez se habían sentido estafados tras hacer una versión del No Fun de The Stooges). Era el 14 de enero de 1978 y ese mismo año John Lydon ya publicaba el primer disco de su nuevo proyecto, Public Image Limited, uno de los grupos fundacionales e imprescindibles del post-punk. Ese mismo camino seguirían muchos de los grupos que le habían ido siguiendo: de los Buzzcocks nacería Magazine, de Warsaw acabaría apareciendo Joy Division, The Outsiders daría a luz a The Sound… Otros grupos no necesitaron cambiar de nombre para dar el paso del punk a otra cosa, ya fueran Siouxsie and the Banshees, Wire, The Clash o The Damned, por citar algunas.

Según Simon Reynolds en su maravilloso libro (aunque se olvide de The Sound) Postpunk: Romper todo y empezar de nuevo (Rip It Up and Start Again, Post-punk 1978-84, 2005), el marco cronológico del post-punk tendría lugar entre 1978 y 1984. La elección no deja de ser un poco gratuita, teniendo en cuenta que muchos de los grupos que nacen entonces siguieron activos durante muchos años, algunos incluso lo hacen ahora, pero puede servirnos como un marco básico para entender en qué momento empezaron sus carreras quienes formaron un movimiento que está marcado por su relación temporal con el punk, suceso que marcó a sus miembros más destacados.

La mayoría de las grandes figuras del post-punk fueron participantes del fenómeno previo, se formaron en el punk que dio nombre a su propio movimiento y, en cierto modo, lo superaron tomando lo mejor del mismo. Algunos músicos decían que era imposible no dejar de ser punks al aprender a tocar de verdad, al tratar de jugar con sus instrumentos y las sonoridades. Por otra parte, muchos de ellos habían creído comprender que no se podía acabar con los excesos musicales previos simplemente volviendo al rock más rápido y furioso; condenados como traidores por los punks más puritanos, estos buscaban acabar con la música de estadio y sus expresiones por medio de una música que heredaba los conceptos artísticos de The Velvet Underground.

Resumiendo, cronológicamente hablando el post-punk es el movimiento que nace del propio punk, casi de manera inmediata, cuando algunos músicos empiezan a cuestionar la naturaleza de su música y a buscar nuevas expresiones para la misma. Si el punk buscaba destruir lo que había, el post-punk se planteaba el siguiente paso: qué debería sustituirlo. Frente a la energía destructiva previa, había llegado la hora de crear.

La perspectiva estilística

El estilo del post-punk es posiblemente su característica más etérea y difícil de definir, hasta el punto de que tratar de señalarlo es poco menos que una quimera. Lejos de poder dar una serie de elementos comunes a los grupos, algo imposible, vamos a tratar de dar una visión de los aspectos que se presentaron en muchos de ellos, unas decisiones artísticas que van más bien en la concepción musical que en su ejecución.

Ya hemos comentado de pasada que el punk era una fuerza esencialmente destructiva. El nacimiento del movimiento fue en esencia una reacción al exceso alambicamiento de la música popular desde los años sesenta, con un avance lento pero seguro hacia la sobreabundancia de arreglos y el virtuosismo musical que se alejaba del rock primario que los punks veían como el elemento a recuperar. Los punks odiaban las grandes giras de estadio de Emerson, Lake & Palmer, no podían soportar las locuras musicales de Queen y rechazaban por igual el rock progresivo, el rock de estadio y todo tipo de expresiones musicales que pretendieran ser artísticas y elitistas. Para ellos Led Zeppelin o Pink Floyd eran dinosaurios a los que se debía destronar para volver a la música pura del rock.

No es extraño que muchos de los punks cambiaran de idea según iban dominando sus instrumentos y absorbiendo nuevas influencias. Muchos músicos punks acababan llegando a la escena desde escuelas de arte, otros eran jóvenes con una cultura amplia pero adquirida fuera de la academia. Fueron estos los que terminaron creyendo que el punk había fracasado en su intento de acabar con la época anterior, considerando que la mera vuelta a unos modelos musicales anteriores no era suficiente y que para tener una actitud radical era necesario que la música también fuera radical, en palabras de Simon Reynolds. Ya no bastaba con tocar muy rápido, hacer mucho ruido y sonar a viejo, hacía falta que existiera un discurso nuevo, que rompiera con la tradición y que no sintiera vergüenza de mirar al pasado a la cara y confrontarlo con sus propias contradicciones.

Cada músico en el post-punk fue creando su propio collage artístico, aprovechando la fuerza del DIY (Do It Yourself, textualmente «hazlo tú mismo», la gran máxima punk) y de la falta de referentes fijos para ir erigiendo un nuevo edificio musical que podía beber de cualquier fuente que se encontraran. Al igual que el punk, no dudaron en coger lo mejor del reagge, tampoco en acercarse de nuevo al glam para buscar la provocación, en aceptar la electrónica como un camino a seguir… todo valía para construir algo, una respuesta que diera sentido a la música contemporánea.

La mayor parte de los grupos no dudaron en convertir en su punto de referencia último a The Velvet Underground, entendiendo que ellos habían adelantado su objetivo de crear una música nueva que pudiera romper con el pasado al tiempo que reflexionar sobre él. En un giro del destino, el grupo más artístico de la historia del rock se había convertido en la referencia para aquellos que habían empezado renegando de toda pretensión en la música.

Si entendemos al punk como un tronco del que nacerán las ramas del post-punk, estas serían casi infinitas en su concepción. Una corriente sería claramente oscura y nacería de las experiencias de Public Image Limited para pasar por Joy Division y acabar dando lugar a la música gótica que acabaría desembocando en una recuperación del rock anterior bajo el término de «gótico». Otra podría tomar ejemplo en Kraftwerk para dirigirse hacia la electrónica y derivar en los delirios de Throbbing Gristle o el tecno-pop de Ultravox, Depeche Mode o Visage. Otros serían tan artísticos como inclasificables, liderados por Wire o Talking Heads. No faltarían los que recuperaran el ska, se lanzaran de cabeza a por sonidos pop renovados o aquellos que fueran un estilo en sí mismo como The Fall.

Para entender que en el post-punk, al igual que el punk anteriormente, es más importante la intención que la ejecución, basta con mirar un listado de algunos de los grupos que se tratan, por ejemplo, en el volumen ya mencionado de Simon Reynolds: Public Image Limited, Joy Division, The Human League, Talking Heads, Vabaret Voltaire, Devo, Pere Ubu, Gang of Four, ABC, U2, Echo and the Bunnymen, Black Flag, The Associates… todos ellos grupos post-punk, todos ellos diferentes en su estilo, pero todos ellos unidos por sus intenciones y su procedencia.

El post-punk fue tan rico, tan extenso, tan influyente, que es casi imposible de definir en lo musical sin dejar fuera a alguno de sus miembros. Desde la libertad creada por el punk, la aceptación de que todo era posible y que no hacía falta tocar bien para coger una guitarra llegó la oportunidad de romper con todo lo preconcebido, ya fuera para discurrir por nuevos caminos o para simplemente tratar de dar nueva vida a aquellos ya transitados. El post-punk fue, en cierta manera, la edad de oro de la música popular urbana, un momento en el que todo estaba permitido y todo era válido, en el que el futuro se abría nuevo ante los ojos de unos músicos que creían que podían reconstruir a su imagen el panorama musical sin las ataduras del pasado.

Una mirada al futuro

¿Consiguió el post-punk su objetivo? La respuesta, tristemente, es que no. De sus filas surgieron muchos grupos que llegaron a convertirse en los dominadores de las siguientes décadas; dio lugar a U2, The Cure, Depeche Mode, New Order o hasta a Simply Red. Si uno se va a los nombres más minoritarios o de éxito menos duradero, la nómina llega a crecer hasta parecer inacabable de la mano de Bauhaus, Pere Ubu, Orange Juice, The Teardop Explodes, Frankie Goes to Hollywood, Simple Minds… sin embargo, con el paso de los años el resultado fue la domesticación de sus representantes o bien el olvido progresivo de los mismos.

El post-punk lo quería todo y lo quería ya. Las frustraciones y los problemas no paraban de surgir en bandas que a menudo iban descubriendo que sus objetivos eran inalcanzables a largo plazo. Algunos de los mejores grupos del movimiento fueron apareciendo y desapareciendo por el tiempo, tomándose largos descansos hasta que las estrellas se alineaban para su reaparición, caso de Wire, Swans, And Also The Trees u muchos más. Otros se han mantenido a base de ir renunciando de manera progresiva a sus grandes objetivos e ir convirtiéndose en dinosaurios musicales por derecho propio, ahí están U2, Depeche Mode o The Cure como los grandes reclamos de conciertos multitudinarios convertidos más en actos sociales que en reivindicaciones musicales. La mayoría, por su parte, se rindieron y pasaron a engrosar la lista de leyendas pasadas por diferentes motivos, ya fueran muertes como en Joy Division, el agotamiento causado por el paso del tiempo en Talking Heads o frustraciones constantes como con The Sound. Unos pocos siguen al pie de cañón tras muchos años, sin parar de mostrarnos que a día de hoy ser fiel a sus principios les ha convertido en grupos de culto olvidados por la mayoría, corriente que nadie puede ejemplificar mejor que Mark E. Smith y sus The Fall, que tras treinta y dos discos y más de cuarenta años siguen al pie del cañón.

En otro momento podría hablarse del llamado post-punk revival, o lo que pasa cuando una serie de grupos redescubren a algunos de los grupos post-punk y deciden recuperar su sonido dándole una pátina de modernidad por el camino, normalmente limando aristas y tomando sus elementos más comerciales. Frente a ellos podríamos situar a los herederos reales del post-punk en los grupos que buscan realmente reconstruir la música comercial de la mano de la calidad artística y la lucha contra las ideas preconcebidas. Poned los nombres que prefiráis, eso es lo de menos, pero cuando los escuchéis recordad que hubo un momento en el que la revolución parecía posible, en el que el prime time televisivo podía ser tomado por bandas que buscaban reconstruir la música popular y la MTV estaba condenada a emitir sus vídeos a todas horas.

Ismael Rodríguez Gómez

Ismael Rodríguez Gómez

Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas.

Twitter: @Darth_Azirafel
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