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David Lizoain: «La pregunta es si queremos que la riqueza esté en manos privadas o bajo un control democrático»

David Lizoain es economista de formación y oficio. Ha vivido y estudiado en varios países y en su último libro, El fin del primer mundo (editorial Catarata), afronta la destrucción del concepto que hasta ahora ha dado nombre al conjunto de los países más desarrollados del planeta. Occidente se enfrenta, como todos, a la crisis, la transformación del modelo económico o el cambio climático, y en los próximos años afrontará dilemas globales que marcarán el devenir del futuro próximo.

Dices en las primeras líneas de tu libro que nunca se vivió tan bien. Sin embargo, esa no es la sensación que tiene mucha gente en este primer mundo en el que se duda de que lo sea.

Pues un poco el libro trata de esta paradoja. Es cierto que afirmo que nunca se ha vivido mejor, pero claro, nosotros, los ciudadanos de los países más desarrollados, somos el uno por ciento en términos históricos. También hago un poco de trampa, porque nos estoy comparando con la gente que vivía en cuevas o de la agricultura… Pero obviamente si planteas esto a quien se encuentre en situación de precariedad o a las personas preocupadas por la situación actual no les sirve como explicación. Claramente tenemos una serie de retos importantes que creo que se están intensificando en magnitud.

¿Por qué crees que el primer mundo se desmorona? O mejor dicho, ¿por qué este concepto, como dices, ya no describe bien la realidad político-económica de los países en los que vivimos?

Primero, porque es un concepto obsoleto aunque lo utilice. Es decir, el primer mundo se refería a la coalición de democracias capitalistas y era un proyecto enfrentado al comunista, que era el segundo mundo. Y después se hablaba de un tercer mundo que era el que estaba en vías de desarrollo. Con la caída del muro de Berlín el primer mundo triunfa y se queda sin rival. Mi argumento es que entonces una serie de pilares del sistema se empiezan a erosionar. Y concretamente identifico cuatro. El primero es el de la idea de que se puede tener un crecimiento importante y sostenido durante un tiempo; argumento que con la crisis financiera y los años de austeridad se ha visto muy cuestionado. El segundo es la premisa de que las clases medias del primer mundo van a estar en expansión; ahora está pasando todo lo contrario: se están precarizando y haciendo más pequeñas. El tercer pilar es la idea de unas democracias liberales que funcionan; y el momento actual nos las muestra bastante cuestionadas por temas de corrupción, de falta de representatividad, problemas del encaje del Estado-nación en un mundo globalizado, generando mucha insatisfacción ciudadana. El cuarto pilar es la idea de un orden liberal internacional; esquema que parece obsoleto con el auge de una serie de líderes autoritarios, la victoria de Trump, etcétera.

Este diagnóstico, no obstante, choca con los discursos que hablan de recuperación, de volver a un estadio anterior al de la crisis. ¿Es un engaño hablar de recuperación? ¿Un mito?

No creo que sea un engaño, pero tampoco creo que podemos actuar como si la crisis financiera no hubiese ocurrido. Estamos viviendo el hecho de que el sistema se ha cuestionado objetivamente porque quebró. Se demostró que no funcionaba tal y como nos habían prometido, pero en cambio no se ha ofrecido una alternativa factible a este modelo fracasado. Y creo que ahí reside la clave de porqué estamos viendo el auge de una serie de fuerzas de extrema derecha, radicalmente nacionalistas y peligrosas. Porque este discurso de que podemos volver a como estábamos en los noventa o a los años justamente anteriores a la crisis financiera choca contra el sentido común o la realidad tal y como la están viviendo la personas. Y si no se les ofrece un mayor bienestar, buscan un replegamiento nacional. Existe esta tentación.

¿Y por qué precisamente se busca ese repliegue nacional?

Diría que es la falta de alternativa de izquierdas lo que provoca el auge de una alternativa de derechas. Lo que creo que claramente no funciona para frenar este crecimiento son proyectos nostálgicos del momento dorado de la globalización y del modelo neoliberal. Con esto no vamos a combatir a la extrema derecha. Es obvio, porque por mucho que digan que se ha frenado con la victoria de Macron o con los resultados en Holanda, llegan las elecciones en Alemania, llegarán las de Italia y veremos que estas fuerzas no solo no están retrocediendo si no que se están consolidando; además están acaparando fuerza parlamentaria pero también marcando los términos de nuestro debate público, el cual se está haciendo menos generoso, menos inclusivo. La deriva es alarmante y hasta peligrosa.

De hecho los socialcristianos bávaros hablan ahora mismo de «revolución conservadora». Compran argumentos de la ultra derecha.

Precisamente que los socialcristianos estén en la deriva es motivo especialmente preocupante, porque la democracia cristiana, no nos debemos olvidar, es la fundadora de Europa, y de su pensamiento también tenemos elementos que cuestionan el imperio del mercado y los excesos del capitalismo. El hecho de que estas fuerzas políticas estén virando hacia alternativas más reaccionarias es sintomático: se están descomponiendo una serie de consensos alrededor de la economía social de mercado y de un cierto nivel mínimo de protecciones sociales.

¿A qué se debe la falta de alternativa de izquierdas? ¿A la incapacidad teórica de los pensadores? ¿A la descomposición de los partidos y de las organizaciones de izquierda? ¿A la imposibilidad de que este sistema tan individualista plantee, precisamente, un discurso colectivo y no individualista?

Aquí me gustaría citar a Pepe Fernández-Albertos, que creo que hace un diagnóstico excelente sobre los problemas de la socialdemocracia y habla de que la complejidad de la sociedad y su creciente pluralidad hace más difícil consolidar coaliciones y articular mayorías de cambio. Supongo hay que mirarse un poco el ombligo. Ha faltado un poco de diagnóstico en las fuerzas que no vieron venir la crisis económica y que dieron una respuesta insatisfactoria optando por la austeridad en vez de por una salida más igualitaria. Estos teóricos no entendieron bien el momento, y si no replantean lo que está pasando difícilmente podrán ofrecer unos horizontes que ilusionen a la gente y que sean capaces de articular estas mayorías cada vez más diversas y complejas. Porque el nuevo precariado ya no está en ese supuesto mundo obrero de la fábrica industrial, sino que está trabajando en Zara o en la hostelería, o es un emigrante trabajando en el campo en condiciones de explotación máxima. El sujeto social es muy diverso.

Vives en Madrid pero naciste en Canadá, a donde viajas mucho. Canadá se pone precisamente como ejemplo y contraposición a Estados Unidos por su sistema de bienestar social, y más ahora con un primer ministro moderno que parece un modelo frente a Trump. ¿Hay algún país que pueda estar haciendo ahora algo de lo que tú sugieres como alternativa frente al avance de las fuerzas reaccionarias y el mercado?

Obviamente, prefiero al primer ministro liberal de Canadá a lo que representa Donald Trump, pero tampoco creo que él sea la salida. Porque Justin Trudeau tiene mayoría absoluta y está haciendo poca cosa. De hecho, diría que es una gran expresión de cómo el proyecto liberal hoy en día es una gran fuerza conservadora. Es decir, es el partido de la nostalgia, que argumenta que las cosas van bien y por lo tanto no hacen falta grandes cambios. También lo dota un poco de un discurso más progresista, más inclusivo, que obviamente está bien… pero no olvidemos que la economía canadiense resiste en gran parte porque está basada en la extracción de recursos naturales, y Canadá debería estar dentro de los países con una responsabilidad respecto a la gran amenaza a escala de civilización que es el cambio climático. Sin embargo, su gobierno no está haciendo las cosas diferentes al de Estados Unidos. Es más de lo mismo.
Yo creo que la respuesta no la va a dar una fuerza liberal, si no alguna izquierda rearmada y capaz de superar sus divisiones existentes.

Hablas en el libro del concepto de eco-apartheid, ¿puedes extenderte un poco sobre él?

Es una visión distópica que por desgracia se está consolidando ahora mismo: un mundo de muros donde el cambio climático impactará esencialmente a las poblaciones más pobres y vulnerables, y habrá una gran pulsión migratoria de gente que se intentará escapar de las hambrunas, sequías y de toda una serie de consecuencias derivadas del mismo.

Creo que en los países ricos, y un poco ya lo vimos con lo que ocurrió con los refugiados de Siria, se tendrá la tentación de buscar la solución, sencilla pero reaccionaria, de construir una serie de muros en vez de abordar desde raíz el tema del cambio climático y buscar una nueva configuración institucional a escala global. Vemos esto ya en Ceuta y Melilla, en los campos de refugiados en Grecia, en Lampedusa, en la frontera de los Estados Unidos con México, y también lo vemos a pequeña escala en cómo se están construyendo esos pequeños muros en nuestras ciudades privatizando espacios públicos en beneficio de los que más poder adquisitivo tienen. Me parece que esto es una tendencia que se va a ir consolidando si no somos muy contundentes luchando contra ella. Y además tiene un componente claramente racial: serán los blancos impidiendo la entrada de gente de otros países por una falta de solidaridad absoluta.

Ahí es donde hablas de Huxley, de los barrios de los hombres alfa, también del modelo de ciudad como Sao Paulo donde los ricos viven atrincherados en condominios fechados. Y planteas la necesidad de hacer una reforma urbana, que es la reforma agraria del siglo XXI. ¿Cómo se hace esta reforma precisamente en países como España tan dependientes del sector inmobiliario y la liberalización del suelo?

Es algo muy complicado, claramente, pero creo que hay que abordar la esencia de la cuestión, y eso es a quién pertenece el suelo. Hay dos opciones: o está bajo el control privado o bajo un control más público y democrático. Lo estamos viendo en las limitaciones de los gobiernos de cambio en España, ya sea en Madrid o en Barcelona, donde los precios de alquiler han subido de forma drástica. Mirando ese dato no sabrías que son ciudades gobernadas por una serie de propuestas radicales, y es que precisamente no se va a solucionar este tema con pequeñas medidas de redistribución o reformas incrementadas. Se tiene que cuestionar de quién es la titularidad de nuestras ciudades, y ahora mismo están privatizadas en beneficio de unos pocos actores, y por mucho que toda la sociedad contribuya a generar el valor en la ciudad (desde quien está limpiando las escaleras a los que están trabajando en los despachos vendiendo seguros), son los propietarios los que se llevan unas rentas cada vez más desbordadas.

¿Cuál es la alternativa práctica para absorber esa mano de obra que, en el caso de España, está en el sector de la construcción?

En el caso de España el sector de la construcción estaba claramente sobredimensionado. Se construía más que en Canadá, Francia, Alemania y el Reino Unido en su conjunto. Donde hay una gran deficiencia de trabajos es precisamente en donde más empleos se están creando en nuestra economía postindustrial: en el sector servicios y en el de cuidados. Nuestro sector público es pequeño comparado con la media europea, y esto significa que hay pocos puestos de trabajo, sobre todo en clave de género. Es decir, en comparación con Suecia en el sector privado español trabajan el mismo porcentaje de mujeres, pero en el de dependencia y cuidados es la familia quien se encarga, mientras que en otros países son trabajos de mayor calidad y es una inversión pública. De hecho, esto repercute en la creación de más empleo porque facilita la entrada en el mercado laboral de quien gana una ayuda, un cuidado, genera más impuestos. Es un círculo virtuoso.

¿Es imprescindible ir hacia ahí en un escenario, como planteas que también está llegando (o que ya está aquí), de sociedad robótica con drones y robots?

Creo que sí que es imprescindible en el sentido de que, igual que hay muy pocos agricultores porque se ha mecanizado el campo, en la fábrica cada vez hay menos necesidad de mano de obra. Así que el trabajo está precisamente en sectores donde no se puede medir exactamente la productividad. Porque puedo medir cuántos coches está produciendo una fábrica de la SEAT, pero otra cosa es cómo medir la productividad de una enfermera, porque no se trata de unos objetivos numéricos si no cualitativos. Y es aquí donde creo que como sociedad tenemos que optar por potenciar una serie de inversiones sociales para avanzar hacia un modelo donde la calidad de los empleos realmente va a depender de cómo se regulen los mercados y de cómo el Estados intervenga para asegurar un buen stock de puestos de trabajo.

¿Y cómo pagarías todo eso?

Es imprescindible una reforma del sistema fiscal y un aumento de la presión fiscal. Pero hay que señalar que en España estamos muy por debajo de la media de los países desarrollados, y no puedes tener los servicios de Suecia con los impuestos de Malta. Esto es un poco el fondo de la cuestión. Los partidos políticos que están ofreciendo una bajada de los impuestos también deberían, por honestidad, anunciar que esto está suponiendo que no se vaya a mejorar la calidad de los servicios públicos. Igual que, necesariamente, los partidos que dicen que quieren mejorar los servicios públicos y extender su cultura tienen que explicar cómo lo van a pagar. Pero pretender que no existe esta riqueza es rotundamente falso. La pregunta es si esta riqueza va a estar en manos privadas o si va a estar bajo un control democrático.

En este panorama que planteas, y salvando las diferencias entre países, hablas de un primer mundo en extinción o extinguido. ¿Cómo se puede mantener un país de cuidados y servicios, es decir, con otra estructura que no sea la de las grandes fábricas y la construcción, si el empleo masivo está en otros lugares? ¿Te refieres entonces a un mundo cortado cada vez más geográfica y laboralmente? ¿Hasta qué punto eso es sostenible?

Tienes mucha razón al señalar el papel que cada país ocupa dentro de la división del trabajo internacional, pero a la vez creo que la división entre primer y tercer mundo ya no es tan nítida, porque tenemos mucho del tercer mundo en el primero y mucho del primero en el tercero. Hay ciudades chinas con un bienestar cada vez mayor y que están en la vanguardia de la modernización, a la vez que se puede hablar de la brasilización de nuestros mercados laborales. Ya no se puede dar por hecho que simplemente por ser un país rico tienes el derecho a beneficiarte de esta posición privilegiada en la división internacional del trabajo. Ya no es factible eso. Y por tanto se requiere de una mayor acción colectiva para, efectivamente, garantizar el bienestar de toda la ciudadanía que, insisto, responde a decisiones políticas.

¿Ves muchas semejanzas entre lo que se está viviendo en Europa, a nivel económico y político, y lo que si vivió en los años treinta?

La respuesta debe ser matizada. Hay cosas parecidas: el auge del fascismo y el nazismo es en un contexto de depresión económica, de desestabilización financiera y en parte también de una serie de recortes, en un contexto de austeridad. Pero dicho lo cual, en el momento actual la sociedad, obviamente, no se parece a la de los años treinta: no hemos salido de una gran guerra, no tenemos la misma inestabilidad política… Ha pasado mucho por medio. No obstante, igual que el mundo se ha adaptado a los nuevos tiempos, también la extrema derecha lo ha hecho: si antes vestían su uniforme ahora vienen en traje.

Una última cuestión. La noción de fin de era no es nueva tampoco. En los años sesenta en Estados Unidos se pensaba que la sociedad se estaba rompiendo, y de hecho lo estaba haciendo con la guerra de Vietnam dividiendo a padres e hijos, las universidades por un lado, la clase trabajadora de derechas por otro… Sin embargo, no se rompió el país y luego vivieron unos años setenta, también tumultuosos, pero diferentes. En todo caso, sí se planteaba la necesidad de hacer cambios urgentes. ¿Crees que es urgente cambiar, o crees que hay un margen para que no vayamos abocados al desastre?

Como bien señalas, estas ideas de declinismo, de crisis existencial, tienen muchos años de historia. La diferencia es que antes no se estaba viendo venir el cambio climático (que de hecho ya está), y es una amenaza que no abordaban tan directamente. Es urgente, claramente, cambiar nuestro modelo productivo y la base de nuestro crecimiento económico, porque el mundo no da para más. Hay límites físicos y el margen de actuación es ultralimitado. Siempre se dice que ahora es el momento más urgente que hemos vivido, pero en el caso del cambio climático es así. Estamos rompiendo con decenas de miles de años de historia climática que han favorecido al desarrollo de la civilización humana. Y es que, precisamente, nuestra civilización está muy amenazada por su propio desarrollo.

Víctor García Guerrero
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