José Fernández-Albertos: «El papel del politólogo es el de reconocer la complejidad de las cosas, no el de tener respuestas a las preguntas que surgen en el día a día»

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José Fernández-Albertos es politólogo y está especializado en economía política y política comparada. Compagina su trabajo en el CSIC con su colaboración en diversos medios y, a través de ellos y de las redes sociales, trata de recordar al gran público que la ciencia política intenta extraer conclusiones del acontecimiento político, no de anticiparlo. A pesar de todo, la actualidad acaba haciéndose un hueco en nuestra conversación, como se lo ha ido haciendo también en su propia profesión.

Me gustaría empezar reflexionando acerca el mayor protagonismo que estáis adquiriendo los politólogos últimamente, tanto en los medios de comunicación tradicionales como a través de las redes sociales. Habéis surgido con un nuevo rol, más serio y científico, para analizar los acontecimientos políticos, quizá en contraposición al periodista tertuliano que tiene que opinar casi por obligación de todo. ¿Se está haciendo una politología divulgativa o, como con la historia o la sociología, solo se pregunta acerca de la polémica de turno?

Es una cuestión difícil, en general. Yo creo que ha beneficiado al debate público: hemos aportado algo en la cuestión de centrar algunos debates, de aportar perspectiva a la hora de ver las cosas en términos de pros y contras y no de encontrar soluciones fáciles a cada situación que surja. En este sentido, el debate quiero creer que ha mejorado un poco con la aportación del gremio. Pero también es cierto que es una situación muy complicada, porque la actualidad periodística va a unos ritmos que nos exige unas cosas a las que nosotros, de forma más o menos culpable, acabamos respondiendo. Esto que decías de opinar sobre todo… Nuestras agendas investigadoras, al fin y al cabo, tienen resultados en el medio y largo plazo; no tenemos ideas sobre cada evento que pasa en el día y, en este momento en que nos hemos hecho medio famosos, los eventos van muy rápido y queremos tener opiniones fundadas sobre todo, y eso nos pone en una situación complicada.

Porque es prácticamente imposible hacerlo con la rigurosidad que se le presupone al politólogo.

Es que la ciencia política tampoco tiene respuestas tan contundentes a las preguntas sobre las que se hace la gente, como: ¿cuál es el mejor sistema electoral? ¿Es mejor un sistema proporcional o parlamentario? ¿Se gobierna mejor con mayoría o minoría? Tenemos respuestas muy parciales que no satisfacen muchas veces la demanda de la gente de querer tener una respuesta científica, como la de que el azúcar es bueno o que hacer ejercicio reduce las posibilidades de tener un cáncer o un ataque al corazón. Esta pose de científicos nos pone en la situación incómoda de tener que dar respuestas que le gente cree muy contundentes, cuando en nuestro foro interior sabemos que son muy parciales e inseguras, muy condicionadas al contexto, etcétera. La forma en la que intento vender nuestra aportación es que está bien que aportemos prudencia y moderación, ver los debates desde diferentes perspectivas, ver que no hay soluciones fáciles. Y en ese sentido, si complejizamos los problemas pero a la vez los hacemos comprensibles para la gente, creo que es una tarea que merece la pena.

Por ejemplo, durante el tramo más duro del proceso catalán, escribiste un artículo tratando de explicar lo que podría ser una independencia «democráticamente aceptable», intentando conciliar la visión de quienes definen lo democrático como la mera expresión de las urnas, y quienes lo definen como el respeto de la legalidad. ¿Podría realmente existir un punto de encuentro entre ambas premisas?

Creo que es obligado que exista en el largo plazo. Debemos hacer compatible que el orden constitucional refleje unas preferencias mayoritarias de la gente y que, a la vez, sus cambios respondan al respeto de una legalidad que todos reconocemos como válida en un país liberal y democrático como es el nuestro. Es verdad que, llevados al extremo, los dos argumentos se hacen incompatibles. Muchas veces, en la vorágine de los argumentos fáciles con los que contrarrestar otros, recurrimos a estas soluciones extremas que solo abocan a no tener solución a ningún problema. Por eso, en el artículo intentaba un poco criticar las dos visiones extremas: en un país liberal y democrático que respeta las reglas, una mayoría mínima de una parte del territorio no puede legítimamente romper el orden constitucional e irse. Y esto creo que es razonable. El soberanismo debería ser, al menos una parte, convencible en este punto; pero también es verdad que un argumento que utilizan desde allí es que, aunque fuesen el noventa por ciento, de acuerdo al pie de la letra con las reglas constitucionales, nunca podrían irse. Y ese es un argumento que hay que tener en cuenta.

En el fondo, el problema, y creo que desde el punto de vista soberanista se ve también así, es que no se trata tanto de que la Unión Europea se alinee con Rajoy, o que Rajoy negocie más o menos, etcétera… Todas estas cosas a lo mejor complican la solución al conflicto, pero el problema central es que con una mayoría mínima, si es que existe (porque no lo tenemos claro), te puedas salir y romper con un país que no quiere que te vayas. Ese es el problema de fondo. Si tuvieran una mayoría del setenta u ochenta por ciento, estaríamos hablando de otro escenario donde seguramente la discusión sobre la secesión democráticamente aceptable podría ser incluso comprable desde fuera de Cataluña.

La propia legalidad se podría adaptar a la situación.

Es que las legalidades también tienen que responder un poco a las demandas de la ciudadanía. Y decir esto tampoco implica que cualquier mayoría se pueda saltar automáticamente la ley. Es verdad que hay unos márgenes que están bien: se necesita que la ley sea rígida para tener una cierta seguridad y una cierta previsibilidad, para saber por dónde van las normas, las mayorías, las políticas… Pero es una realidad que ante cambios extraordinarios, como que un ochenta por ciento de la sociedad catalana quisiera irse, el orden político constitucional español debería responder. Y debería hacerlo de alguna forma más allá de decir que el Congreso de los Diputados tiene trescientos cincuenta diputados y que ellos solo ocupan veinte escaños, y que por tanto no pueden irse. Habría que tener otras herramientas para gestionar políticamente eso. Pero no estamos en ese escenario y este es parte del problema.

Vista la movilización del constitucionalismo en Cataluña, ¿crees que la estrategia del independentismo que pretendía buscar la hegemonía en Cataluña a través de la sobrerreacción del Estado, está ya fracasada?

Mi sensación es que la versión más extrema de este argumento, sí. Era una apuesta que desde algunos sectores se ha defendido: una confrontación abierta con el Estado para hacer que la balanza de poder entre soberanistas y no soberanistas cambiara. Forzar para que con un conflicto más abierto la sobrerreacción del Estado hiciera moverse a la gente. Por ejemplo, el 1 de octubre es posible que fuese un paso en ese sentido: mucha gente no independentista simpatizó un poco más con la causa, se hizo crítica con la reacción del gobierno español. Pero también hemos visto otras cosas que han pasado en este tiempo y que han movilizado en la otra dirección: gente que a lo mejor era soberanista o apoyaba el independentismo como una postura puramente instrumental, para poder hacer políticas mejores y que pensaba que iba a ser una transición fácil, etcétera, y, de repente, al verse que no lo era, al ver que las empresas se van cuando hay más incertidumbre, que el proceso iba a ser más largo porque la correlación de fuerzas no permite acelerarlo, al comprobar que existe un conflicto judicial-legal, que las políticas están empantanadas y que hay otras elecciones sin haber acabado la legislatura… Al constatarse todo esto, considera que esta incertidumbre no le merece la pena.

Ya veremos qué ocurre el 21 de diciembre, pero, basándonos en las encuestas, quizás la hipótesis más probable es que la situación no se haya movido mucho. Parece que las fuerzas que se mueven en una dirección son tanto o más poderosas que las que se mueven en la otra.

También parece que hay un movimiento de acción-reacción provocado por la movilización del independentismo dentro de la propia sociedad catalana. Parece que ha reaparecido una parte de ella que, al menos hasta ahora, no se había significado tan claramente con el constitucionalismo español.

Sí, esto es verdad. Y es algo que quizás en el último mes se ha acelerado más. Pero la activación política de esta identidad anti-independentista, por así decirlo, es algo que lo llevamos viendo desde hace un tiempo. La movilización de gente que a lo mejor no estaba muy politizada, que tampoco veía con malos ojos el catalanismo o no era particularmente nacionalista española… de gente incluso apolítica. Una parte de ese grupo se ha movilizado mucho con la intensificación del conflicto. Es decir, durante una parte del proceso hay una transición de mucha gente que era autonomista o catalanista y que se va al soberanismo, desde 2010-2012, sobre todo; pero también, aunque más levemente, hay una movilización progresiva en el anti-independentismo de quienes son políticamente más apáticos. Y por eso la situación de correlaciones de fuerzas se estabiliza más de lo que podríamos pensar. Si uno mira las encuestas en los últimos dos o tres años, apenas hay cambios y lo cierto es que han pasado muchas cosas.

Sin duda alguna en Cataluña vemos un panorama enormemente polarizado, y en tus artículos has citado estudios que estiman que, al contrario de lo que se suele pensar, la desigualdad no genera polarización política; ni la igualdad provoca una mayor moderación. ¿Si Cataluña está más polarizada que el resto de España, significa eso que su sociedad es menos desigual que la del resto del Estado?

Yo aquí tengo diferentes visiones y no estoy seguro de que mi posicionamiento sea muy coherente, en conjunto. Creo que la cuestión económica forma parte importante de esta historia. Eso es indiscutible, así como que el proceso soberanista catalán encaja con una serie de procesos soberanistas en las sociedades modernas, donde las regiones más ricas, ahora en un mundo globalizado, son política y económicamente más viables y por tanto les cuesta más tener que compartir recursos y políticas públicas con otras regiones con las que se sienten menos identificadas. Esto es algo que vemos en Cataluña, pero que se aprecia también en el norte de Italia, en Bélgica, en Alemania… o incluso en conflictos a lo mejor menos extremos. Es decir, que es un fenómeno global. Esto es una parte importante de la historia.

Pero, bajo mi percepción, la naturaleza del conflicto en Cataluña tiene, en cierto sentido, un fondo además muy identitario. Las encuestas nos dicen que los que están a favor de la independencia son quienes tienen raíces muy sólidas en Cataluña, con varias generaciones allí, y que, en general, las generaciones de inmigrantes e hijos de inmigrantes no lo están tanto. Por supuesto, la sociedad catalana es muy plural; estas ideas que muchas veces expresamos sobre el Ulster y las dos comunidades son una exageración que no se ajusta para nada a la realidad. Cuando miras los índices de matrimonios mixtos o de uso del idioma, se ve que la sociedad catalana es mucho más fluida que la que puede ofrecer una imagen de dos comunidades enfrentadas. Esto también es verdad y hay que ponerlo en perspectiva, pero sin olvidar que efectivamente existen dos grandes bloques enfrentados con respecto al soberanismo.

Pero uno de esos bloques se ha valido de un discurso en el que el tema económico ha tomado un protagonismo especial.

El propio soberanismo, como sabía que tenía un cierto problema para crecer entre estos sectores, ha utilizado la estrategia del argumento económico: la idea de que con la independencia, te sientas o no muy catalán, te va a ir mejor porque tendrás más recursos para políticas públicas, para favorecer la integración de la gente con problemas, para hacer mejores políticas educativas, para las escuelas y hospitales… Y eso es un argumento que, en cierto sentido, a alguien que no sea catalán de pura cepa le puede resultar atractivo. Pero es verdad que, de cara hacia fuera, es una posición que ha hecho el conflicto más antipático: cuanto más se enfatiza la cuestión económica, igual que se expande la coalición hacia dentro en Cataluña, más antipática la haces en el resto de España, que es donde llegarían menos recursos catalanes. E incluso más allá, en el contexto europeo y global. Porque la independencia de una región por su lengua, cultura, tradiciones y necesidades diferentes al Estado matriz, es algo que se podría recibir más razonablemente que por razones de índole económica, que al final se ven como insolidarias. En cierto sentido, parte de la recepción europea de la cuestión catalana tiene que ver con esto, y creo que el soberanismo es consciente de ello.

Además, es algo que subyace en la heterogeneidad ideológica de Junts pel Sí.

Claro. Por eso, a mi juicio, la ausencia de consenso sobre qué tipo de políticas públicas habría que aplicar en una Cataluña independiente y el hecho de que no exista un conflicto por ello, lo único que muestra es que la cuestión es secundaria frente a la primacía del tema identitario. Se trata de estar dispuesto a aceptar unas políticas que a lo mejor no son las que más me gustan a mí, con tal de que las comparta la gente que yo considero de mi comunidad y no tener, así, que imponer otras definidas por un cuerpo político del que no me siento parte.

A raíz del mismo estudio, reflexionabas sobre el papel de la desinformación entre el electorado con menos recursos. Entre las clases populares, ¿tiende a ser más progresista quien está mejor informado?

No necesariamente. Hay un problema de igualdad política de diferentes grupos que va más allá del hecho de participar en las elecciones, de lo que te cuenten las encuestas o de tener articuladas unas preferencias políticas muy sólidas sobre cualquier tema. Se trata de un problema que tiene que ver con el hecho de que determinados sectores de población tienen más fácil el acceso a los medios de comunicación que otros; que algunos lugares tienen más peso en el debate nacional que otros. Y tras estos problemas de asimetría del poder político subyace, en parte, la cuestión de la gestión de la información: el hecho de que haya grupos que se sientan alejados del flujo de información corriente, y esto les impida acceder al proceso político en igualdad de condiciones con respecto a quien está todo el día cenando con el director de un periódico, tuiteando con líderes de los partidos, hablando con líderes empresariales. Esta es mi sensación, y creo que somos cada vez más conscientes, pero tenemos muy pocas herramientas para luchar contra ello.

Me parece que la burbuja de reacciones antiestablishment en muchos sitios del mundo tiene que ver con esto, con la percepción de algunos grupos que se sienten desconectados de los partidos y del proceso político, y que por tanto quieren darle una patada a todo.

En España, por ejemplo, se entendió la irrupción de Podemos, primero, y de Ciudadanos más tarde, como un evento relacionado con lo que acabas de mencionar. ¿Qué significó para un politólogo presenciar en directo la aparición de un fenómeno de esas características, que además tú has estudiado en profundidad?

Para que veas lo poco capaces de prever el futuro que somos los politólogos (risas): en el momento en que aparecieron estos partidos, la pregunta que nos estábamos haciendo era por qué, precisamente, no estaban apareciendo. Y llegábamos a tener explicaciones: la solidez de las identidades, que el sistema electoral español era más cerrado de lo que pensábamos, que los medios de comunicación no daban suficiente cabida a la contestación y, sobre todo, que con la crisis económica vino la esperable desafección, más que la movilización, y dada la heterogeneidad de intereses de los afectados no había una manera clara de articular una propuesta política. Hasta que aparecieron estos partidos. Una respuesta un poco tonta de por qué tardaron tanto en aparecer es que hubo un periodo de ausencia de elecciones, y sin ellas estos actores políticos no tenían capacidad para ponerse de acuerdo y movilizarse, de demostrar a la gente que eran alternativas viables.

Pero, ¿por qué en España aparece primero una propuesta como la de Podemos y luego otra como la de Ciudadanos, en lugar de surgir directamente un único movimiento xenófobo como ha sucedido en otros países de Europa?

En realidad, todavía no tenemos muchas respuestas al respecto. En democracia, las crisis se solucionan con nuevas políticas. La gente suele castigar al gobierno cuando las cosas van mal poniendo a otro en un proceso natural de recomponsición del panorama político. Pero la crisis duró mucho en toda Europa, y en España particularmente, y muchos núcleos de votantes vieron como corresponsables de la situación económica a los dos partidos de gobierno. Este sentimiento de orfandad en algunas bolsas de votantes, especialmente entre los sectores jóvenes, que son los más críticos, provocó un caldo de cultivo muy necesario para que apareciesen los nuevos partidos.

Además, hay un punto que es muy interesante, aunque muy difícil de testar empíricamente: el nacimiento de Ciudadanos creo que sí tiene que ver mucho con el crecimiento de Podemos; no solo en el sentido de que tiene las mismas causas de la desafección general (problemas de corrupción, crisis…), sino en el hecho de que una vez que te muestras contestatario frente al orden existente, hay sin duda un conflicto ideológico de fondo sobre qué tipo de políticas te gusta aplicar. Esto es un conflicto sociológico que tiene una base objetiva social y que hace que los electorados de Ciudadanos y de Podemos sean, en términos de preferencias económicas, casi más diferentes entre ellos que lo que eran los del PSOE y del PP. Y esto es en cierto sentido una muestra de que, incluso cuando el orden se tambalea y aparecen nuevos actores, ese conflicto sobre cuestiones económicas de fondo no desaparece del todo, y que la forma que tiene la sociedad de casarse con unos y con otros tiene que ver con cómo ven ellos ese conflicto.

Las encuestas, por cierto, no han sabido predecir las verdaderas posibilidades electorales de Podemos y, quizá sobre todo, de Ciudadanos.

Es verdad que en el caso de Ciudadanos parece haber un patrón respecto a que las encuestas tienden a sobrerrepresentar al partido frente a los resultados de las elecciones. Esto puede deberse a varias cosas, que también son aplicables a Podemos: una es que la capacidad movilizadora de los partidos tradicionales sigue siendo mayor que la de los nuevos. Al fin y al cabo, tienen sus redes de contactos y una gran capacidad de movilizar a los menos politizados en el último momento. Y esto es más difícil que se vea una encuesta, porque a lo mejor es más deseable decir que votas a un partido moderno, que tenga menos ataduras con las políticas que todo el mundo concibe como antipáticas. Es el razonamiento que podría explicar por qué el PSOE con sus problemas internos y demás, ha aguantado electoralmente de forma bastante aceptable el chaparrón. Lo mismo puede decirse del PP.

Otra razón podría ser que hay un elemento de deseabilidad social, por la que los partidos nuevos pueden parecer más atractivos. La famosa cocina de las encuestas aparece para corregir el sesgo que se les presupone, porque no se deja de estar entrevistando a gente que quiere contestar y se está dejando fuera a la que no. Por ese motivo quienes querían decir que votaban a Ciudadanos y a Podemos aparecían mucho más en las encuestas.

Luego habría un tercer factor, que creo que fue muy importante en las elecciones del 26 de Junio: la abstención diferencial. Esto es algo muy pequeño, pero a tener en cuenta. Con perspectiva, los cambios del periodo 2015-2016, que llenaron de interpretaciones muchísimas portadas («PP reforzado», «Podemos frustrado», etcétera), responden a cambios de porcentajes relativamente pequeños, y buena parte de ello se explica por esta abstención diferencial, de gente que se desconectó, que perdió el atractivo que sentía en un principio por los nuevos partidos y se desencantó. Al final, en estos patrones que mueven la movilización del voto hay elementos que benefician más a los partidos tradicionales.

¿Cómo ves la situación de Podemos, especialmente tras lo afectada que parece que ha quedado su imagen con su posicionamiento en el tema catalán?

Podemos está en una situación muy complicada. Es un problema que viene de antes de la cuestión catalana. Hay que conectarlo con la frustración de las expectativas que se generaron en 2015, con la fallida formación del Parlamento, con los problemas internos de liderazgo y, sobre todo, con la falta de perspectiva una vez que se consolidan los bloques y se ve que los cuatro principales partidos están en niveles relativamente parecidos de apoyo: el PP bastante por encima de Ciudadanos, en la derecha; y en la izquierda una especie de empate técnico que parece evidente que no se va a romper de forma clara, al menos en el corto plazo.

Las bases del PSOE son muy sólidas y además tienen un discurso bastante claro sobre por qué Podemos no es el partido que encaja con sus preferencias. Una vez que se constata que no va a producirse ese sorpasso mágico, que se confirma esa correlación de fuerzas, creo que surge una incertidumbre sobre qué puede aportar Podemos a la política en conjunto. Y ahí surge una frustración en parte de su electorado. Ahora las mayorías de izquierdas son más problemáticas, porque existe una hostilidad entre aliados naturales a causa de lo que ha pasado anteriormente. Pero la realidad es que Podemos ya no puede aspirar a una hegemonía que le permita prescindir del PSOE, y eso genera un debate interno en parte de sus estructuras y, más importante aún, entre muchos de sus votantes, provocando un problema serio de pérdida de interés por la capacidad transformadora del partido.

Porque ahora no hay una estrategia clara.

Eso es. No la hay desde el momento en que se reconoce que sin el PSOE no se puede hacer nada. Ahí hay una parte que sigue viendo al PSOE como hostil y que sigue vendiendo una idea, creo que cada vez más equivocada, de que es posible cambiar las cosas prescindiendo de todos los actores del régimen, como como ellos lo llaman. Sin embargo, otra parte de su electorado ve que esto no es viable, sobre todo porque los techos electorales de Podemos son muy visibles, ya sea atendiendo a la gente que dice que nunca los va a votar o a la popularidad de su líder. Tendría que acontecer un terremoto político muy grande para que la correlación de fuerzas actuales cambiara. Y ante la incertidumbre de qué implica en los términos de estrategia de partido el hecho de que Podemos va a estar en el veinte por ciento de aquí a medio plazo, creo que hay una parte de su electorado que se desencanta, por así decirlo. Es verdad que no encuentra opciones muy claras porque tiene posiciones muy contrarias al PSOE y porque no hay nadie en la izquierda compitiendo, pero ese desencanto es una realidad.

Y en ese contexto aparece la cuestión catalana.

Efectivamente, y les hace todavía más daño. Podría haber ido en muchas direcciones, pero por cómo se ha gestionado, por la falta de percepción de claridad, por tener que lidiar con gente dentro de tu propio movimiento que dice cosas incoherentes con respecto a lo que tú has dicho en el pasado… todo esto ha hecho y hace mucho daño a Podemos. Y es una apreciación un poco personal, pero en cierto sentido creo que Podemos se ha beneficiado mucho de tener un discurso coherente en los medios, relativamente bien construido, con recursos retóricos muy visibles y que conectaban con mucha gente, con una especie de percepción de la realidad de las cosas que era muy popular en algunos segmentos de la población.

Era una de sus señas de identidad cuando aparecieron.

Esto les había hecho crecer mucho, porque daban una imagen de coherencia y solidez, pero en el tema de Cataluña y desde que llegaron a las instituciones, han adolecido un poco de un discurso más claro. Por ejemplo, en términos de qué tipos de cosas están haciendo en el poder y qué los diferencia de otros. Y es curioso, sobre todo porque las tasas de popularidad en los ayuntamientos no son en general malas. Sus alcaldes son bastante más populares que sus líderes nacionales. Lo que están explotando es la reducción de la deuda o la mayor transparencia, cosas que están bien pero que en cierto sentido no los separa mucho, de cara a parte del electorado, de cómo podría ser una buena gestión de otros partidos.

Sin embargo, no están muy claras el tipo de políticas en términos de desigualdad ni en cuestiones similares. Creo que la gente visibiliza a Podemos con una especie de déficit en términos de políticas públicas. En estos dos años han invertido mucho en esta cuestión del discurso, y ha sido muy útil y les ha venido muy bien, sobre todo para crecer, pero creo que han dejado abandonado la inversión en mostrar qué tipo de políticas públicas quieren hacer y que les hagan diferente a los otros partidos. Eso ha contribuido a esta percepción de que una vez que aparecen nuevos temas en la agenda, la retórica y el discurso ya no funcionan, a lo que no ayuda tampoco las diferencias públicas de sus representantes. Y hay una parte del electorado que te penaliza porque no ve cuál es el proyecto que pueda aportar Podemos en el medio plazo a la política española dado sus techos de crecimiento y la incertidumbre sobre qué tipo de política de alianzas puede seguir. La cuestión catalana le hace mucho daño, tanto en Cataluña como en el resto de España, pero sus problemas más profundos son estructurales.

Conozco personas que forman parte de una corriente de opinión que considera que Podemos fue deliberadamente alimentado por parte del sistema y especialmente por el Partido Popular, para dividir las posibles alternativas a su gobierno durante este periodo de crisis. Ahora, con una percepción más positiva de la economía, Podemos perdería interés y capacidad de movilización. ¿Qué opinas de ello?

No descarto que en algún momento algunos actores podrían ver instrumentalmente beneficioso para sus intereses que emergiera un partido rupturista que dividiera el voto de la oposición al partido del gobierno. Pero no creo que el motivo del crecimiento de Podemos sea esta estrategia maquiavélica. Primero, porque supone una capacidad de manipulación de las élites que no es real, y sobre todo porque no encaja con la evidencia: antes del nacimiento de este partido era detectable en la opinión pública la existencia de una demanda por este tipo de mensaje en amplias capas del electorado, muy críticas con cómo el sistema político estaba gestionando la crisis económica.

Sí es cierto, por otra parte, que Podemos es sensible a la sensación de deterioro económico, y que en un contexto de recuperación tiene problemas para crecer. Pero no olvidemos que la sensación de que la economía va bien es una visión muy parcial en la sociedad española. Una proporción muy grande de ciudadanos percibe que este periodo de crecimiento (que va acompañado de precariedad, de inseguridad, de bajos salarios….) no va a generar una mejora sistemática de sus condiciones de vida como sí esperaba hace unas décadas.

Entre su electorado, y también entre el de Ciudadanos, existe la sensación de que cada vez que concurren a unas generales chocan con el muro de la Ley electoral. Tú has explicado en alguna columna que, a pesar de que se suele destacar que esta sobrerrepresenta las provincias menos pobladas del interior, eso, en realidad, también implica sobrerrepresentar a la tercera edad. ¿Cuánto del enorme poder electoral del PP proviene de este efecto?

Una parte pequeña, pero no despreciable. El PP gobierna porque en las últimas elecciones sacó un tercio de los votos, y a más de diez puntos del siguiente partido. La sobrerrepresentación que obtiene (el PP controla algo más del treinta y nueve por ciento del Congreso) no es excepcional en términos comparados. Pero si analizamos con algo más de detalle, es cierto que el PP obtiene un premio por tener un apoyo particularmente concentrado en el electorado de más edad, que por su lugar de residencia (forma una parte más alta del censo en las provincias poco pobladas) es sistemáticamente sobrerrepresentada. Cuando el PP ganó en 1996, con casi el treinta y nueve por ciento de los votos (mucho más que ahora), el premio de representación fue menor que el que ha obtenido en 2015 y 2016, con el veinte y nueve y el treinta y tres por ciento de los votos. Esto es anómalo (los premios tienden a ser mayores cuando más votos saca un partido), y esa anomalía se explica por la particular distribución del voto del PP ahora. Podemos decir que el envejecimiento del electorado hace que el sistema electoral le siga beneficiando a pesar de haber caído en torno a diez puntos de apoyo popular. No es una diferencia despreciable, y menos cuando configurar mayorías parlamentarias es ahora mucho más complicado.

Mientras tanto, el otro gran partido estatal navega con un secretario general que parece decidido a quedarse en un voluntario segundo plano mediático, enfocado a evitar el desgaste. Sin embargo, cuando se ha tenido que posicionar, sus decisiones no parecen diferir de lo que se habría esperado de Susana Díaz en la secretaría general. ¿Crees que Sánchez trata de jugar la baza de la estabilidad que ofrece un partido sistémico, protegiendo así a sus votantes más veteranos? ¿Y cómo se conciliaría entonces esta estrategia, y más en el contexto de la crisis catalana, con la de atraer a ese electorado más joven y progresista que se supone conectaría con el que le apoyó en las primarias?

Es una situación muy complicada. Efectivamente, puede que tener un discurso de bajo perfil y manteniéndose en los mínimos sea la mejor estrategia para no enfatizar en potenciales conflictos. De hecho, en el tema concreto de Cataluña hemos visto que existen esos problemas dentro del PSOE; hemos visto alcaldes del PSC abandonando su puesto… Porque es complicado mantener la unidad del PSC, su posicionamiento social y tratar de fortalecer la posición central que aspira a tener en Cataluña, sobre todo cuando estás votando a favor del 155. En el soberanismo catalán ha frustrado mucho que el PSOE no haya tenido una posición más abierta al diálogo y no se haya enfrentado directamente al PP por su extrema respuesta al reto independentista. Pero quizá el problema sea el de ver al PSOE como lo que realmente no es: hay que tener en cuenta que se trata de un partido que tiene bolsas de votantes y líderes en el resto de España que entienden la cuestión catalana como un reto a la sostenibilidad del régimen constitucional al que ellos apoyan. Además, venimos de una fase en el que la cuestión del régimen del 78 es considerado culpable de todos nuestros problemas, y las bases sociales del PSOE se siente muy interpeladas por este discurso.

¿Crees que le habría ido mejor electoral y políticamente actuando de otra manera?

No lo tengo claro. Es verdad que en el medio-largo plazo, que se siga percibiendo al PSOE en esta situación de crisis como sostén o muleta del Partido Popular, puede truncar las aspiraciones surgidas tras el cambio de Pedro Sánchez respecto a atraer a un electorado más joven desencantado con Podemos. Esto debería empujarles a buscar formas de distanciarse un poco del discurso del PP, y las puede encontrar fácilmente porque en política aparecen temas en la agenda cada dos por tres. Incluso dentro de la cuestión catalana pueden aparecer matices en los que diferenciarse. Más allá de Susana Díaz o Pedro Sánchez, sí que se aprecia cierto consenso entre unas bases del PSOE que son muy hostiles al reto soberanista planteado en Cataluña, y la tensión que esto podría provocar entre los potenciales votantes jóvenes, quienes podrían tener una posición más diferente. Y eso es clave para el partido, sobre todo en el caso de que la cuestión se acabe enquistando sin vías de salida razonables.

Al final, resulta que es cierto que conversar de estas cuestiones apremiantes con un politólogo que maneja datos importantes a medio y largo plazo es muy ilustrativo. ¿Han nacido unas nuevas estrellas mediáticas?

(Risas) Espero que no. Hay una vertiente peligrosa por la que acabemos opinando de todo. Esto no es culpa de nadie, pero, como te decía, una vez que empiezas a participar en el debate público, participas en esa deriva. Pero tenemos que ser prudentes, y además los medios deben saber que nuestro papel es más el de reconocer la complejidad de las cosas que el de tener respuestas a las preguntas que surgen en el día a día.

 

Fotografías: Irene García Domínguez

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