El orden del día, de Éric Vuillard

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Se ha escrito tanto y tan bien sobre la Segunda Guerra Mundial, sus prolegómenos y sus consecuencias, que a estas alturas parecía imposible que una nueva aproximación al acontecimiento central del siglo XX nos pudiese sorprender. Y, sin embargo, eso es lo que ha pasado con El orden del día de Éric Vuillard, una obra que navega entre el ensayo histórico y esa novela de no ficción que tan bien han cultivado otros escritores franceses como Emmanuel Carrère o Ivan Jablonka, y que a su autor le ha valido el Premio Goncourt 2016 y su ascenso al altar de la fama literaria del país galo.

Frente al drama intimista de la memoria personal, la lejanía de la Gran historia o la épica de las grandes epopeyas literarias, Vuillard construye desde unos cimientos cercanos a la microhistoria un fresco tan engañosamente sencillo en su apariencia como complejo en su infinita profundidad. En apenas centenar y medio de páginas, su voz, cargada de un sugerente lirismo y de la reflexiva sensatez que da la perspectiva del tiempo, nos acerca a uno de esos episodios históricos que normalmente aceptamos sin cuestionarnos y que, en realidad, son tanto o más definitorios que los capítulos escritos con letras mayúsculas: el del apoyo empresarial al nazismo; concretamente el protagonizado por los industriales alemanes que financiaron el ascenso al poder de Hitler.

Vuillard utiliza la figura de Gustav von Krupp, santo y seña de Krupp Agg, para abrir, cerrar e ilustrar (literalmente desde la portada, pero también como símbolo) el relato de un acuerdo faústico entre el gran capital y el nazismo; una alianza maldita sellada con sangre cuya deuda, no obstante, parece hoy condonada por la amnesia popular. Pero El orden del día va más allá y también pone su atención en el patetismo de personajes rendidos ante sus aspiraciones de poder, en la hipócrita y suicida política de apaciguamiento occidental, o en la cuestionable visión de grandeza que se ha escondido siempre tras la propaganda del Tercer Reich. Y lo hace recurriendo a pasajes concretos, casi íntimos (conversaciones de teléfono, paseos por el campo, reuniones diplomáticas…), que ensamblados proyectan un cuadro general que demuestra que, efectivamente, la huella de Mefístófeles se esconde en los pequeños detalles.

Marcos García Guerrero

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