Lo verosímil, lo verdadero y los repartidores de Glovo

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Seguro que esto ya se le ha ocurrido a algún tuitero ingenioso, pero cada vez que veo en el metro a los repartidores de Glovo y demás plataformas de reparto de comida, con la bici y sus enormes cajas a la espalda, pienso en la película Barrio (1998). Había en ella una escena en la que uno de los protagonistas conseguía un trabajo como repartidor de pizzas haciéndole creer al encargado que tenía una moto, y luego tenía que llevar las pizzas en transporte público, llegaban frías y los clientes se negaban a pagarle.

La efectividad de esa escena en la película de Fernando León de Aranoa residía en que, por descabellado que pareciese a priori que un adolescente pretendiera repartir pizzas sin tener una moto, resultaba verosímil que los protagonistas se vieran movidos a hacer algo así por el estado de perpetuo desencanto en el que vivían, atrapados en el tedio de un largo verano en un barrio humilde a las afueras de Madrid. Lo que resulta curioso es que, veinte años más tarde, veamos replicada fuera de la ficción (en un vagón de metro, una noche de fin de semana cualquiera) una escena similar, y que ya no nos resulte tan descabellada.

O tal vez no sea tan curioso. Al fin y al cabo, el objetivo de la ficción es el de representar no una historia real, sino una historia verosímil. Ya lo establecía así Aristóteles en su Poética cuando definía la labor del poeta frente a la del historiador (entendiendo poesía en un sentido amplio de obra de ficción). Decía Aristóteles: «la diferencia estriba en que uno [el historiador]narra lo que ha sucedido, y el otro [el poeta]lo que podría suceder». Por eso mismo, porque la ficción nos presenta situaciones que, aunque no sean necesariamente un reflejo de la realidad actual podrían hacerse realidad en el futuro, no es infrecuente que encontremos similitudes entre nuestra realidad presente y alguna obra de ficción que las haya precedido, hasta el punto de hacernos pensar que estas obras tenían algo de premonitorias.

Un ejemplo de este fenómeno en los últimos tiempos: a principios de 2017, las sonadas declaraciones que hizo Kellyanne Conway, la consejera de Donald Trump, sobre «hechos alternativos», supuestamente hicieron que se disparasen las ventas de la novela 1984 de George Orwell. Ya se había detectado un incremento en las ventas de la novela tras el triunfo electoral de Trump unos meses antes, pero la terminología elegida por Conway en aquella ocasión recordaba a la neolengua de la novela distópica de Orwell hasta lo escalofriante.

Sin embargo, que 1984 sea una ficción perfectamente verosímil dentro del universo distópico en el que se desarrolla no es razón por la que ahora debamos por fuerza encontrar elementos de ese universo distópico campando por la política internacional. Es decir, la verosimilitud de una historia no está condicionada por que esta sea realmente posible fuera de la ficción. No es lo mismo verosimilitud que la verdad. Un ejemplo más obvio: una narración sobre unicornios que viven en una colonia en los anillos de Saturno puede estar construida de forma perfectamente verosímil, sin que la vida sea posible en los anillos de Saturno, ni los unicornios vayan a existir jamás en el mundo real.

Esto se debe a que la verosimilitud de una obra de ficción depende de la pericia de sus creadores, pero también de la participación de quien recibe esa misma obra de ficción. Este requisito fue el que describió en el siglo XIX Samuel Taylor Coleridge cuando acuñó el concepto de la suspensión de la incredulidad, según el cual es necesario que los lectores o espectadores de una obra de ficción acepten temporalmente las reglas internas que rigen su argumento, y que constituía lo que Coleridge llamó fe poética. Se establece así un contrato entre el autor y el lector o espectador: el primero se compromete a construir una narración verosímil y coherente, mientras que el segundo se compromete a aceptar las reglas del juego establecidas por el autor dentro de la obra, aunque estas no se correspondan con la realidad.

No obstante, este contrato en apariencia sencillo a veces se rompe, y a veces, inopinadamente, se amplía más allá de los límites de la ficción. Ilustrémoslo con una anécdota literaria. En 1904 Luigi Pirandello publicó El difunto Matías Pascal, cuyo protagonista es un hombre al que se da por muerto por error y que decide, aprovechando la confusión, emprender una nueva vida con otra identidad. A pesar de que más tarde iba a convertirse en una de las obras más famosas de su autor, Pirandello nota en el prólogo a una edición posterior de la novela que, cuando fue publicada, algunos críticos tacharon su argumento de poco verosímil, ya que consideraban que en la realidad jamás podría certificarse erróneamente la defunción de alguien con tanta ligereza.

En este nuevo prólogo, Pirandello hace referencia a un caso real acontecido después de la publicación de la novela, y que era sorprendentemente parecido a su argumento, en el que una mujer identificó un cadáver como el de su marido para poder casarse con otro hombre, a sabiendas de que su primer marido estaba en ese mismo momento vivo y en la cárcel. Los encargados de certificar la defunción no hicieron comprobaciones más allá del testimonio de la viuda, y cuando el hombre salió de la cárcel descubrió que llevaba años muerto para las autoridades, y que su mujer ahora tenía dos maridos.

Pirandello nota: «las absurdidades de la vida no tienen la necesidad de parecer verosímiles, porque son verdaderas. Al contrario que las del arte que, para parecer verdaderas, necesitan ser verosímiles. Y entonces, verosímiles, ya no son absurdidades. Un caso real puede ser absurdo; una obra de arte, si es obra de arte, no». Pirandello afirma que le satisface poder dar a conocer, mediante este ejemplo, «de qué tipo de inverosimilitudes es capaz la vida real, incluso en las historias que, sin saberlo, la vida real está copiando del arte».

Lo que Pirandello irónicamente hace notar es que quienes tacharon su novela de inverosímil no cedieron a la suspensión de la incredulidad que su lectura requería, y la juzgaron en términos de verdad o mentira, como si hubiera sido un caso real. Cuando de lo que se peca con mucha más frecuencia, y con consecuencias mucho más graves, es de evaluar la realidad según los estándares de la ficción: si algo nos parece verosímil, lo aceptamos como verdadero, sin hacer más comprobaciones, como debió de sucederle a quien certificó la muerte del hombre que en realidad estaba en la cárcel.

La realidad, como señalaba Pirandello, está plagada de absurdidades que la hacen compleja y a menudo difícil de explicar, pero no por ello debemos ceder a la tentación de creer sin más las narrativas que la simplifican hasta tergiversarla, hasta convertirla en ficción. Que un argumento nos resulte verosímil porque casa con las opiniones que ya tenemos o con el discurso hegemónico al que estamos acostumbrados, no significa que sea verdadero. Tomar una ficción verosímil por verdadera sin cuestionarla es lo que incrementa el riesgo de que cosas que hasta entonces sólo existían en la imaginación se materialicen en el mundo real.

Volvamos a los repartidores a domicilio. Antes he dicho que resulta curioso que no nos extrañe verlos usando el transporte público para moverse por la ciudad, pero en realidad lo que resulta es un poco alarmante. Tal vez sea porque hoy en día vivimos tan atiborrados de ficción, en especial en forma de series; que estamos demasiado acostumbrados a ella, pero lo que es indiscutible es que a menudo parecemos tener problemas para delimitar el alcance que debe tener nuestra suspensión de la incredulidad y olvidamos reactivar nuestro pensamiento crítico cuando termina un episodio en Netflix y volvemos al mundo real. Hasta alcanzar el summum de la paradoja que es comparar experiencias de la vida real con la ficción para enfatizar su viveza, su realismo. ¿Quién no ha descrito alguna vez algo particularmente impactante que ha vivido en su propia carne afirmando: «fue igual que en una película»?

En el caso de los repartidores en el metro, sin duda requiere una considerable dosis de fe poética aceptar sin más un modelo de sociedad donde tengamos por un derecho innegable que alguien nos traiga a casa cualquier tipo de producto a cualquier hora del día o de la noche. Y todavía requiere una dosis mayor aceptar como normales las condiciones laborales en las que trabajan algunas de estas personas, condiciones que poco a poco se están extendiendo por todos los sectores de la economía. Quizás sea leer demasiado en lo meramente anecdótico, quizás interpretar la proliferación de repartidores en el metro como una manifestación de la ficción socioeconómica en la que vivimos sea un poco forzado por parte de la autora de este artículo. Pero lo cierto es que el hecho de que una escena que hace veinte años pertenecía a la ficción cinematográfica y nos resultaba cómica y algo esperpéntica, ahora se haya incorporado a nuestra cotidianidad debería, como poco, hacernos reflexionar.

Las campañas electorales que han llevado a Trump a la presidencia de los Estados Unidos, a Bolsonaro a la de Brasil, al Brexit, o al auge de la extrema derecha en toda Europa, han sabido crear una narrativa que resulta verosímil a un gran número de votantes, a pesar de estar a menudo fundamentada en bulos y estadísticas falsas. Aquí, como para la obra de ficción, es fundamental que se establezca un contrato entre quien presenta este tipo de discurso y quien lo recibe: la voluntad de mentir viene siempre acompañada de una voluntad de creer. Tanto que la suspensión de la incredulidad se transforma en una voluntad activa de creer cosas, sin importar que sean ciertas o no.

El cine, la literatura y el arte en cualquiera de sus manifestaciones son siempre un espejo de los anhelos y los miedos de la humanidad, y por eso a veces se vuelve difícil discernir qué pertenece a la realidad y qué no es más que su reflejo en un universo ficticio. Es esencial estar alerta y darnos cuenta cuando cosas que han sido creadas por la fantasía de pronto se materializan al otro lado del azogue, y cuestionarnos si no será porque en algún momento hemos bajado la guardia y hemos aceptado algo meramente verosímil como verdadero. Dicen algunas consignas de la autoayuda que creer en tus sueños terminará por hacerlos realidad; no olvidemos que lo mismo puede decirse de las pesadillas.

Clara Martínez Nistal

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