El caso Moro de Leonardo Sciascia, o el análisis literario como deber ciudadano

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La mañana del 16 de marzo de 1978, en Roma, un grupo armado perteneciente a la organización terrorista de las Brigadas Rojas tendió una emboscada al coche en el que Aldo Moro, el líder de la Democracia Cristiana, se desplazaba desde su domicilio hacia la Cámara de los Diputados. Los asaltantes secuestraron a Moro y asesinaron a toda su escolta. Además de por su violencia, el ataque causó un gran impacto por el momento político en el que se produjo, ya que esa misma mañana debía ratificarse en la Cámara el nuevo gobierno democristiano (que por primera vez iba a contar con el apoyo – o con la falta de oposición – del Partido Comunista Italiano). La presentación de este nuevo gobierno debía ser el primer paso hacia el llamado compromiso histórico, cuyo objetivo final era conseguir la unión de todas las fuerzas constitucionales de la política italiana en un esfuerzo conjunto por fortalecer la democracia frente a la inestabilidad política de los años de plomo que por entonces atravesaba el país. A pesar del optimismo de su planteamiento teórico, facciones tanto de la DC como del PCI miraban con desconfianza esta estrategia política, y la tensión aumentaba a medida que se aproximaba la fecha de la presentación del nuevo gobierno. Sin embargo, tras conocerse la noticia del ataque sufrido por Aldo Moro, una figura clave en la negociación de este compromiso, la Cámara aprobó el nuevo gobierno sin más discusión.

Durante los casi dos meses que duró su cautiverio, a Moro se le permitió enviar una serie de cartas a su familia, miembros de su partido y otros representantes políticos, muchas de las cuales fueron publicadas por la prensa durante el secuestro. Al mismo tiempo, las Brigadas Rojas emitieron varios comunicados donde declaraban que, de no liberarse cierto número de terroristas encarcelados, Moro sería condenado y ejecutado. Decidir si debía o no negociarse con las Brigadas Rojas para intentar salvar a Moro generó una gran controversia en la esfera política, y especialmente dentro de la DC. Mientras que el Partido Socialista Italiano y los miembros de la DC más cercanos a Moro abogaban por la negociación, el PCI y otras secciones de la DC se negaban rotundamente a atender a las exigencias de los terroristas. Finalmente, Giulio Andreotti, el nuevo Primer Ministro democristiano, decidió en nombre de su partido que no habría negociación. Moro permaneció prisionero hasta el 9 de mayo, cuando se encontró su cadáver en el maletero de un coche que los terroristas habían aparcado, en lo que pretendía ser un gesto simbólico, a la misma distancia entre las sedes de la DC y del PCI en el centro de Roma.

Una de las respuestas más interesantes al secuestro y asesinato de Aldo Moro es El caso Moro, del escritor siciliano Leonardo Sciascia, publicada sólo unos meses después de los hechos. Durante la mayor parte de su vida, Sciascia compaginó su carrera literaria con la actividad política. En 1975 se había presentado a las elecciones por el PCI, pero en el momento del secuestro y asesinato de Moro era diputado por el Partido Radical. Sciascia había roto con los comunistas porque le inquietaba el acercamiento progresivo del PCI a los democristianos, un acercamiento que implicaba limar las discrepancias políticas entre ambos partidos en lugar de reafirmar al PCI en el puesto de la oposición. Como tantos otros, Sciascia sentía una particular incomodidad ante la perspectiva de que el compromiso histórico llegara a realizarse. Si todas las fuerzas políticas democráticas hacían frente común y la izquierda renunciaba a hacer oposición a los democristianos, ¿quién ocuparía ese puesto en la política italiana? ¿Los fascistas?, se preguntaba Sciascia. A pesar de que sus ideales políticos distaban enormemente de los que Moro representaba, tras su asesinato Sciascia se sintió moralmente obligado a reevaluar las circunstancias de la muerte de un hombre a quien, en opinión de Sciascia, su partido político había abandonado, aprovechándose además de su muerte para afianzar su gobierno en la frágil situación política del momento.

El caso Moro, una obra difícil de clasificar (que Tusquets en su traducción al español etiqueta como «novela negra») es una pormenorizada investigación y reevaluación del caso, pero desde una perspectiva literaria. Lo cual resulta sorprendente, teniendo en cuenta que mientras escribía el libro, Sciascia ya formaba parte de la comisión parlamentaria encargada de investigar el secuestro y asesinato del político democristiano. Sin embargo, Sciascia estimaba necesario complementar la investigación que hacía desde su posición política con un análisis literario hecho desde su posición como escritor. Sciascia tenía la impresión de que la narrativa que el gobierno y los medios de comunicación habían construido en torno a los eventos del caso Moro era demasiado perfecta, sospechosamente irreal; se parecía más a una obra literaria que a una crónica fidedigna de los hechos. Para Sciascia, la clave del agravio cometido contra Moro y que acabó por costarle la vida estaba en el empeño con el que tanto el gobierno como los medios de comunicación crearon, desde el momento de su secuestro, una nueva imagen de Moro, como si al ser secuestrado se hubiese transformado en una persona totalmente distinta. Quien escribía las cartas que la prensa difundía no era el conocido político con décadas de trayectoria a sus espaldas, sino un hombre enloquecido por el miedo y completamente desprovisto de raciocinio que suplicaba que se negociase su liberación, aparentemente sin comprender la catástrofe que esto supondría para la estabilidad política del país.

Ya que se trata de una investigación literaria, a lo largo del libro Sciascia hace referencia constantemente a otras obras y a otros autores. Como punto de partida toma un fragmento del cuento de Jorge Luis Borges Pierre Menard, autor del Quijote (1939). En este relato, Borges presenta a un autor imaginario que pretende reescribir Don Quijote desde su propia perspectiva histórica, dotando al texto de Cervantes de un nuevo significado. A su vez, Sciascia interpreta el relato de Borges como una referencia al comentario del Quijote que Miguel de Unamuno publicó en 1905, Vida de don Quijote y Sancho. El comentario de Unamuno ofrece una relectura de la obra de Cervantes, pero con la particularidad de que defiende la existencia de don Quijote y Sancho como personajes reales, históricos, y no como protagonistas de una obra de ficción. Así, Unamuno rememora capítulo por capítulo la novela cervantina corrigiendo lo que él considera errores de interpretación de su autor, y justificando las acciones de sus protagonistas, atribuyéndoles motivos diferentes a los planteados por Cervantes. La intención de Sciascia es emular la tarea de Unamuno, que se propuso redimir la figura de don Quijote, cuyas nobles aventuras Cervantes había presentado como las descabelladas andanzas de un loco. De la misma manera, Sciascia pretende revertir el proceso de distorsión al que considera que se sometió a la figura de Moro durante su secuestro, y restituir la autoría de las cartas al político conocido por la opinión pública italiana, en lugar de al personaje de ficción que los medios de comunicación habían presentado como un hombre enloquecido por el miedo a morir.

Seguir hasta el final del ovillo la intrincada red de referencias intertextuales que componen El caso Moro puede resultarnos fascinante solo a unos pocos obsesos de la literatura; no obstante, hay un aspecto de esta obra que la hace relevante para cualquiera que la lea hoy en día. Sciascia cierra su texto con un llamamiento directo a sus lectores, invitándoles a releer por sí mismos, con las herramientas que él les proporciona, la totalidad del caso Moro, y así discernir qué elementos son ficticios y cuáles reales. Cuarenta años después del secuestro y asesinato de Aldo Moro, en la edad de oro de la posverdad y de las noticias falsas, la invitación de Sciascia a sus lectores para que sigan leyendo más allá del texto (no solo de un texto literario, sino de cualquier texto) es incluso más pertinente de lo que lo era entonces. Hoy en día tenemos acceso a más recursos informativos que nunca, pero como consecuencia también nos lleva más tiempo y esfuerzo filtrar todas las fuentes de información que transmiten versiones diferentes, cuando no contradictorias, de los mismos hechos. Y a menudo nos vemos tentados de elegir la narrativa que más nos conviene, la que nos resulta menos problemática, o la que mejor se integra con nuestras opiniones, sucumbiendo al se non è vero, è ben trovato («si no es verdad, es una buena ocurrencia»), tomando la ficción por hechos reales.

Sin embargo, es imperativo ser conscientes de la responsabilidad que tenemos de analizar constantemente lo que se nos presenta como hechos incuestionables (así como nuestras propias opiniones al respecto). ¿Quién escribe lo que leo? ¿En qué contexto? ¿Con qué intención? Estas son las preguntas que nuestros profesores de literatura nos instaban a hacernos para aprobar el comentario de texto del examen, pero lo cierto es que son preguntas que nunca deberíamos dejar de plantearnos cuando nos enfrentamos a un texto de cualquier tipo. La literatura como Sciascia la entiende nos ofrece las herramientas críticas no solo para examinar los mecanismos ficcionales que operan en una obra literaria, sino también para diseccionar las explicaciones hegemónicas de nuestro pasado, la cobertura mediática de nuestro presente, y para identificar la ideología que empapa, en forma de elementos ficcionales, las múltiples narrativas a las que nos exponemos a diario.

¿Veremos algún día el análisis literario reivindicado como herramienta indispensable para evaluar la información mediática, el discurso de nuestros dirigentes políticos? ¿Llegaremos a considerar la práctica de este análisis un deber ciudadano? Probablemente no. Pero si llega un día en el que ya no saben si están ustedes dentro o fuera de la Matrix, no me digan que no se lo advertí.

Clara Martínez Nistal

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