El seriéfilo: noviembre de 2018

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Parece que fue ayer cuando disfrutábamos acurrucados entre la manta y el sofá la última temporada de Black Mirror y, sin embargo, estamos a punto de finalizar otro año seriéfilo. Tampoco las cadenas parecen darse cuenta, porque siguen estrenado series como si no hubiese mañana. ¿Serán buenas? ¿Malas? Eso se decidirá en solo unos días, cuando se haga público el rankingnomegustanlosrankings de lo mejor y peor de este año 2018. Mientras tanto, centrémonos en todo lo ocurrido en este mes que acapara más sombras que luces por el cambio horario, pero más luces que sombras en el panorama seriéfilo.

Y si el mes pasado se terminaba con recomendaciones mediocres para la fiesta de Halloween, es de justicia que este empiece con unas buenas recomendaciones de series de terror de las de verdad, sin tonterías ni disfraces cutres. Y es que, el segundo capítulo de la serie Into the dark (Hulu), que gira esta vez en torno a la festividad del Día de Acción de Gracias, es mucho más perturbador que el anterior, quizás porque nos muestra una estampa más cotidiana: la relación de una chica que sufre agorafobia con su padre; una relación que ya no es la misma desde que su madre fue asesinada. La ausencia de la parafernalia del primer capítulo y la ambigüedad de la relación de los personajes a lo largo de los noventa minutos de capítulo, en el que abundan los brotes espasmódicos de violencia, mantienen la tensión, el mal rollo y transmiten la sensación de agobio y confinamiento de la protagonista.

La siguiente recomendación no es una simple serie de miedo, sino que puede ser una de las mejores producciones del año. Netflix vuelve a poner en funcionamiento su coctelera mágica y se saca de la chistera La maldición de Hill house, una perfecta combinación de terror y drama que nos tendrá pegados a la pantalla durante sus diez horas aproximadas de duración. He de reconocer que más de una escena la tuve que ver entre los dedos de mis manos o mirando de reojo la pantalla para ahorrarme algún que otro susto; miedica que es uno, qué se le va a hacer. Pero, a pesar de esos momentos al más puro estilo Canal + de los 90, la historia que nos cuenta la serie es tan absorbente que logra hacernos olvidar todas las veces que casi se nos sale el corazón por la boca. Personalmente, disfruté cada minuto del devenir de la familia Crain.

El secreto de su éxito radica en la fantástica labor de la producción con los personajes: tanto los progenitores como cada uno de los cinco hermanos están perfectamente definidos, consiguiendo que empaticemos con todos y que suframos con ellos cada vez que la casa Hill intenta arrastrarlos de vuelta. Además de un estudio de personajes tan poco común en las películas de terror, la serie hace un esfuerzo por explicar el origen y el fin de todos los sucesos paranormales. Sugiriendo más que mostrando, se incluyen apariciones fantasmagóricas de las que no nos daremos cuenta si no damos un segundo visionado al material. Esto hace que todo sea todavía más malrollero, dotando al terror de la serie de una profundidad que satisfará a los seriéfilos ávidos de buenas historias siempre que estén dispuestos a pegar algún que otro bote en el sofá y, quizá, a tener que mirar debajo de la cama antes de ir a dormir (yo llevo ya tres semanas así).

Parece mentira, pero el estreno de la cuarta temporada de Narcos (o la primera si utilizamos la nueva nomenclatura Narcos: Mexico) no ha sido el bombazo del mes. De hecho, ha pasado un poco de puntillas por nuestras pantallas, eclipsado por el oscuro estreno de la casa encantada de Netflix y el propio agotamiento de su fórmula. Esta temporada es interesante si se quiere conocer cómo se han ido tejiendo las relaciones entre los cárteles colombianos y mexicanos; cómo estos últimos se hacen cargo de la logística e introducen la droga en EEUU. Pero la serie acaba fallando, convertida en un déjà vu constante provocado porque la creación del cartel de Guadalajara de la mano de Miguel Ángel Félix Gallardo, El padrino, tiene muchos puntos coincidentes con las historias de los cárteles de Cali y Medellín. Sin duda, Félix Gallardo es mucho más pausado, tranquilo y contenido que el del carismático Escobar, pero acaba convertido en un personaje gris que no luce. No es hasta los cinco últimos capítulos cuando se logra desmarcar de ciertos lugares comunes y da comienzo a una historia distinta y entretenida, con pinceladas interesantes de cara a una segunda temporada; no obstante, el lastre de la primera mitad de esta primera entrega es muy pesado y ello la convierte en una obra menor que desluce a sus antecesoras.

Algo parecido le ocurre a la miniserie Bodyguard (BBC One), que nos cuenta una historia que ya nos suena, en la que una ministra que se enamora de su guardaespaldas después de que la salve en un atentado. Por suerte, la trama pega un volantazo en el tercer capítulo y se vuelve bastante más disfrutable, destapándose como una buena serie de acción y espionaje. Paradójicamente, lo más discutible de la serie puede que sea lo que más publicidad de ha dado: el protagonismo de Richard Madden, el malogrado Robb Stark de Juego de Tronos (HBO), que, en mi opinión está totalmente desubicado y despacha, con diferencia, la peor actuación de todos los personajes principales.

Con la todavía reciente y triste noticia de la cancelación de Daredevil (Netflix) hay que hacer referencia a la última incorporación al superpoblado grupo de series con protagonistas enmascarados. Esta vez es DC, a través de sus Titans, la que hace acto de presencia. Por desgracia, después de siete (de un total de doce) capítulos ya se puede asegurar que hemos salido perdiendo con el cambio. Es una mezcla rara, la que intenta esta serie: parece que está destinada a un público adulto por la violencia desplegada en sus peleas, pero sus tramas parecen dirigidas al mismo público adolescente que ve las series de superhéroes del canal The CW. La ambientación oscura queda diluida en un guion y unos diálogos pobres que crean una experiencia muy descafeinada. Casi tanto como esperar a Batman y que solo aparezca Robin.

Mientras tanto, hace tiempo que no hablo de Amazon y admito que es culpa mía. El gigante del comercio online sigue sacando muy buenas series, así que para expiar mis pecados os haré dos recomendaciones que de paso cerrarán el mes con un buen sabor de boca. Primero, hablemos de la miniserie A very english scandal, protagonizada por el mismísimo Hugh Grant y que cuenta el escándalo en el que se vio envuelto el líder del Partido Liberal inglés entre finales de los años sesenta y mediados de los setenta. La producción nos muestra cómo Jeremy Thorpe acaba siendo llevado a juicio por el intento de asesinato de su examante, un Norman Josiffe maravillosamente interpretado por Ben Wishaw. La historia destila humor inglés por los cuatro costados y a veces parece increíble que esté basada en hechos reales por el surrealismo de algunos eventos.

Mi segunda recomendación está protagonizada por otro icono del cine de los años noventa, Julia Roberts, que en Homecoming interpreta a la responsable de un programa encargado por el ejército americano en el que se ayuda a los jóvenes que vuelven de la guerra en su transición a la vida civil. El director Sam Esmail, responsable también de Mr. Robot, consigue mantener el pulso en una historia en la que nada es lo que parece y que acierta con capítulos de poco más de veinte minutos, algo más propio de las comedias pero que en este caso permite a la historia mantener el ritmo a pesar sus escenas pausadas, marca de la casa Amazon. A destacar dos secundarios de lujo, Bobby Cannavale y Shea Whigham, que vuelven a coincidir tras la grandiosa Boardwalk Empire (HBO).

Sin tiempo para más, espero que con estas recomendaciones tengáis suficiente para llegar hasta la navidad. Yo mientras tanto vuelvo a mi cueva porque aún me queda mucho bueno por ver antes de despedir el año. Y recordad: cuidado con el mal tiempo; ante la duda, manta, sofá y una serie. Es la forma más barata de ahorrarse un resfriado.

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Desde hace mucho, mucho tiempo, en un sofá muy lejano, vive enterrado bajo una montaña de DVDs un ermitaño que se alimenta de todas las series que caen en sus manos: americanas, inglesas, buenas, malas… Nada es suficiente para saciar su hambre voraz de ficción televisiva. Es el Seriéfilo, y través de La Soga se comunicará con el mundo.
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