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Cinefórum CCVIII: «El cochecito»

Ya hemos comentado aquí, en varias ocasiones, que el cine tiene una especial querencia por el encierro y la opresión, hasta el punto de que ha construido todo un subgénero en torno a ellos. Nosotros, como espectadores, compartimos la pasión por el aislamiento físico de unos personajes obligados a explorar los límites de su mente mientras, comúnmente, intentan escapar. Sin embargo, todos sabemos que algunas cárceles no tienen barrotes: en ocasiones, es la propia condición del protagonista y su lugar en la sociedad lo que le aleja del mundo que realmente quiere habitar.

Sucedía la semana pasada en Atracción diabólica y sucede esta en El cochecito, cinta en la que el entrañable José Isbert interpreta a don Anselmo, un anciano que está en buena forma pero al que sus amigos se le escapan pilotando los vehículos que dan título a la película y todavía hoy dominan las calles de Benidorm. Un cochecito para personas con problemas de movilidad, un lujo en la España de 1960 y un objeto del deseo para el protagonista de esta historia, que tras una pequeña prueba del sabor de las correrías de sus amigos por las afueras de Madrid se figura sus escapadas como la panacea de la senectud en la capital. Así, con esa apariencia de comedia ligera que en España remite al cine del desarrollismo, Marco Ferreri dirige y coescribe junto a Rafael Azcona una obra propia de un periodo en el que la gran ciudad se volvía hostil con los improductivos, imponiéndoles unas barreras que iban uniéndose a las que ya traían consigo la propia sociedad y sus persistentes costumbres.

Porque la familia de don Anselmo, que es amplia y vive cómodamente gracias a la posición que él les ha proporcionado, no está para cochecitos. Les interesa más ir de vacaciones y organizar bodorrios convenientes para su promoción social, porque su vida consiste en medrar en la villa y corte madrileña a través de la ostentación de su consumo. Y visto así, podríamos sospechar que la película pudo tener algún problema con la censura de la época. Pero si además consideramos que Anselmo reacciona a la actitud rancia de su familia comprándose, unilateralmente, su querido cochecito y envenenándolos a todos cuando tratan de arrebatárselo, comprendemos por qué Ferreri se vio obligado a rodar un final alternativo en el que el anciano se echaba para atrás y, tras alertar a su hijo por teléfono, volvía a casa arrepentido.

Afortunadamente, hoy la censura es un mal recuerdo y la arqueología cultural ha permitido rescatar el mensaje original de obras que, como El cochecito, no podían refugiarse en los términos ambiguos que manejaron otras cintas del mismo periodo. Más complejo todavía resultaría establecer si hoy, en democracia, podemos por fin elegir con total libertad nuestro camino, independientemente de nuestra condición. ¿Existe siquiera un final para ese trayecto? ¿Se parece quizá a la infinita pista de cemento por la que don Anselmo viaja en su cochecito, al final de su película? Recordemos, por si acaso, que incluso allí el bueno de José Isbert encontró a la Guardia Civil patrullando la senda de la libertad; pero felicitémonos, también, de que incluso cuando nos cuesta avanzar hoy podemos hacer cine sobre el recorrido.

Víctor Muiña Fano
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