Cine y TV

El significado de los lugares: flores, paseos e inspiración

Silvia Pérez Cruz, en el del Teatro Central, una flor iluminada con luz dura en mitad del escenario, se acerca  y susurra «si no canto lo que siento voy a morir por dentro», comienza a hacerlo a capela. A lo largo de su espectáculo, de ese amasijo de sensaciones y, tras el conticinio oportuno, se proyectan hojas, flores y universos infinitos, «como el nuestro».

Mientras tanto, en la plataforma de turno, arranca un capítulo de la serie Californication. Hank Moody (David Duchovny) como buen escritor bloqueado no deja de discurrir, se cuestiona si el ciudadanito de a pie alguna vez se ha parado a mirar una flor del color de la certidumbre, según el pantone periodístico. ¿Alguien conocerá el nombre de aquellos brotes que inundan el suelo en primavera? La flor es la jacaranda, abrirá y cerrará el capítulo refiriéndose a ella.

A partir de ahora toca admirar lo que antes se pisaba, todas esas flores que antes permanecían huérfanas esperando la cita de turno en el registro civil o llamando a la puerta de la desambiguación del término.

Tras leer a Laura Ferrero no dejo de darle vueltas a la idea ¿No contamos con tiempo para mirar? ¿No observamos el lugar que pisamos? ¿Nos olvidamos del significado emocional de habitaciones, espacios y lugares recónditos? Como no puedo tomarme un vermú con ella seguiré pagando por este anuncio por palabras en el que, ahora, divago.

Este texto es un manifiesto por esos lugares pequeños, la importancia de esos minúsculos territorios. Elige el asiento de atrás en el coche, observa el paisaje siguiendo un dos por dos de Patrick Watson, contempla con la paciencia de las canciones que arrancan poco a poco, como aquellos temas de The Cure, Nudozurdo o Elder Island. Aprovecha la velocidad horizontal, ese cambio de visión y la libertad de poder seleccionar cualquier detalle del paisaje, aunque se diluya.

Aquí estamos, dándole significado a las ciudades pequeñas, a los rincones, puestas de sol reflejadas en ventanas, riberas, bancos de madera (y sus bolsas de pipas) y también a ese olor a salitre insustituible. Toca pasear, puede que todo radique en un término: ser observador. Esta es una invitación a ser un cronopio cortazariano.

Las ciudades pequeñas 

La hija de Martín Cuenca. Los actores conversan en una cafetería, cambio de plano y la catedral de Jaén religiosamente, qué forma de hilar términos, enmarcada en la cristalera del local. En este año de virus varios uno siente una melancolía atroz al ver el lugar donde nació. Una sensación de lejanía de lo que somos y nos pertenece acrecentada, como si se tratara del General Sherman y no pudiéramos bajarnos del árbol o como Sam Bell, sin poder volver de nuestra misión de la luna. ¿Cuántos conocen la ciudad? La pregunta exacta no es si la conocen, es si la reconocen, reconocer implica un matiz de verdad y agradecimiento.

Una ciudad pequeña a la que no se le da el lugar que merece, obviando trayectos de trenes fantasmas y, va la palabra impronunciable, la siderodromomanía esquizofrénica de algunos que no optan por la línea recta, la sensación es que la ciudad permanece eternamente a la espera. Qué injusto… ocurre lo mismo cuando escuchas a aquel amigo bondadoso que ningunean y lo deja pasar, los demás cuentan con el beneplácito de su silencio.

La película de Martín Cuenca sigue con una imagen aérea de un dron, ahora muestra la Sierra de Jaén. Somos testigos de parte del paisaje de una provincia que cuenta con la extensión de bosque más grande de Europa, si tenemos suerte puede que veamos un viejo tejo frondoso perdido.

Ahora entiendo el afán por los árboles, no el de la baronesa Thyssen, reconozco la insistencia de Alma por recuperar aquel olivo en la película de Icíar Boyaín o el vínculo de Zahara con el árbol familiar en un programa de Movistar+; del mismo modo que un murciano recuerda sus paseos y aquel ficus centenario de la plaza de Santo Domingo, ese crujido previo que le hizo desaparecer…

La naturaleza como inspiración, como metáfora de la vida. Pensemos en Antonio Vega y su canción La última montaña. «El paso que no he dado ya está atrás», ¿verdad Cecilia?

Imagina a John Lennon en Almería, mirando por la ventana observando a los niños jugar y escribiendo las primeras estrofas de Strawberry Fields. Le debe mucho a esa ciudad, como aquellas gafas redondas de las que no se despegaba y que eran parte del atuendo de una película que rodó en tierras almerienses.

Y precisamente a las pequeñas ciudades, sobre todo a las de interior, se les cuelga el cartel de prohibido jugar a la pelota para quitarle un poquito de esa inocencia que las hace especiales. Robarle las ganas a esos niños que nunca han dado un balonazo. Que nunca os roben las ganas, ni la primavera, que os cuiden. Sí, estos lugares, algunos invisibles, son fuente de inspiración. Que se lo digan a los murcianos Second cuando componían el Rincón Exquisito conmovidos por los paisajes de Cabo de Gata o a aquellos que echamos de menos, Supersubmarina, cuando entonaban aquello de las «estrellas nos alhambran al pasar» y nos trasladaban al Paseo de los Tristes de Granada. Una Granada que quería reconquistar el Grupo de Expertos Sol y Nieve o a la que la misma Silvia Pérez Cruz dedicó un álbum.

A aquel Alberto Rodríguez que tras ver el trabajo del fotógrafo Atín Aya, unas fotografías en blanco y negro de las marismas del Guadalquivir, filmó La isla mínima con el posterior homenaje en algunos de sus planos. Muchos paisajes albergan la belleza de lo inhóspito, los arrozales de la Albufera valenciana en la serie El embarcadero o esa sensación hipnótica de lo diáfano en Canarias que muestra la película de David Pantaleón, Rendir los machos, y la serie Hierro (al fin se le ha dado a Candela Peña el reconocimiento que merece).

Lugares series
Ilustración de Lorena Anguita

Gentrificación y turismo

Y puede hablarse de gentrificación como lo hace la serie Nola Darling (aunque no comulguemos con todos sus discursos). Imagina salir de la puerta de tu casa, pisar el asfalto y sentirte injustamente invadido. Desplazado del que es tu lugar, pero debes acostumbrarte a convivir con ese plano acelerado de hormigas, como los cristianos en el Ágora de Amenábar, ávidos por visitar no se sabe muy bien qué.

¿Qué hacer ante la masificación turística?

Elige un pequeño rincón de esa ciudad mediterránea, un cuadro favorito en un museo y emula a Carlos del Amor o vuelve a tu sitio de desayunos secreto, ese que crees que nadie conoce y es número uno en TripAdvisor. Focaliza, reduce. Busca tu pequeño espacio en esa ciudad costera, que nadie te robe esos lugares.

No descartes la belleza de ciudades tan necesarias, con ese síndrome Stendhal de sus calles, vuelve a pasear en ellas. Sé un humano más que se emociona al escuchar En el lago de Triana o Sevilla de Pareja Obregón. Párate a observar el dibujo de las luces y sombras en las paredes del barrio de Santa Cruz. Si pasas mucho calor en verano busca la playa más cercana de Cádiz o alguna de las localizaciones en las que se rodó Quién te cantará del talentoso Carlos Vermut.

De camino al norte

¿Y el vínculo de Quique González con Asturias? ¿Cuál será su lugar favorito de Gijón? ¿Y su escalera favorita? Aquella que a las seis de la tarde desaparece por la marea. ¿Se decantará por las hortensias, por las flores amarillas o por esas flores de color magenta que se encuentran al borde de los acantilados? ¿Reconocerá el Llanes más cinéfilo o seguirá recordando las playas del Puerto como en La luna debajo del brazo?

Esas carreteras gallegas y asturianas infinitas, cobijadas por el silencio de los árboles, por túneles inagotables, por el verde que siempre te quise verde. Donde podríamos elegir no hacer acopio y ser viajeros. Elige una playlist y selecciona temas perfectos para viajar en carretera: la Suma de Julio de la Rosa, Estaciones de Antonio Vega, no descartamos Ser Brigada de León Benavente y Dakota de Stereophonics. Aunque tenemos que tener cuidado con la elección de temas y los beats para no pisar de más el acelerador.

Pensándolo bien, los chicarrones del norte suelen ser más rockeros…

El cine y la música catalana

En tierras catalanas algo tiene el agua del grifo, de lo contrario no se explica el trabajo de directoras como Carla Simón o Roser Aguilar y la irrupción, en el panorama musical, de María Arnal, Silvia Pérez Cruz o Rigoberta Bandini. Estas autoras mezclan la mitología, el significado costumbrista, la canción popular y la transgresión electrónica en sus directos. Nos hablan de cuartos donde patinar, de reanimar jardines  o de la fuerza del verde.

Silvia Perez Cruz durante su espectáculo Farsa: género imposible, hace alarde de cierta fragilidad y camaradería. Acerca al público a la pureza del lugar en el que se crió. Habla de su infancia en Palafrugell y de la escuela de su madre. ¿Hubiera sido la misma sin tener esa infancia y sin contemplar esos paisajes?

Y es que hay lugares singulares como la casa donde se rodó la película Verano de 1993 en la que una niña reconstruye sus emociones; y sonidos que evocan etapas de la vida que se queman, como la Meridiana de Enric Montefusco.

Lugares series

Las conclusiones y la quietud

La Virgen de Agosto de Jonás Trueba no sería la misma sin ese Madrid de barrio en verano, más transitable. Sin el sosiego y aquellas conclusiones que sacas al vivir en diferentes espacios y territorios.

Imagina partir, bien acompañada, con Xoel López, de esa playa de Coruña, de esa Tierra, y encontrar, al volver, el sentido. Contempla a la mujer que observa el baile de las olas en invierno como Marta Nieto en Madre o apoya tu cabeza en hombro ajeno como Daisy Edgar-Jones en Normal People.

Tírate al agua tras la chica como en Sing Street. Recorre las calles, quéjate de las rozaduras que te hacen tus zapatos, ya comprarás, con Lori Meyers, otros nuevos, sigue transitando por callejuelas y sé de aquella persona con la que paseas.

Puestos a tener manías comulgamos con la antomanía, la obsesión por las flores. Todas las flores, como las jacarandas, encierran una fragilidad poderosa que debe ser reivindicada.  Hemos rajado el papel, despegado el celo y estos pequeños lugares han sido descubiertos. Ya dedicaremos otra entrada a hablar de historias lacónicas y la magia de lo cotidiano, aunque colaremos alguna referencia al cercis siliquastrum (el árbol del amor o de Judas) y sus flores, sin el patrocinio de ninguna floristería.

Sé el espacio de alguien, sé siempre el primer y último paseo. Detente, saca tu cámara instantánea, sigue callejeando, opta por ponerte los cascos, busca inspiración… Aquí tienes una playlist para disfrutar del trayecto. Y a brillar que son dos sílabas.

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