Cinefórum CLXXXIV: La amenaza de Andrómeda

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Es destacable la impronta de Michael Crichton en la cultura popular, y más teniendo en cuenta que la mayoría de sus obras han sido adscritas al llamado tecno-thriller, un subgénero cuya propia naturaleza parece fijar su (corta) fecha de caducidad. Esta vigencia se debe, en parte, a que tras la jerigonza científica que envuelve a sus novelas subyacen los elementos esenciales de las grandes historias humanas; pero sobre todo, a que el escritor de Chicago cultivó una prolífica y exitosa vinculación con el medio audiovisual. Creador y showrunner de una serie de televisión histórica como Urgencias (ER; 1994-2009), Crichton vio adaptadas a la gran pantalla trece de sus novelas, firmó varios guiones para cine y se puso detrás de la cámara hasta en siete ocasiones. El último éxito asociado a su nombre es Westworld, título de HBO basado en la primera película que dirigió: la aquí conocida como Almas de metal (1973).

Precisamente, el inicio de esta fructífera sinergia es La amenaza de Andrómeda (1971), primer largometraje basado en, a su vez, el primer bestseller de Crichton, publicado en 1969. Su trama, en la que la figura de los científicos tiene un papel esencial, es el ejemplo perfecto de esa vigencia de la que hablábamos: todos los habitantes de una aldea remota de Nuevo México, a excepción de un niño y de un anciano, aparecen muertos después de la caída de un satélite artificial. Ante la sospecha de que el artefacto haya traído consigo un germen extraño de procedencia alienígena, el ejército de Estados Unidos reúne de emergencia a un equipo científico de élite en el Complejo Wildfire, un laboratorio secreto subterráneo de Nevada. Allí, los protagonistas tendrán que estudiar al extraño organismo bajo la inminente sombra de una mortífera pandemia mundial.

El film, dirigido por Robert Wise, supuso un ladrillo más en el edificio de madurez con el que el cine norteamericano estaba erigiendo la ciencia ficción a finales de los sesenta; y visto con perspectiva, puede identificarse también como un paso intermedio del director, entre la pionera Últimatum a la Tierra (1951) y la referencial Star Treck, la película (1979), en su particular relación con el género. En 2008, el mismo año que fallecía Crichton, se llevó a cabo un remake en formato seriado que pasó sin pena ni gloria por las pantallas de televisión.

La historia, como imitando la capacidad de mutación de un peligroso virus, va trasformándose guiada por el material literario original, hasta estructurarse en una serie de partes diferenciables que son ensambladas en un todo coherente gracias al buen hacer de Wise. Así, la cinta echa a andar con el misterioso reclutamiento de los protagonistas, y enseguida se trasforma en un cuento de suspense y terror cuando estos deben adentrarse en el horror del pueblo afectado. Concluida la introducción, la cosa se calma y adquiere las hechuras del citado tecno-thriller con una pormenorizada visita a las instalaciones Wildfire y a sus exhaustivos protocolos de seguridad y esterilización. Superados estos, los protagonistas comenzarán una carrera contrarreloj en la que será tan importante encontrar la cura para el enigmático patógeno como sobrevivir al mecanismo de defensa (autodestructivo) del complejo científico.

Paradógicamente, la voluntad de fidelidad al texto de Crichton es, a un mismo tiempo, la mayor virtud de la película y su principal defecto; porque si bien el carácter explicativo del guion traduce de manera certera la potente base científica de la novela, su excesiva naturaleza expositiva ralentiza por momentos la narración, perdiendo parte del vértigo literario original. No obstante, el conjunto acaba saliendo a flote por la indudable capacidad del director para insuflar pulso a una historia que, lejos de las estridencias habituales en el género (monstruosidades apocalípticas, bestias alienígenas), hace del minimalismo, literal y figurado, la más aterradora de las amenazas.

Marcos García Guerrero
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