Laëtitia o el fin de los hombres, de Ivan Jablonka

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En enero de 2011, Laëtitia Perrais, una joven de dieciocho años, despareció frente a su hogar de acogida en Pornic, un pueblo de la región de Nantes. Su hermana gemela encontró su moto tirada en un arcén y alertó a las autoridades, que muy pronto sospecharon de Tony Meilhon, un expresidiario de aspecto patibulario con el que varios testigos afirmaban haber visto a la joven la misma noche de su desaparición. Su cadáver descuartizado fue encontrado en varias fosas y lagunas de la zona unas semanas más tarde, en la cresta de una oleada de solidaridad y sensacionalismo que, a partes iguales, recorrió toda la sociedad francesa. Desde las clases populares de la Francia más alejada de París, hasta el Elíseo francés, ocupado entonces por Nicolas Sarkozy, el país dedicó a la muerte de Laëtitia la atención que nunca prestó a su vida.

Laëtitia o el fin de los hombres hunde sus raíces, por tanto, en un suceso escabroso. Material para la ficción, probablemente, y para la novela negra, con toda seguridad; pero quizá no tanto, al menos a priori, para el ensayo histórico, sociológico y periodístico, con el que Ivan Jablonka, a la manera del también francés Emmanuel Carrère, da la vuelta a la Francia del siglo XXI como si fuera un calcetín, para encontrar en ella muchos agujeros, y también las costuras que mantienen al país que todavía representa una parte importante de Occidente unido.

A través de Jablonka comprobamos que el asesinato de Laëtitia fue mucho más que un suceso morboso. Fue el símbolo de la deriva de una República que cambió el mundo al crear las instituciones que se ocuparon de ella y su hermana Jessica cuando sus padres cayeron derrotados ante la violencia y la depresión; el símbolo de un sistema sobrepasado por la realidad, burocratizado desde su concepción y podado al máximo durante la crisis, que fue incapaz de detectar que en el hogar de acogida de las gemelas también imperaba la violencia sexual. Agresiones, precariedad, analfabetismo, algunos funcionarios honestos y bondadosos vecinos que ofrecieron un primer trabajo. Esa fue la vida y muerte de una melliza que no solo encarna la marginalidad de su gente, encerrada en algún lugar entre la riqueza de un país próspero y la criminalidad de sus grandes ciudades, sino que representa la realidad de tantas muchachas para las que el horror ha tenido siempre rostro de hombre.

La fatalidad no se cruzó en el camino de Laëtitia; la fatalidad era el camino mismo de una vida que Jablonka reconstruye con sensibilidad para llegar, desde un simple suceso, a las miserias y grandezas de nuestra sociedad. Las víctimas como Laëtitia y su hermana Jessica se convierten en sus páginas en nuestro fin, en una conclusión última para todos nosotros. Más aún, especialmente, para una mitad de nuestro mundo: Laëtitia es, efectivamente, en el fin de los hombres.

Víctor Muiña Fano

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