Entrevistas

PutoMikel: «Hay otras historias que han sido olvidadas y son igualmente importantes para entender cómo hemos llegado hasta aquí»

Hace un año nos encerramos en casa y cambiamos nuestra forma de consumir información. A PutoMikel el confinamiento le cogió fuera de casa, pero para entonces ya estaba donde tenía que estar: en su canal de YouTube, publicando vídeos sobre historias que se investigan en la Academia, pero no llegan a los mostradores de las librerías. Ahora vive en Inglaterra, donde escribe su tesis sobre espacios y prácticas domésticas en al-Andalus; mientras tanto, se mete en todos los charcos (algunas veces sin querer) de esta época tan fértil y pantanosa para la comunicación.

Eres un youtuber que reside en el extranjero, pero no en Andorra, y en tus vídeos tratas cuestiones como la sexualidad, el nacionalismo, las identidades, la manipulación del pasado… ¿No tienes la sensación de estar en el centro de muchas cosas que están sucediendo al mismo tiempo?

Bueno, no creo que sea tan conocido como para estar en el centro de todo, pero sí, es cierto que trato una serie de temas que llevan un tiempo generando debate. Es algo que se veía venir entre algunos académicos más concienciados políticamente, que se comenzaron a plantear que existía una disonancia entre lo que viene a ser la Academia y el discurso popular.

Entonces, no es yo me haya situado en el centro, sino que estos temas se veían venir: por ejemplo, en 2019, hicimos un congreso de jóvenes investigadores en Arqueología y se trataron temas como la descolonización de los discursos, la cuestión del nacionalismo, el uso de la Edad Media para sustentar la idea de la nación… Eran cuestiones que, en realidad, se venían discutiendo desde los 90, pero que últimamente se veía claramente que iban a cobrar importancia. Destaca especialmente en el caso de la extrema derecha, pero, en general, todos los nuevos movimientos políticos recurren al populismo y utilizan imágenes del pasado, romantizadas en uno u otro sentido, para apelar a las emociones.

Y sí, es cierto que no hay una sola semana en la que no tenga que decir algo de uno de estos temas en redes sociales; porque, si aparece alguna interpretación del pasado con fines propagandísticos por parte de la izquierda, vienen rápidamente a decirme: «¡Ah! De estos no dices, nada, ¿eh?». Entonces, sí, es un equilibrio muy delicado que tengo que tratar de mantener. La verdad es que cansa (risas).

De repente todos nos damos cuenta de que los temas que tratas en tus vídeos pasaron demasiado tiempo encerrados dentro de los muros de la Academia. ¿Sentías ya antes de entrar en la universidad la necesidad de comunicar sobre ellos?

No, cuando empecé la carrera solo tenía interés por la Arqueología. Pero, a medida que me acercaba al final de la carrera, me di cuenta de que, aunque en algunos congresos se manejaban ideas que me gustaban, de la mayoría salía muy desencantado. Veía que la información circulaba solo entre los de siempre. En algunos casos, había debates interesantes y se trataba de promover algún cambio en mi campo, la Arqueología, pero en general yo no veía que aquellos discursos se correspondieran con lo que yo encontraba al charlar, por ejemplo, con mis padres. Lo que yo encontraba al hablar con mi familia o con mis amigos no se correspondía con lo que yo estaba haciendo. Eso no les llegaba. Y no porque no tuvieran un interés por la historia, sino porque los discursos estaban desactualizados.

Una de mis mayores frustraciones con la Academia, era la sensación de estar en la famosa torre de marfil. Quizá no es algo tan real como el tópico presenta, pero sí es cierto que sigue habiendo un gran salto entre, por ejemplo, los libros que están en la sección de Historia de La Casa del Libro, que suelen tener un determinado sesgo, y la realidad histórica. No es simplemente que no se ajusten a la realidad histórica, es que ni siquiera se corresponden con la diversidad de los debates académicos. Por eso me parecía que se podía hacer algo y, en mi caso, lo he intentado desde el YouTube y… bueno, desde la experimentación absoluta (risas). Porque no tenía ni idea de cómo podía salir esto, la verdad. Simplemente, quería aportar mi granito de arena y ver hasta dónde se podía llegar. Quería ver hasta qué punto suscitaba interés este tipo de mensaje.

Te he oído decir que quieres abandonar la universidad al acabar la tesis. Si tuvieras que escoger un solo culpable, cuál escogerías: ¿la endogamia o la precariedad?

Escogería la precariedad. No es que la endogamia sea mucho más tolerable, pero al menos aquí, en la Academia inglesa, no lo veo tanto. Desde luego, tampoco es un problema exclusivo de la Academia española, pero creo que aquí se da menos. Y la precariedad, en cambio, creo que está presente en todas las universidades de nuestro entorno.

Veo precariedad en la escasez de plazas fijas. También en los largos periodos postdoctorales en los que estás viajando por todo el mundo, lo cual puede sonar muy romántico y muy idealista, pero no te permite asentarte ni formar un círculo estable. Y eso es algo preocupante en un trabajo que te exige más horas de las que realmente pone el contrato; que te exige que publiques o perezcas, porque si no, no consigues la siguiente postdoctoral. Eso te impide tener un círculo estable, que es algo fundamental para tu propia salud mental. Cuando la propia estructura de la universidad no te permite construir ese tipo de anclajes, no te permite tener ninguna sensación de estabilidad… Eso no es para mí. Hay gente a la que eso no le supone ningún problema, que quiere el éxito académico por encima de cualquier cosa o no requiere de esos anclajes, pero, eso, para mí no es.

También percibo la existencia de bandos, que es algo que no es ni siquiera endogamia: simplemente, si perteneces a un grupo de investigación, más te vale no decir nada en público que contradiga a la persona que lo dirige. Aunque sea solo algo a nivel del campo teórico en el que trabajáis. Hay muchos directores que no se lo toman bien. Otros sí, por supuesto, pero igualmente dependes demasiado del informe del de arriba, así que, en una estructura tan jerárquica y con una pirámide con una cima tan estrecha, la realidad no te permite ninguna estabilidad.

El resultado de esta situación es que una persona como tú, con una fuerte proyección, quiere abandonar el mundo académico. Que alguien con mucho más impacto que sus publicaciones, quiere abandonar la universidad.

Sí, pero no soy la única persona en esta situación. Veo que sucede algo parecido con otra gente de mi misma universidad y también con personas que trabajan en otras universidades y otros campos. Hay un desencanto general. Lo veo especialmente en el campo de las Humanidades y las Ciencias Sociales, pero puede ser porque es el ámbito que conozco más. Hay un desencanto general con el sistema y con las opciones de futuro que ofrece.

Antes de empezar el doctorado, todos sabíamos cuál era la trayectoria que se esperaba: doctorado, postdoctoral, plaza fija (es decir, ser profesor de la universidad) o quizá estar integrado de forma estable en un centro de investigación. Ahora, veo que la gente es más… no sé si realista o cínica, pero desde luego ya no tienen aquella idea porque no la ven plausible. En un mundo cada vez más precario, vemos que no se da esa trayectoria e incluso que la precariedad nos está repercutiendo a nivel de salud física y mental, ya durante el doctorado. De hecho, hay cada vez más proyectos para que se cuide la salud mental de los doctorandos. Ha habido trabajos que se han publicado recientemente en diversos campos, con encuestas y estudios para intentar ver en qué sentido afecta el doctorado y la tesis doctoral, la situación de la Academia, a la salud mental.

Creo que estas dudas, estas preguntas, que son legítimas, en muchas ocasiones se han encontrado de frente con una oposición por parte de personas que están mucho más establecidas en la Academia y que hablan de que la juventud se queja de vicio. Algunos dicen que los jóvenes no saben sufrir. Hay una disonancia muy grande entre la gente que está más establecida y los más jóvenes. Me estoy refiriendo a los grandes popes de la Academia, no ya a los que están en los cuarenta, que están casi empezando en esto y ya han conocido esta situación de precariedad. Pero la gente que tiene sus sesenta, sus cincuenta años largos, te hablan de conseguir la plaza con relativa facilidad. Obviamente, ellos vivieron otra época, para bien y para mal. Te hablan de la Academia que ellos conocen y dicen: «Bueno, sí, haces una postdoctoral y luego encuentras una plaza fija». Pero esa no es la realidad que hay. Incluso por pura disonancia, ya no solo por falta de empatía o por maldad, uno se encuentra con ciertas negativas, cierta negación de la situación de claro empeoramiento de las condiciones laborales.

Sin embargo, también afirmas que entre tus compañeros académicos no encuentras una mala respuesta de tu actividad como divulgador en YouTube.

En general, he encontrado una buena acogida, sí. Mi director de tesis, por ejemplo, ha intentado apoyarme a pesar de que yo intenté ocultarle lo que hacía el mayor tiempo posible (risas). Tengo que decir en mi defensa que, cuando empecé, no creía que fuera a tener tanto alcance. Cuando de repente la cosa empezó a inflarse, me dije: «Bueno, supongo que ya no se lo puedo seguir ocultando ni a mi familia ni a mi director de tesis». Lo intenté inicialmente porque me daba vergüenza.

Dejando esto a un lado, me he encontrado sobre todo con gente que me apoya porque creen que estoy apelando a un sector de la sociedad que se ha quedado fuera de la Academia, al que los discursos universitarios no van a llegar. Se entiende, creo yo, que estoy intentando hacer una labor de puente. Y en ese sentido, he encontrado bastante apoyo.

También, al menos en la Academia inglesa, hay un apoyo que surge del neoliberalismo que está afectando a la estructura de la universidad. Está empezando a ser un negocio para mucha gente que, al final, son simples socios con intereses económicos. Para ellos, traer visitas a través de un doctorando de la universidad puede servir para atraer atención, dar renombre a la institución. Así que por esa vía también me he encontrado que hay un cierto aliciente económico para que este tipo de iniciativas sean aceptadas en la Academia tradicional.

De todas formas, creo que ahora mismo estas dos vías de aceptación de este tipo de estrategias son totalmente indisociables: la universidad se ha dado cuenta, bien por una cuestión económica, bien por motivos relacionados con el debate intelectual y político, que hay un salto enorme entre lo que es la Academia y la sociedad.

En esa labor de puente que llega a la sociedad tratas de mantener las herramientas propias de la disciplina histórica. Sin embargo, la mayoría de los divulgadores las ignoran y, muchas veces, la historia llega al gran público convertida en el cliché que comúnmente se denuncia que es.

Sí. Además, eso se vincula con el hecho de que cierto tipo de discursos tradicionales que apelan a una determinada identidad, la del comprador, y por tanto a sus emociones, suelen tener mayores tiradas. Son los que acaban en los grandes escaparates de venta. Queda mucho trabajo por hacer, sobre todo cuando ves que hay gente que desconoce cosas básicas que se enseñan en primero de carrera, como que la Historia no es objetiva, sino que es la construcción de un relato y que por tanto viene atada con discursos de poder. Es desesperante ver que se desconoce cómo se produce el conocimiento histórico: a través de la utilización y la cita de fuentes diversas, que son las que te dan informaciones diversas, para poder contrastarlas; a través del reconocimiento del sesgo del investigador, de su posicionamiento político para precisamente tratar de distanciarte… Son cosas básicas y fundamentales en la Academia: lees cualquier artículo y ves que no hace falta ni citarlas. Están ahí, están en la estructura y en la base de la disciplina. Pero, en el exterior, gente que ni siquiera ha estudiado Historia o incluso algunos que lo han hecho, pero ahora se dedican a otras cosas, deciden ignorarlas. Y lo hacen porque sirve para afirmar, con certezas absolutas que realmente no existen, posicionamientos ideológicos del presente. Y no solo posicionamientos ideológicos, sino también posturas esencialistas e identitarias que, encima, se construyen a través de la denuncia, a su vez, de otros posicionamientos esencialistas e identitarios.

Por ejemplo, hay quien critica que todo nacionalismo necesita sus mitos fundacionales y a continuación te habla de por qué Pelayo era capitán de la Guardia real del último rey godo. Y no se dan cuenta, o no se quieren dar cuenta, de la disonancia de su discurso cuando pretenden vendértelo. Entonces, claro: como estas luchas ideológicas o simplemente identitarias, políticas, necesitan una confrontación y para ello tienen que armarse con una genealogía que las justifique, al final lo más fácil es recurrir a la historia. Eso sí, manoseándola con el objetivo de exprimir las fuentes hasta que digan lo que tú quieres oír.

Antes de hablar de la forma de tus vídeos, que es quizá tu verdadera seña de identidad, en el fondo de tu mensaje haces un esfuerzo por citar las fuentes que utilizas en tus textos. ¿Por qué le das visibilidad a una faceta tan académica en un medio como YouTube?

Siempre empleé diversas fuentes, pero empecé a ponerlas explícitamente cuando planeé el vídeo de los vikingos y el género. La razón por la que puse todas esas fuentes es que sabía que estaba dando una interpretación que, aunque en realidad no era tan novedosa (porque me estaba basando tanto en fuentes primarias como en fuentes secundarias de otros investigadores que ya lo habían estudiado), era una cuestión que no había llegado al público general. Estaba diciendo que la concepción binaria del género a lo mejor no era tal en la sociedad vikinga, en la sociedad nórdica. Entonces, sabía que iba a tener que dar todo tipo de explicaciones y justificaciones, no porque me estuviese inventando nada sino porque, de no ponerlas, las acusaciones de que me lo estaba inventando iban a ser constantes. A raíz de eso empecé a ponerlas.

Luego, me di cuenta de que, en realidad, poner las fuentes no solo es importante porque así quien vea el vídeo sabe de dónde sale la información, sino también porque promueves la curiosidad: si alguien dice, «no me fío de esto» o «esto me ha parecido interesante y quiero saber más de ello», quiero que sepan dónde ir. Además, cuando estás intentando ir, no en contra, pero sí al menos matizar de forma muy importante los discursos más hegemónicos, tienes que tener el mayor número de armas a tu alcance. Y las mejores armas de un historiador, de un arqueólogo, son las fuentes de diferente tipo: escritas, arqueológicas, etnográficas. Una vez das, digamos, la cadena de conocimiento que ha llevado hacia lo que tú estás afirmando, es mucho más difícil que tu discurso se responda con un simple «te estás inventando la historia para promover tu ideología política». Es una acusación que llega igualmente, pero al menos así la aparto un poco en la medida de lo posible.

Estamos acercándonos poco a poco al famoso vídeo que hiciste sobre el libro de Academia Play. ¿Esperabas que el asunto adquiriese tanta relevancia?

En realidad, ese vídeo lo hice a raíz de una tontería. Había visto algunos vídeos de Academia Play en los que decían unas cosas que yo consideraba que estaban repitiendo tópicos de una historia nacional-católica, aunque luego aclaré explícitamente en mi vídeo que ellos no son nacional-católicos. Pero sí que veía ciertos elementos que me recordaban ese discurso en algunos vídeos de mi campo, como el de al-Andalus hasta el Califato de Córdoba. Entonces puse un tuit, un poco por la tontería, porque anunciando su libro se veían un par de fotos de algunas páginas, y dije: «Esto es la Enciclopedia Álvarez, pero editada en el siglo XXI». En ese momento, yo no tenía tantos seguidores, pero tuvo más repercusión de la que yo esperaba, incluida una respuesta de uno de los fundadores de Academia Play, que me acusó de no haber leído el libro porque todavía no había salido. Entonces dije: «Está bien. Cuando salga, me lo leeré y si lo juzgo conveniente, diré algo más o corregiré lo que he dicho».

Salió el libro, lo pillé y… en ese momento aún no tenía tantos suscriptores. Cinco mil, más o menos. Y empecé a hacer el guion. Cuando lo terminé, tendría unos siete mil suscriptores. Entonces llegó la pandemia y todo mi material, es decir, los disfraces que uso, también la cámara, estaban en Inglaterra y yo, en cambio, estaba en España. Había venido por una visita doctoral y estando aquí empecé a hacer más vídeos, simplemente para pasar el periodo del confinamiento. Y mi canal empezó a subir muchísimo, hasta el punto de que, cuando quise hacer el vídeo porque había vuelto a Inglaterra, cuatro meses más tarde, tenía ya ochenta mil suscriptores. Entonces, claro, eso ya era otra movida (risas). Ahora lo iba a ver mucha más gente, pero me dije: «No me voy a deshacer de este guion que hice hace cinco meses».

También es verdad que, en ese tiempo, dije públicamente que iba a hacer el vídeo y Academia Play y su creador me desbloquearon en redes sociales y hablaron conmigo. Pero yo ya había tomado la decisión de que tenía que hacerlo, tanto por el tiempo que había invertido en ello como porque el proyecto me gustaba. Me hacía ilusión. Y no por desbancar a Academia Play, porque no lo planteé así (no creía que fuera a tener esa repercusión), sino porque era un proyecto creativo que me gustaba: lo de disfrazarme de la alegoría de España me apetecía. Quería hacer una revisión crítica de estos tópicos que, no solo en ese libro, siguen muy vigentes. Son lugares comunes en la divulgación generalista de la historia de España. Me parecía necesario. No fue tanto a nivel de crítica de ese libro como de las ideas que perpetuaba, digamos. No pude no hacerlo (risas).

A mí, como historiador, me molesta especialmente el cliché del cainitismo español. Sin embargo, este tipo de ideas ofrecen una explicación simple y satisfactoria de las incertidumbres del presente. En este sentido, me parece interesante que señales que, en el pasado, la integración en lo español se hizo a través de la imposición de una moral tradicional católica. ¿Crees que este elemento concreto del discurso histórico puede volver a jugar un papel importante a medio plazo?

Creo que, en general, hay un revisionismo rosa del pasado imperial español. Del pasado en general, pero del periodo imperial en particular. Con su Roca Barea, su Pedro Insúa, etcétera, que buscan apelar a cierto orgullo nacional y, a partir de eso, vender un neocatolicismo, una cierta reinvención de lo católico, en base a que el cristianismo, en esencia, es universalista. Y eso, según ellos, lo hace digno de alabanza y lo convierte en los pilares de nuestra educación, nuestra moral y nuestro sistema: todo lo bueno se lo debemos al cristianismo. Y, si bien hay cierta verdad en eso, porque vivimos en un sistema de ordenanzas que tiene origen en el mundo romano y los valores judeocristianos, hay una esencialización de dichos valores como si no hubiera más sociedades con su propio «no matarás» en sus leyes.

Y esa esencialización se contrapone a lo que ahora se percibe como el enemigo tras la desaparición del bloque soviético, la siguiente amenaza para la democracia occidental: el islam. Esto empezó en EEUU, pero, trasladado a Europa y más concretamente a España, conecta con el hecho de que el islam nunca había desaparecido como recurso retórico: ahí están las ideas de la Reconquista y la expulsión de los moriscos. Aquí todo esto casa muy bien con los temas de la inmigración ilegal, aunque esta no proviene en su totalidad de países islámicos, y con el discurso abiertamente islamófobo. Es una contraposición, un choque de civilizaciones que se vuelve a vender después del comienzo del nuevo milenio a través de retóricas de partidos como Vox. Esta retórica actual necesita subrayar el tema del choque de civilizaciones y de mitos que crean antagonismo y dualismo entre dos esencias, la cristiana y la musulmana, que estarían opuestas y son inherentemente irreconciliables.

Esto lleva a decir que el islam oprime a las mujeres y a obviar que el cristianismo también lo hace, porque la opresión de las mujeres no es una esencia de lo musulmán o lo católico, sino que es una característica del patriarcado. Cuando hacemos estas construcciones inmanentes de lo cristiano y lo musulmán, el único resultado posible es oponerlas. Y al oponerlas, obviamente tú quieres que gane lo tuyo.

A base de tratar todas estas cuestiones a través de nuevos canales de comunicación como las redes sociales, imagino que te habrás planteado en numerosas ocasiones el dilema la visibilización y la legitimación que se otorga a ciertos discursos al confrontarlos públicamente. Recientemente, por ejemplo, has aceptado acudir a un debate que se celebraría en un canal en el que no se ha tratado tu figura con demasiado respeto…

Ni a mí ni a gente con la que he colaborado, que son comunicadoras excelentes y han sufrido bastante acoso. Hay mucha tela que cortar con esta cuestión… El cofundador de Academia Play me planteó un debate y me lo planteó para que fuese en mi canal. Yo, en aquel momento, no tenía buena conexión a Internet y le dije que en aquel momento no podía. Ahora, de repente, y no sé por qué, porque esta vez yo estaba callado… (Risas). Para un charco en el que no me meto… El caso es que hubo una controversia, tuvieron un debate sobre censura en la Academia, o algo similar, alguien me debió mencionar y dijeron: «¡Pues le invitamos!». Y la cosa es que ofrecer una invitación a un debate, y hacerlo públicamente a través de redes sociales, por Twitter, que fue donde lo propusieron, es una oferta envenenada: puedes aceptarlo, y dejar que los términos del juego los hayan establecido ya, en su terreno y con sus reglas; o puedes no aceptarlo, pero entonces quedas como un cobarde porque no quieres confrontar tus ideas. Quedas como un cobarde y das a entender que, en el libre mercado de las ideas, tus ideas no se sostendrían, o como un sectario que no tiene interés en debatir. Les das la razón, o motivos para arrogarse la razón, sin haber abierto la boca. Otra cosa será que el famoso debate tenga un punto de encerrona o provocación. De repente, tenía las menciones de mis redes sociales llenas de gente que no me sigue o que me detesta de una forma u otra, diciéndome: «Los caballeros han lanzado el guante». Entonces, claro, en la cultura de estas plataformas, en las que todo es muy público, el ofrecimiento no es tal. Puede no ser de buena fe sino más bien lanzar un reto, tiene más de duelo que de invitación. Los retos se lanzan en público, las invitaciones se envían por privado.

Y eso sin tener en cuenta que, en este caso, el debate que me han planteado sería moderado por una persona que ha dicho públicamente que le caigo mal, que ha entrado en cuestiones personales sobre mí y que se ha enfadado conmigo porque critiqué el libro de su amigo, que encima también estará ahí. Y por si todo esto no fuera suficiente, todavía estaría otro amigo suyo más… Y, bueno, yo en un gangbang no tengo problema, pero este tipo de gangbang no es el que me gusta. Pero bueno, no puedo decir que no, porque entonces no estaría dando la oportunidad, realmente, de confrontar mis ideas. Y creo que dicha confrontación puede ser positiva.

Sobre el dilema que plantea tu pregunta, tengo que decir que Un tío blanco hetero tiene más seguidores que yo. Además, el debate sería en su canal, por lo que realmente no soy yo quien, digamos, está cediendo su espacio. Y no es que crea que vaya a traer a ninguno de su comunidad a mi posición, pero sí creo que puede servir para confrontar ideas que están en la base del debate. Ni siquiera tenemos que irnos a los detalles. Hay que evitar argumentos del tipo: «Es que la Reconquista esto, es que el uso de tal término lo otro». No, simplemente, hay que confrontar ideas de base, y aclarar muchos conceptos que son fundamentales antes de poder avanzar.

¿No te parece que, en este tipo de debates, muchas veces la corrección formal esconde una tremenda falta de respeto ideológica? Es algo muy contraproducente, además, a la hora de plantear una confrontación de ideas basadas en prejuicios históricos…

Mira, por poner un ejemplo. El otro día hubo un debate en Gen Playz sobre lo de los impuestos y Andorra y allí estuvo Rubén Gisbert, que yo no le conocía, y dijo una cosa que era históricamente errónea sobre la Revolución Francesa, Emmanuel Sieyès y los Estados Generales; y luego estaba DayoScript que, básicamente, metió en una misma frase la Revolución Francesa y la Revolución Americana. Ni siquiera estaba diciendo que fueran lo mismo, simplemente dijo algo como: «revoluciones como la Francesa o la Americana». En ese mismo momento, Rubén Gisbert dijo: «¡Es de una incultura supina – porque por supuesto hay que decir palabros así – comparar la Revolución Francesa con la Americana». Lo cual, vale, puede ser, pero lo puedes decir con más educación (risas). Pero cuando crees que el posicionamiento ideológico del que tienes delante no puede ser fruto de una forma distinta de ver las cosas, de lecturas y experiencias, sino que solo puede ser resultado de la ignorancia, pues esas faltas de respeto al final se dejan ver.

Así que, sí, hay un cierto faltar al respeto desde la falsa educación que está muy extendido… Ese tipo de arrogancia hasta se premia, porque parece que has ganado tú cuando realmente solo estás usando herramientas retóricas para silenciar al otro por un detalle y no una cuestión de fondo, cuando tú mismo, en tus detalles, puedes estar mezclando churras con merinas y cayendo en una falacia tras otra. Pero si lo dices con algo que parece educación y sobre todo con mucha confianza en ti mismo, pues no pasa nada. Pero yo, como soy muy fan de Mujeres desesperadas y la mujer que va al club de campo a sonreír a las vecinas mientras les suelta pullitas, creo que no pasa nada con eso. Podemos disfrutarlo igualmente.

¿No tienes la impresión de que, en las guerras culturales, todo el mundo tiene la sensación de ir perdiendo al mismo tiempo?

Sí (risas). Yo creo que al final debería haber algo de empatía, al menos hasta cierto punto. Porque yo creo que a esta gente realmente le ofende cuando Disney+, una multinacional capitalista, decide quitar de su catálogo infantil una película. Y realmente lo sienten como una persecución de lo suyo. Igual que cuando se afirma que por decir felices fiestas estás intentando borrar la Navidad. Se percibe como un ataque real. Y yo creo que, en vez de decir, «estás diciendo gilipolleces», hay que dar un paso adelante, cogerles de la mano y decir: «mira, te voy a explicar por qué esto no es así». Porque, si tú quieres enseñarle Peter Pan a tu hijo, puedes seguir haciéndolo. Que se haya quitado Lo que el viento se llevó durante dos semanas del catálogo de HBO simplemente para poner un disclaimer, no es el fin de la civilización occidental. No hay un lobby progresista que está intentando manipular la realidad. Hay una empresa capitalista que está intentando apelarte y ganar cierta publicidad tanto a tu costa como a la mía. Porque tú, ahora vas a ver Peter Pan en Disney+ como protesta (tan censurado no estará), básicamente para hacerles un corte de mangas por censurarla; y mientras, los progres, digamos, van a verlo como algo positivo por parte de la empresa. Al final, los que ganan, los que verdaderamente ganan con esta decisión, no son las tribus nativoamericanas que están en una reserva y a las que han estereotipado en una película. Los que ganan son… Bueno, Disney.

Una vez entiendes y encuentras este punto común, yo creo que se puede hacer algo. Al menos acercar posturas con más gente. Fíjate que, cuando pasó lo de GameStop, mucha gente de izquierdas, de derechas, básicamente gente de los cuatro cuartiles del eje político-ideológico, se alegró por lo que estaba pasando. Por distintos motivos, obviamente, pero había cierta base común sobre la que creo que a lo mejor a alguna gente se le podría convencer para bajarse de su edificio y venirse a conocer un momento el otro.

Creo que hay algo que le ha ocurrido últimamente a otros comunicadores y tengo interés por saber si temes que te pueda ocurrir a ti: ¿vivir en primera persona este combate de relatos no puede radicalizar la postura propia, especialmente a través del contacto con una audiencia tan polarizada?

Desde luego, existe el riesgo de dejarse llevar por la audiencia, porque es la que te anima, la que te da likes, comentarios… Pero, honestamente, creo que hay una diferencia fundamental entre la audiencia que creo que estoy cultivando y la que han cultivado, durante años, otros comunicadores. Puede ser simplemente porque acabo de empezar, claro, no porque sea especial. Creo que si motivas una capacidad crítica o si constantemente estás animando a la gente a reflexionar sobre sus propias asunciones, puedes motivar un poco más de apertura de mente. En cambio, veo que es más peligroso cuando a lo que te has dedicado es a decir que tú tienes la razón absoluta y has cultivado una base de seguidores que jalean unas ideas concretas. Lo veo en algunos personajes del mundo anglosajón, con el que estoy más familiarizado, como Jordan Peterson: no lo va a hacer porque es listo, pero si un día se levantase y contradijese uno de sus principales dogmas o dijese que el postmodernismo neomarxista en realidad no existe porque es una malinterpretación de términos filosóficos, no es que su audiencia le abandonase, es que directamente le comen. Como sus queridas langostas. De hecho, en estos nichos la audiencia acaba enviando rápidamente a otra persona, que también tiene una plataforma grande y que es más o menos de la cuerda, a decir que el otro se ha vendido, etcétera.

Yo creo que entre mi audiencia tendría que decir algo como que odio a las personas trans, alguna barbaridad de ese tipo, para provocar una reacción así. Me abandonarían o incluso me cancelarían por Twitter, pero quiero pensar que no enviarían a otras personas para demolerme. Y eso es porque cuando digo cosas en YouTube suelen ser textos en los que he trabajado mucho, cosas razonadas. Aunque, bueno, en Twitter a veces sí que digo cosas sin pensar (risas).

Comentabas hace poco en un directo en Twitch que todavía estás investigando eso de emitir facturas, así que intuyo que todavía no estás buscando casa en Andorra…

No, todavía no.

¿Hasta qué punto crees que influye en esta cuestión el miedo de los youtubers a que su público les abandone a medida que envejecen? Estas semanas, entre tanta justificación del traslado a un paraíso fiscal, me han recordado a los futbolistas que siempre tienen muy presente que su carrera puede ser corta.

Sí, ha habido gente que trató de justificarse diciendo que nada les asegura que el año que viene no vayan a pasar de moda. Pero lo dicen como si no hubiera precariedad en todos los demás sectores laborales.

Yo soy de la opinión de que puedes ser como la hormiga y ahorrar sin tener que evadir impuestos. Si cobras un millón de euros, te juro que se puede ahorrar dinero y vivir normal, cómodamente, para que si el año que viene cobras menos puedas seguir teniendo dinero y puedas buscar otros caminos. Porque claro, este es un campo volátil y a lo mejor dentro de cinco años ya no puedes ganarte la vida de la misma forma. Pero eso quiere decir que te la podrás ganar de otra.

Sí que me parece que hay un cierto vértigo, como has dicho, pero viene del miedo a perder una posición cómoda y privilegiada. Pero dejar de disfrutar esa posición no quiere decir que vayas a estar sin hogar. La gente se piensa que, si de repente El Rubius pasase de moda, iba a estar ahí el pobre teniendo que vivir de paguitas del Estado. Bueno, ¿de qué Estado? Si se van todos a Andorra…

Además, youtubers como El Rubius se han mantenido ahí durante mucho tiempo y su audiencia realmente no ha envejecido. Han cultivado nueva audiencia joven, han conseguido mantenerse. Hay un miedo, sí, pero es un miedo bastante infundado. Por supuesto que pasará. Probablemente le pase a todos los youtubers. A mí también. Disfrútalo mientras puedas y ahorra mientras puedas. Y, si ganas un millón de euros o tres o cuatro, puedes ahorrar pagando el 50% de IRPF. Y también si pagas menos, como era el caso, porque pagaba a través de una Sociedad Limitada. Por qué será que se habla siempre del famoso 47% del IRPF a pesar de ello…

Para ir acabando. ¿Por qué ese mamarracheo que pone inmediatamente en tu contra a una parte de tu público potencial?

Lo del mamarracheo lo hago a varios niveles. Incluso antes de empezar a disfrazarme ya lo hacía de otra manera. Los disfraces los he adoptado a partir del contenido que he consumido en el YouTube anglosajón: he visto muchos Video Essays de, por ejemplo, ContraPoints, Philosophy Tube, Lindsay Ellis… Es decir, todo el LefTube anglosajón, que ha influido enormemente en cómo yo me aproximo a la creación de contenido. Me demostraron que se puede hablar de temas densos de una forma ligera, que la gente podría tragarse vídeos de una hora hablando de Orientalismo si lo conectas a algo que les sea familiar, si lo haces ligero, si te disfrazas, si pones luces… Si no reconociera estas influencias, estaría faltando a la verdad.

Más allá de esto, lo que esto me aporta es que yo tenía muchas ganas de explorar y de buscar, de jugar con ciertos elementos del género; quería hacer contenido de una forma creativa que jugase con las expectativas. Además, cuando empecé con el canal vivía en Qatar y entonces no podía hacer estas cosas. Aunque estuviese en la privacidad de mi habitación, no me sentía cómodo con ello. Así que después de cinco años allí, fue una forma de explorar cómo jugar con mi propia presentación de género.

Por otro lado, me parece que es una forma muy efectiva, no solo de transmitir información que a la gente le pueda llamar la atención, sino de posicionarme. De posicionarme… políticamente, en realidad. Porque un posicionamiento que parte de decir «soy un maricón», al final es un posicionamiento político. Eso ya me ahorra tener que decirlo explícitamente. La gente lo ve, para bien o para mal.

Además, considero que, para armar un discurso sobre la historia, el debate histórico y la consideración de la historia como algo vivo, viene muy bien traer una especie de elemento performativo, un intento de revivir la historia sin caer en los tópicos esencialistas que se alcanzan al hablar de tu historia. La historia de tu nación. El relato que dice que tú has llegado hasta aquí porque había unos visigodos o unos vikingos o lo que sea. Precisamente, utilizar los disfraces para subvertirlo, me parecía que tenía mucho potencial.

Es cierto que a mucha gente es esto precisamente lo que le aleja. Ven lo que soy, ven que quiero hablar de género en el mundo vikingo o de personajes del Siglo de Oro que no son los habituales, pero que tienen biografías que muestran un pasado diverso desde la disidencia sexual o de género como Juan Rana o como Eleno de Céspedes… y asumen que estoy intentando meter ideología en la historia por mucho que esté citando las fuentes. A esas personas supongo que nunca les iba a llegar lo que yo tuviera que ofrecer por mucho que me disfrazase de hombre blanco heterosexual.

Así que, resumiendo, me apetecía hacer drag, me apetecía hacer algo distinto y, sobre todo, consideraba que era una buena forma de apelar al público, incluso de acercarlo a lo que hago. Y de hacerlo sin hacerles sentir que ellos son dignos herederos de tal o cual periodo. Me parecía que esta era la forma más efectiva de hacer lo que yo quería. YouTube es un entorno muy visual y, si puedo resumir algo con una performance, luego es mucho más sencillo hablar de la teoría.

Desde tu posición de divulgador, desde el tipo de divulgación que has escogido hacer, ¿qué pedirías a los profesores que enseñan Historia en los colegios y los institutos?

Lo fundamental es huir de ese tipo de discurso esencialista que denuncio. Huir de la historia concebida como una concatenación de hechos que llevan al progreso, hasta donde estamos ahora. Pero, a nivel práctico, porque al final tienes el temario y el tiempo que tienes, eres un profesor y tienes unos recursos limitados, diría que es importante intentar integrar, en la medida de lo posible, otras voces. Y con esto me refiero a gente que pueda hacer proyectos de Historia y Arqueología feminista, incorporar elementos decoloniales o hablar de todo lo que no aparece en la sucesión de reinados y guerras que solemos estudiar. Ir más allá, hacer ver que estamos hablando de elementos humanos que fueron tan diversos como lo es la sociedad actual. Recordar que la historia que conocemos es la historia del poder, pero que hay otras historias que han sido olvidadas y son igualmente importantes para entender cómo hemos llegado hasta aquí.

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