Reza Aslan, especulación historiográfica

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En el teléfono escacharrado un niño le dice al oído a otro un pequeño mensaje, y este se lo transmite al siguiente y así sucesivamente. La gracia consiste en comparar el mensaje original con el recibido por el último niño. Este ejercicio sirve para ilustrar lo difícil que puede ser hacer llegar un contenido cuando este pasa por diferentes manos.

En la labor histórica, tanto más cuanto más lejana, nos encontramos en primer lugar con el problema de la transcripción precisa de los sucesos. Cualquiera que haya abordado el trabajo periodístico sabe de la dificultad de contar las cosas bien. El lector que recibe el texto debe reconstruir en su imaginación los hechos a partir de los datos y descripciones, y los investigadores sopesar la calidad y objetividad de las fuentes. En el mejor de los casos, la narración nunca podrá sustituir la experiencia de los que allí estuvieron o presenciaron lo que pasó.

En el estudio histórico de las religiones la tarea se hace si cabe más compleja. El estudioso cuenta con textos muy antiguos que no sólo han pasado por muchas manos sino que han sufrido la posible desvirtuación de las múltiples traducciones; documentos que no fueron elaborados con una finalidad de crónica sino edificante. Las fuentes paralelas para situar dichos textos son escasas o inexistentes y están aquejadas de los mismos problemas por la lejanía en el tiempo.

El estudioso de las religiones Reza Aslan acaba de publicar en castellano su último libro. En su anterior trabajo, El zelote, el autor estadounidense de origen iraní postulaba que Jesús de Nazaret en realidad fue un independentista judío, un activista no pacífico y que por ello fue ajusticiado; y que posteriormente (especialmente Marcos en su evangelio) fue borrado su aspecto revolucionario, algo que resultó muy conveniente en tiempos de la dominación de los romanos. En su última investigación: Dios, una historia humana, Aslan hace un repaso antropológico al fenómeno religioso y vuelve a hacer una revisión crítica desde el punto de vista histórico del Cristianismo.

En su reciente trabajo el escritor de origen iraní comienza su reflexión con el animismo, que considera una concepción religiosa que el hombre ha tenido desde sus tiempos de cazador-recolector, no obstante, sin ofrecer ninguna ventaja evolutiva, procediendo más bien de un impulso de trascendencia y siendo la expresión de una intuición humana sobre el mundo. Aslan marca un punto de inflexión en la agricultura, que en su opinión no es una causa sino una consecuencia del sedentarismo, que dio lugar al paso del animismo al politeísmo y a una creciente antropomorfización de las divinidades. La idea de un dios a imagen del hombre es un eje central en la reflexión del autor y un aspecto fundamental en el debate teológico. Más o menos, queda claro que esta proyección en la divinidad de los atributos humanos está más relacionada con una necesidad del hombre en su comprensión y acercamiento al dios que con los contenidos revelados. A fin de cuentas, otros autores han sostenido que Dios es en su esencia incognoscible y que solo podemos conocer, por así decirlo, sus desdoblamientos o representaciones desde lo humano.

En la siguiente parte de su libro, Aslan aborda el paso del politeísmo al monoteísmo, con sus antecedentes en el faraón Akenatón y en el Zoroastrismo. La religión mazdeísta de Zoroastro, que ha perdurado hasta nuestros días, introduce el aspecto moral que el judaísmo y el cristianismo incorporaron y que no estaba presente en las religiones del mundo antiguo. El autor se detiene en desarrollar el Judaísmo que es el que ha extendido el monoteísmo en el mundo y resalta las diversas fuentes y contradicciones que hay en la Biblia. Según Aslan, son dos tradiciones diferentes las que se amalgaman en la primera parte del Antiguo Testamento: la que da cuenta del dios Elohim de Abraham, Isaac y Jacob; y en la que Yahvé, que es una divinidad madianita, se aparece a Moisés. Así mismo, por la falta de registros el estudioso norteamericano duda del exilio y esclavitud del pueblo de Israel en Egipto.

En este punto hay que resaltar que la contradicción entre el politeísmo y el monoteísmo es hasta cierto punto aparente; pues efectivamente en los panteones del politeísmo suele haber un dios principal y una jerarquía entre los dioses, y en las religiones monoteístas existe la figura del demonio o demonios y distintos sistemas de ángeles y arcángeles, santos u otras divinidades menores. Por otro lado, señalar que poner de manifiesto las características sincréticas o eclécticas en la Biblia no resta o añade nada a las teorías sobre los aspectos históricos apuntados en este texto sagrado. También cabe tener presente que hay una corriente de opinión con base científica que considera (excluyendo el Génesis por su aspecto mítico) que, dentro de la diversidad de procedencias, sí que es posible encontrar un trasfondo de hechos históricos en los primeros libros del Antiguo Testamento.

En cierta manera, el autor cierra el círculo y después de comenzar con el animismo y de tratar el politeísmo y el monoteísmo, pasando por el islam, concluye con el panteísmo (con el cual se identifica), en el que incluye el sufismo del islam (en el que él se encuadra), la cábala judía, el vedanta hindú, el taoísmo y el budismo zen. En este punto, cabe que nos volvamos a interrogar sobre si estas inclusiones dentro de la categoría del panteísmo son correctas. Y señalar el posible error del estudioso norteamericano: algunos maestros hinduistas considerarían que los textos sagrados Upanishads no son parte del panteísmo, puesto que este es más bien ver a dios en todas las cosas y no que dios sea todas las cosas. En este sentido, Aslan no sería un panteísta sino que su concepción más bien coincidiría con el hinduismo de los Upanishads reflejado en el vedanta. Aquí, en relación a la filosofía advaita vedanta, podríamos apuntar el debate teológico entre una concepción en la que hay un dios creador del mundo (punto de vista del vedanta, aunque sea un creador como trasfondo) y que no exista en absoluto un agente creador externo porque este es el propio mundo-naturaleza. En el mismo capítulo, el estudioso de las religiones relaciona el panteísmo con determinados autores de la filosofía como Eckhart y Spinoza, olvidando otras corrientes que también se podrían vincular, como el platonismo, siempre teniendo en cuenta las diferencias de planteamiento que hacen imposible la asimilación entre lo que son aproximaciones filosóficas con las religiosas.

En mi opinión, debemos tomar con cautela la apasionante investigación historiográfica de Reza Aslan, en la cual con muy poca base se descartan los aspectos históricos de los textos sagrados cristianos. Por otro lado, a pesar del gran valor de su trabajo por lo que supone de puesta de relieve de contenido, además de deslindar muy bien lo que son teorías y especulaciones de otras opiniones más plausibles, hay que tener presente el punto de vista personal del autor, que proviniendo del islamismo y después de haber abrazado el cristianismo, regresó de nuevo al islam sufí, para finalmente abogar por un panteísmo que no está claro si está bien interpretado. Como reflexión final, volviendo al comienzo de este artículo, cabe interrogarnos si la aproximación histórica frente a determinados textos sagrados antiguos es la más útil, o si, aparte de un abordaje vivencial, desde un punto de vista científico tienen más sentido acercamientos desde el propio texto como el que nos ofrece la hermenéutica.

Carlos Álvarez Berlana

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