Seriéfilo: junio de 2019

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Como quien no quiere la cosa, ya empieza a colarse la arena de playa entre las hojas del calendario. A estas alturas del año se empieza a aplicar la máxima seriéfila de que a mayor consumo de crema solar se produce un descenso proporcional de los estrenos en las principales plataformas audiovisuales. Vamos por tanto con calma, porque muy pronto nuestro bote de crema ya estará a medias.

Como no hay mal que por bien no venga, la caída programada de nuevas series me ha permitido ponerme al día con una de esas joyitas que se van dejando para esos tiempos mejores que parece que nunca llegan, hasta que por fin aparecen. Me estoy refiriendo a la inglesa Line of Duty (BBC Two), una de esas series que destila calidad por los cuatro costados y que se ha aupado, sin pasar por la casilla de salida, a mi top ten de mejores series policíacas. Como muchos sabréis, ya que la serie lleva en antena cinco temporadas, Line of Duty nos mete de lleno en el día a día del departamento de asuntos internos de la policía de Birmingham. El ritmo es vertiginoso, pero siempre ajustándose a la realidad: nada de superpolicías desafiando todas las leyes de la física y, en cambio, mucho papeleo y rendir cuentas a los superiores por posibles infracciones en las investigaciones. Al fin y al cabo, el departamento protagonista debe ser el más escrupuloso a la hora de respetar la ley.

Seis capítulos por temporada permiten mantener esa tensión sin que decaiga el interés en ningún momento. Y, como en toda serie top que se precie, en ella brillan tanto los protagonistas como los criminales: los protagonistas por sus imperfecciones, por su lucha continua por hacer cumplir la ley enfrentándose a sus demonios, su pasado y al odio de sus compañeros; los (presuntos) policías corruptos por su complejidad e inteligencia. Después de todo, son policías que, por diversas causas, empiezan a virar hacia el lado oscuro, transitando por la zona gris entre que separa el bien y el mal.

En realidad, ya en enero se intuía que este iba a ser el año de las miniseries, y mes a mes lo hemos ido confirmando. Ahora, en el ecuador del curso seriéfilo, llegan dos nuevas candidatas con una factura sublime: Así nos ven (Netflix) nos vuelve a recordar que no hay historias más duras que las reales, reproduciendo un caso que aconteció en el Nueva York de finales de los 80. Cinco chicos, cuatro negros y un latino de entre catorce y dieciséis años fueron acusados y encarcelados por una violación que no habían cometido. Lo espeluznante del caso es que no fue un error, sino que la policía incriminó desde el primer momento a los jóvenes sabiendo que no eran culpables. A lo largo de cuatro capítulos, asistimos impotentes a la injusticia que golpea sin piedad a cinco niños que no eran blancos, cuyo único delito era ser pobres. La serie incluye, además, la aparición estelar de varios cortes televisivos protagonizados por un magnate inmobiliario de la época, un tal Donald Trump, que tuvo a bien hacer campaña en los medios de comunicación a favor de la pena de muerte para aquellos chicos. Durísimo documento que muestra las fallas de un sistema racista y que debería ser de obligado visionado para evitar que se vuelvan a cometer los mismos errores.

También contestataria, aunque en un ámbito más global, es la inglesa Years and Years (BBC One), un drama que narra las desventuras de la familia Lyons desde el año 2019 (con el Brexit en ciernes), hasta el año 2034. La producción aprovecha el día a día de los cuatro hermanos y sus familias para analizar la sociedad de una forma tan coherente y cotidiana que llega a asustar. Se tratan con brillantez temas como la precarización laboral extrema, el aumento brutal de la desigualdad, la xenofobia y la justificación de políticas autárquicas, la perdida de libertades… Comprendemos de este modo los cambios que se están produciendo y que nos arrastran hacia una sociedad más injusta e insolidaria, apoyada en las nuevas tecnologías de la información. La serie persigue las consecuencias sociales de una realidad en la que las fake news y la demagogia dirigen a la población hacia donde interesa a quienes mueven los hilos.

Pero no todo iba a ser bueno en Netflix, que este mes registra dos pinchazos de lo más sonados. El primero es el de la última temporada de Black Mirror, que trae tres nuevos capítulos para olvidar porque no aportan nada a la franquicia. Es difícil saber si este bajón se debe al desgaste propio de una serie que nació para provocar y generar debate hace ya siete años, o si por el contrario es algo propio del método Netflix, que intenta limar todos sus productos para que sean consumidos por el mayor número de espectadores posibles. No creo que  un capítulo tan controvertido y áspero como el piloto del cerdo y el Primer ministro tuviese cabida en el Black Mirror de Netflix y eso dice mucho de la deriva que está tomando una serie otrora tan polémica.

Tampoco ha convencido la última aparición de Jessica Jones. Es una pena que el universo Marvel se despida de Netflix por la puerta de atrás, con una temporada anodina y prescindible, escrita con el piloto automático y con altas dosis de desgana. En este tipo de adaptaciones de los célebres personajes de cómic hace falta un villano a la altura, que esta vez tampoco aparece; pero es que, además, el protagonismo que se le da al personaje de Trish Walker es innecesario y contraproducente, un pegote que lastra a Jessica, con la que mantiene una relación que nunca funciona en pantalla. En fin, es un despropósito que sin llegar a la debacle de Los Defensores se queda muy cerca del fiasco que supuso la primera temporada de Iron Fist. Como señalaba, es una pena que la colaboración entre Netflix y Marvel, que tantos buenos y épicos momentos nos ha dado, llegue a su fin con un producto tan decadente e insustancial.

Tampoco podemos olvidar el estreno de la segunda temporada de Dark, la serie alemana producida por Netflix y que en su primera temporada dejó un buen sabor de boca. No es fácil plantear una historia con tres líneas temporales y múltiples personajes saltando entre una a otra sin que el espectador se pierda. Lamentablemente, esta vez es imposible no perderse. Mientras que, al acabar la primera temporada, se conseguía que las bases de la historia quedasen claras dando una pequeña satisfacción al consumidor medio, satisfecho tras haber entendido una enmarañada madeja de escenas, la segunda temporada es un absoluto caos temporal. Solo cobra sentido brevemente a mitad de la temporada, cuando todo parece encajar, pero al final la trama vuelve a despedazarse de una manera un tanto artificial en un intento por dar pie a una nueva temporada.

La serie peca de ambiciosa al introducir demasiados personajes importantes en tres líneas temporales distintas, lo que triplica su presencia confundiendo todavía más al sufrido espectador, que tiene que hacer un gran esfuerzo por recordar quién era cada uno de ellos. Además, para más inri, todos o casi todos están emparentados y viven diferentes situaciones en cada uno de los escenarios posibles, lo que termina por convertir la historia en un rompecabezas demasiado complejo para intentar seguir el hilo de la trama. Al final, lo más normal es desconectar de la misma, convirtiéndose en un espectador pasivo al que solo le quedan ganas de rezar para que la serie una ella sola los puntos antes de terminar (cosa que efectivamente hace en los últimos episodios de la temporada).

Por si todo esto fuera poco, el guion muestra una asombrosa falta de empatía con unos personajes que acaban convertidos en simples peones obligados a estar estar en el lugar adecuado, en el momento preciso, para que todo encaje. Si pensamos en la química de los protagonistas de series como Strangers Things o The OA, perder esa baza para construir un espectacular puzle simplemente resta valor al resultado final, privando a la serie de un elemento realmente diferenciador del género de la ciencia ficción.

Y para terminar el mes de forma relajada, dos comedias que, en su parcela, son de lo mejor que he visto este año. State of the Union (SundanceTV) es una comedia sofisticada, minimalista, con unos diálogos muy cuidados y un humor fino que esconde una crítica mordaz del mundo moderno y cosmopolita. De hecho, el guion lo firma Nick Hornby y la dirección corre a cargo de Stephen Frears. Juntos construyen una delicatessen en toda regla que se degusta en pequeñas píldoras de diez minutos. Las conversaciones de un matrimonio antes de entrar en sus sesiones semanales de terapia conyugal son la excusa perfecta para tratar de forma sutil el complejo mundo de las relaciones humanas.

En el otro extremo nos encontramos con el humor más surrealista, grueso y desternillante que uno se pueda imaginar. What We Do in the Shadows (FX), mediante un formato de falso documental, sigue las andanzas de cuatro vampiros que comparten casa en Nueva York. Partiendo de algo tan ridículo se dará rienda suelta a un guion que busca las más disparatadas situaciones de la ficción televisiva que se hayan visto nunca. Aunque es difícil lograr el equilibrio, la serie funciona muy bien simulando una producción de muy bajo presupuesto que le da un cierto toque de caspa, pero sin caer en la cutrez.

Como veis, a pesar de la reducción de los estrenos estivales, os he traído unas buenas recomendaciones para pasar el mes. Recomiendo un consumo moderado, porque los estrenos seriéfilos de julio van a ser todavía más escasos. De todas formas, no os preocupéis: prometo volver con un buen puñado de buenas series, aunque tenga que ir a buscarlas en los canales más profundos de la televisión vietnamita. Mientras tanto, desconexión veraniega.

El seriéfilo

Desde hace mucho, mucho tiempo, en un sofá muy lejano, vive enterrado bajo una montaña de DVDs un ermitaño que se alimenta de todas las series que caen en sus manos: americanas, inglesas, buenas, malas… Nada es suficiente para saciar su hambre voraz de ficción televisiva. Es el Seriéfilo, y través de La Soga se comunicará con el mundo.
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