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Cinefórum CCCLXXIII: «Irati»

Siguiendo el hilo de la compositora Aránzazu Calleja, que es la autora de la música de Negociador, llegamos a Irati (Paul Urkijo Alijo, 2022), película fantástica que cuenta con la colaboración en la partitura de Maite Arroitajauregi, con la que también trabajó en Akelarre (Pablo Agüero, 2020). En este caso, la banda sonora combina elementos folclóricos y corales con la instrumentación orquestal tradicional, creando un poderoso efecto que se complementa con las imágenes para crear un ambiente muy particular.

La cinta se abre en un escenario subterráneo de aire mágico, mientras la cámara sigue a la luz de las llamas las pinturas rupestres que muestran una amalgama de seres sobrenaturales de la tradición vasca. Allí llega un guerrero, Eneko Ximenez (Iñigo Aranbarri), que se presenta ante una anciana marcada por la iconografía asociada a la sorgina o bruja vasca (Elena Uriz), buscando ayuda para enfrentarse al poder superior del ejército franco que va a cruzar sus tierras. En la batalla subsiguiente, en Ibañeta (o Roncesvalles, el nombre más conocido de dicho encuentro), las fuerzas naturales y ultraterrenas se alían para la derrota de los invasores, pero Eneko debe sacrificarse a sí mismo como pago («odala odol truk», «sangre por sangre») por dicha ayuda. La historia principal sigue a su hijo, otro Eneko (interpretado de niño por Unax Hayden y de adulto por Eneko Sagardoy), que debe recuperar el cuerpo de su padre, desaparecido de su tumba, para afirmar su condición de buen cristiano y, así, acceder al puesto de jefe del valle. En su búsqueda será acompañado por Irati (Edurne Azkarate), una mujer casi salvaje asociada a esos mismos poderes telúricos. Por supuesto, otro aristócrata, el traicionero Belasko (Kepa Errasti), hará todo lo posible por impedir esta misión y hacerse él mismo con el señorío, estableciendo las bases del conflicto temporal del relato que, sin embargo, será secundario. La sucesión de aventuras y desventuras de esa pareja (en principio mal avenida, representantes de mundos opuestos que deben, sin embargo, encontrar un equilibrio) sigue su viaje hasta las entrañas de la tierra.

Irati es una película rara en la filmografía general de nuestro país, tanto por su ambientación en una época poco retratada (la primera Edad Media), como por su decidido giro hacia la espada y brujería. Aunque parte de una pequeña semilla histórica, girando en torno al casi legendario fundador del reino de Pamplona, Eneko Aritza (o, volcado al castellano, Iñigo Arista), mi sensación es que la obra entronca más con ese subgénero de la fantasía del que Robert E. Howard y su Conan sirven como modelo y paradigma; aunque, en este caso, incluso sería más adecuada la comparación con el ciclo dedicado a Bran Mak Morn, el caudillo picto que En los gusanos de la tierra (relato aparecido originamente en Weird Tales -noviembre de 1932-), precisamente, invoca poderes sobrenaturales ancestrales para derrotar a sus propios invasores, los romanos.

El nombre espada y brujería (sword and sorcery) fue acuñado por primera vez por el escritor Fritz Leiber en 1961, en un fanzine titulado Amra y como respuesta, nada más y nada menos, que a Michael Moorcock, justamente para referirse a las obras escritas por Howard o en su estilo. Con el tiempo, el término se amplío para referirse a las obras de otros autores (entre ellos parte de la de los mismos Leiber y Moorcok, pero también Poul Anderson o Catherine L. Moore), caracterizándose por una visión más oscura y cruda que la fantasía tolkieniana, aunque hoy elementos fundamentales de dicho estilo han sido absorbidos o eclipsados por la más reciente moda del grimdark de la que Joe Abercrombie es el nombre más reconocible. En España, la espada y brujería, como otros campos del fantástico, ha tenido poca producción nacional, al menos de éxito significativo, siendo el mercado fundamentalmente alimentado por obras de origen anglosajón[1]. En el cine me cuesta pensar en algún ejemplo, más allá de la trama imaginaria o fantástica de El corazón del guerrero (Daniel Monzón, 2000) y coproducciones como Hundra (Matt Cimber, 1983), destinadas a la explotación pura y dura. Por ello resulta muy interesante la película de Paul Urkij, aunque no siempre consiga resolver de forma totalmente satisfactoria los problemas de realizar un film épico con las limitaciones presupuestarias a las que se enfrenta.

Urkijo ya dirigió anteriormente Errementari (El herrero y el diablo), otra cinta de género extraño, con base también folclórica pero un acercamiento más cercano al horror. Alabada por sus elementos visuales pero un poco fallida en el plano argumental, la fábula que le sirve como base no deja de resultar algo exigua para un largometraje, aunque ya muestra las posibilidades imaginativas que el director despliega con mayor acierto y de forma más articulada en la obra que nos ocupa, su segundo largo. Además, también aparecían varios actores que repiten bajo sus órdenes en Irati, como el mismo Eneko Sagardoy, Ramón Aguirre (el monje Virila) o Itziar Ituño (la diosa Mari). En sus cortos, también ha utilizado abundantemente el legendario y la mitología, con ecos artúricos y tolkienianos en su Bosque negro a las leyendas africanas en Naara.

Irati sitúa el conflicto principal en la lucha ideológica entre paganismo y cristianismo en pleno siglo VIII, recreada siguiendo una tradición romántica que entronca la tradición popular del siglo XIX con imágenes prehistóricas y con un imaginario colectivo de primitivismo ancestral y, quizás, esencialista. Esta imagen ancestral, que en términos históricos es más bien discutible teniendo en cuenta el carácter dinámico de las creencias religiosas y la plasticidad de las mismas, sirve para manifestar en este caso una confrontación esencial entre civilización y barbarie que conecta con las mismas raíces del género antes mencionado. En el caso de la película, a esta confrontación se le añade una capa de resignificación moderna, proecologista y feminista, que se va a materializar, precisamente, en el personaje encarnado por Edurne Azkarate.

Pese a que lo escaso de la figuración y los escenarios se resuelve de forma más o menos eficiente (jugando, por ejemplo en la batalla inicial, con el efecto climático para limitar la visión y la profundidad de campo), otras veces los bellos paisajes utilizados muestran una escala y belleza difícil de igualar. El castillo de Loarre (Huesca), aunque ciertamente anacrónico, sirve como foco de la parte civilizada del argumento, donde los monjes cristianos y el poder político parecen encerrados dentro de sus muros, mientras que los montes y bosques, rodados en diversas ubicaciones del País Vasco y Navarra (entre ellas, por supuesto, en el auténtico bosque o selva de Irati) sirven para mostrar el mundo salvaje.

La ligazón histórica de la ambientación no solo se encuentra en la utilización de la batalla de Roncesvalles como prólogo y en el protagonismo de Eneko Aritza; otro elemento histórico mencionado, pero que en el que no se entra en profundidad, es la relación de estos primeros núcleos navarros con los Benu Qasi (dinastía muladí que dominó el valle medio del Ebro entre el siglo VIII y el X): por un lado, como representantes de la religión islámica; pero, por otro, como aliados fundamentales de la dinastía Iñiga de Pamplona, lo que rompe en parte esa visión puramente dicotómica entre barbarie (paganismo ancestral) y civilización (cristianismo evangelizador) que quiere presentarnos. En ese sentido, su presencia resulta algo marginal, sin participar del conflicto espiritual profundo de la película.

En el plano actoral el protagonismo de Sagardoy no resulta demasiado brillante, quizás en un papel no muy adecuado a sus fortalezas, mientras que Edurne Azkarate hace suyas todas las escenas que comparten. Entre los secundarios, el breve trabajo de los actores infantiles no es demasiado lucido, pero todos sirven adecuadamente a su función. Personalmente, he visto la cinta tanto en su original en euskera como en castellano y creo que la versión en euskera es muy superior; por algún motivo, las voces castellanas resultan en exceso frías y desligadas de la imagen.

Las influencias cinematográficas son múltiples y visibles en el estilo de Urkijo, a veces llegando al homenaje casi directo o a la batidora referencial, incluyendo El señor de la guerra (Franklin J. Schaffner, 1965), Braveheart (Mel Gibson, 1995), Excalibur (John Boorman, 1981) o, claro está, Conan, el bárbaro (John Milius, 1981). También puede vincularse a corrientes más recientes como el renacer del cine de horror rural o la magnífica, e inclasificable, Green Knight (David Lowery, 2021). El director combina estas influencias con un lenguaje visual que, no obstante, funciona como un todo propio en el que algunas escenas destacan especialmente como pequeñas viñetas casi independientes, a veces, sin embargo, no adecuadamente hilvanadas con el argumento general.

Cinefórum CCCLXXIII: «Irati»
Bainet Zinema, Ikusgarri Films, Kilima Media, ETB.

También es necesario mencionar sus inspiraciones en el cómic, empezando por la más directa en el plano argumental (que no visual), El ciclo de Irati (1995-2003), recientemente reeditada por la editorial Erein, con Joxean Muñoz al guion y Juan Luis Landa en el dibujo, que a su vez nos recuerda a clásicos del cómic francés como Percevan (dibujado por  Philippe Luguy y escrito por Jean Léturgie y Xavier Fauche) o La búsqueda del pájaro del tiempo (escrita por Serge Le Tendre y dibujada, en su primera época, por Régis Loisel). A su vez, sin afirmar que sea una influencia directa para la película pero con varios paralelismos que parecen hermanarla visual y argumental, debemos señalar La crónica de Leodegundo (escrita y dibujada por Gaspar Meana), que en parte narra, también con conatos de interpretación del folclore, una crónica imaginaria de los primeros tiempo del reino de Asturias. Caso parecido es el del Roncesvalles de Antonio Hernández Palacios, relato épico de la derrota franca también impregnado de la iconografía de la espada y brujería.

En definitiva, Irati es una película de imágenes poderosas y que toca temas poco explotados por el cine patrio. Un digno ejemplo de un género que, espero, Paul Urkijo siga visitando. Ya que, observando la evolución narrativa entre sus obras y cómo demuestra ir dominando los recursos del largometraje, solo podemos esperar cosas aún mejores de sus futuros proyectos.


[1] El número de obras de aficionados o en editoriales minoritarias, sin embargo, es demasiado larga para mencionarse en detalle y sin desviarnos demasiado del tema del articulo.

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