El taparrabos de «Fafhrd y el Ratonero gris»

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Evitando faltar el respeto a Conan, vamos a ceder brevemente su taparrabos a Fafhrd y el Ratonero Gris. Es cierto que ellos no suelen utilizar tan elegante prenda, pero, da igual, porque el taparrabos se lleva en el corazón y no siempre para cubrir nuestras partes pudendas. Lo cierto es que, si os gustan los héroes con un armario entero de taparrabos y bikinis de mallas, debéis haceros con las desventuras de estos dos personajes irredentos, narradas por Fritz Leiber y publicadas por Gigamesh en una estupenda versión de bolsillo.

Fafhrd y el Ratonero Gris son los Astérix y Obélix, los Bud Spencer y Terence Hill de la fantasía épica. Inseparables, bravucones y granujas, ambos son capaces de meter hostias como el mejor forzudo y de hacer que un brujo sufra su propia hipnosis y salga corriendo, creyéndose un jabalí. Digamos que, aquí, los dos roles, el de tipo listo y el de tipo enorme, son intercambiables. Ambos son sagaces y buenos con la espada. Únicamente, podríamos decir que el Ratonero está más versado en ciertos temas y Fafhrd es un poco más grandote, capaz de levantar un pedrusco moviendo solo el bigote. Pero, a pesar de ello, Fritz Leiber juega libremente con estas sus características dependiendo de lo que necesite para la escena… y se deja de historias.

Así es como se nombra un caballero estilo Bud Spencer

Curiosamente, esa concepción del protagonista del género de Espada y Brujería que el propio Leiber acuñó, está cada vez más en desuso, aunque posee más frescura que muchos de los antihéroes de baratillo que últimamente nos quieren colar. Es el caso del Geralt de Rivia del videojuego The Witcher (los libros ya ni los nombro, porque creo que han sido fagocitados por el juego) y Kvothe de El nombre del Viento, del que, por cierto, espero que algún día veamos una serie para saber cómo se pronuncia: muy torturados por su pasado, pero al mismo tiempo demasiado guays para su cuerpo humano. En cambio, Fafhrd y el Ratonero Gris no son muy de ponerse a llorar mientras miran la luna y, en cambio, suelen caminar por la cuerda floja, entre lo patético y lo glorioso, aderezando sus peripecias con grandes dosis de humor. Paradójicamente, Fritz Leiber ya los concibió distanciándose de los típicos macarras de gimnasio, atractivos y en ropa interior, como Conan (al que Crom guarde en su gloria) o Tarzán. Por cierto, no sé si existe algún libro de la relación interespecial de Tarzán y Chita, pero debería.

«Esa pelandrusca de Jane quería quitármelo, pero nadie pelaba el plátano como yo»

Y esto no quiere decir que nuestros malandrines preferidos no tengan músculos que lucir o suficiente pecho palomo. Si no que son más humanos y vulnerables, quizás no a las espadas, pero sí al amor. Porque se pasan buena parte de sus aventuras buscando los arrumacos de una dama (o no tan dama). Sus flirteos, romances y revolcones son los que mueven sus peripecias y no siempre terminan bien. Vamos a decir que son un poco como Austin Powers en busca de su mojo. De ahí el tono desenfadado, que les hace más de carne y hueso que un pollo que quiere la espada del caos para matar al Pandemonium Abbadon. Y esto no quiere decir que no se vayan a embarcar en una gesta para conseguir una espada con un nombre hortera; pero su objetivo real no es ese. Ellos quieren que Puri, la camarera, les dé un besico y les invite a unas cervezas.

«Se rieron de mi por elegir el Casco de +2 en Carisma, pero ya se sabe: cuerno grande, ande o no ande»

La estética de la fantasía heroica de los 80 fue de melenas y taparrabos; la de los 90, de orejas puntiagudas y capas del bosque; y la de los 2000, de latas con patas que se toman demasiado en serio a sí mismos. Es curioso que, progresivamente, el tamaño de las prendas de ropa que visten los protagonistas va aumentando a la vez que la sensación de libertad, que a mi parecer es la mejor baza del género, va disminuyendo. Las novelas de Fahrd y el Ratonero Gris encajan perfectamente en la fantasía de bigote y patilla de los 70: son universos cargados de imaginación psicodélica, humor, sensualidad, vello facial y pantalones de campana. ¿Y qué imagen pude expresar mejor la libertad que un tupido mostacho al viento?

El cosplay siempre nos demuestra lo dura que es la realidad. Sobran las palabras

Como viejo rolero, aprecio la influencia que tuvo la obra de Leiber en muchos mundos de fantasía y diferentes juegos de rol. Sí, esos en los que te reúnes con un grupo de amigos para jugar como cuando tenías diez años, pero con matemáticas locas de por medio: Dungeons and Dragons, también conocido como Dragones y Mazmorras (un mundo infernal), debe gran parte de su esencia a la espada y brujería, a los aventureros buscavidas que encarnan Fahrd y el Ratonero Gris. Tanto es así, que el propio Leiber vivió mucho tiempo de los derechos de juegos de rol basados en sus libros, publicados por Tsr, la propia editorial de Dungeons and Dragons. Son historias con grupos de mercenarios, magos y ladrones que se internan en mazmorras llenas de peligros para conseguir tesoros inconmensurables.

Ciertamente, un cierto componente absurdo y bizarro rodea el género. También la extrañeza, la mística y la promesa de una hoguera en la que escuchar las hazañas de esos soldados de fortuna que han manejado los jugadores de rol desde los años 70. Si tuviera que poner una banda sonora a las partidas de aquella época, sería sin lugar a dudas escogería Deep Purple. No es casualidad que el grupo estuviera flipado con la fantasía épica y se inspirase en ella para sus temas.

Otros universos posteriores como el de Warhammer agarran también con fuerza las bases de la espada y brujería de Lieber, aunque acaban introduciéndolas en una ambientación grimosa y no exenta de una cierta carga política, escondida tras una comedia al estilo de los Monty Phyton. Nada que ver, en cualquier caso, con la última transformación del género, que finalmente ha dejado atrás la creatividad efervescente para centrarse en los dólares y en historias muy serias de proporciones bíblicas.

Si esta no es la mejor manera de convencer a alguien que pruebe el rol que baje dios y lo vea

Pero volvamos a Fahrd y el Ratonero Gris, que es de lo que va esto. La saga de estos dos pícaros transcurre en Lankhmar, una ciudad llena de oportunidades para beber cerveza y que un brujo te convierta en arenque. La pareja de espadas de alquiler se pasa los días en la posada de la Anguila Plateada, que es donde comienzan casi todas sus historias, esperando que un trabajito o una damisela en apuros asome por la puerta. Es un mecanismo que, de nuevo, pasó con fuerza hacia los juegos de rol de fantasía medieval, en los que casi todos los ganchos que dan inicio a una aventura tienen lugar en una posada (una sensación parecida a salir de fiesta, tener que hacer aguas mayores en el váter de un antro y descubrir que no hay papel higiénico). Los otros grandes propiciadores de emocionantes historias son sus maestros en la magia, que funcionan un poco como el Amo del Calabozo: Ningauble de los Siete Ojos y Sheelba de la Cara sin Ojos.

La mejor posada de espada y brujería es la de la peli Deathstalker, sin lugar a dudas

La creación del ambiente característico de la espada y brujería se ve favorecida porque la escritura de Lieber es muy descriptiva. Puede pasarse dos páginas describiendo un taburete con todo lujo de detalles e incluso contarnos qué traseros se sentaron en él. Sus descripciones son hermosas y evocadoras, pero también divertidas. Sobre todo cuando se trata de magia. Ahí es donde el autor lo da todo y demuestra tener imaginación y originalidad a partes iguales.

También imprime su estilo en la creación de sus personajes, muchas veces extraños, pero con aspiraciones propias al común de los mortales. No es raro encontrarse con un grupo de dioses que lo único que desean es que se acuerden de ellos cuando sus seguidores juren o maldigan en su nombre, por ejemplo. Por último, el formato que el autor emplea es autoconclusivo y, normalmente, sus protagonistas comienzan sus aventuras de la misma manera que las anteriores.

Finalmente, unas palabras para la edición de Gigamesh, muy atractiva gracias a los dibujos de Corominas, que con las ilustraciones de los siete libros de la colección nos cuenta una historieta. Además, el traductor, Carlos Abreu, hace un trabajo fantástico e indispensable para que los lectores nos enteremos de qué va realmente lo que tenemos entre manos; para que comprendamos la acción y las particularidades de la historia.

En fin: si os gusta el cachondeo y queréis ver unas buenas cabezas de brujo decapitadas merced a hábiles sablazos, ya estáis tardando en leer Fahrd y el Ratonero Gris.

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