Black Museum y Edgar Allan Poe: la fascinación por la perversidad

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El veintinueve de diciembre de 2017, casi con las uvas en el paladar, Netflix estrenaba la cuarta temporada de Black Mirror. La británica serie se caracteriza por rezumar distopías y atreverse a poner el dedo en la llaga a la hora de plantear sórdidos futuros no muy alejados del camino que en la actualidad está llevando el ser humano.

Es digno de mención el capítulo con el que cierra esta última temporada, denominado Black Museum, dirigido por Colm McCarthy y con guion firmado por Charlie Brooker (cabe añadir como curiosidad que fue filmado en el desierto de Tabernas, en Almería, y sus planos interiores en la antigua cárcel provincial de Málaga). El espectáculo de un recinto lleno de escabrosos recuerdos, expuesto en el medio del desierto, es ofrecido por el propietario Rolo Haynes. El episodio se desarrolla dentro de una sofocante claustrofobia donde los personajes comienzan a sudar, debido al infernal calor que se concentra en el local.

A priori, el museo recuerda a cualquier museo de los horrores que todo turista haya visitado. En realidad, no se aleja demasiado de esos raros lugares esparcidos en pueblos o castillos y de esas exposiciones temporales donde el espectador puede hacer un recorrido fascinante entre las armas de los verdugos empleadas en la Edad Media: desde la temible pera (artilugio que se introducía en el órgano femenino y que, una vez abierto dentro, desgarraba con pinchos todo lo que podía) hasta el potro, el toro o la simple horca. En el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau se puede visitar la horca donde fue ajusticiado Rudolf Hoss, militar y oficial nazi.

Todos los elementos de los que se compone el ficcional Black Museum, así como los objetos que muestran los museos de los horrores de cualquier provincia, son pruebas de la perversidad humana.

Edgar Allan Poe analizaba el concepto de perversidad en su relato El demonio de lo perverso en donde el protagonista sin nombre explica cómo un extraño estímulo le llevó a asesinar a una persona. En su habitual primera persona narrativa presentaba la idea en estos términos:

«Bajo [la perversidad]su impulso actuamos por la razón de que no debemos hacerlo […] tan seguro como de que vivo estoy de que el mal o el error que entraña cualquier acto es con frecuencia la única fuerza invencible que nos impulsa, sí, que nos impulsa exclusivamente a proseguirlo. Esta tendencia imperiosa de hacer el mal por el mal mismo […] es un impulso radical, primitivo, elemental».

Del mismo modo, en el relato El corazón delator, el lector puede conocer la historia de un asesino que actuó sin motivo ni pasión a la hora de asesinar «al viejo». Cuando va a cometer el crimen y siente el miedo de su víctima señala: «Sabía lo que el viejo estaba sintiendo y me compadecía de él, aunque la risa me llegase al corazón».

El Black Museum también es un espectáculo de la perversidad humana, especialmente en la historia final que cierra el episodio. Rolo Haynes, propietario del museo y anteriormente reclutador de investigación neurológica, trabajaba con experimentos que estaban programados para obtener un beneficio en la sociedad, aunque fueran éticamente dudosos, bajo la máxima de Maquiavelo «el fin justifica los medios». Todos esos experimentos son expuestos al público en el museo, incluida una capucha con una blanca cruz marcando el rostro, claro guiño al capítulo titulado Oso blanco.

Las perversiones del museo atraen al público en un primer momento, ya que todos los objetos son aderezados con las tristes historias que Rolo ofrece a los visitantes. Primeramente, un laborioso médico que acepta someterse a una operación para empatizar al cien por cien con sus pacientes y así saber a ciencia cierta qué enfermedad están sufriendo, comprobando en sus propias carnes los dolores que padecen. Esto acaba por empujarle a la necesidad de sentir continuamente el sufrimiento para realizarse sexualmente. Su degradación consistirá en infringirse daño a sí mismo, hasta acabar arrancándose las muelas y pedazos de piel. En su locura, secuestra a un anciano vagabundo para torturarle y sentir su dolor hasta niveles máximos.

Un mono de peluche dentro de un escaparate, recordando a la espeluznante Annabelle, aguarda en el museo. Dentro, la conciencia en microchip de una muchacha. Chico conoce chica, chica acaba en coma y el marido acepta que se le implante la conciencia de ella. La muchacha podrá observar el crecimiento de su bebé. Pero sus comentarios y constantes opiniones derivarán en extraerla de la mente del marido y exiliarla al interior de un mono de peluche, el cual todavía habita.

La parte más perversa del capítulo consiste en la tercera historia que Rolo narra a la joven visitante: descorriendo unas cortinas, muestra una especie de holograma de un hombre negro abatido, sentado en una silla, vestido de presidiario. Clayton, acusado en vida de un crimen, es enviado a la silla eléctrica, pero antes acepta donarle a Rolo Haynes su conciencia o alma, que perduraría una vez muerto. Cuando es ajusticiado, Rolo se hace con el chip y programa la conciencia de Clayton en una pequeña cárcel que le tenía preparada. La atracción principal del Black Museum y la guinda del episodio consiste en mostrar a Clayton recibiendo constantemente descargas eléctricas de la mano de los visitantes. Aunque no sea totalmente un ser humano, sí que puede sentir el agudo dolor de las descargas de diez segundos que le infringirá cada turista. Los curiosos se aglomeran y, animados por el hecho de que no es humano, sino una especie de recuerdo, observan cómo se fríe Clayton y se llevan un espeluznante recuerdo en forma de llavero: la imagen en bucle del preso gritando dolorido, la cual el turista observa satisfecho. Rolo obtendrá mayores beneficios ofreciendo a excéntricos y poderosos señores un extra: mayor tiempo aplicado en la descarga o incluso una masturbación en directo ante el extremo dolor de Clayton, que ya no sabe quién es ni dónde está.

El grito de pánico de Clayton y la satisfacción de los turistas conecta con el grito que sale de la garganta de Fortunato en el relato titulado El barril de amontillado. Engañado por su amigo, el narrador de la historia, es encerrado en uno de los huecos de las catacumbas que posee el palacio del asesino. En un ambiente de oscuridad, humedades y esqueletos «el ruido se prolongó varios minutos durante los cuales, para oírlo con más delectación, cesé mi labor y me senté ante los huesos».

La fascinación por la perversidad ha hincado sus dientes en la historia de la humanidad. Si existen siete entregas de Saw y una de Jigsaw, no será de extrañar que en un futuro próximo se entregue a entusiasmados turistas un llavero con la imagen grabada de un rostro gritando de dolor.

Alicia Louzao

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