El cura batallador

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Pasó del catolicismo social, inspirado en la encíclica Rerum Novarum, al republicanismo. El caso de Hugo Moreno López (1883-1946) es un caso peculiar dentro de la historia de la Iglesia española, aunque no fue, ni mucho menos, el único en ponerse de parte de la legalidad durante la Guerra Civil. Por suerte, en los últimos tiempos, la historiografía ha iniciado el movimiento para rescatar la memoria de unos clérigos no por minoritarios menos significativos. Ahí está, por ejemplo, la importante obra colectiva Otra Iglesia (Trea, 2013) o la biografía de Gallegos Rocafull en Por lealtad a la República (Base, 2013), de José Luis Casas.

anticlericalismo-y-critica-socialEn Anticlericalismo y crítica social (Muñoz Moya Editores, 2015), Antonio César Moreno Cantano, uno de los coordinadores de Otra Iglesia, desgrana la biografía de Moreno López en un estudio muy documentado, con profusión de fuentes hemerográficas y archivísticas tal como mandan los cánones académicos, sin por ello caer en el lenguaje esotérico que aparta estos trabajos del común de los mortales. También evita, afortunadamente, una tentación aún más peligrosa, la de caer en cualquiera de los dos extremos que suelen caracterizar en España a muchas de las investigaciones sobre temas religiosos: el carácter apologético, propio de los medios eclesiásticos, o la crítica desmedida, desde una historiografía civil de izquierdas que parece expresar sus viejos demonios, fruto de la lucha contra el nacionalcatolicismo, más que una comprensión serena del hecho cristiano. Eso, si no es que se confunden los deseos con la realidad al hablar de una secularización que hoy nos parece en buena parte mítica.

En ocasiones se suele identificar a los católicos sociales como progresistas, pero eso, para personajes de finales del siglo XIX y principios del XX, es un error. Porque la sensibilidad a favor de la clase obrera podía ir, perfectamente, acompañada de una mentalidad antiliberal. Nuestro protagonista es un buen ejemplo, con sus artículos para un medio integrista como El Siglo Futuro.

En 1917, Moreno López se trasladó a Madrid, donde comenzó una interesante etapa periodística. Pero lo más importante de ese periodo fue, quizá, su contacto con grandes figuras literarias como Azorín o Baroja, que marcarían su evolución en un sentido de crítica a la institución clerical. Eso influyó, sin duda, en que el obispado de Madrid le retirara las licencias para ejercer en la diócesis diez años después.

el-siglo-futuroCaída la monarquía, lo encontraremos más combativo que nunca bajo el seudónimo de Juan García Morales. Su primera intervención significativa fue apoyar a la Agrupación al Servicio de la República, aunque de su manifiesto fundacional se hubiera excluido al clero. Pese a esta restricción, él se consideró invitado, convencido de que hasta la última beata de España sabía que se podía ser católico y republicano. El altar y el trono no era consustanciales, por más que los reaccionarios insistieran en una vinculación de naturaleza indisoluble.

A partir de aquí, el antiguo Hugo Moreno multiplicó las críticas a las desigualdades sociales en artículos y libros. Uno de ellos llevará el significativo título de El Cristo Rojo (1935), expresión de su voluntad de conciliar la fe cristiana con los postulados de izquierda en defensa de los trabajadores.

Aunque el término anticlericalismo se suele interpretar como un sinónimo de ateísmo, la realidad es que solo implica disidencia respecto al estamento eclesiástico, no ausencia de fe. García Morales es una demostración papable de la existencia de una postura anticlerical de raíz cristiana, en la que el compromiso con la Iglesia es compatible con una crítica a veces muy dura hacia el clero. Nuestro hombre responsabiliza a sus colegas de la hostilidad que despiertan entre las clases populares porque, en ocasiones, siembran la discordia política en lugar predicar el Evangelio. Con esta línea publicó, en marzo de 1936, un texto explosivo en el que denunciaba que las sacristías se habían convertido en cobijo de golpistas de derecha.

memorial-campo-de-gursNaturalmente, un cura tan a la izquierda no podía sino saludar alborozado la victoria del Frente Popular. Dios había escuchado a los que estaban del lado del pueblo. La alegría duró poco porque, a los pocos meses, estalló la Guerra Civil. A partir de julio de 1936, le existencia de sacerdotes leales al régimen democrático dinamitó una de las excusas de los militares rebeldes, la de haberse alzado en defensa de la religión. Por eso, desde las tribunas franquistas, no se ahorraron epítetos para denigrar a gente como Gallegos Rocafull o Leocadio Lobo. Se les trató de falsos creyentes, de escoria. A García Morales, sin embargo, no se le mencionaba aunque había apoyado al gobierno de Azaña tanto en la radio como por escrito, convencido de que los culpables de la contienda eran los malos católicos, no los rojos. Mientras tanto, la Santa Sede recibía documentación que le presentaba como un arquetipo de sacerdote republicano, «tristemente conocido por su colaboración en periódicos de izquierdas». ¿Por qué esta discrepancia entre Burgos y Roma?

Tras la caída de la República, García Morales no tuvo más remedio que exiliarse en Francia, donde fue internado en el campo de Gurs. Moriría pocos años después, en completo anonimato. Su figura fue la de un sacerdote genuinamente preocupado por los trabajadores, a la vez que destacó por su vertiente de polemista, a veces con tintes demagógicos, seguramente porque le sucedía lo mismo que a muchos cristianos progresistas que vinieron después: sentía un complejo de inferioridad frente a la izquierda por pertenecer a una Iglesia tradicionalmente aliada con los poderosos. No obstante, el hecho de que nunca fuera excomulgado da a entender que, a ojos de la jerarquía, su posicionamiento político podía ser deplorable, pero no caía dentro de la herejía.

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