Marina Vega de la Iglesia: una espía al servicio de la resistencia francesa

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A los guionistas de la serie española El Ministerio del Tiempo les quedaron muchos episodios de la historia de España por contar. Por ejemplo, las importantes relaciones cortesanas durante el reinado de Isabel II, la posguerra, la propia Guerra Civil, el ambiente intelectual de la España del siglo XIX (sin olvidarnos de nuevo de Emilia Pardo Bazán), la Reconquista, algún episodio memorable de aquel tiempo en que la Península Ibérica se llamaba Hispania (junto con la prehistoria, es el periodo histórico más olvidado por la ficción televisiva) y, por supuesto, la historia de la lucha por el voto femenino durante la Segunda República (por no hablar del importante movimiento sufragista que lo propició). Ninguno de ellos tuvo protagonismo a lo largo de sus, de momento, tres temporadas. Sin embargo, a los hermanos Olivares se les ocurrió la forma perfecta de homenajear a uno de esos personajes históricos invisibles, una mujer de la que nada sabíamos hasta hace relativamente poco; de homenajear a una mujer que supone otro ejemplo más de como la historia las condena al olvido sin piedad. Los creadores de la serie la llamaron Lola Mendieta, antagonista de la producción y personaje que, a lo largo de la serie, experimenta una original evolución: el espectador la conoce primero en su madurez y después en su juventud, siendo esta última versión la que protagoniza junto a Alonso de Entrerríos y Pacino (Nacho Fresneda y Hugo Silva) las misiones del ministerio en sustitución de la instituible Amelia Folch (interpretada por Aura Garrido y, a mi juicio, el mejor personaje de la serie). Sucede que Lola Mendieta, en realidad y en la ficción, fue una espía al servicio de la Resistencia Francesa. Su verdadero nombre fue Marina Vega de la Iglesia.

Nacida en la localidad cántabra de Torrelavega en el año 1923, Marina se crió en el seno de una familia acomodada y de fuerte tradición republicana. A la edad de catorce años vivió en primera persona las represalias que sucedieron al estallido de la Guerra Civil Española en la zona controlada por el Bando Nacional. Por un lado, su padre, funcionario de prisiones de la República, fue condenado a dieciséis años de cárcel acusado de masonería. Por otro, su madre, empleada del gobierno, tuvo que vivir la mayor parte de su vida escondida. Ante ese terrible panorama, la familia decidió que Marina viajase a Francia a casa de unos amigos con el objetivo de alejarla por un tiempo de la dramática situación familiar, y por extensión, de la dictadura franquista que comenzaba a dar sus primeros pasos.

Estando en Francia estalló la Segunda Guerra Mundial. Un nuevo conflicto se avecinaba y, ante la incertidumbre y la amenaza de la invasión, fueron muchos los ciudadanos que decidieron huir de territorio galo. Ellos cobijaron a Marina durante todo ese tiempo, pero, en lugar de marcharse con ellos a México, Vega tomó la decisión de regresar a España, pues llevaba dos años sin ver a su madre. Tras un viaje en un vagón de ganado abarrotado de gente llegó a Madrid, que la acogió aquellos años, y allí se dio de bruces con la angustia de una madre obligada a permanecer encerrada en su casa por miedo a que la detuviesen y la ejecutasen. Eran tiempos oscuros y España estaba sumida en la pobreza, el temor y el instinto de supervivencia, elementos que sumieron a Marina en una fuerte depresión. Por motivos de salud, finalmente accedió a trasladarse a la casa de unos amigos de la familia en León. Fue allí, entre cuidados y recuerdos de lo vivido, donde conoció a un joven relacionado con el servicio diplomático francés. Una amistad que sin duda cambiaría su destino y marcaría su compromiso político para siempre.

Al cerrar Franco la embajada francesa en España, el servicio secreto francés se instaló junto a la delegación inglesa. La suerte quiso que Marina se introdujese en los ambientes clandestinos justo en el momento en el que la Resistencia Francesa estaba buscando a una mujer española no fichada para que pudiese moverse con libertad por el país. De este modo, Vega comenzó a realizar todas las semanas viajes a la frontera para introducir en España documentos entre los que se encontraban cartas y dinero. Después, entre 1942 y 1944, los traslados a la frontera se intensificaron, llegando a realizar dos por semana. Por aquel entonces habían empezado a sacar a gente del país. «No sé a cuanta gente pude haberme traído», aseguró en una entrevista para El País en el año 2008. «Deduzco que serían judíos franceses que huían de los nazis. También algún inglés (…). Una vez estuve esperando a uno de mis jefes tres días en la frontera con Francia. Al final, apareció. Tenía un aspecto terrible. Estaba sucio, machacado de la huida por el monte. Él sí me agradeció mucho que le hubiera esperado».

Además de preparar documentación falsa, Marina acompañaba a los que querían huir de Francia en un intenso periplo bajo identidades igualmente falsas. En ocasiones se hacían pasar por pasajeros de primera clase, con dinero e incluso fingiendo alguna discapacidad para no levantar sospechas. Una vez en Madrid, una red de sastres y médicos confeccionaban prendas y daban asistencia médica mientras otros voluntarios ofrecían sus casas para que estas personas pudiesen alojarse durante un tiempo en España, hasta que, cuando estuviesen lo suficientemente preparados, marchasen dirección Argel. Sin duda, el guion perfecto de una película de espías, protagonizada por una Marina Vega de la Iglesia más entregada a la causa que nunca.

Cuando la Segunda Guerra Mundial tocó a su fin, Marina fue desmovilizada. No obstante, tras la derrota del régimen nazi, pasó a formar parte de los llamados Soldados sin uniforme, cuyo trabajo consistía en buscar nazis para juzgarlos. Según la propia Marina, «hubo una desbandada de nazis y colaboracionistas en España. ¿Y cómo les cazaba? Eso no tiene importancia, los metíamos en el maletero y los mandábamos para Francia». Finalmente, en el año 1950, se instaló junto a su madre en España una vez dio por terminados sus servicios de espía. Aunque, como ella misma reconoce, no fue un trago fácil de asumir, y menos si de lo que se trataba era de regresar a un país gobernado por quienes habían apoyado a los nazis en el pasado. «En aquellos momentos no existía la palabra depresión, pero yo debí coger una. En Francia al día siguiente de que terminara la guerra ya había de todo. ¡Y aquí, en el cincuenta, seguían las cartillas de racionamiento!», rememora Vega.

Su biografía a partir de los años cincuenta comienza poco a poco a diluirse. Se sabe que durante los años posteriores participó activamente en la resistencia antifranquista, acudiendo a huelgas y repartiendo octavillas. Fueron acciones por las que fue encarcelada e interrogada en más de una ocasión. El devenir de los acontecimientos siguió su curso: la muerte de Franco, la Transición, Adolfo Suárez, el 23-F, Calvo Sotelo, Felipe González, los años de plomo, la Movida madrileña, José María Aznar, la entrada en la Guerra de Irak, el 11M, José Luís Rodríguez Zapatero… Al llegar el año 2008, el diario El País publica una entrevista a una Marina Vega de la Iglesia de ochenta y cinco años en la que relata su pasado como espía antifascista durante los años más convulsos en la historia de Europa. Fue así, y no de otro modo, como muchos nos enteramos de la existencia de Marina. Al final, resultó que aún estaba ahí, en un domicilio de Madrid en cuyas estanterías reposan varias medallas del Parlamento Europeo. Viva y con la memoria todavía resplandeciente.

Su desconocida existencia y su apasionante vida provocan dos importantes reflexiones en clave histórica. La primera, la seguiré repitiendo hasta la saciedad: es importante investigar y dar a conocer el nombre de estas mujeres. No fueron reinas, tampoco princesas; pero sí personajes igual de importantes o más que las grandes monarcas de la historia. La segunda es la necesidad de buscar en todos los ámbitos, hasta en nuestro entorno más cercano, en la calle, en las tiendas de toda la vida, en los mercados, en los bares, personajes como ella. Porque la historia puede parecer protagonizada por las élites, pero afectó a todos y, en ocasiones, alguien que no sospechamos puede haber participado en algo mucho más grande de lo que podamos imaginar. Salid, mirad a vuestro alrededor, preguntad y escuchad con paciencia. Es posible que muchas mujeres con excepcionales biografías estén esperándoos a la vuelta de la esquina, sentadas en un banco del parque, esperando en la parada del autobús o sentadas frente a vosotros en una reunión familiar. Son, como Marina Vega de la Iglesia, heroínas silenciosas, a las que la historia no ha querido otorgarles un papel protagonista.

Andrea Moliner Ros

Andrea Moliner Ros

Historiadora, feminista, escritora y devoradora de libros.

Twitter: @JimenaAlmena
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